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Full text of "Vicente Rossi 1958 Cosas De Negros"

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VICENTE ROSSI 


COSAS DE NEGROS 


Estudio Preliminar y Notas de 
Horacio Jorge Becco 


LIBRERÍA HACHETTE 

BUENOS AIRES 



Titulo del original: 


COSAS DE NEGROS 

Los origenes del tango / y otros aportes al folklore 
rioplatense. / Rectificaciones históricas. / Rio de la 
Plata I 1926. 

(Ejemplar corregido por el autor para 
una segunda edición.) 


© by Librería Hachette S. A., 1958 
Hecho el depósito que determina la ley n^ 11.723 

IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINE 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPL ATEN SE 


Es común entre las personas dedicadas a buscar apasionada- 
mente en las librerías, recordar ciertos títulos que sabiéndolos 
agotados o enrarecidos por los años, producen constante in- 
quietud por su hallazgo. Uno de ellos es Cosas de Negros, 
de Vicente Rossi. Posiblemente esta pieza de curiosos, por su 
misma extraña aparición, ya que se trata de una obra edita- 
da por un autor e impresor —destacado y casi desconocido 
ayuntamiento—, llegó a circular en contados ejemplares, hasta 
perderse en leyenda de bibliófilos. 

No es accidental entonces que Gregorio Weinberg lo incor- 
pore a la Colección “El Pasado Argentino”, presentando un 
texto conforme lo dispusiera su autor y con los grabados ori- 
ginales. Además, tentadora fué la búsqueda en los archivos 
de don Vicente Rossi, que fielmente guardan sus hijos en la 
casona familiar de Córdoba, junto al taller gráfico del mismo, 
conservando la disposición austera y práctica del fundador. 
Aún hoy en la casa de Rossi, esa “Imprenta Argentina” tra- 
dicional, marchan las planas y surgen los cotidianos trabajos, 
mientras sus descendientes y también los amigos, provocan 
anécdotas casi palpables o algún recuerdo fresco que perdura. 
Y en aquel hogar, observamos a este luchador, en una guar- 
dada fotografía de la época, con un gesto sereno, sorprendido 
sobre unas cajas de tipos, como quien estuviera involunta- 
riamente ejecutando su misión más definitiva. 

Posteriormente comprobé que la obra de Vicente Rossi 
aún provocaba discusiones. No sé precisar qué consoladora 
unificación servía para ello, ya que algunas y cimarronas pá- 
ginas de sus libros volvían a citarse. 



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HORACIO JORGE BECCO 


Promueven los antecedentes literarios del señor Rossi un 
desalentador planteo doctrinario. Lo evidencia el hecho —algo 
generalizado— de ser condenado sin previsión alguna, al sur- 
gir sus títulos, con simples agradecimientos amistosos o ele- 
mentales notas informativas en las revistas y diarios del momen- 
to. Su culpa puede ser analizada con prontitud. Los ensayos 
divulgados habían sido escritos con apasionamiento persona- 
lismo, con largos párrafos de convivencia, con justificaciones 
algo confusas o participaciones circunstanciales. Su aporte al 
Teatro Nacional Rioplatense, tanto como en Cosas de Negros, 
pretendía orientar las rutas para nuevas investigaciones. Ino- 
cente y valeroso, narraba en duro estilo algunos transfigura- 
dos planteos, lamentándose muy a menudo de tantas oscuras 
o torcidas conclusiones, sin concisión, claridad y sentido 
exacto. 


Vida y Obra 

Vicente Rossi nació el 23 de marzo de 1871, en Santa Lucía, 
departamento de Canelones, República Oriental del Uruguay. 
Su padre era genovés y estaba casado con una argentina. 

En su juventud montevideana trabajó en distintas publi- 
caciones como El Telégrafo Marítimo, El Día y El Siglo, donde 
fué regente. Aquí se establece la amistad, por convivencias y 
afinidades idénticas, con los hermanos Alcides y Dermidio 
De María (fundador del periódico nativista El Fogón). La 
experiencia en redacciones contribuye a orientarlo hacia la 
tipografía y aprende el oficio. Escribió versos que no reunió 
ni publicó en volumen ni revistas, pero que hemos encontra- 
do en sus archivos. Otros fueron registrados con seudónimos. 
Fué activo político en esos años, militando mediante sus es- 
critos, con volantes y reuniones, a favor de Cuba, durante su 
guerra, encabezando una agrupación denominada “Mucha- 
chos Americanos”. Ya con veintiún años, Vicente Rossi figura 
como fundador y director de un curiosísimo Almanaque pía - 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOTL ATENSE 


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tense 1 que presentaba una producción literaria muy de épo- 
ca, pero con un sentido americanista. 

En el año 1898 viene a la República Argentina y va ha ra- 
dicarse a la capital de Córdoba. En 1904 fundó la “Imprenta 
Argentina”, 2 en la cual hicieron sus primeras manifestaciones 
literarias firmas como Arturo Capdevila, Raúl y Arturo Or- 
gaz, Martín Gil, Martínez Paz, Leonor Allende, Justino Cé- 
sar, Leopoldo Velasco y otros. La producción más formal de 
Rossi, comienza con unos bocetos de la vida burguesa monte: 
videana, que tituló “Chala y Mario”, serie publicada en El 
Fogón (Montevideo) desde 1899 hasta 1901. También en Cór- 
doba de 1903 a 1905, aparecen regularmente algunas cola- 
boraciones suyas en la revista Athenas. Ya en esta época im- 
prime su primer libro, Cardos. Está compuesto por descrip- 
ciones simples, de ambiente gauchesco en su mayoría. Sus 
cuentos son cortos y evidencian un deseo patriótico por enal- 
tecer las cualidades morales de los habitantes de la campaña. 
Algunas glosas complementan la obra. 

En 1910 concluye algunos ensayos que edita sobre Teatro 
Nacional Rioplatense. “La primera relación histórica sobre 
una materia tan apasionante como discutida. Prehistoria y 
nacimiento de nuestro teatro; los fundadores, los primeros ac- 
tores, autores iniciales ... La verdad sobre el origen de la es- 
cena en el Plata y su característica evolución en los medios 
intelectuales, artísticos y sociales, tratados con vigor y argu- 
mentación sólida. Tanto más cuanto la estrecha amistad del 
autor y los hermanos Podestá, brindó al primero inaprecia- 

1 Transcribimos las portadas: 1892/ Almanaque Píateme/ Editado por 
unos Muchachos Uruguayos/ viñeta/ Montevideo, (medidas 14x19 cm. 
100 pág. ilust.); 1893/ Almanaque Píateme / Editado por unos Muchachos 
Americanos/ Segundo año/ Contiene una notable colección de efemérides 
memorables de América i variadas producciones de la muchachada ameri- 
cana presentadas en menos de un mes/ viñeta/ Estudiar i escribir/ Monte- 
video/ Tipografía Goyena, Rincón 235-A/ 1892. (medidas 14x19 cm. 
128 pág. ilust.). 

2 La “Imprenta Argentina" obtuvo en la Exposición Industrial del 
Centenario (Buenos Aires, 1910), medalla de plata y diploma de honor 
por “artes gráficas". En la Primera Exposición del Libro Argentino, año 
1928, recibió diploma de honor por sus “ediciones". 



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HORACIO JORGE BECCO 


ble fuente de recuerdos del pasado de la farándula nativa”. 
Esta vinculación lo predispone a la producción teatral con dos 
obritas: Cambio de firma y La vida es cuento, estrenadas en- 
tre 1913 y 1917. 3 

Anteriormente hallamos una etapa de cuentista precursor en 
el magazine La Vida Moderna de Buenos Aires, entre 1907 
y 1909. Luego fueron reunidos en volumen bajo el título ge- 
neral de Casos policiales, que firmaba con el seudónimo de 
William Wilson, en 1912. En alguna oportunidad un crítico 
situó a Rossi como iniciador del cuento policial en nuestro 
país, anteponiéndolo a otros seudónimos ya bien conocidos 
como H. Bustos Domecq y Jerónimo del Rey, según confir- 
maban Alfonso Ferrari Amores y Rodolfo J. Walsh. 4 Desta- 
camos también que durante esos años en la revista Caras y 
Caretas, escribía un autor americano con ese nombre. 

Ya en 1921 encontramos el estudio El Gaucho (Su origen y 
evolución). Es un enfoque algo personal del héroe de nues- 
tra epopeya emancipadora, que es analizado como sujeto his- 
tórico y como producto literario. Cuatro proposiciones envió 
al Segundo Congreso de Historia y Geografía de América, 
reunido en la ciudad de Asunción (Paraguay), en 1926. En 
este año edita su trabajo, Cosas de Negros. También redactó 
y editó la Guía Serrana Cordobesa, desde 1927 hasta 1933, con 
característicos comentarios folklóricos e históricos, muy discu- 
tible como la mayor parte de sus escritos. La última etapa 

3 Véase una escena de la misma fotografiada en Mundo Argentino 
(Bs. As.), 12 de marzo, 1913; Roberto F. Giusti, "Teatro Nacional Rio- 
platense", en Nosotros, núm. 5, junio de 1911, págs. 393-394; José J. 
PodestA, Medio Siglo de Farándula (Río de la Plata [Córdoba]), 1900, 
págs. 199-200. 

4 Cf., Lizardo Zía, "Agenda", en Clarín (Bs. As.), 19 de agosto, 1956. 
Recordemos que H. Bustos Domecq corresponde a los escritores Jorge 
Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en Seis problemas para Don Isidro 
Parodi (Edit. Sur, Bs. As., 1942); y Jerónimo del Rey, seudónimo del 
Pbro. Leonardo Castellani, autor de Las Muertes del Padre Metri (Edit. 
Sed, Bs. As., 1952). Al respecto véase: Rodolfo J. Walsh, Diez cuentos 
policiales argentinos (Librería Hachette, Bs. As., 1953) y las notas "La 
novela policial en nuestro país" y "Sobre la literatura policial en nuestro 
país", ambas en La Nación (Bs. As.), octubre 4 y 10 de 1953. 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


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de su producción literaria estuvo dedicada a la filología, co- 
mo puede apreciarse al analizar los Folletos Lenguaraces (com- 
puestos de 31 cuadernillos). Planteó una reforma al idioma 
castellano y agudizó sus críticas sobre el poema Martin Fierro 
de José Hernández, ajustando sus consideraciones sobre la 
edición anotada que hiciera Eleuterio F. Tiscornia en 1925. 6 
Había finalizado un folleto que tituló Gauchos de Carnaval , 
cuando falleció el 23 de noviembre de 1945, en esa ciudad de 
Córdoba, que llamaba “polvorienta i polvorona”. 


COSAS DE NEGROS Y SUS TEMAS 

En uno de sus Folletos Lenguaraces, (número 24, Río de 
la Plata, 1939) encontramos la siguiente aclaración de Vicen- 
te Rossi: “Mui muchachos eramos cuando por intensa ines- 
plicable curiosidá, inquiríamos informes de la colonia, del lo- 
co Rosas i de costumbres del Buenos Aires antiguo, nada me- 
nos que de boca de testigo presencial, una morena porteña 
nacida en 1800, o antes, asilada en nuestra casa materna. 
Verificamos versiones conocidas i reunimos inéditas. Respec- 
to a Montevideo, donde esto sucedía, simultáneamente reque- 
ríamos informes de centenarios africanos* cuando hacían es- 
tación en los umbrales, descansando de su recorrida vendien- 
do sabrosos pasteles o biscochos para el mate. Aquella curio- 
sidá infantil era impulsada por misteriosa corasonada, que 
recién nos esplicamos cuando comensamos a caer en el vicio 
de escribir, i en dudar de todo lo escrito. La injenuidá i bue- 
na fe de aquellos negros, que no sabían mentir en lo que 
recordaban, da a sus informes carácter de lejítima documen- 
tación". 

Así al finalizar sus Cosas de Negros, sostiene: “El desacuer- 
do de este libro con casi todo lo que se ha publicado sobre 

6 Véase la “Advertencia” por Jorge M. Furt, en José Hernández 
Martín Fierro (Comentado y anotado por Eleuterio F. Tiscornia). Edición 
Impr. Coni, Bs. As., 1951 [Colección de Textos y Estudios Literarios, vol. 2. 
En el colofón 1952]. 



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HORACIO JORGE BECCO 


las “cosas” de que trata, de haberse tenido en cuenta lo con- 
vertiría en un volumen de retificaciones personales, desagra- > 
dable para el lector, para los observados y para el autor”. 
Pero estas discrepancias no suelen ser tan importantes, mien- 
tras que salvo en contadas oportunidades hallamos nombres 
y obras de referencias. Entre ellos consignamos a un amigo 
de Rossi, don Isidro De María con Montevideo Antiguo, ele- 
mento preciso que va orientando las escenas, sobre la banda 
oriental. Confirman los párrafos asimilados al tomar nuestro 
Buenos Aires, el libro de José Antonio Wilde, Buenos Aires 
desde setenta años atrás, del cual se desprenden descripcio- 
nes seguidas fielmente. Otra obra que no se menciona es La 
Ciudad Indiana, de Juan Agustín García, pero indudablemen- 
te vista según aclaramos en nota al revisar “El primer can- 
dombe”. 

Los negros coloristas que tuvieron su apogeo numérico du- 
rante la tiranía de Juan Manuel de Rosas, protector y liber- 
tador de esclavos, están reflejados por Rossi, documentándose 
en Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina ; 
en José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo y Ricardo 
Rojas, Historia de la Literatura Argentina, (Los gauchescos). 

Solamente cita al Diccionario de vocábulos brazileiros, del 
vizconde Beaurepaire-Rohán, pero sin duda ha consultado 
las obras de Daniel Granada, Tobías Garzón y Lizardo Se- 
govia. 

Sus hijos nos confirmaron que Rossi solicitaba informes 
para completar algunos procesos de su libro y que luego de 
recibir los detalles precisos, ampliaba o modificaba su traba- 
jo. Las fuentes directas en el Uruguay como en Brasil, fue- 
ron intercambios epistolares, a los cuales no creo se les pueda 
garantizar la segura y prolija investigación que algunos ca- 
pítulos hubieran precisado. Esa tarea urgente y continuamente 
alterada, ya que el mismo autor corregía al componer su pla- 
na, da en ciertos momentos una sensación desalentadora por 
la pobreza sistemática del ensayista. Luego y su mismo esti- 
lo puede confirmarlo, una palabra, constituía el origen vo- 



VICENTE ROSSI V SU OBRA RIOPLATENSE 


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luntario de algún párrafo cortante al margen completamen- 
te del planteo que venía esbozando. Especulaciones y desdo- 
blamientos sin significado alguno han consumido la creación 
fértil. 

Algunas divisiones podrían planificarnos para comentar 
Cosas de Negros . Los temas fundamentales siguen esta enu- 
meración: El negro y el candombe; Los candombes en ambas 
márgenes del Río de la Plata; Negros criollos y lubolos; La 
Milonga y la Academia; El Tango. 

Hacia 1693 surge la primera referencia sobre la esclavitud 
en el Río de la Plata, si bien con asignación a Buenos Aires, 
mientras que posiblemente los portugueses fueron quienes in- 
trodujeron los primeros esclavos en el Uruguay. Este mercado 
tremendo corrió en manos de ingleses, holandeses, españoles 
y portugueses. El contacto del hombre africano con América, 
produce por empezar el choque directo de su cultura, ya vi- 
gorosa, intacta, con el medio ambiente donde lo obligan a 
vivir. Esa dominación por otra parte absorbe y discrimina sus 
fuentes originales. Este proceso denominado transcultur ación, 
es un mecanismo cultural. La definición correcta dice que: 
“transculturación comprende aquellos fenómenos resultantes 
del contacto, directo o indirecto, de grupos de individuos de 
culturas diferentes, con los cambios subsiguientes en los pa- 
trones originales culturales de uno o de ambos grupos”. 6 En 
base a las investigaciones posteriores a Vicente Rossi, podemos 
concretar que la mayor influencia es bantú en el Río de la 
PÍata. Estos negros provenientes del Centro y Sur de Africa, 
no constituyen racialmente un grupo homogéneo y por esto 
su cultura se basa en el cultivo y el pastoreo, modificaciones 
que surgen a su vez de influencias camiticas y mongoles. 

Así los congos y angolas, con perfiles identificables en Cuba 
y Brasil, se evidencian en el candombe, una de las pocas ins- 

6 Melville J. Herskovits, "A memorándum for the Study of Accultu- 
ration”, en Man, 1935, págs. 162 y sigt. La traducción del término accul- 
turation, en transculturación corresponde al investigador cubano Fernando 
Ortiz. Arthur Ramos, del Brasil, dió aculturación y Jorge A. Vivó, de 
México, intercultur ación. 



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HORACIO JORGE BECCO 


tituciones supervivientes. Por eso Rossi parte hacia el temario 
principal hablándonos de la primera “merienda de negros”, de 
una reunión alegre al aire libre, donde inesperadamente el 
ritmo evocativo promueve una danza total. Esa danza adquiere 
proporciones no previstas; “paulatinamente el grupo de dan- 
zantes se ha ordenado, forman un gran círculo de hombres 
y mujeres; en el centro varios ancianos modulan con voz clara 
y firme la triste cantinela que da el ritmo y es repetida inva- 
riablemente por los demás”. Estas celebraciones fueron luego 
confirmadas por otras clases sociales y los negros esclavos, apa- 
recen incorporados en ellas como parte destacada de los mis- 
mos festejos. 

En la banda oriental del Plata, algunas fechas significaron 
candombe, así Año Nuevo, Navidad, Pascuas, San Benito —san- 
to de la feligresía morena junto a San Baltasar y Santa Bár- 
bara— y en forma especial el Día de Reyes. La mejor época 
—siguiendo a Rossi— es por los años 1875 a 1880. 

El Rey de los Congos o el de los Angolas, “naciones” de 
mayor importancia, encabezaba un pintoresco y deslumbrante 
desfile. Ostentaciones imitativas del blanco y acordes marciales 
de una banda inicial que se dirigía hacia la Iglesia Matriz, 
donde oficiaban una misa a San Baltasar. Luego saludaban 
al Presidente y a otros funcionarios. El festejo comprendía 
un almuerzo para luego retirarse a sus respectivas salas en 
donde a las tres de la tarde se iniciaba el candombe. 

Algo llamativo transmitía el candombe oriental, pues esos 
hombres con frac, medallas, cintas, y sus mujeres con falsos 
anillos, cadenas y colores, sólo buscaban un culto racial, opues- 
to por cierto a los festejos del Buenos Aires rosista, bullicioso 
y sin ornamentos. 

Al investigar una filiación similar en el resto de América 
donde existieron o perduran centros negroides podemos con- 
siderar que por coreografía y ceremonial el candombe está 
basado en la escena principal de coronar a sus reyes y luego 
la ronda bailable donde participan la mayoría de los invita- 
dos: con las congadas, el maracatú, el batuque, los cucumbys 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


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y los reisados del Brasil; con los diablitos de Colombia; con 
las sociedades de los congos, en Haití; con los cabildos y co- 
fradías, de Perú y Cuba. Los nombres que toman sus ejecu- 
tores principales son: el Rey y la Reina ; el gramillero o he- 
chicero; el escobillero, conductor de la danza y director del ce- 
remonial; el juez y el ministro en la opinión de otros autores. 
La coreografía según la reconstrucción que efectuara el musi- 
cólogo Lauro Ayestarán es la siguiente: 1) Cortejo . “Entra el 
santo —un San Benito en madera tallada— sobre una parihuela 
que sostienen sobre sus hombros cuatro figurantes de fuerte 
complexión y elevada estatura. Detrás de él avanzan el Rey 
y la Reina; el primero con casaca militar vistosa que ha 
pedido prestada a su amo, lleno el pecho de medallas y sobre 
la testa, dorada corona; la reina cargada de chafalonías, gran- 
des collares de cuentas de vidrio y su correspondiente atributo 
real. Junto a ellos, el Príncipe o los Príncipes, niños ataviados 
con lujo que se supone hijos de ambos. A manera de séquito 
marchan en dos filas hombres y mujeres en pareja y por último 
el grupo de instrumentistas con mazacallas, marimbas y los in- 
faltables tamboriles . Haciendo cabriolas en torno al cortejo 
avanzaban el Gramillero y el Escobillero. Sobre una alta ta- 
rima se coloca el santo; en otra inmediata inferior sobre la 
cual hay dos sillones se ubican los reyes, de manera que no 
cubran la vista de la imagen; al pie de los soberanos se sien- 
tan los príncipes. Los instrumentistas se detienen al lado dere- 
cho del santo. 2) Formación en calle y “ombligada”. Hombres 
y mujeres, frente a frente, forman dos filas distanciadas entre 
sí en unos tres metros. Las mujeres baten palmas. Se sus- 
pende la marcha que ritman los instrumentos; los reyes toman 
asiento y va a comenzar el baile. Al hablar de “ombligada” 
recurrimos aquí a una palabra que si bien no figura en el 
léxico afro-platense, sintetiza perfectamente este paso del can- 
dombe; vendría a ser esta expresión una traducción de la 
“embigada” brasileña. Comienza el ritmo sostenido de los 
tamboriles; las dos filas avanzan lentamente casi arrastrando 
los pies y cantando un monótono estribillo que será el bajo 



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HORACIO JORGE BECCO 


continuo de toda la sesión. Al llegar las dos filas frente a 
frente, hombres y mujeres sacan afuera sus vientres y hacen 
como si quisieran chocarse con sus ombligos, luego se retiran 
un paso hacia atrás y repiten este movimiento pero con sus 
caras como si fueran a besarse y por último se entrecruzan 
avanzando siempre lentamente para colocarse en los lugares 
opuestos, es decir, otra vez en calle, pero los hombres en el 
lugar que ocuparon inicialmente las mujeres y viceversa. Dan 
media vuelta y • repiten ocho o diez veces la misma escena 
y el mismo desplazamiento. 3) Cuplés . Terminada lo que 
llamamos “ombligada" y vueltos a colocarse en calle como al 
principio, sin moverse de su sitio flexionan las rodillas al 
ritmo de la música. Salen entonces al medio el Escobillero 
y el Gramillero. El primero lanza al aire su escobilla con la 
finísima habilidad de un prestidigitador japonés con su som- 
brilla, la hace rodar por su brazo y sin detener su movimien- 
to veloz de rotación y traslación la hace girar hasta sus pies; 
la vuelve a levantar al aire, la hace recorrer todo el cuerpo, 
extática la faz, siguiendo con la vista sus movimientos como 
si la escobilla tuviera vida propia y le provocara no se qué 
encantamiento mágico. Entre tanto, el gramillero, hace ca- 
briolas apoyándose en su serpenteante bastón como anciano 
atacado de súbita y epiléptica primavera. De pronto avan- 
zan un hombre y una mujer del extremo de la fila, danzan 
en pareja suelta dándose de vientre y dibujando él la silueta 
de ella en el aire, con sus manos y su cuerpo como si acaricia- 
ra el lugar exacto que ella ocupó. Vuelven otra vez a su 
fila, pero en último lugar y sigue la siguiente pareja. Así 
pasan uno a uno hombres y mujeres hasta que queda en 
primer término de la fila la pareja que inició esta especie 
de “pas de deux”. A veces sale de pronto al medio un negro 
y canta acompañado un cuplé de cuatro versos que festejan 
los concurrentes. Los asistentes acompañan el ritmo mar- 
cando a veces los tiempos débiles de la frase, con palmadas. 
4) Rueda . Vuelven a acercarse lentamente las dos filas y co- 
mienza entonces una evolución en rueda que anuncia el final. 



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Tomados del brazo giran dos o tres veces en parejas frente 
a los reyes en tanto que los tamboriles aumentan la intensidad 
de su sonido. 5) Entrevero. Después comienza el desenfreno. 
Se viene abajo todo el orden coreográfico y ante los reyes 
que parecen ser los únicos que conservan su tranquilidad, 
hombres y mujeres, escobillero y gramillero se entremezclan 
en una danza de pies de fuego. Este es en verdad el Candombe 
propiamente dicho. El movimiento queda librado a la impro- 
visación del momento; se cambian de parejas, se retuercen, 
se encogen, se estiran. Hay sin embargo un detalle importante: 
el movimiento de cada uno de los bailarines parecería ori- 
ginarse de las caderas para arriba; frente al ondular de la 
parte superior del cuerpo, las piernas quedan aferradas a la 
tierra y los pies avanzan siempre arrastrándose en el suelo; 
no hay saltos. Los tamboriles frenéticos baten la más com- 
plicada teoría de ritmos hasta que todo ese mar encrespado 
se aplaca cuando el último de los bailarines ha perdido su 
aliento. El final está determinado por el agotamiento físico 
del cuerpo de baile mientras los reyes quedan también exhaus- 
tos por la tensión y las ganas de arrojar a un lado la corona 
y lanzarse al medio del torbellino”. 

En forma similar se describen las organizaciones o “nacio- 
nes” negras en la banda occidental del Plata, con sus barrios 
principales del mondongo y del tambor. Algunos rasgos dife- 
renciales podemos señalar con respecto a los afro-montevidea- 
nos: los locales no se denominaban salas sino ranchos que 
ellos construían para sus sociedades , cuya finalidad principal 
consistía en adquirir ese mismo terreno y obtener donaciones 
con sus fiestas para libertar a los esclavos. Estos africanos 
porteños desecharon el decorado llamativo, pues no vistieron 
trajes militares y según lo detalla Wilde, llevaban un cha- 
quetón de bayetón, chiripá, calzaban “tamangos” o bien an- 
daban descalzos, tanto como las mujeres, con enaguas de ba- 
yeta punzó, azul o verde. (Testimonios iconográficos incom- 
pletos podríamos hallar en Vidal — con lavanderas morrudas, 
panaderos, esclavos acompañantes — y Bacle, con sus Cuadernos ; 



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HORACIO JORGE BECCO 


mientras don Pedro Figari consigue un plantel redescubierto 
en sus cartones, donde escenas familiares, velorios, casamien- 
tos, portales y bailes, nos hablan gráficamente de un bullan- 
guero pasado. 7 ) 

. Las reuniones no requerían ceremonial fijo, ya que sola- 
mente se bailaba y cantaba. Los bastoneros renovaban conti- 
nuamente sus juegos de sílabas cantables, “sin significado ni 
traducción’', juegos onomatopéyicos que coreaba la multitud. 
Algunas naciones bailan en fila, otras en ronda. La ceremonia 
surgía previa misa en alguna iglesia que tuviera imágenes 
veneradas por las distintas cofradías, las cuales no eran trans- 
portadas a los ranchos. Los instrumentos fueron similares y 
los años de su apogeo corren durante la época de Rosas, quién 
visitaba y permanecía durante los festejos en compañía de los 
reyes o presidentes . 

7 Mayor ilustración sobre el candombe pueden reflejar las viñetas de 
Pedro Figari, al poema "Los Negros" en su libro El Arquitecto (Ensayo 
poético con acotaciones gráficas). "Éditions Le Livre Libre”, París, 1928, 
págs. 109-114. 

"Los negros majestuosos, sumisos, humildes, grotescos, solemnes, carna- 
valescos y muy humanos. Sangre y canto para su pintura. Toques de 
amarillento parva y divisa federal, cuando el candombe tam-tamborilea- 
tam. Todo espacio abierto quiere tener olor de danza negra. En el 
campo el rancho blanco, con sus parejas danzando al compás del tambor 
sobre un aire de mazamorra... mientras en la ciudad y en las barriadas, 
desde los preparativos, adornos y limpieza van confirmándonos en el ale- 
gre escenario de su noche musical. Unos ojos brillan salvajes y el pincel 
toma un blanco-diente para marcar las sonrisas de esa hora. Polleras 
chillonas saltan con cadencioso motivo de los parches que manos so- 
najeras percuten caprichosamente, cuando sus piernas los estrechan con 
virilidad. Suena el candombe. Las manos suben y bajan. Hasta el altar 
con sus tres santitos bien negros, señala su ropa blanca, flamantes Reyes 
del candombe saludan ceremoniosamente y se ríen francos con sus 
compañeros, fantasmagóricamente animados entre cuadriculados, parches 
y percales, enaguas, zapatones, volados, vinchas y espuma de motas. En 
otras —la ceremonia—, lucen uniformes y trajes de gala, encontramos a 
los tíoviejos, un gris de galera copuda, polainas salpicando los lustrosos 
charolados, levitones, las rayas en los pantalones con sus piernas cru- 
zadas en forma de gracia o festejo. Chalecos punzó y distintivos de rojo 
matadura. Descote atractivo y faldas desplegadas con toda coquetería. Las 
cabezas en movimiento siempre. Las manos indefinidas, lustrosas. Allí 
están para siempre sus negros..." Cf. Horacio Jorge Becco, "Los negros 
de Pedro Figari", en revista Buenos Aires Literaria (Bs. As.), año 1, 
número 8, mayo de 1953, págs. 37-40. 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


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Los negros criollos formaron en Montevideo agrupaciones 
como “La Raza Africana’*, que salían a bailar y presentaban 
en su repertorio un tango, modalidad musical alegre y nove- 
dosa que constituía el número final. Más tarde, Carnaval de 
1874, surgen los jóvenes blancos que se disfrazan tiñéndose 
como africanos, y que fueron llamados “negros lubolos”, los 
cuales bailaban un candombe calificado como tango, sin co- 
reografía aún, ni pareja enlazada. En ambas márgenes apa- 
recieron entonces estos falsos negros; fueron candomberos en- 
tre nosotros. 

Ya tenemos ahora la palabra tango situada por Rossi. Pre- 
viamente observa que milonga surge con su significado de 
“bailar”, de reunirse a cantar y bailar: “Armar una milonga”, 
“milonguear”, y finalmente “barullo”. Es voz bunda, de ori- 
gen africano. Pero mejor aún el hábil y argumentado proceso 
que sufre pasando de milonga-canto, hasta la milonga-baile. 
Lugar común en la numerosa e importante bibliografía des- 
arrollada sobre el tema. Lo anecdótico y preciso de Vicente 
Rossi es demostrar que de la misma nace, por corte y que- 
brada, por ser planteamiento de negros, el tango. 

“La milonga aunó la sentimentalidad africana con la inje- 
niosidad rioplatense; en ella todo es propio: nombre, ritmo, 
técnica, ritual y lenguaje”. Y otro curioso observador dice: 
“La milonga es lo femenino del tango y siempre marcharán 
paralelos” (Ramón Gómez de la Serna). También sin alejarse 
redacta una noticia sobre aquellos torneos internacionales de 
milonga, en la Academia San Felipe, en Montevideo, donde 
simplemente el amor propio, firme exposición de habilidades 
y consagración prestada por aplausos, fortalecían el nacimien- 
to de privadas coreografías. Recuerdo palabras de Jorge Luis 
Borges: “La San Felipe era un galpón de madera, su alum- 
brado a querosene, su bochinche a fuerza de armonio, violi- 
nes, arpa, flauta y flautín. Ahí acudían los orilleros de Buenos 
Aires a medirse con los montevideanos. Yo me los imagino a 
esos mis compadritos porteños, adelantándose por el Bajo 
montevideano, con un resabio de mareo en la palidez, pero 



20 


HORACIO JORGE BECCO 


muy orondos, tiesos y duros, con una facha de insolentado 
recelo y hamacándose al caminar, como si ya estuvieran bai- 
lando...” 8 

Otro aspecto fundamental de Cosas de Negros es su capítulo 
sobre El Tango, ya que sostiene su origen en los candombes 
precursores de la milonga. Rossi comienza por aclarar que “en 
1866-67 se propagó en Montevideo un tango titulado “El Chi- 
coba” (en bozal, “El Escoba” o “El Escobero”), pero era un 
candombe, según los que lo conocieron; sin duda un tango 
a lo ‘Raza Africana'. En el 89-90 aparecen en el Plata ciertos 
tangos, compuestos y editados en Buenos Aires por profesio- 
nales criollos, y lo sugestivo del caso es que esos mismos com- 
positores ya editaban milongas. Los tales tangos, eran haba- 
neras, y las milongas de tipo académico montevideano. Ese 
cambio de nombre a la Habanera, no tuvo otro objeto que 
el de ofrecer una novedad “para piano”, e influyó en ello 
la Milonga, que circulaba en ediciones que fácilmente agota- 
ban los aficionados. Se adoptó el vocablo tango, por elogacion 
de tanguito, cubano como la Habanera y ambos danzas de 
negros”. 

A pesar de este afirmativo y despreocupado párrafo, sabe- 
mos que tanto el origen del nombre como el de la danza 
ofrecen todavía discusiones postergables. Entre ellos Carlos 
Vega, quien sostiene cjue los tangos andaluces, cuya populari- 
dad comprenden los años 1855-1880, facilitan la progenitura 
de la danza popular. Opositor completo al aporte negro es 
Lauro Ayestarán, y los hermanos Bates, “para armonizar las 
tendencias en pugna, proponen una componenda conciliadora. 
Para ellos el tango es el estuario de tres ríos musicales y plás- 
ticos: de la habanera recibe la línea melódico-sentimental y la 
pujanza emotiva; de la milonga hereda la coreografía virtuosa; 
del candombe adopta el ritmo machacón”. 9 

8 Rossi por su parte dice “típico desgonzamiento al andar". Borges 
corrigió su primera visión al decir: que el tango es “hoy, una manera 
de caminar". 

0 Héctor y Luis Bates, “Historia del tango", (Bs. As., 1936), Cf.: Horacio 
Arturo Ferrer, “Introducción al tango". Alberto Soriano, “Un aspecto de 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


21 


Por otra parte —alejándonos de las citas numerosas, de- 
dicadas a este capítulo, y de las fuentes bibliográficas-, 
podemos considerar que Vicente Rossi, virtualmente insospe- 
chado iniciador de esta cara folklórica y sentimental de los 
rioplatenses, aportó un personalísimo encanto al total acer- 
camiento del tango, una de las fundamentales evidencias ex- 
presivas de la sensibilidad popular e individual. Luego en 
“los milagros del tango", busca un inventario prolijo en la 
conquista europea — material que lamentablemente abundó, 
proliferado por sus vistosos detalles gráficos, en publicaciones 
al gran público como Caras y Caretas o El Hogar y cuya his~ 
toria sensiblera se había archivado en las paginitas de otras, El 
alma que canta , Síntoma, Cantaclaro, etc—, cuya etapa primor- 
dial significa la aclimatación del tango argentino en París, 
las academias destinadas a la enseñanza del mismo y el afin- 
camiento definitivo. 

Las páginas finales y los suplementos independientes y 
singularmente alterados entre tema o exposición agregados 
por el autor a Cosas de Negros se orientan hacia el folklore 
nacional y sólo contribuyen a reforzar la evidente posición 
de Rossi por olvidar lo hispánico. Estas páginas pertenecen 
a otra historia y muestran, fuera de sus jactancias o errores, 
el ferviente deseo de promulgar un “homenaje al infortunado 
y contento hombre negro". 

la improvisación en el tango"; Casto Canel, "El tango de la Guardia 
Vieja" y Daniel D. Vidart, "Sociología del tango", todos en Revista del 
S. O. D. R. E., Montevideo, 1956, número 4; este último publicado entre 
nosotros —fragmentariamente— como "El tango y la cultura rioplatense" 
en revista Comentario (Bs. As.), enero-marzo de 1957, número 14, 
págs. 13-20. 

Leo con singular asombro en la Enciclopedia Universal Ilustrada 
(Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1928), t. LIX, pág. 353: “Tango, Mús. Danza 
americana, según algunos de origen mejicano, cubano según la opinión 
más general. Desde el punto de vista rítmico es análogo a la Habanera ". 
En otro párrafo: "Consignaremos a título de curiosidad que, según la 
publicación francesa LTntermcdiaire des Chercheurs et des Curieux, es 
oriunda de Francia; en tal suposición la atribuye como origen la Dégog- 
nade des Auvernieuses, danza de movimientos desenfrenados". En la pá- 
gina 354 encontramos una pareja de bailarines —él un negro de trac- 
en "diversas posturas de tango argentino". 



22 


HORACIO JORGE BECCO 


Vicente Rossi y Jorge Luis Borges 

Singular referencia aporta el unificar a estos dos escritores 
argentinos, identificados en algún período de nuestra historio- 
grafía literaria en consecuentes apreciaciones hacia el tango 
y todo su ambiente, cargado de posibilidades líricas o pinto- 
rescas que por ese entonces, arrastraba su visión inédita. Di- 
gamos que Jorge Luis Borges atraído por Cosas de Negros, 
publica en la revista Valoraciones 10 un comentario persona- 
lismo sobre el mismo, del cual registramos este fragmento: 
“Este libro grandote investiga la genealogía del tango; música 
atropelladora y baile solemne cuyo origen deberíamos declarar 
divino o semidivino, causalizándolo en algún dios orillero, en 
algún dios de los Portones o los Corrales, en algún dios de 
los huecos, de las borracherías, de los comités, de las casas 
malas, en algún dios de chamberguito. Rossi lo hace derivar 
de los negros: dice que es la milonga montevideana, trans- 
formación de la famosa habanera, y que nos la trajeron com- 
pleta del Uruguay, con quite y quebradura. Parece que toda 
la negrada de Palermo fué a recibirla y que primero la bai- 
laron sin abrazarse (eso se llamaba el tango lubolo) bailando 
cada bailarín con su sombra jotro negro raro en el piso! 
Después, las casas de bailes con organito y el Teatro Nacional 
fueron divulgándola. Surgió el tango, salió a compadrear por 
el mundo, triunfó en millones de piernas y de caderas el año 
doce y aún está vivo, pese a los bandoneones que lo endeble- 
cen y a la jerga italianada de quienes lo versifican”. 

Pero la difusión más completa la dará desde el periódico 
Martin Fierro, con un artículo titulado “Ascendencia del tan- 
go ", 11 donde destaca sobre la milonga: “Pragmatismos aparte, 

10 En el número 10, t. IV, La Plata, agosto de 1926, págs. 39-40; otros 
comentarios a Cosas de Negros aportan Isaac Carvajal, en Nosotros 
(Bs. As., junio 1926) y Alberto Zun Felde, en El Día (Montevideo, 14 
de julio, 1926). 

11 En el número 37, 20 de enero, 1928; recogido en El idioma de los 
argentinos, M. Gleizer, editor, Bs. As., 1928, págs. 111-121. 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


23 


la argumentación de don Vicente Rossi puede reducirse hon- 
radamente a este silogismo: La milonga es montevideana. La 
milonga es el origen del tango. El origen del tango es mon- 
tevideano. Acepto que la premisa menor es inconmovible; en 
cambio, descreo de la mayor y no sé de ningún argumento 
válido que la fortalezca''. Algunas enumeraciones documen- 
tales reflejan por ejemplo que en el Cancionero bonaerense 
de Ventura R. Lynch, figura la milonga —datos de 1883—, 
divulgadfsima en los bailecitos de medio pelo del arrabal y 
acompañada por las vueltas alegres de un organito. Este es el 
aporte que no retiene Rossi, dejándose llevar hasta el año 1887, 
desconociendo la milonga como danza. En el firme intercam- 
bio de milonga a tango, ya en posteriores enfoques, se vuelve 
a destacar la pobreza sensual de este último, sentido opositor 
al triste bautizo de Leopoldo Lugones y a estos aportes que 
redacta Borges: "Justo sin embargo es reconocer que los lite- 
ratos, al ocuparse del tango, han insistido sobre su lujuria 
tristona, sobre su atravesada y casi enconada sensualidad. 
Básteme citar dos fuertes ejemplos: el de Marcelino del Mazo, 
en la segunda serie de Los vencidos, 1910 (Aura mi hija, aulló 
el compadre y la fosca compañera — ofreció la desvergüenza 
de su cálido impudor — azotando con su carne, como lengua 
de una hoguera, las vibrátiles entrañas de aquel chusma del 
amor), y el de Ricardo Güiraldes, cuyo Tango (El cencerro de 
cristal, 1915) nos impone estos decididos renglones: "Mancha 
roja, que se coagula en negro. Tango fatal, soberbio y bruto. 
Notas arrastradas, perezosamente, en teclado gangoso..." 

Marginalmente señala Borges al terminar esta nota que el 
tango puede haber nacido en cualquier lugar de la ciudad 
de Buenos Aires. Cuida aquí la expresión limitándola —la- 
mentablemente, ya que podríamos confiarle una paternidad 
rioplatense, ya universalizada— , queriendo con ello concretar 
un principio ampliamente difundido, el tango es porteño y 
deja con ello un elemento escenográfico para valorarlo: "Su 
patria son las esquinas rosaditas de los suburbios, no el campo”. 

En noviembre de 1928, Jorge Luis Borges, comenta un nú- 



24 


HORACIO JORGE BECCO 


mero de los Folletos Lenguaraces, en la desaparecida revista 
Síntesis 12 donde dice: “Éste, ahora inaudito y solitario Vi- 
cente Rossi, va a ser descubierto algún día, con desprestigio de 
nosotros sus contemporáneos y escandalizada comprobación de 
nuestra ceguera. Páginas como su descripción del primer can- 
dombe riopla tense en Cosas de Negros y algunos de estos pe- 
leadores Folletos, perdurarán famosamente en las antologías, 
y los ahora indiscutibles desméritos de su autor (parcialidad 
en la información, desconsideración en el modo) servirán para 
dramatizar su carácter. Sus incorrecciones no importan. Nadie 
ha sido inhabilitado para la gloria por causa de su incorrec- 
ción, así como nadie ha sido promovido a ella por buena 
ortografía". 

Entre estos años de 1926 a 1930, afírmase esa paciente ad- 
miración borgeana por la obra filosa de Vicente Rossi. En 
un párrafo le llama “nuestro mejor prosista de pelea" , según 
vemos en su primitivo Evaristo Carriego. 1 * Y aquí también 
Borges estampa su viñeta sobre la milonga cantada: “Su ver- 
sión corriente es un infinito saludo, una ceremoniosa gestación 
de ripios zalameros, corroborados por el grave latido de la 
guitarra. Alguna vez narra sin apuro cosas de sangre, duelos 
que tienen tiempo, muertes de valerosa, charlada provocación; 
otra, le da por simular el tema del destino. Los aires y los 
argumentos suelen variar; lo que no varía es la entonación 
del cantor, atiplada como de ñato, arrastrada, con apurones 
de fastidio, nunca gritona, entre conversadora y cantora. La 
milonga es una de las grandes conversaciones de Buenos Ai- 
res: el truco es la otra". 

Recordemos que posiblemente esta época reviste en el pro- 
pio Borges su exceso de color local, el mayor acercamiento 
hacia lo criollo, intento que más tarde reconoció frustrado y 
externo. 14 

12 Sobre Idioma Nacional Rioplatense; reproducido en V. Rossi, Fo- 
lletos Lenguaraces , N? 10, Río de la Plata, (Córdoba), 1929, pág. 55. 

13 M. Gleizer, editor, Bs. As., 1930, pág. 90; conceptos no modificados 
en la reedición de sus Obras Completas , Bs. As., Emecé S.A., 1955. 

14 Cf. Ana María Barrenechea, “Borges y el lenguaje", en Nueva 



VICENTE ROSSI V SU OBRA RIOrLATENSE 


25 


Realmente de ambos escritores se vislumbran afinidades co- 
munes, reivindicaciones propuestas con amor y nostalgia. En- 
tiendo al enfrentar sus nombres —creo que nunca se ha 
planteado este ordenamiento—, que Jorge Luis Borges gustó 
sin reserva alguna del expresionismo violento y destemplado 
del uruguayo y silenciada la huella preliminar de éste, fueron 
siempre suyos los enraizados temarios que encontró frente a 
“la llaneza de un patio colorado”, en el culto del coraje, en 
el arrabal con su hueco de luna, o en el duelo criollo con el 
valor impostergado del hombre que sueña y cree ser valiente. 


Nota Sobre la Presente Edición 

Cosas de Negros , cuya edición data de 1926 —año clave 15 — , 
fué revisada por su autor, después de algún tiempo, con el 
fin de completar su obra en otra versión futura, que dejó 
al morir en manos de sus hijos. 

Este ejemplar, donde el propio Rossi estampara, segunda 
edición corregida y aumentada, es el que ofrecemos ahora al 
lector. Hemos conservado las disposiciones del libro, como 
fuera presentado en su publicación original, es decir, man- 
teniendo el texto, los ejemplos musicales y luego las notas 
suplementarias. Otro problema respetado, surge de sus cons- 
trucciones gramaticales. Don Vicente Rossi sabemos, tentó la 
estructuración de una gramática nacional rioplatense, como 
puede comprobarse en la serie de Folletos Lenguaraces, que 
detallamos en la bibliografía del autor. 

Al producir Cosas de Negros, las abreviaciones para este 
idioma particular, no estaban completamente desarrolladas; 
por ello, solamente en su alfabeto se modifica la letra G, con 
esta explicación: “Sustituida por J donde tiene sonido de esta 

Revista de Filología Hispánica , t. VII. Homenaje a Amado Alonso, nú- 
meros 3-4. El Colegio de México, México, 1953, págs. 551-569. 

16 Recordemos que se incorporan a la literatura argentina en 1926: 
Los desterrados , de Horacio Quiroga; Don Segundo Sombra, de Ricardo 
Güiraldes y El juguete rabioso, de Roberto Arlt. 



VICENTE ROSSI 



RECTIFICACIONES Y REVELACIONES 
DE FOLKLORE Y DE HISTORIA 


[Portada reducida del original utilizado para la preiente edición.] 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


27 


(género: jénero; argentinidad: arjentinidad). Quedando así 
con solo su sonido suave, deja de acompañarla la U (guiso: 
giso) M . Además prefiere acentuar únicamente las palabras que 
sin el acento tuvieran otro sentido y aquellas que consagra- 
das por el uso han cambiado acentuación: intérvalo, periódico, 
etiópe, etcétera. 

Para el fragmento que transcribimos en esta introducción, 
tomado de Folletos Lenguaraces , año 1939, debemos aclarar 
algunas modificaciones. Aparte de la letra G sustituida por la 
J como hemos visto, aparece la 1, suplantando a la Y en todos 
los casos en que hace de vocal (muy, y: mui, i); la letra S 
reemplaza a la Z (bizcochos: biscochos; corazonada: coraso- 
nada) en todos los casos; figurando la S por la Z y sustituye 
a la X (explicamos: esplicamos; inexplicable: inesplicable); 
la letra D es suprimida al final de toda palabra, acentuando 
la vocal (curiosidad: curiosidá). 

Para finalizar, diremos que la mayoría de las notas que he- 
mos agregado a pie de página, tienen solamente la finalidad 
de aclarar y orientar al lector, ofreciéndole seguras fuentes 
documentales, estudios que modifican o sustituyen actualmente 
la tarea primaria y singular de Vicente Rossi. 

Numerosos temarios que reencontraremos aquí, han sido de- 
purados en otras partes de América, mediante una paciente 
tarea investigadora, realizada con métodos rigurosos —docu- 
mentos y archivos— y con la constante bibliografía siempre 
renovada, gracias al interés universal por estas “cosas de 
negros". 

Dejo mi agradecimiento por la colaboración recibida a Vi- 
cente Rossi (h), que aportó con gran seguridad las aclaracio- 
nes requeridas durante mis visitas a Córdoba, y a Néstor R. 
Ortiz Oderigo, autorizado especialista del folklore afro-ameri- 
cano que correspondió muy amablemente a mis solicitudes. 

Creo también que el nombre de Vicente Rossi y Cosas de 
Negros, llegarán por intermedio de esta edición, a un público 
más amplio, fuera de estudiantes e investigadores, quienes en 
su totalidad podrán así reconocer el valor postergado de su 



28 


HORACIO JORGE BECCO 


diálogo simple y el de este narrador criollo, que honradamen- 
te vivió, emocionado de recuerdos. 

Horacio Jorge Becco 


BIBLIOGRAFIA DE VICENTE ROSSI 


1. Libros 

Cardos . [Cuentos]. Impr. “Imprenta Argentina” [de Beltrán y 
Rossi]; Deán Funes 29, Córdoba, 1905, 123 págs. 

Teatro Nacional Rioplatense. ( Contribución a su análisis y 
a su historia). Impr. “Imprenta Argentina” de Beltrán 
y Rossi; Río de la Plata, (Córdoba), 1910, 198 págs. [Un 
sello de goma dice: “Imprenta Rossi, Dean Funes 457, 
Córdoba”.] 

Casos Policiales, de William Wilson (seud. de Vicente Rossi); 
H serie [única publicada]; Beltrán y Rossi, editores; “Im- 
prenta Argentina”, Río de la Plata, (Córdoba), 1912, 206 
págs. [Un sello de goma dice: “Imprenta Rossi, Dean Funes 
457, Córdoba”.] 

El Gaucho. (Su orijen y evolución). Edición de la “Imprenta 
Argentina”, Dean Funes 152 (Córdoba), Río de la Plata, 
1921, 127 págs. (con ilustración). 

Cosas de Negros. (Los orijenes del Tango y otros aportes al 
Folklore Rioplatense; Rectificaciones históricas). Edición de 
la “Imprenta Argentina”, Dean Funes 152 (Córdoba), Río 
de la Plata, 1926, 437 págs. 

Cuatro Proposiciones. [Presentadas al Segundo Congreso In- 
ternacional de Historia y Jeografía de América, reunido en 
la Asunción del Paraguay en octubre de 1926.] Ed. de la 
“Imprenta Argentina”, Dean Funes 152 (Córdoba), 1926, 
27 págs. 

Folletos Lenguaraces. [Estos folletos de Rossi están numerados 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


29 


del 1 al 31, y publicados por la “Imprenta Argentina” en 
la provincia de Córdoba, mientras repite en todos ellos, 
Río de la Plata, desde 1927 a 1945. Fueron ordenados por 
el autor en tres volúmenes: el primero, comprende los 
números 1 al 10; el segundo, números 11 al 20; y el tercero, 
números 21 al 31. Damos a continuación un detalle de su 
material sin repetir su título genérico.] 

(Primer Volumen) 

1. Etimolojiomania sobre el vocablo “Gaucho”. (La ver- 
sión del Sr. Lehmann Nitsche). 1927, 18 págs. 

2. Rectificaciones y ampliaciones a unas notas lexicográ- 
ficas del “Boletín del Instituto de Filolojía ” de la 
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de 
Buenos Aires. (Extrañar, Malevo, Control, Desde ya. 
Propiciar). 1927, 30 págs. 

3. Mas rectificaciones y ampliaciones a unas Notas Lexi- 
cográficas del “Boletín del Instituto de Filolojía ” de 
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad 
de Buenos Aires . (Al boton, Seca, Vidalita, Rana, 
Achatar, Angurria, Mátete, Arrebañar). 1927, 30 págs. 

4. Supuesta contribución al estudio del Italianismo en la 
Arjentina, del Instituto de Filosofía y Letras de la Uni- 
versidad de Buenos Aires. (Introducción por Almanzor 
Medina, vocablos por Vicente Rossi). 1928, 44 págs. 

5. Las falsas papilas de “La Lengua”. (Figura como autor 
Almanzor Medina). (El cuento jeográfico. Academias 
de “la legua”. Insignificante circulación del libro cas- 
tellano). 1928, 36 págs. 

6. Idioma Nacional Rioplatense (Arjentino-Uruguayo). 

(Primera evidencia). 1928, 52 págs. 

7. Idioma Nacional Rioplatense ( Arjentino-Uruguayo ). 

(Segunda evidencia). 1929, 54 págs. 

8. Idioma Nacional Rioplatense (Arjentino-Uruguayo). 

(Tercera evidencia). 1929, 40 págs. 



30 


HORACIO JORGE BECCO 


[Las aflicciones del Sr. Vasconcelos. Divagaciones y cas- 
tellanismos de D. Americo Castro.] 

9. Del trascendentismo. (Del fantaseo trascendentista de 
D. Amado Alonso). Idioma Nacional Rioplatense. 
(Cuarta evidencia). 1929, 54 págs. 

10. Tata , Mamá , Papá . (Tres voces americanas precolom- 
binas). Idioma Nacional Rioplatense . (Quinta eviden- 
cia). 1929, 62 págs. 

(Segundo Volumen) 

11. Vocabulario de Vasallaje. (Primera serie). 1931, 64 
páginas. 

12. Vocabulario de Vasallaje. (Segunda serie). 1932, 72 
páginas. 

13. Vocabulario de Vasallaje. (Tercera serie y final). 1932, 
72 págs. 

14. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letra A). 

1933, 68 págs. [Inicia Rossi un análisis de las defini- 
ciones presentadas por Eleuterio F. Tiscomia en su 
“Martín Fierro, comentado y anotado", Ed. 1925.] 

15. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letra B). 

1934, 

16. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letra C-l). 

1935, 70 págs. 

17. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letra C-2). 

1935, 48 págs. 

18. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letras C-3 
a F). 1936, 60 págs. 

19. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letras G a 
L). 1926, 70 págs. 

20. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letra M). 

1936, 72 págs. 

(Tercer Volumen) 

21. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro. (Letras N 
Q). 1936, 74 págs. 


a 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


31 


22. Desagravio al lenguaje de Martin Fierro . (Letras R a 
Y). 1937, 88 págs. 

23. Filolojia i Filolorjía. Confabulación Antiarjentinista. 
Elementos para la Gramática Nacional Rioplatense. 
1939, 106 págs. 

24. Martin Fierro , su autor i su anotador. (Dichos, Refra- 
nes, Voces). Número 1, 1939, 98 págs. 

25. Martin Fierro, su autor i su anotador . (Dichos, Refra- 
nes, Voces). Número 2, 1940, 86 págs. 

26. Martin Fierro, su autor i su anotador . (Dichos, Refra- 
nes, Voces). Número 3, 1941, 104 págs. 

27. Martin Fierro, su autor i su anotador . (¿Donde se 
escribió “Martin Fierro'?) Número 4, 1942, 56 págs. 
(con ilustraciones). 

28. Martin Fierro, su autor i su anotador . (De la Pulpería 
al Olinpo). Número 5, 1943, 56 págs. 

29. Romance de la Pulpería . Martin Fierro i Conpañia. 
(Elenco, Escenario, Figuras). 1944, 62 págs. (con ilus- 
traciones). 

30. Para hacer reir. Martin Fierro i Conpañia. 1945, 40 
págs. (con ilustraciones). 

31. Gauchos de Carnaval. Martin Fierro i Conpañia. 1945, 
50 págs. (con ilustraciones). [A punto de ser distribuido 
fallece su autor, como lo señala una noticia necrológica 
que coloca la “Imprenta Argentina". Córdoba, noviem- 
bre de 1945.] 

2. Ensayos y Artículos 

Ciego". (Argumento para un dramita). Diario El Pampero, 

Montevideo, 22 de mayo, 1891. 

Márgara". (Argumento para una pequeña novela). Diario 

El Pampero, Montevideo, mayo de 1891. 

El nido de cuervos". (Artículo polémico). Diario La Liber- 
tad, Montevideo, 20 de junio, 1891. [Sin firmar.] 



32 


HORACIO JORGE BECCO 


“¡Sepárese la Iglesia del Estado!”. (Artículo polémico). Diario 
La Libertad , Montevideo, 3 de junio, 1891. [Sin firmar.] 
“Ingratitud”. (Pincelada). Diario La Libertad, Montevideo, 
3 de junio, 1891. [Firma: V. Vicente.] 

“Un crítico incipiente”. (Sobre el teatro de Echegaray). Diario 
La Libertad, Montevideo, 11 de junio, 1891. [Firma: Un 
critico incipiente.] 

“Apuntes amorosos”. (Del natural). Diario La Libertad, Mon- 
tevideo, 15 de julio, 1891. [Firma: V. Vicente.] 

“Un tipo”. (Que se ha escapado al “Panorama Nacional”). 
Diario La Libertad, Montevideo, 31 de agosto, 1891. [Firma: 
V. Vicente.] 

“Adolfito”. Diario La Libertad, Montevideo, 4 de septiembre, 
1891. [Firma: V. Vicente.] 

“Líneas al viento”. (El gato electoral). Diario La Libertad, 
Montevideo, 10 de septiembre, 1891. [Firma: Criollito.] 

“Las dos infancias”. (Cuento). Revista Iris, Bs. As., año II, 
número 30, 20 de febrero, 1900. 

“La fuerza anónima”. (Discurso). La Poligrafía. (Organo de 
la Sociedad Tipográfica de La Plata), La Plata, año I, nú- 
mero 8, agosto de 1901. 

“Dramas criollos”. Diario La Libertad, Córdoba, enero de 

1902. [Firma: Criollo.] 

“El señor Gonzálo”. (Orador católico. Diario La voz del pue- 
blo, Córdoba, diciembre de 1902. [Firma: Slow.] 

“Cuadro Viejo”. Revista Athenas, Córdoba, febrero de 1903. 
“¡Los Gauchos!”. Revista Athenas, Córdoba, julio de 1903. 
“Inspiración”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, agosto 
de 1903. 

“Besos”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, septiembre de 

1903. 

“Vida”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, octubre de 1903. 
“Muerte”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, octubre de 
1903. 

“Alma”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, noviembre de 
1903. 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIOPLATENSE 


33 

“Barro”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, 3 de marzo, 
1904. 

“Tipo viejo”. (Pincelada). Revista Athenas , Córdoba, sep- 
tiembre de 1904. 

“Anónimo”. Revista Athenas, Córdoba, mayo de 1905. 

“Corazón”. (Intima). Revista Athenas, Córdoba, julio de 1905. 

“A Sangre”. Diario Verdad. (Organo de la Asoc. de Propa- 
ganda Liberal). Montevideo, II, número 24, mayo de 1907. 

“La pesquisa del níquel”. Diario La Vida Moderna, Bs. As., 
octubre de 1907. [Firma: William Wilson; incluido en el 
libro Casos policiales, págs. 1-34.] 

“Los vestigios de un crimen. La calavera del cimiento”. Diario 
La Vida Moderna, Bs. As., diciembre de 1907. [Firma: Wi- 
lliam Wilson; incluido en el libro Casos policiales, págs. 
35-58.] 

“Un robo en complicidad con la ley”. Diario La Vida Mo- 
derna, Bs. As., abril de 1908. [Firma: William Wilson; 
incluido en el libro Casos policiales, págs. 59-108]. 

“La pesquisa del guante cortado en el asesinato de Greifen” 
y “El final de la pesquisa del guante cortado”. Diario La 
Vida Moderna, Bs. As., mayo de 1908. [Firma: William 
Wilson; incluido en el libro Casos policiales, págs. 109-180.] 

“El asesinato del Sr. Gartland”. (Un anónimo del “Asesino”). 
Diario La Vida Moderna, Bs. As. julio de 1908. [Firma: 
William Wilson; incluido en el libro Casos policiales, 
págs. 181-206.] 

“La diadema de la calle Artes”. (Cuento policial). Diario 
La Vida Moderna, agosto de 1908. 

“Un correcto señor de luto”. (Cuento policial). Diario La 
Vida Moderna, diciembre de 1908. 

“Anonimía”. El Diario, Bs. As., 1909. [Firma: William Wil- 
son.] 

“La herida del repórter”. (Un caso de delincuencia ocasional). 
Diario La Vida Moderna, Bs. As. abril de 1909. [Firma: 
William Wilson.] 



34 


HORACIO JORGE BECCO 


“Mi primera pesquisa”. (Cuento policial). Diario La Vida 
Moderna , Bs. As., octubre de 1909. [Firma: William Wilson.] 

“Extraña estafa a un extraño náufrago del 'Colombia'.” 
(Cuento policial). Diario La Vida Moderna , Bs. As., marzo 
de 1910. [Firma: William Wilson.] 

“ 'Martín Fierro' poema”. (Divagaciones). La Voz del Interior , 
Córdoba, junio de 1913. 

“El libro nacional. El intercambio intelectual Latinoameri- 
cano”. La Voz del Interior , Córdoba, marzo de 1914. 

“La influencia de los dramas criollos”. Mundo Argentino, 
Bs. As., junio de 1915. 

“En abrojos”. (Cuento). Mundo Argentino, Bs. As., 1915. 

“Una patriada”. (Cuento). Mundo Argentino, Bs. As., 1915. 

“La indumentaria y el arma del gaucho”. La Voz del Interior, 
Córdoba, 9 de julio, 1916. [Sobre los estudios publicados 
sobre el tema por Carlos O. Bunge y Martiniano Legui- 
zamón.] 

“Los orígenes del teatro nacional y el señor Rojas”. Diario 
Ultima Hora, Bs. As., 6 de marzo, 1922. [Con motivo de 
un trabajo de Rojas sobre el tema que publicó La Nación.] 

“El teatro nacional rioplatense y el señor Echagüe”. Diario 
Ultima Hora, Bs. As., dos artículos aparecidos el 19 y 22 
de marzo, 1922. 

“La dramaturgia argentina y el señor Rojas”. Diario Ultima 
Hora, Bs. As. 25 de marzo, 1922. 

“Juan Moreira. Orígenes del teatro nacional rioplatense”. 
Diario Ultima Hora, Bs. As. 26 de abril, 1922. 

“Los Podestá. Orígenes del teatro nacional rioplatense”. Dia- 
rio Ultima Hora, Bs. As., 19 de mayo, 1922. 

“Siripo y Cía.”. Revista Nosotros, Bs. As., XLII, diciembre 
de 1922, págs. 570-571. 

“Clavo y Cantramilla”. Revista Nosotros, mayo de 1926, nú- 
mero 204. [A propósito de una anotación filológica de don 
Martiniano Leguizamón.] 

“El gaucho fué el primer indio que tuvo noción de la patria. 



VICENTE ROSSI Y SU OBRA RIO P LATEN SE 


35 


(El monumento de Montevideo será ridículo)”. Tribuna 
Popular, Montevideo, 29 de septiembre, 1926. 

“Las fundaciones del invasor en América. (Cada población 
en América tuvo su origen en un poblado indígena)”. Tri- 
buna Popular, Montevideo, 25 de diciembre, 1926. [A pro- 
pósito de la fundación de Montevideo.] 

“El monumento al gaucho”. Tribuna Popular, Montevideo, 
25 de enero, 1927. 

“Introducción. Anulación del castellano por su Academia. 
Influencia del francés e italiano”. Revista Nativa, Bs. As., 
31 de enero, 1928, año V, número 49. [Segunda parte, 29 
de febrero, 1928, número 50.] 

“El Indio Americano en la Historia”. Revista Nativa, Bs. 
As., junio de 1928, número 54. 

“Gauchismos i lunfardismos”. Boletín de Filología. (Instituto 
de Estudios Superiores de Montevideo), Montevideo, marzo- 
junio de 1939, t. II, números 10-11, págs. 523-524. 

“Pelos en la Lengua”. Boletín de Filología, Montevideo, junio- 
septiembre, 1942, t. III, números 20-21. 


3. Teatro 

Cambio de firma . (Comedia en un acto). [Estrenada por la 
Compañía de Gerónimo Podestá, Teatro Nacional, Bs. As., 
28 de febrero, 1913; también por la Compañía Rosich- 
Ballerini, en el Teatro San Martin, Bs. As., 15 de marzo, 
1917.] 

La vida es cuento. (Comedia en tres actos). [Estrenada por la 
Comp. Nacional de Sainetes y Zarzuelas “Podestá-Vittone”, 
en el Teatro Politeama, Bs. As. 9 de octubre, 1913; tam- 
bién por la Compañía [Arturo] Podestá-Ballerini, en el 
Teatro Olimpo, Bs. As., 27 de julio, 1916; y luego la Com- 
pañía “Podestá Hnos.”, en el Teatro de Verano (Calle San 
Juan y Entre Ríos), Bs. As., 12 de noviembre, 1917.] 



[ADVERTENCIA DEL EDITOR 


Las notas a pie de página marcadas con aste- 
risco son de Vicente Rossi; las numeradas per- 
tenecen al autor del Estudio Preliminar y la 
Bibliografía, H. J. Becco.] 



UN MOMENTO : 


Años hace que preparé algo mas de la mitad de estas 
pajinas. 

Fué en plena actualidad del Tango, en pleno triunfo 
mundial de esa danza. 

Los cronistas extranjeros, como de costumbre, le descubrían 
los mas extraños orijenes. 

Los nuestros colaboraban con el debido respeto. 

Nadie observaba a nadie; se ratificaban mutuamente. 

Por eso escribí estas pájinas. 

Después las archivé, sospechando que su propia actualidad 
las anularía, por no estar de acuerdo con lo que al respecto 
se publicaba. 

Pasó mucho tiempo. 

Un dia, revolviendo papeles, encontré un paquete rotulado: 
“El Tango — Sus orijenes”. 

Pensé que no siendo ya objeto de curiosidad ese baile, se 
ofrecía la oportunidad de que su historia interesase. 

Sometí los orijinales al consiguiente proceso de poda e in- 
jerto, de riguroso ritual en esos casos. 

Y como el Tango es “cosa de negros” y al historiarlo corre 
la crónica entre negros, siendo necesario suprimir el título 
de aquel paquete por pasado de moda, le apliqué el que en 
justicia le correspondía: “Cosas de negros”. 

Sea ello en merecido homenaje, siquiera alguna vez, a la 
oscura, leal y abnegada raza, que en esta ocasión servicial 
como en todas, nos conduce, irremediablemente, a las mas 
pintorescas rectificaciones y revelaciones en la novela de la 
historia americana. 

Y vaya, sobre todo, en humilde aporte al Folklore Rio - 
pía tense. 


V. R. 



Cuando el lector crea encontrar errores de los 
llamados entre nosotros “de lenguaje” o “gra- 
maticales”, tenga presente que no lo son, que 
asi lo ha dispuesto el autor, tanto en sus ante- 
riores publicaciones como en la presente. 

Error es el servilismo idiomático en esta ma- 
ravillosa América, cuna de la Libertad ; crisol de 
razas, doctrinas y léxicos. 



EL HOMBRE NEGRO 


Curiosas particularidades de los negros africanos residentes en el Plata.— 
La esclavitud y sus relaciones con el Cristianismo. — Como se creó 
al hombre negro. Una restitución al texto del Jénesis. — Aun 
esclavizado cumple deseos de Jehová. — Baltasar y Benito, dos ne- 
gros apócrifos. — El odio del color. El hombre negro en la con- 
quista y colonización de las Américas. Gobierno de negros. 

Los negros africanos que vivieron en el Río de la Plata, igno- 
raban cuándo y cómo llegaron a estos países. 

Ignoraban su propio idioma, que nunca se les oyó hablar ni 
en sus mutuas confidencias, y aunque en breves y monóto- 
nos cantos pronunciaban extrañas frases, sin duda nativas, 
grabadas en sus memorias en la edad primera y por lo tanto in- 
delebles, no atinaban a traducirlas al léxico que aquí apren- 
dieron. 

Nada más extraño. Su media-lengua, que les valió el apo- 
do de "bozales”,* delataba el largo uso de un idioma que 
no les permitía adaptarse a la dicción de otro; como les pa- 
sa a los europeos que llegan adultos y se radican entre nos- 
otros. El africano fué importado adulto; de haber sido niño 
se explicaría el olvido del propio lenguaje, pero no sería bo- 
zal, como no lo fueron sus descendientes criollos. 

Era inútil preguntarles sobre cosas de su raza o de su tierra, 
no conseguían evocar el más fugaz recuerdo; y ya sea por su 
característica complacencia, o porque los apremiaba el res- 
peto debido al que los interrogaba, respondían generalmen- 
te con un injénuo disparate, seguros de que habían obede- 

* Los portugueses, que dominaron el comercio de negros, llamaron “bo- 
$al” (se pronuncia “bozal”) al negro que no sabía hablar ni hacerse 
entender en los idiomas de los contratantes. Querían significar que es- 
taba como embozalado o con bozal puesto; alusión al que se les co- 
loca a los animales para inmovilizarles la boca o dificultarles su uso. 



40 


COSAS DE NEGROS 


cido e ignorando lo que habían contestado. De una misma 
pregunta se obtenía, con toda seguridad, de cada negro, una 
respuesta diferente. 

Se requería cierta paciente táctica para explicarles y ha- 
cerles retener alguna orden; la lección era al fin aprovecha- 
da, pero con las incertidumbres propias de un entendimien- 
to infantil. 

Parece que esta raza, secuestrada y sometida a las tortu- 
ras de la esclavitud, se hubiese idiotizado perdiendo hasta 
la nocion de lo que fué. Y es de creerlo así, porque el hom- 
bre negro, en estas tierras: de hombre, la figura; de fiera, la 
fealdad. Discurría como un niño y obedecía como un perro. 

Su conformación tan defectuosa y descuidada, podría ex- 
plicar en mucho aquellas particularidades. La Naturaleza le 

Solía ser esa una de las varias condiciones que clasificaban aquella 
mercadería. 

Los negreros trasmitieron con sus tratas, en las Américas, el citado 
vocablo.i 

i Siguiendo los pasos de Covarrubias comenzamos a saber que es 
“bogal el negro que no sabe otra lengua que la suya”. El concepto se 
amplía luego y bozal será la persona sin ninguna experiencia, el igno- 
rante completo. La definición amplia figura ya en Francisco Santamaría, 
Diccionario de Americanismos, México, 1942 t. I, donde anota: “En 
Antillas y Sur América, dícese del que se expresa con dificultad en caste- 
llano, principalmente de los negros. En Cuba y Puerto Rico, negro 
nacido en Africa. En varios países dícese, en general, de la persona ruda 
y torpe. Negro recién llegado de Africa”, pág. 231. 

Su derivado bozalón, na, aplícase también al indio en Ecuador según 
Augusto Malaret, Diccionario de Americanismos, Bs. As., 1946, pág. 163. 

Es frecuente su utilización como vemos en el Quijote, Comentarios 
por Diego Clemencín, Madrid, 1833, t. III, pág. 219; “Halléme bozal , el 
estómago apurado, las tripas de posta...” en Guzmán de Alfarache, Clá- 
sicos castellanos. Madrid, 1942, t. I, cap. III; en una novela afrocubana 
de Alejo Carpentier: “¿Quién comprendía que muchos bozales sólo sabían 
contar correctamente hasta cincuenta?”. j Ecue-Yamba-O ! Madrid, 1933, 
pág. 99; “Más bien tirab'a pampa o a correntina por l’habla... jSi era 
bosalisima!", en Fray Mocho, Obras Completas, Bs. As., 1954, pág. 574; 
hasta Hernández aplicándolo al italiano centinela en el fortín dice: 
“Era un gringo tan bozal que nada sé le entendía”, Martin Fierro, 
Ed. anotada por Santiago Lugones, Bs. As., 1948, pág. 68. 

El mismo Rossi vuelve al tema en sus Folletos Lenguaraces, Número 3, 
pág. 9; Véase nuestro librito, El tema del negro en cantos, bailes y 
villancicos dé los siglos XVI y XVU. Bs. As., 1951, pág. 15. Cf. Bernar- 
dino José de Souza, Dicionúrio da Terra e da Gente do Brasil. Sao Paulo, 
“Brasiüana”, 1939, págs. 51 y 108. 



EL HOMBRE NEGRO 


41 


ha hecho a esa raza la mala partida de darle el don de la pa- 
labra y negarle el del buen discernimiento; y abusando de 
sus recursos ha maltratado despiadadamente la línea sobre 
el peor de los colores, dando a la Humanidad, en el hombre 
blanco la obra y en el negro la caricatura. 

Bajo tan desolada estética se cobijaron, sin embargo, vir- 
tudes que compensaron singularmente el desacierto en el ras- 
go y el color: El hombre negro africano fué honrado y fiel; 
de ejemplar moralidad; estóico para todos los dolores; no cul- 
tivó ninguna ambición, ni aún la del dinero, que no tenía 
para él ni el valor que adquiere con las necesidades más vi- 
tales, pues era lo suficiente sobrio para resistirlas, lo suficien- 
te humilde para recojer el mendrugo que se tira. 

Su infantil criterio le salvó de apasionamientos, le evitó el 
dolor moral. Le enseñaron relijion y se hizo buen creyente 
pero rio fanático, porque en ella aprendió que los bienaven- 
turados y elejidos de Dios eran los humildes y los que su- 
frían. Nadie practicó con mas abnegación y sinceridad la 
bondad cristiana; nadie como él, castigado en una mejilla 
ofrecía la otra; nadie amó mas a su prójimo que el hombre 
negro africano. Se creyó en verdad un elejido, y, confiado en 
la insospechable palabra de Dios, trasmitida por el amo hom- 
bre blanco, esperaba tranquilo el prometido premio de eter- 
no' consuelo, para los que sufrían y obedecían sin quejarse 
ni rebelarse en la vida terrena. 

Y habiendo olvidado con su idioma sus propias supersti- 
ciones, adoptó las del blanco. 

La sincera devoción del negro fué un remordimiento para 
sus mismos catequistas. 

Si el color no hubiese sido un grave inconveniente para 
la canonización, monopolizada por el blanco, las dos terce- 
ras partes del santoral serían negras, por estricta justicia. 

La esclavitud, en todos los tiempos y en todos los pueblos, 
fué instituida o propiciada, directa o indirectamente, por las 
relijiones. 

El Cristianismo surje un día como “la única relijion ver- 
dadera y de verdadero consuelo”, ensayando tímidamente su 
existencia entre los siervos, a quienes les hace creer que su 
condición es precisamente la mas meritoria y grata al “Su- 



42 


COSAS DE NEGROS 


premo Hacedor”, la más requerida para optar a la eterna 
felicidad después de la muerte. Tan eficaz argumento los 
consuela y conforta, ratificando su condición social, que 
aceptan gustosos como un alto y sabio designio de Dios. 

Esta relijion sufre un desdoblamiento y se descompone en 
dos: Catolicismo y Protestantismo, que fieles a sus progra- 
mas de ser agradables a la divinidad, se dedican con furor y 
singular barbarie a la trata del hombre negro, para la que 
se había abierto un inmenso mercado: las Américas. El Pro- 
testantismo surte el Norte; el Catolicismo el Sud, y los dos 
juntos el Centro y las Antillas. 

Aparte la imperiosa necesidad que del hombre negro se te- 
nía para la llamada conquista de América, puesto que del 
indíjena no se pudo hacer esclavos,* los “libros sagrados” no 
se oponían a la institución de la esclavitud, por el contra- 
rio, la admitían como humana y natural, y hasta la regla- 
mentaban. 

La buena fe y el amor de los cristianos catecúmenos se fue- 
ron burlando con fábulas y leyendas místicas, conforme a las 
exijencias de innumerables factores acumulados paulatina- 
mente para “sojuzgar” a la Humanidad, siempre sobre la ba- 
se del temor, que bien aprovechado es muy superior a la per- 
suasión por la bondad. Negro era el símbolo de todo lo ma- 
lo, de todo lo que desagradaba a la divinidad; negro era ca- 
racterística satánica, era Satan mismo. El hombre blanco no 
dudó de que se congraciaba con su Dios martirizando a su 
hermano negro* que por muchas razones de peso parecía no 
ser de elaboración divina. Y aceptando al hombre por su 

# La esclavitud del indíjena es mas “histórica" que cierta. Tribus de 
indios hospitalarios eran traicionadas por el moro-godo y violentamente 
sometidas para robarles y obligarlas a trabajos, pero su retención era 
imposible por el refujio que les ofrecían las inmensas selvas y territorios, 
siempre impenetrables para el invasor, merodeante en pocas y deter- 
minadas sendas. 

Las “encomiendas" eran un sistema solapado de servidumbre que 
instituían los frailes mediante sus prédicas y engaños, aprovechando la 
hospitalidad de los indíjenas, pero éstos cuando se veían mal tratados 
huían sin vuelta. 

Solo el pobre negro era esclavo sin escapatoria: Si disparaba, lo 
ultimaban los perros que los amos soltaban en su persecución, o el 
autóctono que tropezara con él. 



EL HOMBRE NEGRO 


43 


orijen bíblico, forzoso es confesar que un imperdonable ol- 
vido de la Biblia dejaba impune ese delito. 

El Jénesis habla de Adan y de Eva, de los animales, de to- 
dos los adminículos y enseres terrestres, y para nada cita al 
hombre negro. 

Si Jehová creó al hombre “a su imajen y semejanza”, y ese 
“hombre” es el blanco, indudablemente, y en consecuencia 
blanco es Jehová, ¿quién creó al negro, que también es hom- 
bre y no se parece a Jehová? 

Imposible es explicarse de cómo se les escapó el sujeto a 
los sutiles y prevenidos autores bíblicos, pues nada ^habrían 
encontrado mas a propósito para la prueba irrefutable de la 
hipótesis del barro , supuesta pasta jenésica del humano li- 
naje. [Véase nota 1, en pág. 219.] 

Dice el Jénesis en su capítulo I párrafo 27: — “Y creó 
Dios al hombre a su imajen, a su imajen lo creó: macho 

Y HEMBRA LOS CREÓ”. 

Aquí una laguna que puede convertirse en pradera hipo- 
tética: 

27a — Y en su sabiduría previsora Jehová empezó esta pa- 
reja por los pies, y así lo hizo, de los pies hacia arriba. 

27b — Y estando modelados y concluidos los cuerpos, he 
aquí que antes de proceder al de las cabezas sopló Jehová 
jenerosamente la vida en las narices de ambos. 

27c — Y cediendo a ímpetus de ir sobre la tierra, fuéronse 
huyendo, sin consentimiento de Dios; hacia las selvas fueron 
y desaparecieron; llevaban el color del polvo de la tierra de 
que eran formados, y la cabeza imperfecta. 

27d — Y dijo Jehová: “Vivid, creced y multiplicaos, tras- 
mitiéndose vuestras jeneraciones la imperfección del color y 
del físico”. Y así dijo Jehová en castigo por haber huido sin 
ser obra finita. 

Esto explicaría que la raza negra presente cuerpos bastan- 
te perfectos y cabezas deformes, y, sobre todo, que sea negra. 

Fracasada esta primer tentativa de la creación del hombre, 
que un olvido, sin duda, de copia, ha restado al “sagrado 
texto”, encontramos en el capítulo siguiente, párrafo 7, el se- 
gundo amasijo, o sea el de Adan: “Formó pues Jehová al 



44 


COSAS DE NEGROS 


HOMBRE DEL POLVO DE LA TIERRA, Y SOPLÓ EN SU NARIZ SOPLO 
DE VIDA, Y FUE EL HOMBRE EN ÁNIMA VIVIENTE”. 

Aquí Dios hace al hombre solo, lo termina bien, lo blan- 
quea y luego le trasmite la vida en el momento preciso, no 
como a la pareja huida, cuyas narices se ensancharon y aplas- 
taron al' anticipado soplido divino sobre barro blando y sin 
modelar. 

Este error lo simuló sin duda la “Suprema Sabiduría”, pa- 
ra enseñar a la Humanidad que la virtud de la Experiencia 
debe conquistarse a base de fracasos y sinsabores. 

Hecho el hombre, Adan, y puesto en vida, Jehová le comu- 
nica sus órdenes y preceptos y lo ubica en el Paraíso; y pien- 
sa luego Jehová (párrafo 18): “No es bueno que el hombre 
esté solo”. — Y. . . crea todos los animales del Universo pa- 
ra que lo acompañen (párrafo 19); y Adan se entretiene en 
ponerles nombres (párrafo 20). 

Pero Jehová se da cuenta de que ha vuelto a equivocarse, 
pues esa no es la compañía que necesita el hombre, y. . . joh 
cruel ironía! después de todos los animales, Jehová Dios re- 
suelve crear la mujer, con una costilla que le amputa a Adan 
(párrafos 21, 22, 23 y 24). 

Y fué la causa de todo esto, la huida de la primer pareja, 
el macho y la hembra negros, que desde tan remota época 
tiene sobre sus hermanos blancos cierta influencia espiritual, 
tan misteriosa como las selvas donde se ocultó y en las que 
aun hoy se reproducen y viven sus descendientes; en Africa, 
“el continente misterioso”. 

Ese capítulo í del Jénesis, tiene en el texto el carácter de 
sumario previo de la tarea de Jehová para crear el Universo, 
pero bien observado no lo es. El manoseo de los siglos ha mu- 
tilado la obra. 

Hemos visto que el párrafo 27 de ese capítulo anuncia la 
creación de la primer pareja humana; en el siguiente Jehová 
da a esa pareja sus instrucciones: “Creced y multiplicaos, 

Y HENCHID LA TIERRA, Y SOJUZGADLA, Y TENED SEÑORÍO SOBRE 
LOS PECES DE LA MAR, Y SOBRE LAS AVES DEL CIELO, Y SOBRE TO- 
DOS LOS ANIMALES QUE SE MUEVEN SOBRE LA TIERRA.” 

La desaparición de esta pareja, deja las instrucciones para 
la otra, Adan y Eva, que las practica celosamente al ser con- 



EL HOMBRE NEGRO 


Ú5 


denada a renunciar su molicie, a correr mundo, sin perjuicio 
de sus derechos a crecer, multiplicarse, tener señorío y so- 
juzgar. Sus descendientes, al tropezar con su hermano negro 
proceden a “sojuzgarlo” y a “tener señorío” sobre él, que no 
podía ser otra cosa que un animal parecido al hombre, pero 
no un hombre, puesto que no tenía la “imajen y semejan- 
za” de Jehová, lo que tuvo bien en cuenta el blanco, por 
la perspectiva que le ofrecía esta otra orden terminante: 
“El que derrame sangre humana, su sangre será derra- 
mada, POR QUÉ A IMAGEN DE DlOS ES HECHO EL HOMBRE.” 

(Cap. IX, p. 6). 

Pero, Jehová Dios, cuyo espíritu de justicia no ha sido 
todavía bien interpretado y alcanzado, castigó la hipocresía 
del absorbente blanco, permitiendo al negro que “sojuzgado” 
y todo, cumpliera de aquellas instrucciones lo que para el 
blanco fuera mas denigrante y mortificante. 

El lector podrá comprobarlo si su Jehová le ayuda a tener 
paciencia para leer este libro. 

No es versión bíblica la de los “magos” que acudieron a 
rendir homenaje a Jesús recién nacido, es noticia de Mateo, 
que, como saben los eruditos, junto con otros “evanjelistas” 
le ha hecho “segunda parte” a la Biblia. La cita es suma- 
mente pobre y única: “Y como fue nacido Jesús en Belén 
DE JUDEA, EN DÍAS DEL REY HeRODES, HE AQUÍ QUE MAGOS VI- 
NIERON de Oriente a Jerusalén.” Es, pues, invención del 
hombre de la “era cristiana”, contarlos hasta tres ; hacerlos 
reyes; llamarlos Melchor, Gaspar y Baltasar, y, por último, 
darles color de piel, tocándole a Baltasar el negro . 

En esa forma se hacía rendir sometimiento al “soberano 
de soberanos” recién advenido, por representantes de tres 
continentes: Asia, Europa y Africa (únicos emporios huma- 
nos en el concepto de la época), supuestos reyes, dueños de 
pueblos, y no enviados de pulgar jerarquía a las órdenes 
de Herodes, según Mateo. 

Fué el Catolicismo el astuto creador de los reyes pigmen- 
tados, feliz ocurrencia que tuvo recién en el siglo xvi, pues 
el hombre negro había “crecido” y se había “multiplicado” 
asombrosamente, figurando en primera fila en su rebaño. 

La grey negra, extendida por la tierra mediante la escla- 



46 


COSAS DE NEGROS 


vitud, representaba en las Américas algo mas de los dos 
tercios de la población venida a ellas por las rutas colom- 
bianas. Se temió, sin duda, que entre aquellos feligreses 
apareciese el dia menos pensado alguno que solicitase de los 
iluminados, porqué habiendo hombres negros y blancos, los 
elejidos de Dios eran todos de los segundos, aún con ser 
más respetuosos y temerosos de él los primeros. El Catoli- 
cismo se ahorró la respuesta con tiempo. 

Baltasar, rey negro, hacía acto de sumisión de su raza ante 
el Cristo, sin que ello importara la conquista de ningún 
derecho para ella; él sí resulta unjido de santidad a la sola 
vista del celestial infante, y se le canoniza por suponérsele 
altamente congraciado con el Hacedor. Desgraciadamente 
Baltasar, santo negro , se olvidó de los que dejaba en este 
valle de lágrimas, o, lo que es más probable, despreciado 
por su color, alejado del trato de todos, no pudo tramitar 
nada en pro de su desgraciada raza; o, mas filósofo que 
santo, se hizo sordo a los ruegos de sus hermanos, para no 
evocar en los recuerdos del Supremo, incidentes jenésicos 
que podían redundar en propio perjuicio. 

Tiempo después el santoral se resiente de la falta de un 
abogado negro para la clientela cada día mayor de ese color, 
y se envía al cielo a un san Benito, cuya imajen en el Río 
de la Plata tuvo sitio preferente en las iglesias, hasta que 
el agotamiento de la población negra la hizo innecesaria y 
la condenó al depósito de trastos viejos. 

Baltasar 2 y Benito3 negros, son dos ídolos inventados como 

2 En el importante estudio sobre El arte de la imaginería en el Rio 
de la Plata , Universidad de Buenos Aires, Fac. de Arquitectura y Urba- 
nismo, 1948, Adolfo Luis Rivera y Héctor Schenone incluyen la siguiente 
noticia sobre: “Baltasar, San. — Uno de los tres Reyes Magos. Se dice que 
representa la raza africana y es el que ofrece la mirra al Niño Dios. Su 
fiesta es el 6 de enero. Su figura aparece junto a los otros Reyes Magos 
en los pesebres, pero también es objeto de culto especial. Existían imá- 
genes de este santo en la iglesia de la Compañía de Jesús, en Santa Fe, 
y en la capilla de la Chacarita, propiedad del Colegio Grande de San 
Ignacio. San Baltasar y San Benito de Palermo eran santos en particular 
devoción entre los negros, bajo cuya protección ponían siempre sus 
cofradías”. 

3 San Benito de Palermo fué santo genuinamente negro. Nació en la 
aldea de San Filadelfo del obispado de Messana, Italia. Sus padres fueron 
moros convertidos a la religión católica. Vida sencilla y santa fué la 
suya, profesando el hábito franciscano en Palermo, donde falleció en el 



EL HOMBRE NEGRO 


47 


una medida de política relijiosa apremiante, para uso es- 
pecial en las Américas, y para conjurar con tiempo las 
desagradables consecuencias de que al hombre negro se le 
ocurriera reclamar su parte en el guiñol celestial. 

Tenemos fundadas sospechas de que san Benito negro, 
fué inventado y usado en los países del Plata únicamente. 

Para otras rejiones simularon una santa negra que lla- 
maron Apolonia . 4 

Cuando la biblia Naturaleza y la relijion Progreso le de- 
mostraron al hombre blanco su criminal error, el hombre 
negro “sojuzgado” se había diseminado sobre la Tierra, sa- 
tisfaciendo, es de creer, deseos de Jehová, que en muchas 
ocasiones ha sido despiadadamente irónico. 

Esta bromita ha dado marjen al litijio humano que se 
designa con el título de “odio de raza”. 

El blanco y el negro, hoy hombres “libres y civilizados”, 
se hostilizan en toda forma. El descendiente del antiguo 
amo no se aviene con el descendiente del antiguo esclavo; 


siglo xvi. Las imágenes que conocemos, lo representan con el rostro de 
color moreno oscuro, como un etiope o un númida". Esta es la descrip- 
ción que nos da Ildefonso Pereda Valdés en su interesantísimo estudio 
Negros Esclavos y Negros Libres, Montevideo 1941. 

Este San Benito de San Filadelfo, llamado San Benito el Negro y el 
Moro, figura en una pieza de LorE de Vega, titulada El Santo Negro 
Rosambuco (Véase, edición de la Academia Española dirigida por M. 
Menéndez y Pelayo, 1890-1913; en los tomos IV y V, figuran comedias 
sobre vidas de santos.) 

Sobre su figura y un grabado del mismo hemos apuntado detalles en 
nuestro libro El tema del negro, pág. 14. 

Recordamos también unas Coplas candomberas de autor anónimo que 
dicen: San Benito e neglo/ Neglo en su coló/ Pelo en su veltule,/ No hay 
otlo mejol. * 

Figuran en la antología de Hugo Devieri, Versos de piel morena, Bs. 
As., 1945. También se reproducen en Horacio Jorge Becco, Negros y 
morenos en el Cancionero Rioplatense, Sociedad Argentina de Ameri- 
canistas, Bs. As., 1953, pág. 44. 

>4 Santa Apolonia, la virgen y mártir del siglo iii, que es invocada contra 
el dolor de muelas. Ya vemos su conocida y divulgada oración citada 
en Fernando de Rojas, La Celestina, Ediciones “La Lectura", Espasa- 
Calpe, Madrid, 1931, t. I, pág. 181; Cf. A. Castillo de Lucas, Folklore 
Médico-Religioso, S. Apolonia, Abogada de la dentadura; Madrid, 1943, 
pág. 31 y Luis Da Cámara Cascudo, Diciondrio do Folclore Brasileiro, 
Instituto Nacional do Livro, Rio de Janeiro, 1954, pág. 54. 



48 


COSAS DE NEGROS 


lo repudia, lo deprime, y hasta lo aleja de los más elemen- 
tales goces de “igualdad y fraternidad". 

No ha demostrado el negro de hoy que le envidie a su 
hermano blanco otra cosa que no sea el color, y éste no 
teme ni repudia del negro otra cosa que su oscura piel; no 
es, pues, acertado llamar “odio de raza" a lo que sencilla- 
mente es “odio del color". 

“Odio de raza" es la persecución a los compatriotas de 
Jesús, los judíos. 

El conflicto del “color" se desarrolla en tierras de Amé- 
rica. 

El blanco se ha permitido considerar al negro un intruso, 
y no es así: el negro es descendiente directo de conquista- 
dores, porqué sus ascendientes fueron parte integrante del 
elemento que se ubicó en estas tierras, en son de conquista 
y colonización, de que tanto alarde hacen en sus historias 
los blancos. 

Este conquistador negro fué traído a estas tierras por el 
aventurero, no por la aventura; circunstancia que fomentó 
en él fuertes sentimientos de arraigo para con el suelo donde 
se le trasplantaba . 5 

Fué la única máquina útil que conoció la colonia, y el 
único elemento y nocion de trabajo que tuvieron aquellos 
colonos, particularmente entre nosotros. 

Dice un cronista hispano, haciendo historia sobre el co- 
mercio de negros: “La trata, evidentemente, fué siempre un 
mal, pero en un principio fué un mal necesario; sin ella 
jamas se habría iniciado la explotación de las riquezas que 
al mundo occidental ofrecía el Nuevo Mundo." 

Dió el hombre de las primeras filas en la causa de Amé- 
rica; más tarde en las montoneras criollas del caudillaje; y 
más tarde aún, en la retirada del pasado siglo, negros for- 
midables como Maceo, los hermanos Cáceres y otros famosos 
jefes negros, con ejércitos invictos de negros heroicos, le- 

6 “Casi a raíz del descubrimiento de América, los reyes católicos dieron 
una real cédula (1501) permitiendo que los españoles pudiesen llevar 
negros a los países recién descubiertos, pero sólo los que hubiesen nacido 
en poder de amos cristianos”. Carlos Alberto Romero, Negros y Caballos. 
(Separata de la Revista Nacional. Bs. As., 1902, t. XXXIII, entrega III, 
pág. 1.) 



EL HOMBRE NEGRO 


49 


yantaron y sostuvieron en Cuba el pendón de la libertad, 
ante la vergonzosa indiferencia de la América latina.® 

, No sólo al blanco le estuvo reservado hacer gobiernos en 
tierras de América, también el destino obsequió con esta 
debilidad al negro, que con su raza gobernó hasta esta fecha 
la minúscula y turbulenta Haití. 

Allí se definió bien el “odio del color”, pues el negro, 
sin vueltas ni contemplaciones, prohibió la naturalización 
del blanco en su primera constitución (1846), y le dificultó 
la vida para que se retirara de la isla, demostrándole que 
no necesitaba de él. 

No fué tan atrevida medida una “cosa de negros”, pues, 
Haití dió a la América el ejemplo entonces muy avanzado 
y todavía hoy no del todo imitado, de sancionarse una cons- 
titución liberal y democrática (1866), con libertad de cultos 
y supresión de la pena de muerte. [Véase nota 2, en pág. 221.] 

De quien menos podía esperarse tal exponente de pro- 
greso social era de los negros de Haití, desgraciada rejion 
castigada por continuas guerras, depredaciones y crímenes 
entre moro-godos, franceses e ingleses; fué el paradero de 
los mas temibles piratas, constatando los hechos que solo los 
negros tenían espíritu de organización, salvado dignamente 
de tan tenebrosa escuela, después de largas y espeluznantes 
luchas. 

Aun con ser los moro-godos venidos tras el índice de Co- 
lón, los primeros invasores de aquella comarca, los haitianos 
adoptaron el idioma francés, haciéndose un derivado propio, 
que los franceses, según costumbre, llaman “patuá”, y es 
referencia estimable del nacionalismo de aquellos negros. 

Sin duda hay en todo esto la mano invisible de Jehová, 

6 Ferviente americanista, Vicente Rossi, en el año 1895 en Montevi- 
deo, fomenta con volantes sueltos el episodio de la guerra de Cuba. 
Así esos papeles impresos de manera simple eran distribuidos o bien 
lanzados en la capital uruguaya con titulares que dicen: El patón Weyler; 
Liberales y republicanos ¡Viva Cuba Libre!, etc. Recopilo uno de ellos 
para informar sobre la tónica violenta y partidista de su redacción: 
“ Americanos . Recordad siempre que 47 generales españoles, cargados de 
condecoraciones, luchan innoblemente contra tres ciudadanos héroes: 

I Maceo, Gómez i Garcial” 



50 


COSAS DE NEGROS 


que desde el Jénesis ha encontrado su única y mas sana 
distracción en las cómicas incidencias entre negros y blan- 
cos, y en los cons trastes y analojías con que “ridendo” los 
castiga. 

“Odio del color” es pura y simplemente, y si alguna de 
las partes quiere aducir quejas contra la otra, sólo el negro 
acusaría, alegando que su raza sufrió antes el martirio de 
la esclavitud y sufre ahora la persecución de la ingratitud, 
que es acción bien negra, según suele el blanco asegurar. 

Sólo el negro podría decir de la ascendencia de ambos: 
que la suya tenía el pigmento oscuro en la piel, la del 
blanco en la sangre; que ésta tenía regularmente confor- 
mada su intelijencia, aquella bien definidas sus virtudes; 
que el blanco derramó lágrimas del negro enseñándole a 
sufrir; el negro derramó las del blanco enseñándole a reír, 
a saltar ... a bailar ... Y el blanco, todavía hoy, baila lo 
que le enseña el negro, cuya misteriosa influencia le recrea, 
entregándose a ella con toda la fruición de sus nerviosi- 
dades y desordenada sensibilidad, con que se inyecta esa 
alegría de vivir que disparatando sus exteriorizaciones ni- 
vela razas, clases y colores . 7 


7 Concuerda con ello Hermann Keyserling al decir: "El hombre afri- 
cano ha impregnado tan profundamente de psique africana la tierra donde 
ha sido traído, que los blancos en ella, cantan melodías negras para dar 
aitre a su corazón". Cf. Diario de Viaje de un Filósofo. Editorial Espasa- 
Calpe, Madrid, 1928. Similar expresión nos transmite Élie Faure refiriéndose 
a "El alma negra o la virtud del ritmo", donde leemos: "La música que 
ha sumido el alma negra en el arte moderno, desde el más refinado al más 
brutal e incluso al más sabio y alejado de la incesante repetición rítmica 
del tam-tam y del decorativismo, se asocia tan estrechamente a la danza 
en el negro, que no se puede concebir la una sin la otra". Cf. Otras tierras 
a la vista , Editorial Nova, Bs. As., 1945, pág. 43. 



EL PRIMER CANDOMBE 


La clasificación en “naciones". — Intimidades coloniales que cambian 
la situación del negro. — Un día se produjo un milagro. El primer 
candombe. Unica fiesta de carácter patrió tico-relijioso y única ale- 
gría colonial. — Razones que incorporan el Candombe a la colonia 
y a su relijion. 

La raza Negra sufrió aquí, como en todas partes, las tor- 
turas de un salvajismo que, ella misma aun con ser salvaje, 
desconocía . 1 

Singularmente constituidos para el dolor, tan oscuros de 
cerebro como de piel, los hombres negros concluyeron por 
creer natural y justa su condición de animales domésticos, 
y sacrificaron al capricho del “amo y señor” hasta el oculto 
derecho de pensar. 

El hombre-fiera de las selvas africanas transformado por 
el sufrimiento en hombre-perro 2 . . . Podríamos demostrar al 
novelista orijinal que creó el “caso extraño” de convertir 
por el dolor a los animales en seres humanos, que su des- 
cubrimiento tiene antecedentes muy viejos y bien conocidos. 

1 Aclara el profesor Arthur Ramos: “El régimen de la esclavitud alteró 
por completo el behaviour social del negro. La esclavitud los trituró en la 
gran muela de la opresión blanca. En el Nuevo Mundo no se podía hablar 
de negros de la cultura occidental, de negros pastores o de negros de la 
civilización mahometana, de súbditos de grandes reinados, ni de descen- 
dientes de aristocráticos linajes. Aquí sólo hubo negros esclavos. Sus cul- 
turas se disfrazaban bajo formas caricaturescas para escapar a la censura 
de sus señores los blancos. En este trabajo de deformación se salvaron tal 
vez sus creencias: tan grande fué el poder dinamogénico que las acompañó. 
Lo demás sobrevivió en el folk-lore: lengua, música, danza y otras institu- 
ciones sociales". "As culturas negras no Brasil", Revista do Arquivo Muni- 
cipal, XXV, San Pablo, 1936, pág. 123. 

2 Esta idea del negro salvaje y bárbaro fué una invención europea 
según sostiene Leo Frobenius, Kulturgeschichte Afrikas, Phaidon Verlag, 
1933, pág. 13. 



52 


COSAS DE NEGROS 


El negro africano percibía la patria instintivamente, sin 
alcanzar a explicársela. Sabía de un nombre de origen, aquel 
con que lo negoció el negrero, su marca de fábrica , pero no 
sabía de vanidades fronterizas ni de colores de banderas. 

Los traficantes de esclavos clasificaron la mercancía se- 
gún las rej iones de su procedencia. Una misma comarca 
africana podía comprender varios pueblos, tribus o reinos, 
que los traficantes titularon “naciones”, conservándoles su 
nombre local, africano, que era la etiqueta clasificadora 
necesaria y rigurosa, pues entre los nativos de aquellas na- 
ciones existían diferencias físicas, orgánicas y morales, que 
se tomaban bien en cuenta en las transacciones. 

A los negros les resultó providencial la clasificación, por- 
qué en su ostracismo los congregó mas tarde por los pue- 
blos o tribus a que pertenecieron allá, en una lejana tierra 
en donde no nacen hombres blancos. Conservaron el título 
de “naciones” con verdadero cariño, por el derecho que les 
daba a ese inmenso consuelo de la sociabilidad, aspiración 
injénita hasta en los mismos irracionales, pero no lograron 
formularse el concepto patriótico, por cuya razón nunca die- 
ron una nota ingrata de rejionalismo, ni aun con los mismos 
“mandingas”, 3 considerados entre ellos como malos e in- 
dignos. [Véase nota 3 en pág. 222.] 

El negro aprendió a oir con t error la palabra “libertad”, 
porqué la mas mínima sospecha en tal sentido le significaba 
el mas horrible casti go. La lóbrega noche del colon iaje debió 
ser espelu znante para el infeliz esclavo, pese a la necesidad 
e importancia de su concurso en los destinos de la kábila 
fidalga. 

Todas las qtencion e^jde,- familia dependían de la m ano 
del neg ro. Casi todos los oficios más indispensables_Jos. aten- 
día el_negro, con el agregado de pequeñas industrias que 
él mismo implantaba. Y, cuántas noblezas y señoríos y arro- 

3 Siguiendo el libro de Rossi, Arthur Ramos afirma: “El que los 
mandingas fueran así considerados se debe probablemente a la misma 
razón que en el Brasil donde ocurre que los negros musulmanes son 
tachados por los demás negros de rebeldes y altivos". Las Culturas Negras 
en el Nuevo Mundo, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1943, 
pág. 212. 



EL PRIMER CANDOMBE 


53 


gandas de tan curiosa colonia , llenaban el estómago y se 
ponían camisa limpia con el trabajo del negro, su único 
“cofre de caudales*’! 

Fué el negro el que sostuvo aquellos aduares marroquíes, 
permitiendo que subsistieran para que la crónica los hon- 
rara llamándoles “colonia"; rejuntamiento de seres inútiles, 
forzados unos y otros aventurados hasta estas “maravillosas 
tierras de Indias", según se epigrafiaban las estúpidas “re- 
señas de viajes" que profusamente circulaban en Europa- 
landia. 

El Tiempo, panacea inalterable y lejislador incorruptible, 
suavizó el contacto entre la fiera blanca y la bestia negra. 
Diferentes circunstancias, en su mayoría privadas, contribu- 
yeron a que el verdugo se ensañara menos en su indefensa 
víctima. Las jen eraciones nuevas de los blancos vinier on dis - 
pu^sUsjiJiac^ ma^ humana la vida de la infeliz grey_ negral 
enjcuyos^ brazos mecieron sus infancias, bajo cuya dirección 
y custodia aprendieron los primeros pasos, y en cuyos pe- 
zones, no pocas veces, encontraron el alimento vital que no 
podían o no querían ofrecerles sus propias madres. 

La Libertad preparaba esa vez una de sus mejores con- 
q uistas , en absoluta reserva, pacientemen te ; anudando sen- 
dmientos^ eslabonan do afectos, y, transfundiendo la sangre. 
He aquí el secreto de la “bondad" de los amos en el Rio 
de la Plata. [Véase nota 4, en pág. 224.] 

Es de suponer la sorpresa por la primera tortura dispen- 
sada. Mas tarde, la cifra rebajada de una vulgar flajelación. 

Es de sup oner el asombro con que fué recibida la prime r 
sonrisa ^ con que el pr imer “noble señor" reconvino l a ino - 
cente torpeza de un esclavo, fa Ita que antes castigaba en- 
furecido. 

Y en los fondos de las “mansiones señoriales", la ración 
de sol que los amos regalaban a sus negros, por ser estimu- 
lante orgánico, necesario para la mejor conservación de la 
máquina , fué poco a poco otorgada sin medida ni control 
alguno. 

Un dia se produjo un milagro. 

Debió ser con motivo de alguna “solemne" fiesta, de 
aquellas en que los cascarudos de la colonia ^desarrugaban 



54 


COSAS DE NEGROS 


sus mejores trapos y se los calzaban, sacando a lucir sus 
blasones en los fundillos y en las rodillas, diseñados allá en 
su terruño por la habilidad de los sastres moriscos, verda- 
deros artistas en remiendos; heráldica que mas tarde la 
crónica jenerosa, colgó sobre las puertas de esos sepulturales 
refujios morunos de barro, piedra y teja, que caracterizó la 
arquitectura colonial . 

Debió ser con motivo de algún “feliz alumbramiento real”, 
o fecha onomástica de alguna “majestad”, o el arribo de 
algún “Adelantado” que había gran interes en adular. 

El caso fuá, q ue cada “noble señor ” se largó a la cal le 
con toda sú negrad a, parte integrante de sus pergaminos y 
pública demostración de su feudo, que la prosapia aquella 
cotizaba su valer por el de sus negros. Corte y mesnada, 
fortuna, predio y súbditos, estaban representados por los 
esclavos, y eso “regodeaba en grado sumo” al moro-godo y 
al moro-lusitano, que comediaban torvamente de “señores 
de horca y cuchillo”, remedando a sus amos de “allende el 
oceáno”. Cada colono se sentía un autócrata moro con un 
pueblo negro, y esa manía es la que fabricó tanto' “docu- 
mento”, tanto protocolo, tantas “leyes” y “ordenanzas” de 
“majestades” problemáticas, para gobiernos irrisorios en pue- 
blos ilusorios, todo lo cual delata la ignorancia petulante 
de aquellos sujetos. [Véasé' nota 5, en pág. 226.] 

Y mientras los amos se reunían en solemne función reli- 
jiosa, dando gracias a Dios por el fausto “acaecimiento”, y 
cabildeaban después con impagable gravedad, los negros se 
congregaban al aire libre, (que en otra forma no podía ser), 
por primera vez en gran número y con tanta liberalidad. 

Han debido observarse unos a otros con recelo. ¿No sería 
alguna emboscada sujerida por la imaj inación diabólica de 
aquellos “nobles hidalgos”, maestros en la falacia y en la 
crueldad, para tener un motivo, (muy lójico en la época), 
de ostentar jesto justiciero propinando azotes por lujo? 

„ Los negros mas ancianos han hablado, asegurando a sus 
hermanos que era cierta la orden de reunirse y alegrarse 
como les pareciese; que sus ahora cariñosos amos les per- 
mitían divertirse en ese dia sin miedo a retos ni a castigos. 

Bien pudo esta ser la primer “merienda de negros”. [Véase 
nota 6, en pág. 229.] 



EL TRIMER CANDOMBE 


55 


La alegría de verse reunidos subía en estrépito a medida 
que se intimaba, comiendo golosinas y aplacando la sed con 
algún inofensivo brebaje, cosas todas de su propia elabo- 
ración, y sin las cuales aquel inusitado lunch habría dado 
la impresión de un mercado de esclavos. 

De repente un negro viejo da un alarido acompañado de 
un salto, y queda inmóvil, de pié, encojido el cuerpo, sus- 
penso en otro salto interrumpido, dando la grotesca silueta 
de una sorpresa fotográfica; con la mirada brillante y una 
sonrisa que asemeja un dolor, observa indeciso a sus her- 
manos, como si los consultara sobre su insospechado des- 
plante. 

Un profundo silencio se ha producido de improviso en 
aquel rumoroso hormiguero negro; todos fijan su vista con 
ansiedad en el que ha gritado. Después de esta sujerente 
espectativa, éste repite el alarido y se entrega a una serie 
de saltos acompasados, jirando sobre sí mismo, levantando 
las piernas alternativamente, cual si estuviese sobre un suelo 
pegajoso del que le costase desprender los pies, al compás 
monótono de un canto quejumbroso silabeado en lengua 
extraña. 

En todas las caras blanquean los dientes y los ojos en 
señal de intensa alegría; en las de los jóvenes con una mez- 
cla de indecible curiosidad. Otros negros se apresuran a 
acercarse al que está bailando, algunos van marcando con 
sus piernas igual compás hasta llegar a él; en pocos ins- 
tantes le rodea un círculo en el que sin orden de colocación 
son muchos los que bailan y cantan en la misma forma y 
tono del primer oficiante, quien continúa su extraña danza 
sin haberse detenido un segundo, por el contrario, al notar 
que ha sido interpretado ha redoblado sus fuerzas, pues 
su voz y sus pataleos sirven de guía en ese momento . 4 

4 “El bailarín primitivo es por sí mismo un instrumento percusivo, 
un “cuerpo sonoro", que hace música con el staccato de sus pies y a veces 
con el palmeo a contrapunto de sus manos y con los fraseos melódicos 
de sus cuerdas vocales. Nada más característico de los negros africanos 
que esa “música hecha con los pies"; de la y que son derivaciones ultra- 
marinas los zapateos y escobilleos hispánicos, la sand-dance, los steppers 
de los negros angloamericanos, y el ritmico chancleteo de la mulata san- 
dunguera. Es baile que por sí mismo se musicaliza". Fernando Ortiz, 
Los Bailes y el Teatro de los Negros en el Folklore de Cuba , Publicaciones 
del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, Habana, 1951, pág. 112. 



56 


COSAS DE NEGROS 


Algo ha pasado por el alma de aquellos hombres; íntimo 
entusiasmo los ha transfigurado. Si aquella no es la libertad, 
el instinto les dice que se ha de parecer y ha de ser muy 
hermosa. 

La danza adquiere proporciones no previstas; paulatina- 
mente el grupo de danzantes se ha ordenado, forman un 
gran círculo de hombres y mujeres; en el centro varios an- 
cianos modulan con voz clara y firme la triste cantinela 
que da el ritmo y es repetida invariablemente por los demás. 

Ahora producen la ilusión de seres endemoniados que se 
retuercen y vociferan, cual si desde lo alto les cayera algún 
líquido hirviente sobre la piel. La actitud dice del hombre 
salvaje de las selvas africanas, en su ceremonial de contor- 
siones en rededor de la sagrada pira de su culto; los disloca- 
mientos de la fiera hacen cambiantes con las jenuflexiones 
del idólatra. Algo hay allí, en medio de la rueda de los 
hombres negros, algo que solo ellos ven, sienten y com- 
prenden. 

Algo ha pulsado de improviso una sola fibra que ha dado 
en todos la misma nota. 

La canción de la cuna! ... La danza de la raza! 

No saben cómo ha sido. No saben si antes de ese ins- 
tante las hubieran recordado si les hubiesen hablado de 
ellas. 

Han venido de muy lejos. Traen sonrisas de la temprana 
edad en que fueron aprendidas; traen recuerdos del suelo, 
de la choza, del Sol! 

La canción de la cuna... ¡que arrulla los primeros sue- 
ños, que fortalece las primeras ilusiones, que consuela en 
la vejez! 

La danza de la raza ... — que es la voz del terrón nativo, 
que es la bandera en sílabas armónicas. 

Algo hay allí, en medio de la rueda de los hombres ne- 
gros, y es la patria...! Unos instantes de libertad la han 
evocado, y ella ha acudido solícita a fortalecer los quebran- 
tados espíritus de la infeliz grey, que olvidada de sí misma 
ha revivido la tribu en una de sus mas típicas expresio- 
nes ... y en presto homenaje, con la mirada dilatada y los 
belfos palpitantes, con una sonrisa que semeja una mueca, 
danza en torno de la visión. 



EL PRIMER CANDOMBE 


57 


La primera libertad, la primera alegría, siempre para la 
madre patria. Los hombres negros no la comprenderán de- 
bidamente, no se la explicarán, pero la sienten con la salvaje 
intensidad de una superstición poderosa. 

Ni un momento decayó el compás martillante de las pocas 
palabras de un extraño idioma ya olvidado, porfiadamente 
repetidas, con las que sostenían y empujaban su danza. 

Aquella fué, sin duda, la inocente y curiosa escena en que 
emplearon su providencial asueto. 

Así debió producirse el primer candombe en el Río de la 
Plata. 

Los “nobles señores”, de vuelta de su respectivo “refocila- 
miento”, y en procura de su complemento negro para retirar- 
se a “solariegas mansiones”, han quedado alegremente sor- 
prendidos ante la coreografía salvaje de su chusma. Contem- 
plaron la escena con íntimo entusiasmo ... en las corvas una 
tenue comezón atávica, que ellos también, descendientes di- 
rectos y por muchas jeneraciones del moro, y por lo tanto 
con sangre africana en sus venas, experimentaban en el can- 
to y en la danza de sus negros la sujestion del solar de la 
raza. 

Amos y esclavos se retiraron preocupados con la revelación 
de ese día. Los amos formándose el propósito de ceder, 
apenas se les solicitase, un recreo que con toda seguridad 
debía terminar en baile. Los esclavos, consolados por la 
evocación, van hacia sus cadenas seguros de encontrarlas 
menos pesadas, y con el instintivo compromiso de consagrar 
al recuerdo de la patria las alegrías colectivas. 

Aquella secreta conspiración de sentimientos de blancos 
y de negros en pro de la grotesca danza, hizo que ésta se 
repitiera cada vez que la oportunidad se ofrecía. 

Los negros debieron darse cuenta de que no faltaba in- 
terés de parte de sus dueños en que se verificase aquella 
fiesta lo más a menudo posible, y poco a poco fué aplicada 
a todo acontecimiento o regocijo popular, y tiempos vinieron 
en que era el principal número del programa. 

La negrada, agradecida a la bondad con que se aceptaba 
su expansión danzante nacional, se preocupó en hacerla más 
típica, luciendo vestimentas, distintivos y accesorios que ha- 



58 


COSAS DE NEGROS 


cían pasar por rejionales; distribuyéndose cargos jerárquicos 
para más orden y solemnidad del acto, y hasta reconociendo 
reyes entre sus más respetables y venerables miembros. Tra- 
taron de clasificarse por tribus, adoptando para todas ellas 
el título de “naciones” sin perjuicio de su nombre indíjena. 

La colonia consagró esta fiesta para todas sus clases sociales, 
haciendo de ella verdaderos acontecimientos en los “prime- 
ros” de año, en “las pascuas”, “dias de reyes”, y en las 
fechas de los diferentes “santos de su devoción”. 

Cómo negar al negro, único sostén de aquella colonia , 
una expansión tan alegre y pintoresca! 5 6 Además los pobres 
“nobles señores” tuvieron su primer día de franca alegría 
cuando los negros bailaron su primer candombe, que fué 
desde entonces en la sórdida ranchería la única fiesta en 
que los ruidos retumbantes de los instrumentos africanos, 
sustituían y superaban al de los fúnebres cencerros relijiosos. 

Los frailes, por su parte, concedían aquella “francachela” 
en deuda con los negros por el ejemplo que les daban de 
una relijiosidad sincera y edificante, por el uso que hacían 
de su fidelidad e injenuidad, y por parentesco. No solo no 
se negaron a la institución del Candombe, sinó que lo aso- 
ciaron a fiestas de la iglesia . 6 

5 Es exacta la expresión “único sostén”, que Juan Agustín García enca- 
silla económicamente como “fuente de renta”. En su detallado ensayo 
La Ciudad Indiana, Buenos Aires desde 1600 hasta mediados del siglo xviii, 
Bs. As., 1900: “De su trabajo viven casi todas las familias. Monopoliza 
las industrias y oficios, las humildes funciones indispensables en la vida 
urbana. La casa es un taller o depósito de obreros, que salen todos los 
días a vender su trabajo por cuenta del dueño. Como negocio era pingüe, 
una colocación de dinero fácil y de pocos riesgos”. Cap. V. Más adelante: 
“El artesano era el esclavo. Sólo algún europeo muy pobre ejercía la 
industria. Calculando el precio de un negro adulto en cien pesos, y en 
cinco o seis por ciento el interés del dinero, cada pieza debía producir 
nueve o diez pesos mensuales. . . El negocio debía ser muy bueno, dado 
lo que se disputaban los cargamentos de negros”. Cap. VII. 

6 “La religión —dice Gilberto Freyre— se convirtió en el punto de 
contacto y de confraternización entre las dos culturas, la del amo y la del 
negro, y jamás en una barrera infranqueable. Los propios curas procla- 
maban la conveniencia de conceder a ios negros sus esparcimientos afri- 
canos. Uno de ellos, jesuíta, escribiendo en el siglo xviii, aconsejaba a los 
amos no sólo que les permitieran, sino que ‘acudieran con su liberalidad’ 
a la fiesta de ios negros”. Recogido por Ricardo Rodríguez Molas en su 
folleto, La Música y la Danza de los Negros en el Buenos Aires de los 
Siglos XVIII y XIX . Bs. As., Ediciones Clío, 1957, pág. 12. 



FL TRIMF.R CANDOMBE 


59 


El africano al revelar su baile nacional, insinuante de 
extrañas nostaljias en su propia monotonía; suave y manso; 
saturado de una alegría injenua, sana, comunicativa; parecía 
usar de un estoicismo sorprendente para tanto sufrimiento 
e ignominia de que se le hizo víctima, transformando el 
visaje del dolor en la mueca de una risa a boca llena, con- 
tajiosa, típica de la raza. 

Creyente de la mejor buena fe, rebosante de su proverbial 
alegría infantil, mezcla al culto idólatra de los blancos las 
ceremonias selváticas del suyo. 

Y fué así el Candombe la primera y única fiesta relijiosa 
que llenó de ruidos y alegría al rancherío moruno de la 
colonia; la primera y única fiesta de carácter patriótico: 
para los negros por orijen, para los blancos por atavismo. 

La expulsión de la farándula moro-goda y moro-lusitana, 
que representaba el sainete del “mando y posesión”, cons- 
tituyó estos países del Plata, y en esa empresa de sangre 
colaboró honrosamente el descendiente negro. 

Fueron, pues, respetadas las naciones africanas por la nue- 
va raza de las nuevas patrias, y aceptadas cariñosamente sus 
características consagradas al recuerdo borroso del terrón 
nativo, y a sinceras creencias relijiosas con que consolaron 
su forzado trasplante desde la feliz revelación del Candombe. 



LOS CANDOMBES 

En la banda oriental del Plata — Organización, equipos, séquitos, 
recepciones oficiales, curiosidades y reflexiones. — Los últimos reyes 
y los últimos candombes. — Ceremonial y descripción del Can- 
dombe. — En la banda occidental del Plata. — Se observan gran- 
des diferencias con la oriental en la organización, usos y costum- 
bres candomberas. — Las "cosas de negros” de Juan Manuel Rosas, 
el famoso loco trájico que se ha burlado de sus propios historia- 
dores. Su humillación y respeto a los negros. — Gran aporte de 
informes curiosos. — El vocablo “Candombe”. Su orijen y el de 
sus sinónimos. — "Cabildos” y "Reinados” cubanos. 

En la banda oriental del Plata, los candombes, en su mejor 
época, alcanzaron a celebrarse todos los domingos, considerán- 
dose grandes fiestas Año Nuevo, Navidad, Resurrección y San 
Benito, y excepcional el dia de Reyes, en que se lucía toda 
la pompa circunstancial. En esta conmemoración y en Año 
Nuevo, se verificaban recepciones de los representantes de la 
raza Africana, por las autoridades civiles y eclesiásticas.' 

La inevitable influencia de la ley de Evolución, que trans- 
forma y elimina, marcó el primer descenso al ser suprimidos 
los candombes domingueros, quedando reducidos a los ya 
citados dias especiales. Las autoridades recibían todavía a la 
delegación africana, por respetar la costumbre en obsequio a 
la útil y humilde raza, pero gradualmente perdió su impor- 
tancia esta ceremonia, que presidieron antes, con previa pre- 
paración, el presidente del pais y el obispo diocesano, y fué 
dejenerando hasta ser atendida, sin el menor protocolo, por 
el jefe de policía y un clérigo en misa de dos pesos. 

Las últimas recepciones oficiales se celebraron durante el 
gobierno de La torre: La pequeña columna de negros cruzaba 
las calles a los acordes de su modesta banda de música, y 
seguida de la inevitable escolta de curiosos; a la cabeza el 



LOS CANDOMBES 


61 


rejj Jamemabl emente vestido de jeneral criollo, no porque 
el traje no fuera auténtico, puesto que lo era, si bien algo 
averiado, sinó porque el pobre negro viejo, bichoco y juane- 
tudo, descoyuntado por el trabajo y por los años, iba en- 
fundado en el relumbrante atavío, que lloraba a gritos la 
ausencia de otro dueño y el estiramiento y marcialidad que 
sus costuras requerían. 

Es de extrañar semejante libertad en el vestir, por muy 
rey que fuese el negro rey, si se tiene en cuenta que en 
aquellos tiempos un militar de alta graduación era casi siem- 
pre un providencial, un temible mandarín, y en consecuencia 
objeto de profundo respeto su indumentaria. Sin embargo 
el hecho tiene su lójica explicación: Los morenos, abundante 
y excelente elemento militar, lejion de bravos cuyas proezas 
en los campos de batalla no repercutieron en el escalafón, 
salvo rara casualidad, y con los que todavía era conveniente 
a los gobiernos conservar buenas relaciones, recibían en el 
grado nominal de jeneral aplicado a su rey de raza, una alta 
distinción colectiva que ellos aceptaban sinceramente. 

Aquellos reyes no eran auténticos. No hay noticia de que 
los traficantes ofrecieran en sus ventas un rey, ni siquiera 
un príncipe, por motivos bien explicables: Los esclavos se 
obtenían de las tribus en connivencia con sus propios jefes, 
que no tenían inconveniente en intercambiar los súbditos 
por baratijas o mercaderías de su prelilección, negocio estu- 
pendo para el cristiano negrero; jefes o reyes no convenía 
exportar, por el peligro de que hicieran valer su influencia 
entre los esclavos, con grave perjuicio de los clientes y des- 
crédito del exportador. Cuando los jefes de un pueblo o 
tribu se negaban al tráfico, el cristiano negrero fomentaba 
la guerra, echando sobre aquel pueblo tribus enemigas que 
después le vendían los prisioneros. 

La ocurrencia de organizarse politicamente por sus nacio- 
nes para sus candombes, les sujirió la institución de esos 
reyes no dinásticos, decorativos, y a imitación de los que go- 
bernaban a los blancos. 

Y qué ejemplar lección para éstosl Nunca una reina o rey 
africano defraudó la confianza que en él depositó su pueblo . 
Hacían de majestades en las fechas de recepciones y candom- 
bes, pero en los demás dias del año vivían incorporados a 



62 


COSAS DE NEGROS 


la labor común, olvidados completamente de su elevado car- 
go, atareados en las mas humildes ocupaciones para ganarse 
el “bendito pan de cada dia”. # 

Majestad, uniforme y séquito, cruzaban las calles con la 
gravedad de sus parientes los cabildantes de los virreinatos, 
gravedad tanto mas cómica cuanto mas solemne. Este último 
monarca que visitó oficialmente a las autoridades, fué el 
de los Congos, nación la mas profusa en el Plata; se llamó 
ese rey “Catorce-menos-quince”, por acuerdo popular, curioso 
apodo que tuvo su orijen, según era fama, en que habiéndole 
regalado alguien un reloj de bolsillo, aparato que no enten- 
día, siempre que se le pedía la hora, sacaba el “tacho”, lo 
consultaba y daba invariablemente “las catorce menos quin- 
ce”, sin que se sospechara entonces que con semejante dispa- 
rate, se hacia precursor de la nueva esfera que el gobierno 
uruguayo fué el primero en adoptar en el Plata, cuarenta 
años después. 

Durante la época del gobierno de Santos , 2 recibió éste en 
las fechas de costumbre la delegación de los últimos africanos; 
no sumaban la docena. Simples visitas sin séquito y sin rui- 
dos, de tradición y cortesía, y de especial reconocimiento a 
la protección que aquel gobernante les dispensaba, (siempre 
por la lealtad que solo de ellos se obtenía). Famosa fué la 
escolta pre sidencial de Santos, formada d e negros criollos de 
imponente presencia, hermoso pelotón de aguerridos solda- 
dos que habría envidiado el ex-kaiser aleman, tan creído de 
que sus guardias de opereta eran los mejores del mundo. 

Santos fué el único gobernante que retribuyó aquellas vi- 
sitas, acompañado de algunos de sus allegados. De pié, así 

• Un ejemplo: El rey que se cita en el párrafo siguiente, era de profesión 
“matador de tigres” o sea vaciador de aguas servidas, desde la colonia 
hasta la instalación de los “pozos negros’M 

1 Isidro de María, en su Montevideo Antiguo, hace mención del mismo 
y lo vincula con los mata- tigres , recordando a dos de ellos llamados Perico 
y Nicolás en “Los locos del Hospital” (1822-1826). 

José Luis Lanuza en su detallado libro, Morenada, Editorial Emecé, 
Bs. As., 1946, traza algunas “Estampas Montevideanas”, siguiendo a Rossi 
y recuerda al último rey de los congos, pág. 180. 

2 Se trata del general Máximo Santos, presidente del Uruguay entre 
1880-1886. 



LOS CANDOMBES 


63 


era la costumbre: un apretón de manos, preguntas por la 
salud y por la familia, breves palabras sobre la situación de 
la raza, promesas consoladoras, otro apretón de manos y hasta 
la próxima, “si Dios quiere”. 

Cuando los africanos sobrevivientes, aplastados por su siglo 
y pico, no pudieron aventurarse a cruzar las calles, se produjo 
la supresión definitiva de sus visitas de cortesía oficial. Fué 
en esa misma época de Santos, quien sin embargo no olvidó 
a los pobres restos de la oscura raza, y en los dias tradiciona- 
les, acompañado de varios militares y civiles, visitaba a los 
últimos reyes en su residencia de la calle Queguay, que mas 
adelante se cita y describe, proporcionándoles el consuelo de 
tan honrosa atención y el auxilio de importante óbolo. 

También el pueblo acudía a contemplarlos, para satisfacer 
una curiosidad tanto mas intensa cuanto mas se alejaba de 
su memoria y costumbres la actuación de aquellos reyes. 

El Candombe en sus mejores tiempos, era pintoresco y 
popular. 3 

Su ceremonial en Montevideo marcaba su mejor época por 
los años 1875 al 80. Las continuas convulsiones bélicas que 
padecía el país, evitaron que tuviera la profusión que con- 
siguió en la otra banda del Plata, y eso contribuyó a conser- 
varle mas sus caracteres de orijen, porque los africanos, por 

3 Se considera el año 1834 como punto de partida al imprimirse la 
palabra candombe . Así, el erudito musicólogo uruguaya Lauro Ayestarán 
lo señala en La Música en el Uruguay. Servicio Oficial de Difusión Radio 
Eléctrica, Montevideo, 1953, vol. I, pág. 71. Anota: “El 27 de noviembre 
de 1834 el periódico El Universal publica en léxico bozalón un Canto 
patriótico de los negros celebrando a la ley de libertad de vientres y a la 
Constitución firmado por “Cinco siento neglo de tulo nasione”. Esta poesía 
es recogida luego al año siguiente en el primer tomo del Parnaso Oriental 
y adjudicada a Francisco Acuña de Figueroa". 

Cf. Julio J. Casal, Exposición de la poesía uruguaya desde su origen , 
hasta 1940 , Ed. Claridad, Bs. As., 1940, págs. 39-41; Calixto Oyuela, Poe- 
tas Hispanoamericanos, Academia Argentina de Letras, Bs. As., 1949, t. I, 
pág. 77; Ildefonso Pereda Valdés, Raza Negra , Edición del periódico 
negro, La Vanguardia, Montevideo, 1929; véase el Cancionero Afro-Monte- 
videano, págs. 61-68; Horacio Jorge Becco, Negros y morenos..., págs. 
23-28 y sus notas complementarias; Luís Monguió, El negro en algunos 
poetas españoles y americanos anteriores a 1800. Revista Iberoamericana. 
México, julio-diciembre 1957, vol. XXII, núm. 44, pág. 257, con un deta- 
llado proceso literario sobre el tema y bibliografía. 



64 


COSAS DE NEGROS 


su incapacidad o por su edad no servían para la milicia, y 
no eran molestados, mientras sus descendientes llenaban los 
cuarteles, no siéndoles posible mezclar en las costumbreí de 
sus mayores sus modalidades criollas.* 

La gran fiesta se celebraba el día de Reyes por su atin- 
jencia con el reí Baltasar. 

Semanas antes se preparaban las figuras del séquito oficial, 
procurándose las ropas y distintivos con que habían de po- 
nerse en carácter. 

v Los negros no habían dejado de observar que la diplo- 
macia tenía dos vestimentas, una civil y otra militar, por 
eso el que no se conseguía un desecho de graduado del 
ejército, se le animaba a un frac, una levita o un yaqué. Les 
preocupaba mucho el decorado: medallas, cadenas, anillos, 
cintas y todo lo que en su injenuidad típica creían que daba 

* Después de la batalla del Arroyo Grande, en 1842, la necesidad de 
soldados produjo la ley de libertad de esclavos, con el objeto de quitárselos 
a sus dueños sin indemnizarlos. Como es de suponer, no hubo tal “liber- 
tad", y los esclavos salieron perdiendo, pues fueron a parar todos a los 
cuarteles.4 

4 Es exacta la nota de Rossi, ya que el destino del negro en el Uruguay 
fué servir en los ejércitos, siendo luego una forma oficial de manumisión. 
Dice I. Pereda Valdés: “En 1842* como resultado de la política de con- 
vertir al esclavo en soldado se realiza en Montevideo un sorteo público 
llamando a trescientos hombres de color desde la edad de 15 a 40 años. 
Después de la batalla de Arroyo Grande se pone en práctica la idea 
abolicionista, declarando la Cámara por una ley solemne “que no hay más 
esclavos en la República”. 

* Hubo dos aboliciones, la del Gobierno de Suárez y la de Oribe. Con 
fecha 26 de octubre de 1846, el Senado y la Cámara de Representantes 
de Oribe, reunidos en Asamblea General declaran en un 1er. artículo de 
la Ley de Abolición: “1. Queda abolida para siempre la esclavitud en la 
República. Por la misma ley se declaraba que el valor de los esclavos 
emancipados es ley de la nación y que sus dueños recibirían una justa 
compensación”. Negros esclavos y negros libres. Esquema de una sociedad 
esclavista y aporte del negro en nuestra formación nacional. Montevideo, 
1941, págs. 129-130. 

Este temario puede ampliarse consultando: Homero Martínez Homero, 
“La Esclavitud en el Uruguay. Contribución a su estudio histórico-social’' 
Revista Nacional. Minist. de Instruc. Púb., Montevideo, 1940-1942; año III, 
núm. 32; año IV, núm. 41 y 45; año V, núm. 57. Eucenio Petit Mu- 
ñoz, Edmundo M. Narancio y José M. Traibel Nelcis, La condición 
Jurídica , Social, Económica y Política de los Negros durante el Coloniaje 
en la Banda Oriental, Montevideo, 1948. Vol. I, I* parte. Biblioteca de 
Publ. Oficiales de la Fac. de Der. y Cien. Soc. de la Univ. de Montevideo. 



LOS candombes 


65 


carácter de personaje, aunque se tratara de cobre y estaño 
lejí timos. 

El séquito africano lo encabezaba el rey de los Congos 
o el de los Angolas, que eran los que tenían más súbditos. 
Las demás "naciones” enviaban uno o varios delegados. Estas 
delegaciones ofrecían los más cómicos equipos, un buen sur- 
tido de obsequios de ex-uso personal de los "amitos”. Por el 
equipo se deducía la prosperidad y vinculaciones de la "na- 
ción” representada; y no se delegaban algunas, ya por falta 
de hombres aparentes para el cargo, ya por falta de ropas 
para uniformarlos. 

Estas ostentaciones eran inocentes en el africano, por sim- 
ple imitación del blanco, lo que en léxico trascendental se 
dice "por mimetismo”; exentas en absoluto de toda vanidad, 
defecto que desconocieron. Unos a otros se festejaban por 
las prendas obtenidas, con su característica exclamación "güé!”, 
seguida de sus carcajadas inconfundibles, largas y sonoras; 
sin observar el valor de dichas prendas sinó su cooperación 
decorativa en el conjunto, pues el africano no personalizaba 
nunca en asuntos de su raza. Al que se presentaba con pocos 
abalorios o sin ninguno, probando su mala suerte con los 
"amitos”, que eran siempre los proveedores, nadie le hacía 
alusión alguna, y él se unía a la alegría de todos con sincera 
satisfacción. ¡Cuánta deducción insospechada e inverosímiles 
remontamientos, podrían sujerir estas "cosas de negros” a los 
cronistas filósofos! [Véase nota 7, en pág. 232.] 

Mientras se reunían las delegaciones y se esperaba la hora 
de salida, una pequeña banda musical, la que luego debía 
preceder al séquito en marcha, desplegaba su repertorio cuar- 
telero frente al local. Esta banda era de morenos criollos, que 
siempre se distinguieron por sus excelentes condiciones filar- 
mónicas, figurando como elemento principal en las bandas 
militares; se improvisaba en esos dias en obsequio a sus as- 
cendientes. 

Desde las primeras horas de la mañana se notaba anima- 
ción en la "sala” de los Congos, calle Queguay entre Soriano 
y Canelones, domicilio del rey y punto de reunión del séquito 
oficial de la raza. 5 

5 “Las salas más conocidas, según la información que nos ofrece el 
anciano Carlos Baiz, eran: sala de las Animas, de los Congos, ubicada en 



66 


COSAS DE NEGROS 


De 8 a 9 formaba la comitiva en la vereda, y dada la 
orden de marcha, por la misma vereda la emprendían, fe- 
lizmente amplia en esa parte de la ciudad, pero al entrar 
en las angostas se veía obligada a ocupar el medio de la 
calle. Gran acompañamiento de pueblo iba en aquella he- 
roica prueba de resistencia para los viejos africanos, empu- 
jados por los acordes de la banda que no les daba tregua, 
haciéndolos descaderar la tortura de sus juanetes y sobrehue- 
sos, con el empedrado desigual de la época. 

Largo era el trayecto a recorrer, pues se dirijían al Cabildo 
y a la iglesia Matriz. En esta última, semanas antes se pre- 
paraba el altar de san Baltasar, donde debía oficiarse la 
tradicional misa. Raro será el que no recuerde dicho santo, 
el primero entrando por la nave derecha de la Matriz; 
altar debido a la piedad y dinero de la reina de los Congos. 
Hasta hace unos doce años, allí estaba el rey santo y negro, 
abandonado, sucio y siempre a oscuras, prueba de la falta 
de clientela, y causa de sobra para que fuera a terminar su 
reinado entre los trastos viejos, ocupando su sitio el “mila- 
groso" san Antonio, habiéndose olvidado los irreverentes que 
tal hicieron, de retirar la placa de marmol que incrus- 
tada en la pared a la izquierda de dicho altar, informa de la 
donación de su majestad la reina conga, y de consiguiente 
delata el cambiaso. 

El rey y su séquito oían misa a las 10 ante san Baltasar, 
con la sencillez y el fervor que para sus mejores dias habrían 
deseado los que la oficiaban. Terminada ésta, se dirijían al 
domicilio del presidente de la república, que solía esperarlos 
con sus edecanes; también visitaban a los ministros y al obis- 
po, que los esperaba con su séquito de familiares y algún 
clérigo de jerarquía. Ratificaban una vez mas ante todas 
aquellas autoridades, las seguridades de su fidelidad y respeto. 
A veces la visita se hacía extensiva a los jefes mas populares 
del ejército. Como es de suponer, en todas partes se les ob- 
sequiaba con donaciones en dinero, que no ofendían en ma- 
la calle Queguay (hoy Paraguay, entre Canelones y Soriano; sala de los 
Banguelas, en la calle Ibicuy entre Durazno y Maldonado; sala de Murena, 
calle Durazno entre Arapey y Daymán; sala de los Magises, en la calle 
Canelones cerca de Blanes; sala de Lubolos, calle Sierra cerca de Migue- 
lete”. Pereda Valdés, Negros esclavos. . pág. 94. 



LOS CANDOMBES 


67 


ñera alguna a los dignatarios de la mas humilde jente, con- 
denada a perpetua pobreza y convencida de su humana in- 
ferioridad. 

Un abundante y apetitoso almuerzo, en su propio local, 
recibía a la comitiva de regreso; es de suponer que aquella 
parte del programa era la mas seria y mejor desempeñada, 
si se tiene en cuenta la fama bien ganada de cocineros de 
que gozaban morenos y morenas.* 

La repostería en sus mas criollas manifestaciones, que los 
negros crearon simple, apetitosa y sana, estaba allí tentadora. 
Unica bebida de honor la chicha, la famosa chicha, liviana 
como el agua y reconfortante como el vino, en su alta misión 
de acompañar aquellos alfajores y empanadas maravillosas. 

También estaban presentes la preclara caña cubana autén- 
tica, y su primogénito el famoso guindado oriental, “para 
asentar” al incansable mate. 

Terminado el almuerzo, las delegaciones se retiraban a sus 

# En lenguaje Rioplatense, "moreno”, refiriéndose a color de piel, es 
riguroso sinónimo de "negro”, adoptado entre las personas de esa raza 
por parecerles menos grosero.o 

6 Entre nosotros hasta la creación del batallón de Pardos y Morenos, 
con su chaquetilla roja con adornos amarillos y los pantalones blancos, 
reluciendo botas negras y alta galera, durante las invasiones inglesas, pocos 
habían mencionado su nombre directamente en bosquejos literarios. Existe 
alguna visión objetiva de Barco Centenera en La Argentina y luego 
López y Planes, con su rumboso poema "El Triunfo Argentino” (1806), 
donde enumera "el moreno y el pardo”, nos aproxima al fragmento de Pan- 
taleón Riv aróla. Romance de la defensa . . . , considerado como la introduc- 
ción del negro en nuestra literatura. Cf. Ricardo Rojas, La literatura 
argentina. ( Los gauchescos , 11), Bs. As., 2 ? ed. 1924, pág. 539; Juan de la 
Cruz Puic, Antología de poetas argentinos, Bs. As., 1910, t. I, pág. XXXVII. 

Por otra parte, al señalar Rossi que "moreno” es sinónimo de "negro” 
en lenguaje rioplatense, olvida que en los escritores españoles se encuen- 
tran antecedentes en este sentido. Así en La Vida de Lazarillo de Formes, 
figura un hombre moreno y su anotador registra: "al negro decían así, 
suavizando el calificativo”, "Clásicos Castellanos”, vol. XXV, Prólogo y 
notas por Julio Cejador y Frauca, Madrid, 3^ ed. 1934, pág. 69; también 
en Cervantes, Novelas Ejemplares. "Clásicos Castellanos”, vol. XXXVI, 
Edición anotada por F. Rodríguez Marín, Madrid, 1917, pág. 112. 

La "morenada” la recuerda un Cielito Gaucho , (1843) de Hilario 
Ascasubi en su Paulino Lucero. Ed. Paul Dupont, París, 1872, pág. 65. 
Años más tarde aparecen en el Martín Fierro y uno de ellos desarrolla 
una payada inmortal. 

"Moreno” no figura en nuestros Diccionarios. Lo traen Santamaría y 
Suárez, para Cuba. 



68 


COSAS DE NEGROS 


respectivas “salas”; así se titulaba el local de cada “nación”, 
porqué siendo el domicilio de sus jefes, en la sala, que solía 
tener puerta a la calle, se recibían las visitas y se exhibían 
al público los reyes , y esto hizo que los negros citaran la 
sala como sinónimo de “local”. 

Hubo también grupos que se titularon “sociedades”; los 
formaban negros criollos que rodeaban algún ascendiente 
africano. Su ritual era el mismo de las “naciones”, con la 
diferencia de que al “rey” le llamaban “presidente”. El objeto 
principal de estas sociedades, era auxiliarse mutuamente, y 
aprovechar aquellos días para obtener recursos con que aliviar 
su pobreza. 

> Mientras el Candombe fué en Buenos Aires un motivo de 
diversión y bullicio, en Montevideo era un culto racial; por 
eso, aunque abundaban los negros pocas eran las ruedas de 
candombes, aun en los tiempos de su mayor prosperidad, pero 
estaban estratejicamente ubicadas en los barrios del Sud (des- 
de calle Guaraní hasta la Estanzuela), en la Aguada, Cordon, 
Reducto y Union. 

En la época colonial los locales se titulaban “canchas” por- 
que la fiesta se hacía al aire libre, en la parte sud de la ciudad 
vieja, donde hoy corren las calles Reconquista y Residencia, 
lugar que llamaban “Cubo del Sud”, por lo que hoy es el 
templo inglés. 7 Cada “nación” tomaba su parte de terreno, y 
esas eran las canchas, como también lo son hoy y así las lla- 
mamos en todos los casos análogos, sea cual sea su objeto. 
[Véase nota 8, en pág. 232.] 

A las tres de la tarde se iniciaba el candombe en todas las 
salas, esto en sentido figurado, pues no se bailaba en ellas, 
sinó en la via pública. 

El acto se precedía con una breve ceremonia, entrando 
en funciones otras dos figuras de esta tradición: el “ministro” 
y el “juez”. El rey salía de su sala acompañado de los citados, 
y se detenía en la calle a unos tres metros de la vereda, en 
medio de una rueda de asientos de toda especie, colocados 
allí expresamente. Los tocadores y bailadores rodeaban a este 

7 Isidoro de María al hablar sobre “El Recinto y los Candombes" 
(1808-1829) dice: “La costa del sur era el lugar de los candombes , vale 
decir la cancha, o el estrado de la raza negra, para sui bailej al aire libre". 
Por lo demás Rossi utiliza estas páginas tachándolas de “época colonial". 



LOS CANDOMBES 


69 


terceto, y a una señal del juez se ubicaban en los asientos; 
pasados unos instantes de silenciosa espectativa, no interrum- 
pida ni por el numeroso público que presenciaba la escena, 
el rey declaraba inaugurado el acto levantando una mano, y 
en seguida los típicos instrumentos africanos rompían su 
“tan-tan” un tanto quejumbroso, lleno de reminiscencias de 
selva y de tribu. El rey se retiraba con su ministro (maestro 
de ceremonias en la sala); el juez (maestro de ceremonias en 
la calle quedaba de “bastonero” del baile, que a él correspon- 
día dirijir y animar. 

La visita a las autoridades y esta breve escena, era toda 
la tarea de gobierno que aquellos reyes tenían anualmente; 
reyes sin sucesión y sin autoridad definida; patriarcas mas 
bien y como tales respetados y sostenidos. Los naturales de 
aquellas “naciones” o los socios de aquellas “sociedades”, no 
se rejían por ninguna pragmática ni por ningún estatuto; su 
único reglamento social y político radicaba en el color de 
su piel; él les obligaba a unirse y protejerse, a demostrar or- 
ganización y urbanidad, a respetarse y obedecerse mutua- 
mente. El rey, a pesar de su alta investidura, era un amigo, 
consejero a veces, y jamás dió una orden que no fuera grata 
a su pueblo. 

Nunca hubo entre negros la mas mínima diferencia por 
ambición de cargos, ni por personalismos; nunca se produjo 
entre ellos un abuso de confianza, ni defraudación, cosas 
corrientes entre blancos. 

Rey, ministro, juez... Lo pobres negros se entregaban a 
un platonismo patriótico, haciéndose en un juego infantil una 
autonomía política. No olvidaban que eran una raza injer- 
tada en un pais extraño, al cual han pagado su hospitalidad 
siendo fieles y útiles en todas las etapas de su evolución; 
innegable el hecho, derivable el derecho de esparcimiento 
racial, en homenaje al color y al orijen; pero, siempre inje- 
nuos, siempre reflejando en sus actos cierta inconciente ironía. 
La fibra patriótica que suena a los blancos grave y solemne, 
y les recuerda en verso y en prosa sus históricas esclavitudes, 
sonaba a los negros en el “tan-tan” de sus tamboriles, que 
ampliaba la perenne sonrisa obispal de sus caras deformes, 
cual si se tratara de una broma divertida que les hacía 
olvidar que un dia fueron siervos. 



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COSAS DE NEGROS 


La indumentaria de sus dirijentes parecía justificar tal 
sospecha: 

v El “rey" de jeneral; el “ministro" de coronel, o de “dotor" 
si no había conseguido graduarse en lo primero, (llamaban 
así al equipo de levita, chaleco blanco, galera de felpa* cuello 
parado, etc.). El “juez" siempre de “dotor", pero con apli- 
caciones africanas, por así exijirlo su cargo, de lo que resul- 
taba un disfraz raro y ridículo, y, sin embargo, riguroso sím- 
bolo de dos continentes: Europa y Africa; sobre la levita se 
sujetaba en la cintura dos cueros pintorescos, colgando uno 
por delante y otro por detrás, el típico taparrabo africano; 
ambos cueros abigarrados de lentejuelas, cintas y cascabeles; 
la aristocrática galera se ha rendido a un bochornoso adorno 
de plumas y cintas de colores; apoyaba su autoridad este 
“juez" en un báculo papal coronado con lazos llamativos; 
era la insignia de director o “bastonero" del Candombe, 
vocablo derivado de “bastón", que así se le llamaba a aquel 
báculo. ¿No parece todo eso un juego de muchachos? 

Era allá por el sud de la calle Queguay. 

Los contados sobrevivientes africanos ya no cantaban, je- 
mían las notas martillantes de sus extrañas canciones nativas, 
y daban los pataleos finales en su popular danza. 

Allí estaban congregados los pocos africanos que aun vivían 
en Montevideo; vacilantes bajo el peso de una edad cuyo 
cómputo habían perdido. 

No bailaban ya. Eran sus descendientes criollos los que 
desempeñaban ahora todo el ritual del Candombe, con la 
buena intención de ayudar a bien morir una costumbre tra- 
dicional que no sentían ellos como sus mayores, a quienes 
respetaban profundamente. 

La casa donde se reunían para la clásica y grotesca fiesta, 
era apropiado escenario de ella: tapera moruna colonial; un 
casuc hón de ba rro y piedra, tejas, tiran tes_de palma, piso de 
adobe cocido, pero que fué de tierra-madre en sus mejores 
tiempos, cuando sus constructores los moro-lusitanos levanta- 
ron allí esos sus toldos, que como a los moro-godos les ense- 
ñó a edificar el marroquí para vivienda de chusma. Quizá 
vivió allí durante la colonia, algún fidalgo o noble de blasón 
en los fundillos; ahora viven los dos últimos reyes africanos 



LOS CANDOMBES 


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que restan en el Plata. La tapera les había quedado por 
trasmisión testamentaria de una reina de los Congos, según 
era voz corriente, la que tuvo fortuna donada por sus amos 
a ella y a los suyos; motivo poderoso para que el clero 
católico se sintiese pariente de aquella reina, que al morir 
solo dejó a los sobrevivientes de su “nación'' aquel masacote 
de barro, piedra y tejas. 

Todo estaba en el más lastimoso estado. El palán-palán 
triunfaba entre las tejas, agrietando el techo; las paredes ra- 
jadas y mostrando en su descascaramiento el material que 
conservaba a estas casas en perpetua humedad y hediondez; 
puertas y ventanas rústicas, de madera dura y herrajes car- 
celarios, sin encaje y sin vidrios; piso maltratado por el uso. 
Ese era el palacio donde los últimos reyes negros esperaban 
con inconciencia de niños el final de sus dias y de su reinado 
hipotético. 

En esas fechas de Candombe, la ruinosa solariega abría 
sus puertas ofreciendo libre acceso al público, que algo ayu- 
daba con sus limosnas. 

Entrando, el zaguan presentaba dos puertas; una daba al 
oratorio, en el que se veía un altar con. .san Benito; todo 
pobrísimo, viejísimo, descolorido; dos sentimientos bien dis- 
tintos asaltaban al contemplar aquello: tentaciones de risa 
ante tan inocente mamarracho; verdadera tristeza ante tanta 
miseria. El santo velaba cierta bandejita veterana que estaba 
sobre una mesita frente al altar, conteniendo algunas mone- 
das de cobre que indicaban su oficio en aquel sitio. 

Por la otra puerta se entraba a la sala del trono; allí tam- 
bién el tiempo y la pobreza habían dejado su marca. Dos 
sillones prehistóricos sobre una tarima, hacían el trono de la 
última supuesta dinastía africana en el Rio de la Plata; 
su color negro, de moda cuando los fabricaron, dejaba des- 
cubrir fácilmente los inquilinatos construidos en ellos por 
la polilla. 

El rey y la reina ocupan los sillones. Inmóviles, se les 
tomaría por figuras de cera de un museo, si no se les viera 
moverse en una inclinación de cabeza a cada visitante que 
asoma en la sala. Parecían dormitar, con sus ojos chiquitos, 
rojizos, bajo los párpados endurecidos por un siglo de 
desgaste. 



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COSAS DE NEGROS 


El rey no viste ya con los relumbrones militares de los 
buenos tiempos, viste de “dotor”, con ropas muy viejas. 
Luce en su pecho varias medallas oxidadas que cuelgan 
de cintas descoloridas; sería tiempo perdido solicitar de S. M. 
el orijen de ellas; su respuesta no pasaría de su peculiar son- 
risa, porqué nada sabe, solo entiende que las debe ostentar 
por así exijirlo la importancia de su jerarquía. 

Los negros habían visto (en los retratos, naturalmente) 
que los monarcas se tachonaban el pecho con una mercería 
de metales y cintas, y han creído que aquello debía ser dis- 
tintivo del cargo, y se proveyeron de la chafalonía necesaria, 
sin reparar calidad ni procedencia; sin embargo, un buen 
observador habría reconocido en el surtido algunas distincio- 
nes lejítimas y honrosas, ganadas en las filas de nuestros 
ejércitos; y tampoco dará razón de ellas el buen rey. Sus 
descendientes criollos, que eran soldados de la patria desde 
su mas tierna edad, delegaban en esos dias el honor de sus 
conquistas en el venerable patriarca de la raza, por eso esta- 
ban allí aquellas distinciones lejítimas. 

Los reyes blancos, claretes y amarillos, cargan con el 
muestrario completo de las condecoraciones de que dispone 
su pais, pues sería anómalo que se concediera alguna de ellas 
sin que se presuma que el rey la haya merecido con toda 
prelación. El pueblo negro había tomado aquello con mas 
dignidad, y con mas seriedad: Delegaban en su rey los premios 
individuales a méritos y sacrificios que consideraban colecti- 
vos; el desventurado destino de su estirpe les insinuaba tan 
acertado proceder. Falucho no fué un negro heroico, sinó una 
raza heroica. 

La reina, muy esponjada y almidonada, lucía histórico 
vestido de gro carmesí, con moñas y cintas de disonantes 
colores; collares de coral y cuentas de vidrio; gran prendedor 
y caravanas de pesado oro, una reliquia. Las motas divididas 
y seccionadas correctamente en bucles inverosímiles, a base 
de horquillas y viejas peinetas de carei auténtico. Pocas canas 
han logrado burlar la lonjevidad insospechada de su “graciosa 
majestad”, y de su “augusto consorte”, cuyas motas cortas y 
tupidas nunca necesitaron la odiosa tutoría de peines y 
cepillos, que de haber pretendido dispensársela bien embro- 
mados habrían salido. 



LOS CANDOMBES 


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Frente al trono se insinuaba al visitante una mesita y 
bandejita parecidas a las de san Benito; este era el óbolo de 
los reyes. La inalterable honradez y respetuosa devoción del 
negro, hacía inconcebible la mezcla de los humanos intereses 
con los de los santos. El óbolo de san Benito se destinaba 
estrictamente a su culto; lo que al santo se daba para el santo 
era; por nada del mundo se habrían atrevido a emplear ese 
dinero en otra cosa que no fuera el servicio debido a su 
dueño. ¡Cuánto tendrían que aprender los mendicantes de 
todas las sectas, de aquellos africanos que pagaron su forzada 
iniciación en la idolatría católica, con el mas alto ejemplo 
de austeridad relijiosa! Bien pontificó el cronista de la época, 
Isidoro De María, en su “Montevideo Antiguo”: “En los 
negros, hasta la honradez!” 

Conocí y contemplé aquella real pareja de Candombe, en 
uno de aquellos dias de su ocaso. 

Con un amigo pasábamos a una cuadra de distancia; nota- 
mos mucho público agrupado en la calle y corrimos a curio- 
sear; corrimos de veras, porque éramos muchachos. Encon- 
tramos un auditorio del pueblo haciendo marco al Candombe. 

Entramos a la casa y nos introducimos en la sala de los 
reyes, que contemplamos con curiosidad. Nos notaren; el 
rey nos dispensa su sonrisa y nos hace el honor de observarnos 
que debíamos descubrirnos, lo que hicimos en el acto, aver- 
gonzados; el afan de observar nos hizo olvidar de ese detalle; 
calcúlese que era la primera vez que veíamos reyes, y que 
nosotros los creíamos “de adeveras”. 

Pocos los visitantes y menos los que sintieron en el corazón 
aquel conjunto de pobreza, dejaran en la bandeja una pobre 
moneda de cobre. 

Solían salvar la aflijente situación los donativos de familias 
pudientes, en cuyos hogares servían o habían servido descen- 
dientes del africano, que en esos dias hacían de eficaces me- 
diadores. Existía entre las familias “de copete” y los negros, 
vínculos que no era posible olvidar, ya por reconocimiento 
a servicios y fidelidad, ya porqué raro era que no hubiera una 
morena con “hijos de leche” en esos hogares, no pocos de 
los cuales hijos debieron su salud y músculo a la ubre negra. # 

• El parentesco graciable de "tios" y "tias” dado a los negros viejos, 



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COSAS DE NEGROS 


La real pareja parece dormitar en su pobre trono. 

Se oyen claramente en la sala los cánticos monótonos de 
la raza, y esta vez son tristes, llenos de una intensa que- 
jumbre. 

La real pareja parece extasiada con los ritmos de su tra- 
dición; sonríe siempre. Está en retirada; el Destino ha sido 
cruel con su raza, pero ya lo ha olvidado; se va sin una queja, 
sin odios, sin la menor protesta por nada ni por nadie; se va 
sonriendo y cantando la canción de la cuna. 

Y he allí lo único que aprovechó el negro de sus socios 
de colonia : creer en confortable ultratumba para los fieles 
desvalidos, lo que le infundió plena confianza en el “más 
allá”, para donde partía lleno de seguridades; singular contras- 
te con el terror que ese mismo viaje infundía a sus propios 
catequistas. 

Ríen los últimos negros reyes en suelo rioplatense; olvi- 
soria, que lució sus chillonas galas junto a las no menos 
ridiculas y pedantes del moro-lusitano y del moro-godo, en 
estas jenerosas tierras. 

Ríen bajo el cielo protector de América, los monarcas 
africanos sobrevivientes, a cuya raza la orgullosa e inclemente 
iglesia Católica le dispensó iconos, fechas y honores. ^ 

Ríen los últimos negros reyes en suelo rioplatense; olvi- 
dados, misérrimos; al final del camino hacia el seno de la 
madre-tierra y al compás quejumbroso de la música nativa. 

era en atención al vínculo “de leche"; que fué de sangre en la colonia, 
y entónces cierto el parentesco. 

J. A. Wilde, ctonista y testigo, dice que en Buenos Aires “las amas 
de leche eran en esos tiempos casi exclusivamente negras, y los médicos 
las recomendaban como las mejores nodrizas". Lo mismo en Montevideo. 
Cuando escasearon las negras, a fines del pasado siglo, se acudió recien 
a mulatas y blancas.8 

8 José Antonio Wilde, en su Buenos Aires desde setenta años atrás. 
Editado en 1881; citamos por Biblioteca “La Nación", Bs. As., 1908, 
pág. 179. Elemento importante que ha utilizado Rossi con cierta habilidad 
y al cual sólo hace referencia en contadas oportunidades. 

También Lucio V. MansiLla confirma estos datos diciéndonos que 
“entre las negras y las mulatas" eran reclutas las amas de leche. Mis Me- 
morias (Infancia- Adolescencia), Colección “El Pasado Argentino", Librería 
Hachette, Bs. As., 1955, pág. 133. 

Cf. José Luis Lanuza, Los Morenos. Col. Buen Aire, Editorial Emecé, 
Bs. As., 1942, pág. 38. 



LOS CANDOMBES 


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Ríen como si supieran de lo “irónico” y de lo “estoico”, y 
sospecharan que dejaban la herencia de sus dislocamientos 
y cantables, que prolongarían su dinastía en los grotescos 
reyes carnavalescos, y su típica alegría en los fugaces reinados 
de los grandes salones. 

El blanco ha debido darse cuenta alguna vez, de que con 
el negro se había hecho a sí mismo una broma muy pesada. 

Pocos africanos quedaban. Las “naciones” habían desapa- 
recido, y el grupo de sobrevivientes olvidó la propia para 
reunirse al calor del sol y del recuerdo, y al son de los 
postreros cánticos de su tradición. 

Con sillas, bancos, cajones y todo objeto capaz de servir 
de asiento, hacían una gran rueda en la calle, junto a la 
vereda de la casa de los reyes. 

Allí se ubicaban los tocadores de tamboriles y masacallas, 
los ancianos que cantaban para hacer coro y los bailadores 
cuando descansaban o esperaban turno. 

Ya he dicho que estos últimos candombes eran desempeña- 
dos por los descendientes criollos. Algunos “tíos” y “tías” 
africanos hacían todavía acto de presencia, sentados, pero 
de vez en cuando, como impelido por súbito entusiasmo, 
se levantaba uno de aquellos matusalenes, y sin separarse de 
su asiento, jiraba su osamenta sobre sí mismo, con los meneos 
característicos de su baile nacional; jiraba cuantas veces sus 
fuerzas se lo permitían y volvía a sentarse, contento de haber 
vencido por un momento el entumecimiento a que lo había 
condenado el peso de los años. 

Esto solía comunicar entusiasmo a los bailadores, cuya 
rueda se ajitaba instigada por el canto que ha subido de 
tono, como un homenaje al ascendiente animoso que ha sa- 
cudido su siglo por un momento a los compases de la clásica 
danza nativa. 

Casi nunca faltó un tambor militar en los últimos can- 
dombes, tocado hábilmente y con especial juego de palillos. 
En ese instrumento, así como el dominio del clarín cuarte- 
lero, los negros fueron maestros por su adaptación y resis- 
tencia. 

Dentro de la rueda de asientos se formaba la del candombe 



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COSAS DE NEGROS 


y fuera del público. El espacio en que se bailaba se llamaba 
“cancha”. 

La ceremonia de iniciación no era la misma de los buenos 
tiempos; el rey no salía de su sala, se limitaba a contemplar 
a través de las abiertas ventanas y desde su trono, la tradición 
que boqueaba en la calle como perro viejo abandonado por 
inhumano dueño. 

El “ministro” era cargo suprimido por innecesario, pues 
no existiendo ya ceremonial diplomático no hacía falta aquel 
personaje; severa lección de buen gobierno para los blancos, 
que solo atinan a crear y sostener lo inútil. 

Subsistía el “juez”, llamado siempre “bastonero”. Su aspec- 
to ha cambiado poco; viste todavía de “dotor” con taparrabo, 
pero ha sustituido los botines con alpargatas, por ser mas 
cómodas para su colección de callos. Su bastón de “tambor 
mayor” es ahora un palo cualquiera o una escoba, lo que 
hizo que también se le titulara “escobero”.* Este “director” 
es simplemente el “hechicero” 10 o sacerdote pontificante 
coreográfico, infaltable en las danzas de los pueblos salvajes, 
que aparece también en algunos bailables de nuestra sociedad, 
como el “cotillón”. 

Desde temprano, tamboriles, marimbas y masacallas sona- 
ban para atraer público. 

Se formaba la rueda de bailadores colocándose alternados 
un hombre y una mujer, sin perjuicio de que estuvieran 
seguidos varios de un mismo sexo, pues aquel baile no exijía 

o AyestarAn al Clasificar los personajes del candombe prefiere llamarle 
escobillero diciendo: “era el maestro de ceremonias (el “capataz” de los 
Cucumbys), en un principio mandaba con un palo que luego cambió por 
la escobilla. Llevaba una piel de oveja a manera de delantal de la cual 
pendían numerosos espejuelos y cascabeles que sonaban alegremente al 
moverse”. 

Trata al escobero y al gramillero —que veremos luego—, Rubén CarAm- 
bula en Negro y Tambor, Bs. As., 1952, págs. 59-61 y 183-185. 

10 Además del escobero tenemos al gramillero “o médico de la tribu 
(el “quimboto” o hechicero de las Congadas y Cucumbys). Su nombre 
viene por medio de una clarísima semántica a desembocar en el curandero. 
El curandero usa hierbas medicinales, yuyos, gramillas; de ahí su deno- 
minación. Lleva sombrero de copa y levita negra, señal de dignidad; 
grandes anteojos y barba postiza de algodón, símbolo de vetusta experien- 
cia; una pequeña valija en la mano izquierda, receptáculo de sus hierbas 
curativas; bastón serpenteante en la derecha”. AyestarAn, La música..., 
pág. 84. 



LOS CANDOMBES 


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parejas. El “bastonero", en medio de la rueda, blandía su 
palo en alto y paraba el tamborileo; luego pronunciaba las 
primeras sílabas de uno de sus brevísimos cantos, y bajando 
el palo daba la señal de empezar el baile, a cuyo efecto 
volvían a sonar los instrumentos, y la rueda entraba en 
movimiento contestando con otras sílabas del canto iniciado 
por el director. 

La rueda jiraba; el paso solía ser mesurado, como indeciso; 
los cuerpos marcando un suave vaivén en las mujeres, con 
oscilación natural de caderas; los hombres desarrollan una 
difícil diversidad de movimientos, sin perder el paso, no 
es posible demostrar con palabras la caprichosa coreografía 
aquella, librada al buen tino e inventiva de cada uno. Los 
famosos “dislocamientos obscenos" solo existieron en los seudo- 
candombes de los seudo-negros carnavalescos. 

Nadie desconoce lo discretos y morales que fueron siem- 
pre nuestros negros, inalterables mantenedores de las reglas 
de urbanidad; eso contribuyó a que los candombes tuvieran 
una corrección que no han sospechado los que han supuesto 
que aquellas pobres y sencillas fiestas eran “bacanales estre- 
pitosas", quizá por ser “cosa de negros", y por lo de la 
“merienda de negros". 

Los bailadores no estaban, pues, sometidos a ninguna re- 
gla de uniformidad de figuras en aquella danza; h obliga- 
ción era una sola, única ineludible: el canto, cuya modulación 
sostenía el carácter y el compás del bailable. “Calún-gan-güél" 
cantaba el bastonero; “oyé-ye-yúmbal" contestaba la rueda; 
y siempre así, durante media hora o mas . 11 El compás era 

11 Términos de origen quimbundo. Ramos sostiene por otra parte que 
“los términos quimbundos predominan en las designaciones de la vida 
social, de la toponimia, del folklore, de la supervivencia histórica de la 
esclavitud, etc., refiriéndose a ese grupo lingüístico sobre el portugués en 
Brasil, j Las culturas ... , pág. 308; numerosas fuentes bibliográficas pueden 
hallarse aquí sobre las lenguas bantús y sobre elementos negros o africa- 
nismos en Brasil, que considero innecesario transcribir. 

Algunas variantes sobre estos estribillos pueden verse en I. Pereda 
Valdés, Negros esclavos..., pág. 83; que también utiliza Arthur Ramos, 
Las culturas, págs. 214-217; Lanuza, Morenada, pág. 178; con referencia 
a Buenos Aires, Bernardo Kordon, Candombe (Contribución al estudio 
de la raza negra en el Rio de la Plata). Ed. Continente, Bs. As., 1938, 
págs. 46-47. 



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COSAS DE NEGROS 


lento; algunas veces el bastonero lo levantaba de tono o lo 
ajitaba, por via de inyección enervante. 

Cuando aquél conceptuaba que convenía descansar, cam- 
biaba el canto y gritaba: “oyé-yéll” contestando la rueda: 
“yun-ban-bél”; acto continuo al tamborileo lento sustituía 
un precipitado redoble adaptado a compás tan breve e insi- 
nuante; la rueda voltejeaba en un último esfuerzo, con rapidez 
en una tumultuosa revolución de movimientos; el bastonero 
gritaba y saltaba sosteniendo a todo trance aquella animación 
que duraría medio minuto; luego levantaba su palo por sobre 
todas las cabezas y daba el grito característico: “Güél”, ha- 
ciendo una “e” muy larga, llena de singular expresión de 
alegría; la rueda repetía el grito, deteniéndose, y los bailado- 
res iban a sus asientos. 

Enmudecían los instrumentos africanos y entraba en fun- 
ciones el tambor militar, orgullo de nuestros negros, pues 
al impulso de sus redobles fueron cien veces conducidos a 
las luchas de los tiempos heroicos. El tambor evitaba que la 
reunión quedara en silencio, por ser mal impresionante, y 
llamaba la atención del público. Mientras tanto, una negrita 
solicita entre los espectadores, con un platito, un auxilio 
“para los pobres negros”. 

Merece especial observación el bastonero. En medio de 
la rueda, sirviéndole de eje, jesticulaba y bailaba incansable. 
Era casi siempre un negro viejo pero ajil. Representaba la 
tradición de la raza, por su caracterización, su autoridad y su 
pontifical danzante. Bailaba, puede decirse, consigo mismo; 
las piernas en continuo movimiento, para que no estuvieran 
quietos los delantares del taparrabo; los pies parecía que 
apisonaban el suelo, en ciertos períodos, en otros daban la 
impresión de que pisaban sobre caliente y cuerpeaban a la 
quemaduras; se agachaba unas veces hasta casi sentarse, otras 
se estiraba, y erguido, muy echado hacia atrás, continuaba 
inalterable el pataleo; en todo había reminiscencia salvaje. 
Se sabía delegado de una tradición, y para su fiel desempeño 
concentraba toda su atención en el canto que movía la rueda 
y en las típicas figuras coreográficas que rememoraban la 
raza. El bastonero era el último simbolismo africano en el 
Plata. 



LOS CANDOMBES 


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En el lustro 1885-90 los candombes desaparecieron. 32 No 
solamente el pueblo perdió interés por ellos, sinó que los 
negros criollos, sostenedores de esa única tradición, disminuían 
sin reemplazarse, por no ser raza inmigratoria la de ese color. 
[Véase nota 9, en pág. 234.] 

La banda occidental del Plata fué un pandemonio de 
negros; poblaban en todos los rincones de Buenos Aires, 
siendo de su particular dominio unas veinte manzanas com- 
prendidas en la jurisdicción de las parroquias San Telmo, 
Concepción, Santa Lucía y Monserrat, que formaban el 
famoso Barrio del Mondongo, haciendo marco al bajo del 
Riachuelo, la no menos famosa Boca, la Jénova porteña, 
cuyos habitantes vivían en continuas escaramuzas con sus 
vecinos del Mondongo, por “odio del color”. [Véase nota 10, 
en pág. 238.] 

En los barrios del centro, donde había aglomeración de 
“naciones” se les designaba “barrios del tambor”. 

Del “mondongo”, por las visceras vacunas, que en esos tiem- 
pos se tiraban por no ser costumbre venderlas, y siendo los 
negros pobres incorre jibles, las recojían para alimentarse. 13 

Del “tambor”, porque así llamó el pueblo a los atabales 

12 Coincidiendo con los años señalados por Rossi como etapa final del 
candombe, hallamos en Daniel Granada: “Hacían estas danzas los negros 
africanos en Montevideo, hasta hace poco tiempo, todos los años, desde el 
día de Navidad (25 de diciembre) hasta el de Reyes (6 de enero), con el 
aparato de instrumentos, trajes y clamoroso canto que les era peculiar. 
Hoy en día, habiendo muerto la mayor parte de los negros africanos y 
de los que conservaban sus costumbres, los candombes, aun cuando se 
repiten todos los años en la época indicada, están despojados de sus for- 
mas características, de manera que sólo tienen de ellos el nombre". Voca- 
bulario Rioplatense Razonado, Montevideo, 1889, pág. 68; con igual texto 
en la 2* ed. de 1890. 

13 El nombre proviene, según algunos investigadores, de la nación 
Mondongo, que junto con otras como “Munonque, Tanca, Banguela, Hum- 
buero, Conga, Cambungas, Lubole, Muchole, Muchague", etc., formaban 
los barrios de Buenos Aires. 

Rossi hace fundamento en “las visceras vacunas", explicación muy du- 
dosa, pues, “en aquel entonces los mataderos estaban en los corrales detrás 
de la Recoleta", lugar muy alejado del auténtico barrio del “mondongo". 
Recordemos que existían en estos mataderos, “las negras achuradoras , 
armadas de afilados cuchillos para sacar el sebo de la tripa, limpiar las 
inmundicias y llevarse todos los despojos, como patas, lenguas, sesos, etc., 
que luego vendían a sus marchantes". Cf. Víctor Gálvez [Vicente G. Que- 



80 


COSAS DE NECROS 


africanos, que con sus redobles insistentes llenaban la po- 
blación de estrépitos, y delataban, * para aficionados y cu- 
riosos, los puntos donde se candombeaba . 14 

La colonia había instalado allí un fuerte depósito de 
esclavos; todas las infamias de aquel tráfico, desde la yerra 
a fuego 15 y a cuchillo de aquellos seres indefensos, hasta 
las mas inverosímiles transacciones desalmadas, se practi- 
caron en el solar donde mas tarde el optimismo, la jene- 
rosidad y la hospitalidad del nativo, fundaron y sostuvieron 
a esa hoy colosal Buenos Aires. 

Pero “estaba escrito”: el africano, que el filibustero no 
tuvo inconveniente en injertar en América, fué el primero 
en expulsarlo de ella, convirtiéndose en el único intruso 
con derechos a la gratitud americana. Raro fué que los 
ejércitos rioplatenses no tuvieran su iniciación en plantel de 
negros; toda proeza contó con ellos; fueron en los campos 
de batalla la Guardia de América, que como la napoleónica 
“moría pero no se rendía”. 

La “caridad” de la cruz de Cristo vino a “evanjelizar” 
y “civilizar” indios, pero no alcanzaba para los negros, que 
esa misma caridad trajo esclavos. La Libertad también, lle- 

sada], Memorias de un Viejo, Ed. Argentinas Solar, Bs. As., 1942, pág. 246. 

Las coloristas descripciones de Esteban Echeverría en El Matadero , 
Ediciones Peuser, Bs. As., 1946, pág. 159, también enfocan a estas negras 
pintorescas y cómo al escaparse un toro se produce la espectacular escena 
donde “dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos 
corrales y abandonar el oficio de achuradoras f> . 

14 Concuerdan con esta designación. Barrio del tambor , la mayoría de 
los autores citados: Wilde, Gálvez, Lanuza, Pereda Valdés, etc. Podríamos 
afirmar que el nombre puede basarse en el Tambo , lugar de baile. 

Cf. A. Taullard, Nuestro Antiguo Buenos Aires, Ed. J. Peuser, Bs. As., 
1927, pág. 355 y Francisco A. Romay, El Barrio de Monserrat, Cuadernos 
de Buenos Aires, Ed. de la Municipalidad, VIII, Bs. As., 1949, pág. 42. 

15 “El negro era marcado sobre la piel con el carimbo, fierro o marca 
del adquirente, exactamente igual que como se realiza ahora con el ganado 
vacuno. El término viene de quimbundo Ka, prefijo diminutivo, y rumbo, 
marca". Carlos F. Guillot, Historia de las Dermatosis Africanas en el 
Nuevo Mundo, Bs. As., 1950, pág. 90. Hemos tratado el tema también en 
nuestro estudio El tema del negro, págs. 55-61. Véase, sobre los Castigos, 
Lanuza, Morenada, págs. 101-104 y 208-209; y Ricardo Rodríguez Molas, 
“El primer Libro de entradas de esclavos negros a Buenos Aires”, en 
Rev. Universidad, La Plata, octubre-diciembre de 1957, núm. 2, págs. 
139-143. 



LOS CANDOMBES 


81 


gó para todos menos para los negros. No es posible con- 
cebir mayor desamparo. 

El gobierno de las Provincias Unidas del Sud prohibió 
el tráfico en 1812, dió libertad de vientres en 1813, pero 
no abolió la esclavitud. 10 Ya no sería tan pesada puesto 
que no reclamaron, se contentaron con la libertad de sus 
expansiones danzantes, en las que figuraba el tambor mi- 
litar como recuerdo de la cruzada épica y el Candombe 
como reminiscencia de la raza. 

* Por la misma época y en iguales fechas que en Mon- 
tevideo, celebraban sus candombes en Buenos Aires los 
africanos y sus descendientes. No fueron tan austeros en 
el ceremonial, ni en la conservación de sus características; 
el espíritu bullicioso del negro criollo y su afición a la 
bebida, solía trasmitir a la pacífica fiesta manifestaciones 
ruidosas, sin dejenerarla en burdel, pues, “aunque bebía 
rara vez se le veía borracho”, atestigua Wilde. 

La influencia del moreno nativo era evidente en la enor- 
me cantidad de “naciones” y “sociedades”, 17 porque su lo- 
cuacidad proverbial unida a los resabios de la escuela de 
los fogones militares daba ruedas de candombe de subido 
sabor acriollado. 

Los africanos sobrevivientes hacían de “presidentes” y de 
“reyes”, cargos que se obtenían por la edad, pues cuando 
faltaron ancianos africanos tomaron esos puestos viejos ne- 
gros criollos, porque en Buenos Aires no terminaron los 
candombes con el último rey africano, que para “mas de 

16 Cf. Diego Luis Molinari, La trata de negros (Datos para su estudio 
en el Rio de la Plata). Fac. de Ciencias Econ., Univ. de Bs. As., 2* ed. con 
apéndice documental, Bs. As., 1944, págs. 97 y 105. 

• El lector disculpará la repetición que se hace en este capítulo de 
las cosas del Candombe; es con el objeto de que se noten sus diferen- 
cias en las dos bandas del Plata. 

17 Citamos entre ellas las siguientes: Sociedades Cubunda, Bangala, 
Moros, Rubolo, Angola, Conga, Mina, Hombé, Bamba, Hambuero, etc. 
El establecimiento de las sociedades africanas comenzó en 1821. Cf. 
Molinari, La trata..., págs. 102-103; Rafael Trelles, Indice del Archivo 
del Departamento General de Policía, desde el año 1812, La Tribuna, 
Bs. As., 1859-1860, dos tomos; Francisco L. Romay, El Barrio de Mon - 
serrat, pág. 42. 



82 


COSAS DE NECROS 


veinte mil negros” que allí existían no se contaba con 
suficientes reyes de raza. 

Vestían éstos los desechos de los “amitos ” 18 e infalible- 
mente una capa colorada, alto distintivo del cargo, que 
imitaban de la que el paganismo católico aplicó al rey Bal- 
tasar. No fueron aficionados al tachonamiento de las con- 
decoraciones. 

Ni “reyes” ni “presidentes” negros vistieron nunca traje 
militar; esas ropas en la Arjentina fueron concedidas a 
los jefes indios, que trataron con sus gobiernos de potencia 
a potencia, y exijieron los mismos grados y relumbrones 
que usaban los jefes criollos. 

Los locales de los candombes no se llamaron “salas” por 
que no las tenían. Eran ranchos construidos por los mis- 
mos negros, en terrenos libres o cedidos por sus propie- 
tarios a sus esclavos, por no tener ningún valor en ese 
tiempo. Sin embargo, algo valían cuando los negros dis- 
ponían comprarlos para que no los echaran de ellos. Ese 
era el objeto de las “sociedades”, reunir fondos con dona- 
tivos y fiestas para rescatar a sus hermanos y comprar su 
pedazo de suelo. Delante del rancho se desarrollaba el can- 
dombe, y allí se veía al rey y su capa mezclado con los 
súbditos. 

El enorme número de negros obligó a hacerles impro- 
visar su poblado de ranchos criollos, para que blanqueara 
mas la aldea del rancherío moruno. 

A veces la capa de un rey (el presidente no la usaba; 
su distintivo era una banda colorada) cubría su desnudez 
o su vestimenta de harapos, pues los negros de Buenos Ai- 
res fueron siempre mantenidos en la mas lamentable in- 
dijencia. Dice don José Antonio Wilde: “Los negros lle- 
vaban un chaquetón de bayetón (bayeta), pantalón de lo 
mismo o chiripá. Andaban descalzos o con tamangos, es- 
pecie de ojotas hechas de suela o de cuero crudo de animal 
vacuno o de carnero, envuelto antes el pié en bayeta, tra- 
pos o un pedazo de jerga”. El mismo calzado de los con - 
quistadores y colonos , pues las botas mosqueteras y barreras 


18 Rossi sigue de cerca las referencias de José Antonio Wilde, ob. cit., 
pág. 162 . 



LOS CANDOMBES 


83 


las usaron recien ... en las láminas de la novela de la 
historia. 

“Las mujeres (negras), agrega Wilde, vestían casi siempre 
enagua de bayeta, prefiriendo los colores verde, azul o pun- 
zó; rara vez usaban zapatos.'' 

Lo común era que anduvieran todos descalzos y con igual 
calzado asistían a sus candombes. Los tamangos fueron ar- 
tículo de lujo, y su uso exijía ciertas oportunidades, para 
ciertos negros y en ciertos días en que se pudiera transitar 
en la sucia aldea, sin poner a la miseria los trapos que 
hacían de medias. Los “arrogantes y nobles" colonos no es- 
taban acostumbrados a calzarse, y cuando lo consiguieron 
“alta distinción les supo", a la que no podían optar sus 
esclavos, aun con ser ellos mismos los zapateros. Fué el 
criollo quien le concedió al pobre negro los tamangos. 19 
[Véase nota 11, en pág. 239.] 

No conocieron tanta desvalidez los negros de Montevideo. 
Después del advenimiento de la Patria ninguno asistía a 
sus candombes descalzo, aun con no haber conseguido nun- 
ca calzado a su medida, pues como lo obtenían por dona- 
ción, todo les venía bien aunque les quedara mal. 

En los dias de Candombe, el tan-tan africano alzaba sus 
millares de voces en la banda occidental del Plata. 20 

19 “Loa maestros zapateros de Buenos Aires pedían permiso, en el 
siglo xviii, para tener gremio de pardos y morenos separado de españoles 
e indios y “cortar las desaveniencias que pudiesen ocurrir con los de otro 
origen”. En Municipalidad de la Capital, Documentos y planes relativos 
al periodo edilicio colonial de la ciudad de Buenos Aires, Bs. As., 1910, 
t. II, pág. 112 

Cf. Jorge R. Zamudio Silva, “Para una caracterización de la sociedad 
del Río de la Plata (Siglos xvi a xvn). La contribución africana”, Revista 
de la Univ. de Bs. As., 3ra. época, año III, Bs. As., abril-junio de 1945, 
núm. 2, pág. 305. 

20 Así también concuerda el investigador cubano Fernando Ortiz afir- 
mando: “En América del Sur se vieron y oyeron tambores africanos en 
los bailongos, candomblés y demás ocasiones de religión y divertimiento 
propios de los negros. Cuando se van acabando los negros de nación, éstos 
se llevan al otro mundo sus tambores ; diríase que se entierran con ellos 
como suelen hacer con sus imágenes, amuletos y otros objetos de su reli- 
gión”. La transculturación blanca de los tambores de los negros. Archivos 
Venezolanos de Folklore, Univ. Central de Venezuela, Caracas, julio-di- 
ciembre de 1952, t. I, núm. 2, pág. 256. 



84 


COSAS DE NEGROS 


No tenía ceremonia previa; cada “nación” se reunía en 
su sede, y bailaba y cantaba en la forma y tiempo que se 
le ocurría; sin embargo, el ritmo es el mismo de Monte- 
video, y las cantinelas son las mismas en su brevedad y 
tono, no con las mismas palabras, pues los bastoneros te- 
nían por costumbre inventar el juego de sílabas cantables, 
sin significado ni traducción, y el que les caía mas en gra- 
cia lo conservaban por mucho tiempo; a los preguntones 
les decían, con sonrisita amoledora, que eran palabras de 
su idioma que solo ellos entendían. Unas naciones baila- 
ban en rueda, otras en dos filas dándose el frente. 

También eran los mismos instrumentos. [Véase nota 12, 
en pág. 241.] 

No había imájenes de san Benito ni de san Baltasar en 
los ranchos de los reyes; lo común era la virjen María en 
alguna de sus advocaciones; unas muñecas chiquitas dentro 
de redomas-fiambreras de vidrio, sobre alguna veterana có- 
moda. 

El número relijioso era previo en el programa de aque- 
llas fiestas, y se realizaba en las diferentes parroquias, pues 
sobraban negros para todas. La ceremonia se reducía a una 
misa con canto, música y mas luces que las de costumbre 
en los altares de los santos de que los negros eran devotos: 
Benito, Baltasar y santa Bárbara, que los calzonudos de 
la colonia invocaban desesperados en los dias de tormenta 
(siempre terribles en el Plata), y a la que los tímidos afri- 
canos le rindieron culto ferviente por igual temor conta- 
jiado. Creían que doña Bárbara protejía de rayos y cen- 
tellas. 21 

El santo máximo para los negros fué san Benito de Pa- 

21 Recordemos además que en el Nuevo Mundo la identificación está 
basada en el reconocimiento de cualidades similares entre las deidades y 
los santos católicos, por ello aparecen los nombres (Santa Bárbara macho, 
por Shangó en Cuba; Xangó como dios del trueno en Brasil) y las imá- 
genes (Damballah, el dios-serpiente, como San Patricio) en un pintoresco 
paralelismo. 

Cf. Meville J. Herskovits, A frican Gods and Catholic Saints in New 
World Negro Belief. American Anthropologist , 1937, vol. 39, págs. 635-643; 
Horacio Jorge Becco, Lexicografía Religiosa de los Afroamericanos. 
Boletín de la Acad. Arg. de Letras , Bs. As., 1952, t. XX; hay abundante 
bibliografía sobre el tema; Rómulo Lachatañere, Manual de Santería. 
Estudios Afrocubanos , Ed. Caribe, La Habana, 1942. 



LOS CANDOMBES 


85 


lermo o de Santos Lugares, invención de Rosas en obsequio 
de aquellos. Lo había instalado en la capilla que existía 
en Santos Lugares para los infelices que en aquel recinto 
se fusilaban casi en secreto, con la intención de dar a la 
visita que se hacía hacer con los negros, un motivo que 
no pareciese el vulgar cumplimiento de una orden suya. 

Las únicas recepciones oficiales que los negros obtuvie- 
ron en Buenos Aires, fueron las que les dispensó Rosas, el 
famoso loco trájico; política privada de aquel cobarde tai- 
mado; no obstante, a esa su comedia íntima le obligaba 
un irresistible escondido placer, que enervaba su idiosin- 
cracia formada desde su niñez en plena chusma de puestos 
y fogones de las estancias. 

Es raro que haya escapado a los cronistas rosistas, que si 
el loco era tan paisano como lo pintan (gaucho nunca!), 
no había aprendido sus habilidades de corral y ranchería, 
(que demostró en sotreterías y compadradas que esos ero-* 
nistas han magnificado como vivezas de psicólogo), sus gua- 
rangadas de fogon y enramada, en las sacristías o en los 
salones donde se rendía culto al ‘‘minué”, que, con toda 
seguridad, no cambiaba Rosas por el "miñuelo”* junto a 
las negras que lo freían. [Véase nota 13, en pág. 244.] 

Entre negras y negros se crió y educó, como todos los 
de su época, y es natural que los conociera tanto como a 
sí mismo, por eso los utilizó para garantir su defensa per- 
sonal y tranquilidad; estaba seguro de contar con el reco- 
nocimiento sin dobleces de ellos, que consiguieron inme- 
diata e incondicional libertad con su sola presencia en el 
gobierno, por apresurado consenso voluntario de sus due- 
ños, que bien sabían lo que les convenía para no caer en 
desgracia con el dictador. Uno de tantos jestos silenciosos 
del temible loco, promulgó la ley no escrita que terminó 
con la esclavitud en la banda occidental del Plata, pues 
la constitución de 1854 no hizo mas que llenar la fórmula 
con un poco de atraso. 

Allí pudo terminar toda concomitancia de los negros con 
Rosas, sin perder éste la seguridad de contar con ellos en 
todo momento y para todo sacrificio, salvando sus respetos 

• Vocablo rioplatense muy usual en aquellos tiempos, por “buñuelo". 



86 


COSAS DE NEGROS 


de mandatario, ya que no de hombre culto puesto que no 
lo fué aquel bárbaro, impotente a la incontrarrestable sa- 
tisfacción de encontrarse en su elemento entre la chusma 
y los negros; en tales casos experimentaba una alegría in- 
fantil, complaciéndose en entretener con demostraciones de 
sus habilidades de campero compadre y sus camaraderías 
de aparcero, produciéndose el mas asombroso contraste con 
su epilepsia criminal. 

Rosas cultivaba intenso odio a la sociedad en todos sus 
poderes, miembros y manifestaciones; la burló y escarneció 
a sus anchas, en forma ya irónica, ya siniestra. Hasta la 
pose de los representantes extranjeros, a quienes despreció 
ostensiblemente, le sirvió de motivo para la mas curiosa de 
sus diversiones, usando de “introductores de embajadores” 
a los mulatos Biguá y Eusebio inflados a fuelle . 22 No temió 
ni a los frailes, a quienes obligó a oficiar ante su retrato, 
y, sin embargo respetó a los negros, nunca se permitió con 
ellos la menor broma, y bajó hasta las puertas de sus ran- 
chos, con su familia íntegra, su soberbia de dueño y señor 
de vidas y haciendas. 

Enchalecó de colorado a los hombres de la sociedad de 
abolengo, y les enrojeció el copete a sus damas, pero nunca 
obligó a los negros a llevar divisa, y muchos de ellos no 
la usaban. 

¿Divisa? Rosas no la tuvo; para él la colorada era su 
marca (resabio de los corrales) y los habitantes de Buenos 

22 Biguá y Ensebio, famosos locos y bufones del tirano Rosas. Hilario 
Ascasubi hace mención irónica del primero al cantar: “¿Si será verdá?/ 
que el ejército Rosin/ lo debe mandar Biguá. ¡Ay cielo!... de la 
barriga/ cómo vendrá el pobrecito,/ después que lo largue Rosas/ soplao 
hasta lo infinito". Paulino Lucero, pág. 236. El mismo coloca esta nota: 
Biguá: nombre dé uno de los dos locos, con el cual se divertía Rosas 
inflándole el vientre con un fuelle. Recuerdan a Eusebio entre otros: 
Vicente Fidel López, Manual de Historia Argentina, Ed. La Cultura 
Popular, Bs. As., 1934, pág. 415 y Guillermo Enrique Hudson*, Allá lejos 
y hace tiempo, Edit. Peuser, Bs. As., 1942, pág. 114. En la iconografía 
encontramos una lámina de El Grito Argentino (publicada en Monte- 
video, 10 de marzo de 1839), titulada: “Las nobles distracciones del Ilustre 
Restaurador"; reproducida en Domingo F. Sarmiento, Facundo, Ediciones 
Peuser Bs. As., 1955, pág. 303; Taullard, Nuestro Antiguo... en “Tipos 
Raros", pág. 362. Cf. Lanuza, Morenada, el cap. “Los bufones de Rosas", 
págs. 127-137. 



LOS CANDOMBES 


87 


Aires su hacienda. La divisa puede ser la enseña de un 
ideal, y un loco no tiene ideales, sinó manías y obsesiones. 
A su mejor perro de presa, Manuel Oribe, lo tenía a su 
servicio con collar colorado, pero el dia en que le atacó 
la chifladura de copar a Montevideo para exterminar a 
los unitarios que allí se habían refujiado, le encargó a 
Oribe la empresa y lo mandó con collar celeste, precisa- 
mente el distintivo de los unitarios, prohibido bajo pena 
de la vida en el feudo del loco, y que el siniestro edecán 
hubo de adoptar para sí hasta su muerte. Como Oribe era 
oriental, con esa extraña disposición parecía que Rosas 
quería decirles a los montevideanos y unitarios a la vez: 
“Allí les largo un gaucho de su marca para que los jinetée!” 

El colorado era para los negros color predilecto y res- 
petado; Baltasar, su representante divino, lo había elejido 
para su uso; el loco ha debido tomar de ellos ese distintivo, 
desde que con ellos resolvió gobernar; pero le era indife- 
rente el cambio, si le divertía o convenía. No hubo, pues, 
tal divisa, sinó marca, la “marca de Rosas”. 

Ni un segundo de duda: era un loco completo; taimado, 
trájico, lindo y cuerdo, según como amaneciera. No un 
caso raro, un loco vulgar; los manicomios están llenos de 
locos iguales a Rosas, que harían lo mismo que él hizo si 
les dieran un pueblo para gobernar. Pero, este loco Rosas 
fué siempre manso entre los negros, solo con ellos se le 
vió cortés y humilde, como los pensionistas de los mani- 
comios con sus cuidadores. 

Y pensar que semejante anormal peligroso se le haya 
aparecido a ciertos cronistas con figura de procerl . . . Oh! 
la filosofía en la historia! . . . qué maravilla de espejismo! 

Uno de los mas acreditados cronistas arjentinos, en sus 
estudios sobre Rosas y su tiempo , 23 no ha pasado por alto 
el “histrionismo” del tirano en “sus gracias”, al que le 
encuentra “mezcla de payaso y delincuente”, pero no sos- 
pecha que se trata de un loco, todo lo contrario, supone 
que la sociedad y el pueblo porteño eran los que estaban 
locos, y que Rosas no hizo mas que remedarlos con admi- 
rable habilidad de artista, y tan bien lo desempeñaba, que 

23 Se trata del estudio realizado por José M. Ramos Mejía, Rosas y 
su tiempo, Bf. As., 1907. Hay ed. de 1952. 



88 


COSAS DE NEGROS 


el cronista pide permiso para llamarle al loco “esponja 
intelijente” ... 

Rosas declaró locos a sus enemigos, (síntoma peculiar 
del propio desequilibrio), mediante decretos especiales, y 
para él lo era toda la población porteña, menos los negros 
y la Mazorca; parece que a través del tiempo han conser- 
vado su influencia aquellos decretos en el criterio de al- 
gunos cronistas. 

Al amparo, pues, de aquel bárbaro irresponsable y du- 
rante su larga actuación, el Candombe alcanzó su mas 
amplio dominio en Buenos Aires. Sus atabales sonaban to- 
dos los domingos, “fiestas de guardar'* y en las fechas es- 
peciales de costumbre. 

Como si esto no fuera suficiente, Rosas suprimió la pro- 
cesión cívica de los dias patrios, reemplazándola con un 

desfile de negros, y este hecho ofrece motivo al cronista 

para otra de sus raras suspicacias: supone que aquel desfile 
fué escandaloso y obsceno, olvidando que era de negros, y 
por lo tanto lo mas acertado sería suponer la cómica se- 
riedad de los negros viejos, empavesados con enormes ga- 

lerones tambaleantes sobre las elásticas motas, a cada tro- 
pezón en las avenidas aquellas; los negros criollos en su 
mayoría vestidos con restos de uniformes de soldados del 
ejército, fogueados en las batallas a que asistieron con ellos, 
algunas medallas en los pechos lo testifican; las negras em- 
bayetadas a vivos colores y muy orondas entre sus negros, 
y al verse contempladas por los blancos . . . Mas o menos. 

Muchas pájinas entretenidas y curiosas podrían llenarse 
con el relato de hechos que demuestran el respeto incondi- 
cional de Rosas a los negros. 

Es de figurarse cuanto habrían podido éstos conseguir 
durante la bien larga actuación del loco trájico, si no hu- 
biesen pertenecido a una raza sin ambiciones terrenas, re- 
signada y humilde; por eso fueron únicamente de la guar- 
dia de Santos Lugares y candomberos. 

El cargo que se les ha hecho, por cierto bien fundado, 
de espías, no implica asegurar que lo hayan sido en la for- 
ma propagada, injusto agravio a seres cuyas cualidades in- 
natas de leales y fieles, se han tenido presentes tan solo en 
favor de la parte interesada en su espionaje. 



LOS CANDOMBES 


89 


No habiendo sido víctimas ni verdugos de Rosas, su rol 
de espías ha debido ser negativo, sin duda alguna. 

En Navidad y Año Nuevo era cuando los negros y Rosas 
se reverenciaban mutuamente. 

Durante el dia de la víspera cada “nación" enviaba una 
delegación a “presentar cumplidos" al loco y familia, y a 
su hermana la señora de Mansilla. Esta ceremonia se efec- 
tuaba sin músicas ni ruido alguno. Las delegaciones entra- 
ban por turno a cumplir su cometido. 

Rosas y familia devolvían la visita en los dias siguientes, 
y también enviaba delegaciones de damas federales encabe- 
zadas unas por misia Josefa y otras por Manuelita. 

La “noche buena" se dedicaba a los negros en Santos 
Lugares, (obsérvese el nombrecito que el loco le aplicó a 
su residencia, como una burla a la sociedad y a su relijion). 
Eso autorizaba mas la presencia de san Benito allí, con- 
sagrado bajo la advocación de su propia residencia, en la 
que hacía de anjel tonificante de la seleccionada Guardia 
de negros que velaban por el loco noche y dia. 

Se comía, se bebía, se cantaba y se candombeaba. 

Rosas experimentaba intensa alegría, entregándose a sus 
infantiles mojigangas: Se presentaba de improviso vestido 
de jeneral, y circulaba entre los negros haciendo admirar 
su porte y su traje, contemplando los diferentes grupos de 
bailadores. Derrepente desaparecía sin ser notado, y cuan- 
do los invitados creían que ya se había retirado a sus ha- 
bitaciones, lo descubrían entre ellos vestido de soldado y 
contento del chasco que les daba; momentos después el 
soldado se perdía de vista, para aparecer al rato de paisano, 
a caballo y a media rienda. 

Los testigos presenciales de quienes he recojido estos da- 
tos, viejos morenos porteños, decían que ellos experimen- 
taban gran miedo con aquellas apariciones y desapariciones, 
pues les sujería la sospecha de que el loco pretendía sor- 
prenderles algún indicio de infidelidad, y aun apesar de la 
propia seguridad de su lealtad sincera a su gran protector, 
los inquietaba mucho su fregolismo, y repetidas veces pe- 
dían permiso para retirarse, “por haber ya molestado de- 
masiado", hasta que se les concedía. 



90 


COSAS DE NEGROS 


Nada mas natural que tras las bromas y esparcimientos 
del tigre, se tema el zarpaso de sus garras. 

Después de Rosas los candombes empezaron su rápido 
descenso, y terminaron sus dias por la misma época que 
en Montevideo; en los barrios cercanos a la plaza Lavalle 
sonaron por última vez los tantanes de la raza africana . 24 

Los reyes se habían ausentado con mucha anterioridad; 
fueron los últimos en el Plata los que hemos encontrado 
en la capital del solar Charrúa, allá por el sud de la calle 
Queguay. 

El vocablo “candombe'* es una adaptación onomatopéyica 
que el negro ha tomado del silabario brevísimo de sus ri- 
tornelos cantables, silabario que inventaba con su dicción 
bozal, evocando ritmos del terrón nativo. 

El folklorista brasilero Beaurepaire-Rohan, anota a “can- 
dombe” como vocablo usual en el sud del Brasil para de- 
signar el baile africano, y esa rejion es, precisamente, la 
que ha mantenido con nosotros en los tiempos de “las pa- 
triadas” intenso intercambio de vocablos. Agrega que en 
Bahía se le llamaba “candomblé”, y en otros estados “quim- 
beté”, “caxambú” y “yongo”; “maracatú” en Pemambuco . 25 

Los bahianos fueron habituales huéspedes nuestros por 
vía marítima, en todo tiempo, pues formaban en gran ma- 
yoría en las dotaciones de la marina mercante brasilera; así 
como los riograndenses fueron nuestros huéspedes consuetu- 
dinarios por vía terrestre. Esto hace sospechar que a Río 

24 Continúa Rossi, documentándose en Wilde, pág. 172; nota al pie. 

26 Cf. Vizconde Beaurepaire - Rohan, Diccionario de vocdbulos brazi - 
leiros, Río de Janeiro, 1889. También dice similar al canjere, que olvidó 
Rossi. 

En carta al anotador resume el musicólogo y estudioso Néstor R. Ortíz 
Oderigo: Candombe: Fiesta popular, de carácter profano, que realizaban los 
negros de la Argentina y del Uruguay. De origen bantú, era semejante a los 
reisados, maracatús, congadas y cucumbis afr obrasileños. Su vigencia folk- 
lórica se mantuvo hasta fines del siglo xix. 2 ? — Tambor unimenbranó- 
fono, de parche fijo, templado a fuego, de origen bantú, empleado por 
los negros de la Argentina y del Uruguay, donde todavía hoy tiene vigen- 
cia. Ejecútase con una mano y una baqueta. 3* — Municipalidades que 
regían la vida de las colectividades negras de la Argentina y del Uruguay. 
(25-5-1958.) 



LOS CANDOMBES 


91 


Grande y Bahía el vocablo “candombe” llegó por importa- 
ción y es su orijen rioplatense. 

Si la danza nativa africana tuvo nombre en su cuna, fué 
olvidado por el negro al olvidar su propio idioma. En cada 
rejion de América donde la bailó al compás de sus instru- 
mentos, iguales a los de la tribu, la bautizó por onomatopeya 
sujerida ya por sus cantos ya por sus toques. 

Por onomatopeya del sonido de su silabario cantable, lla- 
mó a su fiesta: “candombé”, “camambú”, “máma cumandá”, 
“yongo”, “caxambú” y “samba”. 

Por onomatopeya del sonido de sus instrumentos: “tangó”, 
“tantán” y “maracatú”. 

Por imitación de instituciones de blancos: “cabildos” y “rei- 
nados”. 

A estos vocablos el africano les daba acentuación aguda, 
por consiguiente, “candómbe” ha sido antes “candombé”, que 
con una “1” incidental conservaron los bahianos. Nuestro 
pueblo le cambió el acento, con el uso, y así se pronunció 
hasta nuestros días. 20 

En Cuba, fabuloso emporio de esclavos, donde el africano 
y sus descendientes, hasta mediados del siglo xix, apisonaron 
la tierra empapada con su jenerosa sangre de mártires, sal- 
tando sus bailables cuya fama circuló por el mundo, los 
candombes se llamaron nada menos que “cabildos”. 27 

Cae de su peso que los negros imitaron a sus socios, pa- 

26 Arthur Ramos, en Las culturas. . pág. 212, anota: “No creo en la 
hipótesis de Vicente Rossi según la cual el término candomblé de Bahía 
puede ser de importación rioplatense. El candomblé bahiano es una ins- 
titución religiosa de origen sudanés (culto gégé-nagó), como ya está am- 
pliamente demostrado en los trabajos de los eruditos brasileños. . . Añádase 
que el candombe del Plata tenía otra significación completamente distinta 
del aspecto religioso del candomblé brasileño. Es posible que las dos institu- 
ciones, una religiosa, de origen sudanés (candomblé bahiano), y otra profana, 
de origen bantú (candombe rioplatense), sólo tuvieran de común el nombre 
que realmente significa danza, fiesta, con cánticos y música". 

27 También entre los negros peruanos existieron cofradías y cabildos 
de origen angolo-congo, cuya principal finalidad consistía en la compra de 
la libertad. Organizaban fiestas del tipo africano y a santos católicos, don- 
de encontramos los diablos danzantes. Estas instituciones son similares 
a las de Cuba. Hallamos antecedentes en Ricardo Palma, Tradiciones 
Peruanas , Barcelona, 1893, t. I, pág. 152. Cf. Fernando Romero, “Ubi- 
cación cronológica de nuestro negro", en La Prensa, Lima 3-11-1935. 



92 


COSAS DE NEGROS 


rientes y amos los moro-godos, que allí también cabildearon 
como en todas partes, para simular que algo hacían, y como 
en todas partes distraían su situación y nulidad, vaciando 
en escritos sus majaderías, hoy propicia “fuente” para los 
historiadores. 

Es fama que los colonos de Cuba fueron crueles inquisi- 
dores para los negros; sorprende pues que éstos se hayan 
burlado tan lindamente de sus verdugos, imitando sus ca- 
bildos, sin ser observados por tamaña irreverencia. Es que 
“no les venía a cuentas” a los inquisidores: En Cuba había 
por cada cien negros un conquistador ; Haití y Santo Do- 
mingo, vecinas muy cercanas, ardían a menudo bajo la ven- 
ganza del africano y sus hijos, hartos de ignominia. Los 
cabildantes de Cuba “hicieron la vista gorda”; al fin y al 
cabo los cabildeos y sus documentaciones eran un formulismo 
hueco y sonso, que les servía de méritos para llenarse la 
panza y las “faltriqueras”, por consiguiente, los negros, imi- 
tándolos les daban importancia. 

El folklorista Pichardo, que escribió allá por el año 1834, 
nos dejó algunos datos sobre los “cabildos” africano-cubanos, 
y se ve que ofrecían tanta analojía con los candombes rio- 
platenses, que convencen de que en ese exponente la raza 
negra manifestaba una modalidad típica africana, evocada 
por igual en todas las re j iones en que pobló, con las inevi- 
tables variaciones que el ambiente y las costumbres le obli- 
gaba a aplicar. 

Instalaron salas y sociedades como en el Plata y con igual 
objeto de fiestas y socorros, pero no las llamaban así, es- 
taban comprendidas bajo el título de “cabildos”. 

Tenían rey, reina, mayordomo (ministro) y capataz (juez 
o bastonero). Estaban organizados en “naciones”; usaban ins- 
trumentos iguales a los de nuestros negros, y parecido ce- 
remonial y pontifical danzante, y todo eso era un “cabildo”. 
Se decía “Cabildo Arará”, “Cabildo Angola”, etc., siendo 
el mas famoso, como entre nosotros, el “Cabildo Congo”, y 
tanto, que en aquellos tiempos para impugnar como inepta 
o barullenta una agrupación, se decía: “parece un cabildo 
de congos”. 

Los cabildos de negros se organizaban en las poblaciones 



LOS CANDOMBES 


93 


como los de los blancos; en el interior de la isla se llamaban 
“reinados ”. 28 

Estos ofrecían una simpática innovación: se hacían pre- 
sidir por una reina , que sentaban en un trono rodeada de 
negras elejidas que llamaban oficialas. 

Cabildos! . . . Reinados! . . . Con cuanta injusticia han que- 
dado al marjen de la historia ciertas “cosas de negros”, que 
habrían resultado lo mas ameno y edificante en el cuento 
de la Conquista. 


28 Estas reuniones celebradas en el día de Reyes, también de influencia 
congo, pueden ligarse a los reisados y maracatús del Noroeste brasileño. En 
Cuba aparecen los irimes o diablitos haciendo pantomimas como los lla- 
mados griots de Africa. 

Cf. Fernando Ortiz, “Los cabildos afro-cubanos, en Revista Bimestre 
Cubana, La Habana, 1921, vol. XVI, núm. 1; también véase, Los Negros 
Brujos, Madrid, 1906; La Fiesta Afrocubana del " Día de Reyes ”, La 
Habana, 1926; Los Bailes y el Teatro... págs. 336 y sig.; Arthur Ramos, 
O Folclore Negro do Brasil, Río de Janeiro, 1936. 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


Etimolojía y acepción del vocablo “Criollo". — Notable diferencia entre 
el africano y su descendiente rioplatense. — Sociedades de negros 
nativos en Montevideo. “La Raza Africana”. Por primera vez en 
el Plata se usa el vocablo “tango” para designar un baile de crio- 
llos. — Orijen del vocablo “Tango”. — Retirada de “La Raza 
Africana”. — La contribución del cuartel. — La misma etapa en 

. Buenos Aires. Sus características comparsas de blancos-negros dis- 
tinguidos. Los “tanguitos” de su repertorio. — La alegría con- 
quistadora del negro criollo. 

Le han propagado al vocablo “criollo” las siguientes defi- 
niciones: 

“El negro nacido en América, por oposición al traído de 
Africa”. 

“El americano descendiente de europeo”. 

“El hijo de padres europeos nacido en cualquier parte 
del mundo”. 

Todas ellas, claro está, han sido inventadas en Europa- 
landia para uso de los americanos, pues esa voz procede de 
la América latina y nunca se usó en ninguna otra parte 
del mundo. 

En lenguaje Rioplatense la acepción del vocablo “criollo” 
es una sola, única y perfectamente definida: “nativo”; con 
la importante salvedad de que no se comprende en ella la 
ascendencia, por el contrario, va en el vocablo toda una 
vanidosa seguridad de pureza nativa, de autoctonía. 

Cuando exclamamos “Ah! criollo!” admirando una acción 
personal, estamos muy lejos de reconocer en el festejado 
alguna influencia exótica, lo conceptuamos nuestro, purifi- 
cado de toda mezcla por el solo hecho de haber nacido en 
esta tierra; convencimiento popular instintivo de “renova- 
ción”, contra el rutinario concepto de “reproducción”. 



LOS NECROS CRIOLLOS 


95 


“Criollo" es para nosotros un título de superioridad ra- 
cial, sin desmedro de la ascendencia que haya intervenido 
a la que consideramos un simple medio natural de coope- 
cion vejetativa, de influencia neutralizada por las del suelo 
y del ambiente. 

“Criollo" es, pues, "nativo", pero nativo puro, todo nues- 
tro; esa es la respetable intención del pueblo, única auto- 
ridad creadora del Vocablo y de sus acepciones. 

El hijo de negros africanos nos prueba que tal intención 
tiene motivos bien fundados, pues resulta ese hijo tan dife- 
rente a sus padres, moral y espiritualmente, que comienza 
en él una nueva raza negra. 

“Criollo" ha tenido la misma acepción que nosotros le 
damos, en las tierras que circundan el Mar de las Antillas, 
que fueron activísima sucursal de Africa. Los viejos cronistas 
de aquellas rejiones, coinciden en que la palabra "criollo" 
significa "lo propio, lo de la tierra". 

Al negro africano debemos ese vocablo; así llamó a sus 
hijos americanos. Dice uno de aquellos folkloristas: “Criollo 
es vocablo de negros y quiere decir persona nacida de la 
tierra y no venida de otra parte". Precisamente la autoctonía 
ya anotada. 

Como de costumbre, los diccionarios al apropiárselo lo han 
adulterado tendenciosamente, y le han buscado la procedencia 
mas aproximada, por derivación o afinidad morfolójica, se- 
gún les es de práctica; en consecuencia, han supuesto que 
"criollo" deriva de "cría", y casi aciertan. 

El negro africano llamó "crío" a su hijo en lactancia; con 
su peculiar bozal hizo al vocablo el diminutivo "crioíto" y 
el aumentativo "crioió"; de allí surjió fácilmente "criollo", 
calidad adoptada en las transacciones del tráfico de esclavos. 

Las tribus jitanas, que son de orijen africano, también 
llaman "crios" a sus lactantes, y el diccionario del lenguaje 
de los castellanos les ha sustraído ese vocablo, no hace mucho 
tiempo, sin anotar su procedencia. 

El negro rioplatense fué modelo de obediencia, lealtad y 
estoicismo, lo que sumado a la humildad de su orijen y del 
color, le valió condena a cuartel perpetuo, en la guerra y en 



96 


COSAS DE NEGROS 


la paz. Nunca se le preguntó a quien quería servir, se le obligó 
a servir. 

Fué la primera fila de todos nuestros ejércitos, desde la 
cruzada por el surjimiento de estos países hasta la última 
nota roja de la última guerra civil; siempre en primera fila, 
para umbral de la muerte; “carne de cañón”; su hermano 
blanco así lo dispuso, sin imajinarse que le daba oportunidad 
para demostrar valor y civismo ejemplares, virtudes que des- 
conoció el projenitor africano. 

Tampoco heredó la atonía característica de sus mayores, 
por el contrario, poseía bien marcadas las buenas y malas 
cualidades del nativo: acometividad, fina malicia, carácter 
oportunista y alegre, especiales disposiciones para divertirse, 
sincero en la amistad, franco en sus sentimientos; y otras que 
no son comunes en el criollo blanco: servicial, honrado y 
respetuoso. 

Raro era el caudillo que no tuviera a su lado un negro, 
para su protección y confidencias. 

Fueron, pues, el projenitor africano y su descendiente rio- 
platense, el anverso y reverso de una medalla; apenas se 
asemejaban en el físico y el color, y en el típico desgonza- 
miento al andar, que bien puede observarse todavía hoy en 
el negro norteamericano. 

Cuando todavía el Candombe tenía importancia cronoló- 
jica y oficial en la banda oriental del Plata, los morenos 
criollos fundaron allí sociedades filarmónicas, pues eran há- 
biles ejecutantes en cualquier instrumento. Esas sociedades 
se preparaban durante el año, con objeto de exhibirse en 
comparsas pintorescas en los dias de carnaval, con canciones 
y música que ellos mismos componían; necesariamente, tam- 
bién bailaban, como veremos en seguida. 

En esta forma satisfacían su idiosincracia tentada por el 
Candombe, cuyo ritmo clásico cosquilleaba en sus nervios 
bajo el temperamento nativo, que había de sustituir con sus 
vivacidades la monotonía y pesadez africana. Y rendían home- 
naje a la estirpe, y tanto, que la primera agrupación de esa 
especie en el Plata, aparecida en Montevideo por el año 1867, 
se llamó “La Raza Africana”. 

Recorría las calles de la ciudad únicamente en carnaval, 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


97 


cantando y bailando ante las casas de las familias pudientes 
y de las personas que ocupaban altos cargos en el gobierno 
y en el ejército. 

No obstante ser dias de risa los de su aparición en público, 
se conducían sus socios con toda gravedad; para ellos aquella 
exhibición era cuestión de color, de raza, y no de broma. 

Varias otras sociedades de negros criollos imitaron a “La 
Raza Africana”, pero solo subsistió ésta, pues el sostenerla 
fué para sus componentes una cita de honor a la que nunca 
faltaron. Cual si ella hubiese poseído el espíritu perseverante 
y sufrido de la raza, sobrevivió a través de etapas de la mas 
aplastante miseria. Fué la primera y la última. 

No presentaba mas detalles de orijen que su título y el 
color de sus socios, de ambos sexos. 

Vestían los hombres sombrero de paja blanca, saco colo- 
rado, pantalón blanco, botas altas negras. Las mujeres boina 
blanca, blusa colorada, pollera blanca corta y botas negras 
abrochadas, todo estilo inglés. 

En marcha llevaba su estandarte delante, y a retaguardia 
un gran farol de tela pintada, que de noche hacía visible e 
inconfundible la sociedad desde lejos, por ser su distintivo. 
Se componía de unas cincuenta personas, en sus buenos 
tiempos. 

El repertorio: un paso-doble para sus marchas; varios mo- 
tivos de bailables sociales de actualidad, que cantaban con 
versos alusivos a la raza negra y a su triste destino, e inter- 
calación de algunos respetuosamente amorosos. Cantares sen- 
cillos, como notas del pueblo que eran, saturadas de un dejo 
melancólico. Todo frutos de la inspiración de ellos mismos, 
que se renovaban anualmente. Los poetas y músicos del pue- 
blo, indisciplinados pero hábiles, siempre han sido verdaderos 
creadores, y en nuestros negros y sus mestizos eso era un culto. 
[Véase nota 14, en pág. 245.] 

Los instrumentos: guitarras y violines; de viento, los que 
se presentasen, pues eran capaces de coordinar un cuerno con 
un stradivarius. El tambor militar daba la marcha callejera 
cuando los músicos descansaban. 

El repertorio no tenía más mérito que el de ser orijinal, 
como el de todas las sociedades carnavalescas rioplatenses, 
pero ofrecía una característica novedad: la composición que 



98 


COSAS DE NEGROS 


titulaban “tango", de lo que el público se informó mediante 
la hoja impresa con sus versos, que acostumbraban a distri- 
buir las comparsas, y en la que cada composición se encabe- 
zaba con el motivo de su música en calidad de título, como 
“valse", “polka", etc. Esta vez figuró un “tango", con honores 
de único bailable del repertorio. Asomaba en sus notas el 
alma africana; el Candombe, que todavía sacudía sus tambo- 
riles ante varias salas de “reyes", tenía en aquel “tango" 
reminiscencias inconfudibles, era un traslado de su neglijencia 
injénita a la inquieta alegría criolla. 

Cuando le llegaba turno al “tango" todas las caras se ani- 
maban; en los negros por atavismo; en el público y en las 
mismas distinguidas familias ante quienes se bailaba, por el 
barullo infantil de sus notas juguetonas y la novedad del 
número. 

La letra solía ser alusiva a la raza y de cariño a los “amitos". 
Primero una estrofa de cuatro o de ocho versos octosílabos, 
en compás de canción vulgar, cantada por una negra joven 
con voz de tiple; esto se llamaba “el solo", que era contes- 
tado por todos los socios con el “coro", otra estrofa de tres 
o cuatro versos libres, al mismo tiempo que con acompaña- 
miento apropiado de los instrumentos se reproducía un can- 
dombe, diremos “acriollado", conservando su música la armo- 
nía africana en notas titubeantes o picadas, que culminaban 
en los redobles nerviosos y quebrallones del tambor; y así 
era aquel “tango". 

Toda la comparsa bailaba; cada uno en el sitio que ocupó i 
al detenerse; baile sencillo y sin contorsiones, algo así como i 
un “gato" lento; en síntesis, el candombe clásico al amparo 
del respeto del moreno nativo y de acuerdo al carácter repre- j 
sentativo que dió a su “Raza Africana". \ 

Fué esa la primera vez que en el Rio de la Plata sonó el i 
término “tango" aplicado a un bailable de criollos. 

“Tango" es un vocablo africano 1 puesto en voga en el ; 
mundo por los pueblos rioplatenses. ; 

i En un extenso comentario sobre la palabra tango, Fernando Ortíz j; 
registra que “en algunos lenguajes africanos “bailar'’ se dice tamgu y : 
tuñgu, como sucede entre los del Calabar y Benué, próximos al Niger j 
central (Johnston, 729). Entre los soninké o sarakolé (Faidherbe, 40) j 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


99 


En el anterior capítulo lo he anotado como producto ono- 
matopéyico del sonido. 

El bombo chino, tan popularizado que lo usa la aristocracia 
de algunos países en sustitución del timbre, y es también el 
anunciador de los rounds en el box, se llama “gong”, por su 
propia exclamación cuando lo golpean: “góngl” 

Los bugres, autóctonos brasileros cuyo lenguaje es tan ex- 
tendido como en nuestro litoral y Paraguay el Guaraní, 
llaman al tambor “tororó”, que es en sílabas el redoble de 
ese instrumento. 

Los negros africanos, en América le llamaron “tangó” a su 
tamboril; en sus lares habrá tenido el mismo nombre o tantos 
como pueblos habían que lo usaran. “Tán-gó” es la voz del 
tamboril; dos manotones casi simultáneos sobre el parche 
producen ese sonido; y si esos golpes son dados con una mano 
y un palo, como era la costumbre, mas claro dirá “tán-gó!” 

Los rioplatenses le llamaríamos “bon!” al gong; al tambor 
“bracatá!”, y al tamboril le hemos llamado “tan-tan”; por- 
que cada pueblo traduce la voz onomatopéyica conforme a 
su fonética y acústica. 

Podría ser mas factible que “tango” procediera de “tan- 
gó” por “tambor”, que el africano pronunciaba “tambó” y 
pudo fácilmente ser mas tarde “tangó”, perdiendo luego el 


se dice ntiangu. Entre los mandingas, más al norte, se dice dongo por 
‘bailar' y tomton o tamtamgo el ‘tambor’. Así el vocablo tendría 
procedencia africana, si bien contaminada con el tangir castellano; del 
latín tangere; unos y otros vocablos formados en Africa o en el Lacio, 
por sugestión imitativa del sonido tan-tan, del tambor al ser tañido. 
En uno y otro ambiente, la onomatopeya ha creado el mismo vocablo”. 
Por si esto no bastara, recuérdese que ya en el siglo xv, y más en el 
siglo xvi, desde que se descubrieron y explotaron por los portugueses 
las costas de Guinea, había intermediarios entre los navegantes y los afri- 
canos, que se llamaban pombeiros, si blancos y tango maos, si negros. 
Esos negros tango maos, o negros tangomas, eran los africanos que se 
‘‘aportuguesaban” vistiendo y hablando como sus dominadores, y viajando 
por el país como traficantes. Wiener cree en variantes fragmentarias, 
entre los mandingas”. Glosario de Afronegrismos. La Habana, 1924, 
pág. 447. Cf. Juan Corominas, Diccionario Crítico Etimológico de la lengua 
Castellana, ed. Gredos, Madrid, 1956, t. III, pág. 369. Los autores citados 
por Ortiz: Henry H. Johnston, A comparative study of the Bantú and 
Semi-Bantú Languages, Oxford, 1919; el Gral. Faidherbe, Langues Sénéga- 
laises, París, 1887; Leo Wiener, Africa ^ and the Discovery of America, 
Filadelfia, 1920. Sobre esta obra está basada la última nota de Rossi (n<? 30). 



100 


COSAS DE NEGROS 


acento como lo perdió “candombé”. Pero, “tango” aparece 
en América con mucha anterioridad a “tambor”, que el 
moro-godo y el moro-lusitano no usaron y tardaron en co- 
nocer, pues este vocablo es el último vástago de “atabal”, 
“atambur” y “atambora”, de uso entónces, y que corres- 
pondían al lenguaje racial y oficial de los conquistadores, 
que era un patuá de árabe. 

Pichardo, que hizo crónica folklórica en Cuba en la ter- 
cera década del pasado siglo, anota: “Tambor es el atabal 
que tocan los negros en sus tangos o bailes”. Esto eviden- 
cia que “tambor” fué posterior a “tango”, sin dejar de llamar 
la atención que el cronista anote el vocablo como extraño 
al lenguaje en uso, lo que nos haría sospechar que se creó 
derivado del árabe “atambora”, para designar expresamente 
el atabal africano, pero lo mas seguro es que el negro mis- 
mo lo creó con igual objeto. 

Lo cierto es que el africano llamó “tango” a su tamboril, 
alma y vida de su tradición danzante, que por natural pro- 
ceso de continuidad obtuvo ese nombre. “Vamo a tocá tan- 
gó” dirían los negros, y tácitamente bautizaban su demos- 
tración coreográfica para los que eso oían. 

El Tango antillano era el Candombe rioplatense. 

El “tango” de “La Raza Africana”, se debió a la intención 
de los morenos nativos de ofrecer una novedad dentro de 
su modalidad danzante, evitándose el entónces vulgarísimo 
“candombe”, y tomaron aquel sinónimo del vocabulario de 
sus mayores, infinitas veces oido pronunciar entre ellos para 
designar sus tantanes, desde los dias del zoco móruno-godo- 
lusitano, vulgo colonia . 

La formación de sociedades filarmónicas no alejó a los 
morenos criollos de las ruedas danzantes de sus mayores; 
ya queda dicho que ellos fueron los oficiantes cuando las 
piernas del africano ya no respondían al trajín de su baile. 
Con sus comparsas, el nuevo negro hacía una demostración 
de su temperamento sin perjuicio del respeto a la tradición, 
que acompañó tan fielmente en esta emerjencia, que cuando 
el Candombe clásico agonizaba, terminaban su ciclo aquellas 
sociedades en las últimas apariciones de “La Raza Africana”. 

Muchos han de recordarla; reducida a unas diez personas; 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


101 


muy pobre; con sus ropas gastadas y descoloridas; en alpar- 
gatas... El pais había progresado, por eso la miseria había 
aumentado. Henry George ha demostrado que la Miseria y 
el Progreso marchan siempre de la mano, muy unidos, por 
así exijirlo los intereses creados de unos pocos y la manse- 
dumbre de los pueblos. En alpargatas iban los pobres ne- 
gros criollos, a rendir su anual saludo a las familias pudien- 
tes, a las cuales el progreso les había traído otra clase de 
miseria: el egoismo, pues tiraban a la pobre recua una li- 
mosna, lo que antes era un obsequio rumboso. 

Luchando contra el progreso y la miseria, el popular ne- 
gro Sayago 2 aseguró los últimos días de “La Raza Africa- 
na”. A su acierto y corrección fué encomendada la direc- 
ción de la sociedad, a sus innumerables relaciones entre los 
“patronatos” los éxitos pecuniarios. Marchaba a la cabeza, 
con su apostura y su peinado a lo Lucio Victorio Mansilla, 
clarín en mano, su famoso clarín, la mas criolla y eficaz re- 
clame que se conoció en el Plata; maravillosa herramienta 
que era para su dueño la mitolójica trompeta de la fama con- 
vertida en palpable realidad, el armónico directriz farandu- 
lesco y el embudo del estómago. 

El cuartel es quien le explotó mejor al negro criollo sus 
singulares condiciones físicas y morales. 

Apenas podía sostener en sus manos de niño un clarín, 
formaba en la banda lisa. Tambor, soldado de linea, cabo, 
sarjento... Aquí lo detenía su hermano blanco... el mal- 
dito color se interponía siemprel Admite la sociedad blancos 
y trigueños jetones y motosos lejítimos, por mas que se lo 
disimulen llamando a la jeta “labios gruesos” y a las mo- 
tas “pelo crespo”; admite rubios y colorados jetones y mo- 
tosos, pruebas vivientes de que en la “ilustre” ascendencia 
balconea risueño un representante del ébano humano, pero 
no admite negros ni con perfil griego... el maldito color! 

Lójicamente toda asociación de morenos tenía protección 
cuartelera, y las dedicatorias de sus producciones apolíneas 
y filarmónicas se referían a jefes militares, amos del negro 

2 Sobre este personaje popular, el corneta Sayago, véase José Lui3 
Lanuza, Morenada, págs. 182-184. 



102 


COSAS DE NEGROS 


criollo, felizmente más jenerosos y tolerantes que los del 
africano. 

En los mismos cuarteles se organizaron algunas de aque- 
llas sociedades, en las que tomaban parte sus negros que mas 
aptitudes tenían para ello. Y es de recordar la de “los bam- 
bas”, soldados negros de un batallón de cazadores, que ha- 
bían arreglado al criollo cierta canción estilo de candombe 
clásico que titularon “Bamba queré”, con tanto éxito en el 
pueblo que les valió el sobrenombre. 

También en estas agrupaciones figuró el sexo femenino. 
Las negras criollas, compañeras inseparables de sus negros, 
no pudieron sustraerse al servicio de la patria; ellas y las 
“chinas” * fueron el importante complemento de la dota- 
ción de un cuartel de aquellos tiempos. Enfermeras y la- 
vanderas, verdadera providencia para la milicada; su única 
Cruz Roja; consuelo y ayuda en la fajina de la ciudad co- 
mo en las fatigas de la campaña. En tiempo de guerra for- 
maban parte de la impedimenta, y no pocas veces, volunta- 
riamente, en las filas: Rivera corrió en Cagancha las tropas 
enemigas, con las negras y chinas que llevaban en las suyas . 3 

Y eran estas infelices y abnegadas mujeres las que el pue- 
blo tituló “cuarteleras”. En los alrededores de los cuarteles 
vivían, en sórdidas piezas que los mismos propietarios les 
preparaban para explotar en alquiler. No solo compartían 
con sus hombres las fatigas de su oscura condición, sinó tam- 
bién las alegrías, la miserable bacanal del alcohol del pue- 
blo en la atmósfera revulsiva del sucucho; a los acordes de 
alguna guitarra, plenos de insinuación nativa. 

En Buenos Aires, el exponente carnavalesco filarmónico 
de las jeneraciones criollas negras tuvo también su represen- 
tación, pero sin ninguna referencia a la tradición, que allí 
se mantuvo en los candombes clásicos solamente. 

* En lenguaje Rioplatense, “china” es la india o descendiente de indio. 
Había también mujeres blancas, pero se clasificaban como “chinas”, 
por ser criollas. 

3 Vicente Rossi traza un largo y sentido juicio sobre las “chinas 
cuarteleras” y apunta su calificativo cariñoso. Folletos Lenguaraces, Des- 
agravio al lenguaje de Martín Fierro, núm. 17, Río de la Plata, 1935, 
págs. 21-25; Malaret lo registra en la América meridional como “esposa 
o amante criolla de clase humilde”, Diccionario, pág. 327. 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


103 


En su mayoría se improvisaban para en esos dias aprove- 
char la jenerosidad de los “amitos 0 , y solían adoptar por tí- 
tulo el nombre de la “nación” o “sociedad” racial a que per- 
tenecían por descendencia. 

Vestían combinaciones de ropa corriente, prefiriendo la 
de “dotor”, que también llamaban de “currutaco”, presen- 
tando el ridículo mas gracioso. Solían adicionarse algunos 
adornos chillones para extremar la nota. 

En todos los demás detalles eran exactamente iguales a las 
montevideanas, con la particular diferencia de que no ofre- 
cían en sus sonatas y cantos nada que evocara el ritmo afri- 
cano, que aun no había enmudecido, ni mucho menos, pues 
corría el lustro 1865-70. Tampoco bailaban. 

Con estas comparsas de negros lejí timos se cruzaron por 
primera vez en los años 1868-69, otras de negros imitados. 
Dan estas agrupaciones una modalidad desconocida en Mon- 
tevideo, pues eran formadas por jóvenes de la sociedad por- 
teña, lo que contribuyó a que algunas de ellas conquistaran 
celebridad carnavalesca, recordándose las tituladas “Los Ne- 
gros” y “Los Negritos Esclavos”, formadas por jóvenes que 
mas tarde habían de distinguirse en las actividades de la vi- 
da pública nacional, como Alsina, que figuró en la segunda 
de las citadas. 

Algunas de esas agrupaciones constituyeron clubs de sóli- 
dos prestijios político-sociales, pues en aquellos tiempos no 
había incompatibilidad entre ser distinguido ciudadano y 
humorista carnavalesco. 

El proceso de formación de esas comparsas de blancos-ne- 
gros distinguidos, era sencillo: Los “niños” de las “familias 
bien” comenzaron por agregarse a las que organizaban los ne- 
gros, entre los cuales figuraban indefectiblemente sus sirvien- 
tes, y entusiasmados con el éxito obtenido fundaron luego 
las suyas, pero siempre con el concurso de los morenos y sus 
mestizos, que formaban las orquestas de aquellos grupos. 

Vestían traje de etiqueta con las exajeraciones necesarias 
para la mas cómica caracterización, y no se pintaban toda la 
cara sinó simplemente un antifaz, escrúpulo de delicadeza so- 
cial-carnavalesca. Cruzaban las calles del viejo Buenos Aires 
a pié, visitando a las familias mas conocidas para bromear 
con verdadera gracia y espiritualidad, imitando el lenguaje de 



104 


COSAS DE NEGROS 


los negros bozales, (lo que ciertamente no haría buen juego 
con media cara negra). 

La música siempre oportuna y afinada de los negros, con- 
ducía la comparsa en su recorrido al son de irresistibles pa- 
so-dobles, y acompañaban sus canciones, terminando invaria- 
blemente con el repertorio bailable de la época, pues, lo inevi- 
table era que los visitantes dieran unas “vueltas” 4 con las mu- 
chachas de la casa, que esperaban con ansiedad aquellas visitas. 

La letra de los cantos se debía a los socios mas inspirados; 
la música la aplicaban con motivos de canciones populares 
en voga. 

Ese sistema de hacerse repertorio y la circunstancia de que 
trataban de imitar a los negros con toda la gracia posible, 
hizo que adoptaran la música o motivos de ciertos llamados 
“tanguitos”, que trajeron al Plata algunos sainetes, aplicán- 
dole letra local y convencional los vates del grupo. 

Recordaremos como un ejemplo, no como un caso aislado, 
que “Los Negros” 4 5 llevaban un tanguito con letra de Rafael 
Barreda y música de Miguel L. Rojas, sobre motivos de los 
tanguitos cubanos de las obritas teatrales “El tio Canillita” 
y “Los dos ciegos”, que conservaron su popularidad por mu- 
chos años. 

Aquellos tanguitos eran unos sencillos y graciosos pases co- 
reográficos, breves y exentos de figuras; los bailaban en el es- 
cenario la negra frente al negro, (los artistas que se caracte- 
rizaban de tales), dando pasos atras y adelante y trocando sus 
puestos de vez en cuando o persiguiéndose en rueda. Con 
brazos y piernas hacían alternativamente los mismos movi- 

4 Vueltas , vueltitas es sinónimo de bailar, como lo presenta Daniel 
Devoto en su trabajo “Sobre paremiologia musical porteña. Bailes e 
instrumentos en el habla bonaerense’'. Revista de Filología , Inst. de 
Filología Románica, Fac. de Fil. y Letras de la Univ. de Bs. As., enero- 
agosto de 1951, año III, núms. 1-2, págs. 28-29. Y da este ejemplo: "—¿Y 
qué hay? ¿Baile? —Yo no sé... Parece que van a dar unas vueltitas..." 
Fray Mocho, Cuentos de Fray Mocho , La Cultura Argentina, Bs. As., 
1920, “Del natural", pág. 70. 

5 Así era la presentación de Los Negros: “La comparsa de Los Negros,/ 
la más constante y leal,/ a las amitas saluda/ en el nuevo carnaval./ Y 
a las niñas como esclavos,/ se ofrecen para servir,/ esclavos de cuerpo 
y alma / y fieles hasta morir. Coro : ]Oh niñas blancas!/ Por compasión,/ 
oíd de los negros/ la triste voz,/ que aunque sus rostros/ son de co- 
lor/ tienen de fuego/ el corazón". Lanuza, Morenada, pág. 186. 



LOS NEGROS CRIOLLOS 


105 


mientos, los echaban hacia atras y hacia adelante siguiendo 
el compás de un canto y notas muy agradables y típicos. Estos 
tanguitos habían sido tomados de los negros de Cuba, por las 
compañías teatrales que los hicieron conocer en el Plata en 
la misma época en que aparecieron las comparsas ya citadas. 

Terminado el recorrido de la tarde, los distinguidos negros 
asistían a los bailes mas selectos de la ciudad, ya en corpora- 
ción ya diseminados en salones y teatros; estos últimos eran 
entonces en esos dias centros de reunión de la buena sociedad. 

El negro criollo tiene en la historia de las comarcas ame- 
ricanas en que pobló, pájinas honrosas que le han sido sus- 
traídas en provecho de la desesperada pretensión de clari- 
dad étnica. 

A él no le interesaron; dejó que el hermano blanco llena- 
ra a su gusto el elástico vientre de su vanidad, y guardó pa- 
ra sí la virtud mas valiosa en el hombre, la panacea mas efi- 
caz para sus taras: la alegría. 

Desde el cómico jénesis bíblico de su raza, que inicia es- 
tas pájinas, vamos en pos de esa alegría, única, sin ejemplo, 
que fué la resignación en aquel oscuro nativo; alegría in- 
contenible que desbordó con estrépito aun frente a las mas 
grandes amarguras; alegría jenerosa y sincera que ha he- 
cho saltar y reir a media Humanidad. 

Los mismos que temieron al color negro, los que han tem- 
blado con solo pensar que en la historia de su rejion figura- 
se esa intervención racial; los que cepillando motas castañas 
o rubias han sentido los escalofríos de la sospecha de una le- 
jana ascendencia africana, no pudieron resistir el contajio de 
la alegría del negro, y a ella se entregaron, y aliviaron sus 
preocupaciones. 

Vamos con estas pájinas por el camino que recorrieron el 
Tango, la Machicha y el Shimmy, para formarse, sur j ir y con- 
quistar a ese mundo civilizado que vive esclavizado en sus 
propias artimañas; y en esta andanza solo el negro criollo y 
rioplatense puede servirnos de guía. 

Algunas veces nos detenemos para divagar sobre recelos 
que nos asaltan, o para contemplar curiosidades históricas 
que están en el sendero, y lo hacen menos aburridor. 



LOS LUBOLOS 


En el reinado de los blancos-negros — Los "Negros Lubolos". Una me- 
morable creación carnavalesca bajo la influencia africana. Un 
cuarto de siglo de éxito y otro de existencia. Nuevo "tango". La 
"Nación Lubola". Datos y observaciones interesantes — La creación 
lubola en la banda occidental del Plata — Del "tango" y hacia 
el Tango. 

La primera agrupación de blancos-negros aparecida fen Mon- 
tevideo, señala en el jénero memorable jornada. Fué en el 
carnaval de 1874 y bajo el título de “Negros Lubolos”. 

La formaban jóvenes comerciantes y profesionales, criollos 
blancos, que se presentaron perfectamente teñidos de negro 
y con indumentaria igual a la de los esclavos de las fazendas 
brasileras e injenios cubanos. 

Hablaban en el gracioso bozal de nuestros africanos, y sin 
desviarse de la injenuidad y respetuosidad proverbiales en 
aquellos, sostenían admirablemente diálogos con los “ami- 
tos”; caminaban y accionaban imitando impecablemente a 
los negros, todo con esa habilidad que no hay quien dispute 
a montevideanos y porteños. 

No descuidaron la fiel representación de la raza que carac- 
terizaban, y la simbolizaron en un supuesto “tio” o “tata vie- 
jo” varias veces centenario, que siempre iba rezagado detras 
de la negrada, ofreciendo yuyos medicinales y amena charla 
bozal en puertas y ventanas. Se personalizaba el “rey” en el 
presidente de la sociedad, que marchaba en medio de ella. 
Iba a la cabeza el “bastonero”, que llamaban “escobero”, por 
haber adoptado una escoba como bastón de mando; los hubo 
famosos; tenía que ser un experto candombero y de resisten- 
cia a toda prueba. 

Llevaban los instrumentos típicos de la raza: tamboriles y 



LOS LU BOLOS 


107 


masacallas; y los instrumentos exóticos de sus descendientes: 
guitarras, violines, etc. 

En su repertorio se repitió una vez mas el catálogo de bai- 
lables sociales de la época, que tocaban y cantaban en las ca- 
sas donde eran recibidos, despojándose por un momento de 
su papel, pues cantaban en idioma nacional uruguayo, con 
música de valses, mazurkas, etc., siguiendo la rutina de toda 
agrupación filarmónica carnavalesca, pero volvían súbitamen- 
te a su caracterización y a su entusiasmo, cuando los tambori- 
les daban la señal del “tango” que habían tomado de los ne- 
gros criollos, elevándolo a tonos y situaciones en que la ale- 
gría africana daba consentimientos a la picardía criolla. 

Ese “tango” era el candombe clásico, mejorado en figuras 
y movimientos, mas pintoresco, mas alegre; estimulado por 
tantanes y chaschás mejor combinados. Lo bailaban en entre- 
vero, es decir, sin formar rueda, ni filas, ni parejas. En estas 
agrupaciones no figuraban mujeres. 

La preocupación mayor de aquellas sociedades era su “tan- 
go”. Los Lubo^os se ejercitaron en él tomando lecciones bajo 
la dirección de negros africanos que aun vivían y sostenían 
próspera su tradición; es evidente que aprendieron candombe 
y que eso era su “tango”, pero, como los negros criollos de 
“La Raza Africana”, no quisieron caer en la vulgaridad de 
llamarlo “candombe”. 

Poco a poco, con el uso y el abuso de tantos años, dejeneró 
en un pataleo furioso y antiestético, en medio de un infernal 
barullo de tantanes; y el misterioso encanto de la melancolía 
africana fué desalojado por la grosería de jeneraciones blan- 
cas que no supieron conservar el arte legado por los Lubolos. 

Favoreció notablemente la caracterización de éstos su indu- 
mentaria de esclavos: calzón corto y blusa sobre el cuerpo des- 
nudo, lo que se aparentaba con medias, guantes y camiseta 
de color negro; no siendo lójico que extremaran el rol yendo 
descalzos, llevaban alpargatas. Con innovaciones de detalles, 
ese fué el traje consagrado para esa clase de sociedades, has- 
ta nuestros dias. 

Se pintaban prolijamente cara, garganta, pescuezo y orejas; 
para disimular la ausencia de motas se envolvían la cabeza 
con un gran pañuelo polícromo, en la misma forma que so- 



108 


COSAS DE NEGROS 


lían hacerlo los negros. Sombrero de paja de anchas alas, 
puesto o colgando sobre la espalda. 

Las apariciones anuales de los “Negros Lubolos” fueron re- 
cibidas con creciente entusiasmo por todas las clases sociales. 
Apenas, en cualquier barrio de la ciudad, se oían todavía le- 
janos sus tantanes, puertas, ventanas, balcones y azoteas se lle- 
naban de vecinos que no querían perder la oportunidad de 
contemplarlos. En las calles se aglomeraba el público para 
verlos pasar y aplaudirlos. Un verdadero ejército de mucha- 
chos los escoltaban, aprendiendo ávidamente todas sus moda- 
lidades, pues entre ellos iban los ignorados futuros fundado- 
res de nuevas agrupaciones análogas. 

Las familias distinguidas se disputaban las visitas de los 
“Negros Lubolos”, y los principales salones les dedicaban sus 
bailes. 

Pero, fueron imitados en asombroso crescendo anual, por 
agrupaciones con títulos diversos, sin perjuicio de la califica- 
ción jenérica de “lubolos” que el pueblo les aplicó y sostu- 
vo por mas de veinte años, cambiándola otras jeneraciones 
por la de “negros” o “negritos”. 

Como tenía que suceder, el abuso trajo el desprestijio, y 
la discreta demostración africana de los Lubolos fué convir- 
tiéndose en una grosera carnavalada, que en varias ocasiones 
la autoridad estuvo a punto de prohibir. 

Un cuarto de siglo de franco éxito y otro de existencia del 
jénero “lubolo”, marcan un record desconocido y que difí- 
cilmente podrá ser superado. 

Fundaron la sociedad “Negros Lubolos” un señor Crewell, 
cuyo nombre no ha sido posible obtener, arjentino y tipógra- 
fo, en compañía de Bernardo Escalera, también arjentino, 
establecido con un despacho de carne en una esquina de las 
calles Buenos Aires y Perez Castellanos. Escalera fue el primer 
presidente de aquella agrupación. 

Crewell conoció en Buenos Aires las innumerables “nacio- 
nes” y “sociedades” africanas allí existentes, entre las cuales 
existía una titulada “Lugola” o “Lubola”. No era agrupación 
filarmónica ni carnavalesca, sinó racial. 

Cuando se trasladó a Montevideo y allí se radicó, siendo ve- 



LOS LUBOLOS 


109 


ciño de los barrios del Sud de la ciudad vieja, le fué fácil pla- 
near y reunir elementos para organizar sus seudo-africanos; y 
al buscarles título recordó el de aquella “sociedad Lubola”, 
que masculinizó: “Lubolos”. 

El vocablo tiene su breve historia: Es sabido que el Congo 
fué la rejion africana que surtió de mas víctimas al tráfico 
de esclavos; de respetable extensión jeográfica, forman su po- 
blación infinidad de tribus o pueblos; entre ellos figuraba 
uno llamado Lucola, porque ocupaba tierras cruzadas por el 
rio del mismo nombre. Los orij inarios de aquel pueblo eran 
los “lugolas” o “lubolas” de Buenos Aires, y todo lo citado 
orijen de la designación “lubolos” de los blancos-negros de 
Mondevideo. 

No fueron una improvisación sinó una organización inte- 
lijente. Surjieron del mentado Sud montevideano, donde el 
Cubo que fué testigo de la carroña colonial por mar y por 
tierra, parecía vengarse acojiendo en sus alrededores todas las 
iniciativas de la sana alegría africana y sus derivados, al am- 
paro espiritual de los manes de los esclavos, que allí tuvieron 
su ranchería y talonearon su tradición en los lamentables dias 
de nuestra prehistoria. 

La típica danza y sus selváticos instrumentos, no evitaron 
que los Lubolos catalogaran en su repertorio versos que para 
ellos escribieron Julio Figueroa y Eduardo Górdon, y le com- 
pusieran música maestros de esa época como Renaud y Li- 
barona. 

Los temas con tendencia a lo festivo: críticas y bromas a 
las modas en el vestir; juicios infantiles peculiares en el afri- 
cano sobre cosas de actualidad; nunca una alusión guaran- 
ga ni inmoral. En serio, cantaban a la raza negra, lamentan- 
do su destino; llevaban para ella demandas de libertad.* 


# Un viejo lubolo, en obsequio a esta crónica extrae de su memoria 
la siguiente, que Julio Figueroa compuso: i 


solo — Quiero ser libre 
pues libre nací, 
y no conocí 
mas amo que Dios. 


El blanco orgulloso, 
con brazo inhumano, 
castiga a su hermano 
cual bestia feroz. 


1 También fué incorporada en nuestra ya citada antología, Negros y 
Morenos en el Cancionero Rioplatense, págs. 39-40. 



110 


COSAS DE NEGROS 


En aquellos tiempos los carnavales solían ser para el pue- 
blo la única ocasión que le admitían disculpable, para expo- 
ner publicamente sus juicios sobre asuntos del ambiente po- 
lítico y social. 

Como la esclavitud existía aun en Cuba, los pueblos del 
Plata no olvidaron a la desventurada perla antillana en sus 
cantos de protesta y de lamentos, y eran numerosas, todos los 
años, las sociedades que se fundaban con títulos alusivos: 
“Esclavos cubanos’', “Pobres negros cubanos’’, “Hijos de Cu- 
ba”, etc. 

Es digno de observarse ese sincero y profuso exponente afri- 
canista en los pueblos del Plata, con la curiosa particularidad 
de que con él se rendía adhesión y cariño a la atribulada ra- 
za, y en ningún momento se la ponía en ridículo; eso lo re- 
servaron siempre estos pueblos a otras razas, tendencia digna 
de estudio para nuestros biólogo-sociólogos, que con tanta 
suspicacia descubren los reflejos de castas ascendientes moti- 
vos de envanecimientos, y no ven las extrañas desviaciones que 
hacen de “ilustres” razas motivos de incontenible risa po- 
pular. 

Fué una encomiable combinación de la tradición del afri- 
cano y la reforma de su descendiente criollo, que solo era fac- 
tible bajo el color de la raza, y dicho color aplicable única- 
mente en los dias de carnaval. 

Y tan radicalmente sustituyeron a los negros los blancos, 
que el pueblo no aceptó mas la realidad en esa demostración, 
y observaba con desencanto a los negros lejítimos que cayeron 
en la debilidad de formar algunas agrupaciones lubolas. 

El negro criollo supuso buenamente que asimilándose a la 
filarmónica del blanco obtendría buen suceso; el criollo blan- 


coro — Calláte moreno, 
te digo; 

déjate de hablar; 
si el amo te oye, 
caramba! 
te va a castigar. 


Esta es la triste suerte, 
esta es la realidad . . . 
vivir trabajando siempre 
nunca ver la libertad. 


Naturalmente, eso fué escrito para ser cantado con música caracte- 
rística y en lenguaje bozal. 

La brevedad y sencillez de esos versos se adaptan admirablemente 
a la injenuidad y timidez del africano, y al silabeo de su romance de 


cuna. 



LOS LUBOLOS 


111 


co le demostró su error haciéndose el negro, y reavivando la 
tradición africana la hizo triunfar una vez mas. 

El éxito es cual botin de salteadores, y su reparto produce 
las consabidas disputas en que se suelen olvidar todos los 
vínculos que los hombres contraen mutuamente. El de los Lu- 
bolos trajo ese resultado, produciéndose una disgregación de 
socios que hicieron fogon aparte, fundando la “Nación Lu- 
bola”. 

La mención honrosa que podemos hacer de esa nueva agru- 
pación de blancos-negros, es que en ella figuró un joven que 
tenía a su cargo los “solos” de las canciones, y dicho joven fué 
mas tarde el famoso y malogrado tenor Oxilia, sin disputa al- 
guna el Caruso americano. 

Ambas agrupaciones lubolas vivieron tan solo un lustro, 
dejando consagrado para el pueblo ese jénero de su creación, 
cada año mas profuso en todo el territorio de los países del 
Plata. 

Cuando los Lubolos aparecieron en Montevideo, el expo- 
nente carnavalesco de blancos-negros estaba en Buenos Aires 
en manos de la juventud distinguida, como queda esbozado 
en el capítulo anterior. 

Los negros, desde la época del loco Rosas, hacían en car- 
naval su candombe ambulante; sencillamente: levantaban el 
campamento de las canchas de frente a sus ranchos, y se lar- 
gaban heroicamente por los callejones de la desaparecida al- 
dea moruna, a aturdir vecinos con sus amoledores tantanes. 
Nada de músicas, cantos ni versadas, ni ropas de carácter; 
el Candombe íntegro con su silabario cantable; sobre el cuer- 
po los andrajos de todo el año; las motas a la intemperie y 
las patas peladas. La tendencia a lo ridículo, que siempre ten- 
tó a los negros, les hacía aplicarse adornos mamarrachescos 
que se festejaban entre sí a mandíbula suelta. Su único título 
carnavalesco, el de su “nación” o “sociedad” racial. 

Conocida en Buenos Aires la creación de los Lubolos, fué 
adoptada por los mismos negros, y varios años después la mu- 
chachada del pueblo blanco empezó a pintarse de negro pa- 
ra lubolear en los carnavales . 2 

2 “Por el año 1876 la comparsa ‘Los Negros Azúcares* representaba 
grotescamente los desvelos del negro viejo, ufano de su libertad y 



112 


COSAS DE NEGROS 


En muchos detalles presentaron diferencias con los monte- 
videanos y no lograron el suceso de aquellos en ninguna épo- 
ca. El Candombe tenía allí mayor influencia, y no fué rebau- 
tizado, por lo tanto, no existió el “tango” de los Lubolos; y 
el calificativo jenérico obtenido y subsistente todavía para esa 
clase de comparsas, fué el de “candomberos ”. 3 

Ni el “tango” de “La Raza Africana”, ni el de los Lubolos, 
ni el “tanguito” de los distinguidos negros porteños, han teni- 
do parentesco alguno con el que, hace una docena de años, 
hemos enviado a conmover las sociedades de los países civili- 
zados, y triunfa aun actualmente en el pentágrama y en los 
salones. Folkloreando con el hombre negro, fatalmente tenía- 
mos que encontramos con ellos, y era conveniente presentar- 
los tal cual fueron, para evitar los frecuentes chascos que oca- 
sionan los homónimos. 

Recien vamos a penetrar en la reconstrucción de los ba- 
rrios donde nació, se crió y se educó ese inquieto muchacho 
rioplatense que en el mundo se conoce con el nombre de 
Tango. 


deseoso de casarse con una blanca. Una hoja de esa fecha, titulada 
El Carnaval de Buenos Aires, recoge la pintoresca letra de su canción, 
que es, por otra parte un documento valiosísimo de la fonética bozalona 
porteña”. Lanuza, Morenada, pág. 187. Véase, Bernardo Kordon, Can- 
dombe, págs. 48-57 y Becco, Negros y Morenos, págs. 40-44. 

3 Hablando sobre el carnaval en Buenos Aires, Alfredo Ebelot des- 
cribe hacia 1889: *'La comparsa no ha dejado de ser popular, pero lo es 
en demasía. Sus individuos están todos disfrazados de negro, hacen 
música de negros, calzan idénticas botas granaderas, visten idénticas 
sospechosas casacas’'. La Pampa, Ciordia y Rodríguez, Bs. As., 1943, 
pág. 210. Y Rubén Darío en Psicologías carnavalescas dice: “Y tras 
Moreira esa pintoresca mascarada africana que llaman candombe. Negros 
de verdad o negros de hollín y pintura, es el caso que esa comparsa 
evoca los faustos bárbaros de Africa”. En Tribuna, Bs. As., 26 de 
febrero, 1896; recopilado por Lanuza, Los Morenos, pág. 94. 

Candomberos por los integrantes de las citadas comparsas figura en 
Tobías Garzón, Diccionario Argentino, Barcelona, 1910, pág. 90; Roberto 
Arrazola, Diccionario de Modismos Argentinos , Bs. As., 1943; Félix 
Coluccio, Diccionario Folklórico Argentino, Bs. As., 1950, 2^ ed., pág. 67; 
y Diccionario del Folklore Americano, Bs. As., 1954, pág. 278; Lisardo 
Segovia, Diccionario de Argentinismos, Bs. As., 1911, pág. 111; Santa 
maría. Diccionario, pág. 297; Devoto, Sobre paremiologia, pág. 30. 



LA MILONGA 


Los cuartos de las chinas. — La Payada y la Milonga. — Orijen del 
vocablo "milonga”. Sus acepciones en el Plata. Payar, milonguear 
y cantar. Como se interpretan en ambas bandas. El payador no fué 
filarmónico ni trovero. — Intercambio rioplatense-brasilero de vo- 
ces. — Los bailes orilleros. La Danza o Habanera; su orijen y evo- 
lución. — Creación de la Milonga bailable. — El "corte” y la 
"quebrada”. Como se manifestaron y orijinaron esos vocablos. — 
En la banda occidental del Plata. Otras modalidades y costumbres. 

N» 

Se les llamaba “cuartos de las chinas” en ambas bandas del 
Plata, a las habitaciones que ocupaban las mujeres de la im- 
pedimenta de los batallones en las proximidades de sus cuar- 
teles. Eran negras, mulatas, aboríjenes y mestizas, también 
algunas blancas. El pueblo las llamaba “cuarteleras”. 

En los dias y noches de franquicia milica se formaban en- 
tretenidas y ruidosas reuniones en aquellos cuartos; no por eso 
era todo elemento soldadesco, como tampoco no todas las chi- 
nas eran parte de impedimenta, ni todos sus cuartos se ave- 
cindaban a los cuarteles; asistían también civiles, orilleros 
curtidos amigos de la casa; los mas útiles casi siempre porque 
solían ser los músicos y los cantores, que no se concebía una 
tertulia de aquellas, sin música, canto y “una vueltita”. 

Ninguna preparación previa las organizaba; alegrar la vi- 
da era su sana intención. Invariablemente empezaban con can- 
to; siempre aparecía una guitarra en el cuarto de una china, 
y tras la guitarra un cantor; ese era el toque de llamada. 

Antes, durante, después, siempre circulaba el mate en aque- 
llas reuniones, el que de vez en cuando se “asentaba” con un 
trago, de caña en Montevideo, de jinebra en la otra banda; 
prescripción de rigurosa etiqueta criolla. 

Los asistentes escuchaban atentamente, festejando con há- 



114 


COSAS DE NECROS 


biles salidas y agachadas los finales de versos o de un pun- 
teado; era su manera de aplaudir. 

Ambas bandas platenses tenían sus canciones características. 

El canto criollo montevideano se reducía a dos jéneros, que : 
todavía dominan en el Plata: la Milonga y el Estilo. [Véase 
nota 15, en pág. 246.] 

En Buenos Aires, únicamente Tristes y Cielitos, ya desapa- 
recidos, y las “relaciones” de los bailables que las exijían, co- 
mo el Gato. 

La Payada es la poesía espontanea de los paisanos riopla- 
tenses; es el alma en los labios por expresión innata. 

No se escribe; se siente. 

No es laboriosa elucubración académica de la rima; es emi- 
sión insólita y libre del injenio. No es la inspiración limada 
del erudito; es la intuición disciplinada del analfabeto. 

La poesía de los bardos antologados puede ser complacen^ 
cia de cenáculo o jénero de arte; oro pulido, con aleación, el 
oro de las transacciones. La Payada es la rumbosa inspiración 
de los anónimos vates del pueblo; oro en bruto, purísimo, el 
oro de la madre-tierra. 

No es el pensamiento que se arrastra sobre el papel, es el 
que aletea libremente y después de raudos jiros se pierde en 
el espacio. 

Es la filosofía nativa aplicada a las cosas y a los hechos, la 
filosofía instintiva; no la aprendida en los libros, la filosofía 
elaborada. 

La Payada recitó, etapa por etapa, en los fogones y otras ¡ 
reuniones de nuestra campaña, la historia del surjimiento y 
organización de los países del Plata. Si se hubiera escrito nos ; 
habríamos evitado las interesadas mistificaciones que nos han j 
adosado. 

Todo lo comentó en sus asonancias: era política acertada , 
y temible, como patriota ejemplar; hacía despiadada ironía o 
fina obsequiosidad; insultaba groseramente o amaba con pa- ¡ 
sion; y, siempre, en todo momento: espontanea, injeniosa, » 
oportuna y sincera. 

Su antolojía se conserva en los volúmenes invisibles de la 
Tradición, y. 



LA MILONGA 


115 


“el que los quiera enmendar 
mucho tiene que saber; 
tiene mucho que aprender 
el que los sepa escuchar; 
tiene mucho que rumiar 
el que los quiera entender”. 

Pero... la sincera y sentida Payada visitó los poblados lle- 
vada por la fama de su virtuosidad; cambió la vincha y el 
chiripá por las ropas del criollo; su probidad en las ruedas de 
los sobrios fogones paisanos, fracasó en las de los mostradores 
pulperos, donde el veneno tienta en vasos y la muerte en ho- 
jas templadas. . . Y el payador se fué esfumando en el milon- 
guero; y la Payada injenua de los fogones pastoriles, único 
romance de los nativos sanos de cuerpo y alma, se convirtió 
en la Milonga de los fogones milicos y de los tugurios ciu- 
dadanos. 

Por eso la Milonga es la payada pueblera. Son versos octo- 
sílabos, que se recitan con cierta tonada no desagradable ma- 
tizada con intervenciones adecuadas de guitarra, llenando los 
compases de espera entre una estrofa y otra, un punteado ca- 
racterístico de tres tonos, mientras el milonguero resuella o 
se inspira. [Véase nota 16, en pág. 252.] 

Es canto cuando recita improvisaciones conservadas en la 
memoria popular; es payada cuando improvisa. La clásica, la 
de los payadores, solía ser de seis versos; la de los milongueros 
de cuatro. 

En la banda oriental del Plata 1 se llamaron “milongas” a 
las reuniones de los aficionados a payar en los suburbios ciu- 
dadanos, dispensándoles en consecuencia el título de “milon- 
gueros”, porque se reservaba el de “payadores” para los je- 
nuinos improvisadores camperos, por quienes el pueblo tenía 
sincera admiración y respeto. 

Por derivación forzosa se llamaron “milongas” los versos 
que en esos torneos se estilaban. Distingue por lo tanto a la 
versada milonguera su especial carácter de polemista y ori- 
llera, por eso se le agregó, muy acertadamente, el calificativo 

1 Véase Lauro Ayestarán, “La milonga”, en Folklore de las América^ 
recopilación de Félix Coluccio, Bs. As., 1949, págs. 421-423. 



116 


COSAS DE NEGROS 


de “canto de contrapunto ”, 2 que denota bien el hecho del cho- 
que de cantores. 

Los anónimos poetas del pueblo compusieron cantos amo- 
rosos, satíricos y alegres que también llamaron “milongas”, 
por haber usado su métrica y tonada. 

La Milonga dió nombre y carácter a las propias reuniones 
que fomentaba; solía decirse “milonguear” en sustitución de 
“reunirse”, de “bailar” y de “cantar”. Organizar una reunión 
con cualquiera de esos objetos era “armar una milonga”. 

Con ser tan nuestro el vocablo y lo que con él queremos 
expresar, su orijen es africano-brasilero . 3 

Los negros angolas fueron los que en mayor número se im- 
portaron al Brasil, y los únicos en Sud-América que lograron 
formarse un lenguaje, con reminiscencias africanas y adapta- 
ción del que hablaban sus parientes e introductores los moro- 
lusitanos. A ese lenguaje se le llamó “bunda”, y al de todos 
los negros por antonomasia, porque decir “bunda” equivale 
a “bozal”, aunque no tan bozal que no interesara a los filó- 
logos nativos, por la influencia que ha tenido en vocablos del 
idioma nacional Brasilero. 

“Milonga” es término bunda y significa “palabras”, “pala- 
brerío”, “cuestión ”. 4 Dice un cronista brasilero que es el plu- 

2 Sobre el canto de contrapunto, podríamos afirmar que existen dis- 
tintos denominativos en otras partes del mundo y el detallado estudio d« 
Marcelino M. Román, Itinerario del Payador, Ed. Lautaro, Bs. As. 
1957, véase la tercera parte. Cf.: Fernando Alegría, La poesía chilena. 
Fondo de Cultura Económica, México, 1954; José Nascimiento de Almeid* 
Prado, “Cantores paulistas de porfía ou desafío", en Revista do Arquivo 
Municipal, Sao Paulo, 1947; Fernando Ortiz, Los bailes y el teatro, 
pág. 10. 

3 Posteriormente sostiene el origen de esta palabra en Folletos Len- 
guaraces. Número 20, Río de la Plata, 1936, pág. 52. 

4 En el trabajo de Beaurepaire-Rohán, Diccionario de vocábulos bra> 
zileiros, pág. 94, hallamos sobre milongas: “E vocábulo de origen bunda. 
Milonga é o plural de mulonga, é significa 'palavra'; y que ella ha con- 
servado su origen africano, o sea 'enredo'." Definición que utiliza Daniel 
Granada, Vocabulario, pág. 282; Renato Mendon^a, A influéncia Africana 
no Portugés do Brasil, 3^ ed., Livraria Figueirinhas, Porto, 1948, pág. 242 
Rodolfo García, Diccionario de brasileirismos (. Peculiaridades pemambu- 
canas, Río de Janeiro, 1915, pág. 213; P. Andrés Febrés. Diccionario arau- 
cano-español (Apéndice por Juan M. Larsen), Bs. As., 1882; anota: “la voz 
milonga en Mogialuá, mulonga en Abundá y ulonga en Congo, signifia 
“palabra". Cf. Martiniano Leguizamón, El primer poeta criollo del Ría 
de la Plata, Paraná, 2* ed., 1944, pág. 9. 



LA MILONGA 


117 


ral de “mulonga”, pero no nos dice qué es eso, nos remite a 
Francina, autor de los “Elementos grammaticaes da lingua 
Bunda”, que, como toda producción americana, es difícil o 
imposible conseguir. 

Entre los muchachos montevideanos quedó en uso el voca- 
blo “mulenga”, de los cantos del candombe clásico, y cuando 
lo imitaban animaban sus saltos y contorsiones con la canti- 
nela: “samba mulenga, samba!”, oida a los africanos, y que 
parecía significar: “siga la fiesta, siga!”, pero los muchachos 
traducían: “dále morena, dále!” 

Esta “mulenga” bien puede ser aquella “mulonga”, y ésta 
preceder a “milonga”, que son comunes las sustituciones de 
letras por el uso. 

En el Brasil, pues, se les llama “milongas” a los enredos, 
barullos, malas disculpas, y a toda reunión alegre en de- 
masía . 5 

En el Plata ha tenido las mismas acepciones; solo en su ban- 
da oriental no consiguió sentar plaza de “barullo”, pero sí 
de reunión para canto o baile. 

Una vieja cuarteta popular que todo nativo del Plata co- 
noce, dice: 

“Caballeros milongueros 
la milonga está formada; 
el que sea mas milonguero 
que se atreva y la deshaga ”. 6 

De lo que se deduce: que la reunión es la “milonga”, des- 
afiante y por lo tanto tirando a barullo; los asistentes son mi- 
longueros , 7 y el mas barullento el mas milonguero. 


5 También en otros lugares de América. Así Malaret, Diccionario, 
pág. 560 y Luis Da Cámara Gascudo, Diccionario , pág. 399. 

6 En la colección de poesía popular que presenta Víctor Borde pueden 
verse tres variantes. Cf. El Plata Folklore. (Texte aus den La Plata-Gebieten 
in volkstümlichem Spanisch und Rotwelsch). Ethnologischer Verlag Dr. 
Friedrich S. Krauss, Leipzig, 1923, pág. 18. 

7 “ Milonguero es el que ejecuta, baila o frecuenta milongas ”, Devoto, 
pág. 35. Una caracterización del milonguero puede leerse en Ciro Bayo, 
Vocabulario Criollo-Español Sud- Americano, Suc. de Hernando, Madrid, 
1911, pág. 143. Como la milonga es lugar de desorden, milonguero es tam- 
bién sinónimo de pendenciero. También su femenino, milonguera y más 
aún entre los personajes del tango, milonguita que hiciera popular un 



118 


COSAS DE NEGROS 


Conserva esa clásica cuarteta el concepto exacto orijinal 
del vocablo, que en las bandas del Plata se aplica en broma 
para jactarse de una reunión sólidamente concertada. 

Pero en la banda occidental se define bien la acepción bra- 
silera, porque allí no se usó la Milonga como canto ni la Dan- 
za como Milonga, ambas peculiares de la oriental. 

Hernández en su “Martin Fierro'*, hablando de las tramo- 
yas de los jefes para robarse la paga de la tropa, dice: 

“Yo he visto en esa milonga 
muchos jefes con estancia, 
y piones en abundancia, 
y majadas y rodeos. 

He visto negocios feos 
apesar de mi inorancia. 

Y colijo que no quieren 
la barunda * componer”. 

Aquí “milonga” sustituye a “enredo” o “embrollo”. 

Cuando Fierro perseguido por sus tristezas tiene noticias 
del baile en que tuvo el incidente sangriento con un negro, 
dice: 

“Supe una vez, por desgracia, 
que había un baile por allí, 
y medio desesperao 
a ver la milonga fui”. 

Aquí la acepción es de “baile”, pero despectiva, con pre- 
dicción de “burdel ”. 8 

compositor, Enrique Delfino. Puede ampliarse el tema con Domingo F. 
Casadevall quien con abundante bibliografía estudia “tránsfugas del arra- 
bal: milonguitas y gaviones en su libro, El tema de la mala vida en el 
Teatro Nacional , Ed. Kraft, Bs. As., 1957, págs. 131-144. 

Cf. B González Arrili, Buenos Aires 1900, Ed. Kraft, Bs. As., 1951. 
pág.‘ 36; Nicolás Olivari, Un poeta en la ciudad, La campana de palo, 
Bs. As., 1926, pág. 49; Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres, Ed. Sud- 
americana, Bs. As., 1948, pág. 75. 

* Baraúnda (barullo, embrollo). Hernández ha acriollado esa palabra 
árabe del idioma de los castellanos, para ubicarla, pero no la conocieron 
los paisanos, ni se usó en el Plata en el lenguaje hablado. 

8 Extendiéndose en el temario Daniel Devoto agrega en Sobre Pare - 
miologia Musical Porteña, pág. 34, que u milonga significa burdel con 



LA MILONGA 


119 


En tierra arjentina los términos “payar" y “payador”, por 
lo común se han sustituido con “canto” y “cantor”. Hernán- 
dez no llama de otra manera al contrapunto de Fierro con 
el negro. 

Ascasubi ha creado a Santos Vega dándole la ocupación de 
payador, que por cierto no ejerce en ningún momento en la 
extensa novela en verso que lleva su nombre, y, precisamen- 
te en las dos últimas lineas con que ésta termina, dice Asca- 
subi de su payador, que “nació cantor” y que “murió can- 
tando”. 

Rafael Obligado logró popularizar al supuesto payador en 
unas fantasías poéticas donde le prepara un encuentro con 
el Diablo, convertido a su vez en improvisante, quien desafía 
a Santos a demostrar al auditorio: “como se chocan las can- 
ciones que cantamos”. 

Y también Obligado termina su poética relación, diciendo 
que “murió cantando aquel que vivió cantando, porque el 
Diablo lo venció”. 

El primer payador fué el poeta autóctono que daba al vien- 
to las voces asonantes de su rumbosa imajinacion. 

Cuando la guitarra tropezó con él en el camino de la Evo- 
lución, la tomó como recurso de tregua a las expansiones de 
su estro, pero, sus manos vagaron indecisas por el cordaje, 
que balbuceaba tonos, no armonías; era como el eco de sus 
versos y no la música de su canto. 

El payador de la tradición no fué filarmónico ni trovero, 
suposición de la imajinativa de los que han escrito sobre él, 
y es bajo la impresión de esa y otras paradojas, que en la Ar- 
jentina el pueblo lo considerara “cantor” y llamara “can- 
tos” a sus recitados de rima espontanea. 

En el Uruguay no era corriente titular a la payada “can- 

baile, baile del que se puede ‘sacar programa’. ‘Ir a la milonga' es fre- 
cuentar reuniones de esa especie”. Luego siguiendo el texto de Hernández 
y la palabra de Rossi, milonga con acepción de baile o “burdel”. Por 
antonomasia, el cabaret: “. . .ahora, gracias a su conocimiento del lunfardo 
y de las cosas de la milonga. . Joaquín Belda, El compadrito, Hispania, 
Madrid, s. f. pág. 245. Tiene este exacto sentido en el poema “Milonga” 
de Oliverio Girondo. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, Argén 
teuil, Imp. de Coulouma, 1922 y en Julio Cortázar: “...si no hubiera 
tenido que trabajar en las milongas...”, Bestiario, Ed. Sudamericana, 
Bs. As., 1951, pág. 132, según cita Devoto. 



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COSAS DE NEGROS 


to” y "cantores” a los payadores, porque no se admiraba en 
ellos ni voz ni música, sinó única y exclusivamente su injenio 
"concertador”, (muy apropiado sustituto de "improvisador” 
usado por los paisanos de ambos países). 

El cantor expresa lo aprendido, el payador improvisa. 

Ciertamente que se paya y se milonguea cantando, pero no 
es precisamente un canto, es una tonada que asociada a la 
guitarra da a la imajinacion tiempo y alivio a la inspiración. 
En la letra jugaba el payador su crédito y sus méritos, y era 
lo único que el auditorio aquilataba; el canto o tonada ha- 
cía el oficio de las guarniciones en ciertos platos. 

Sin embargo, los que se han ocupado en el Uruguay de 
esto, no han podido sustraerse a la exijencia literaria de lla- 
mar "cantor” al payador, pero como no prosperó en el pue- 
blo no se produjo la sustitución de vocablos. 

Se les consideraba cantores a todos los que no cantaran de 
contrapunto, como se les llama hoy a los que cultivan la can- 
ción criolla en los escenarios populares. 

Que uno de estos encuentros dejenerase en barullo nada 
de extraño tenía, por sus ruidosos finales, pues se trenzaban 
en improvisadas polémicas que pretendían dilucidar con pa- 
labrerío consonantado pero no convincente; era entonces que 
se les aplicaba la designación de "milonga” en su acepción 
brasilera. 

"Milonguear” por "cantar” o "payar”, se usó en el subur- 
bio porteño por emulación del montevideano. 

Tanto en bailes como en payadas descollaron los negros , 9 
motivo mayor para que el vocablo se arraigara. 

Decir que nuestros criollos aprendieron de alguien sus 
"pies” # y su métrica, es aventurar un absurdo mas entre los 
muchos que nos prodigan. Parear dos versos en períodos de 

9 Marcelino M. Román estudia “Los payadores negros" en su Itine- 
rario , págs. 176-182 e Ismael Moya en la parte final de El negro en los 
romances criollos, págs. 342-44. Cf. Romancero, I, Inst. de Literatura Ar- 
gentina, Bs. As., 1941. 

* Nuestros criollos llamaron "pies" a las estrofas de cualquier compo- 
sición en verso. Eso se debe a la costumbre en las encontradas de paya- 
dores y milongueros, de darles un tema para que improvisaran, a cuyo 
tema se le llamaba "pié", por la razón de que con él se daba pié a la 
improvisación. A la estrofa que de eso resultaba se le llamó igual. 



LA MILONGA 


121 


tantas o cuantas sílabas, estuvo siempre en el estro y en el 
oido de todo ser humano; es poesía instintiva universal. 

Que “milonga”, voz africana adoptada por el criollo bra- 
silero, haya pasado a ser vocablo rioplatense, es tan lójico co- 
mo sencillo. 

La península Charrúa fué en el Plata un vibrante escudo 
de guerra, sobre cuya faz convexa iban a golpear con sus ma- 
zas todos los vecinos, o a tirar la taba sobre su faz cóncava. 

Por muchas décadas, occidentales, orientales y brasileros 
encendieron sus fogones en suelo charrúa, y en esos fogones 
hacían intensa academia de tradiciones y modalidades, tras- 
mitiéndose músicas, cantos, costumbres, objetos y voces; esto 
último sobre todo. En broma, por camaradería o por hábi- 
to, el vocablo brasilero, ocurrente y gracioso, deleitable eufo- 
nía en labios del negro, era empeñosamente adoptado por 
nuestros suspicaces y alegres criollos, y corría rápidamente 
por el Plata, incorporándose al lenguaje popular. El continuo 
uso dió carta de ciudadanía a muchos, y la renovación de je- 
neraciones hizo olvidar su procedencia. 

En la inevitable recíproca, innumerables voces rioplaten- 
ses fueron llevadas al Brasil, y subsisten todavía en Rio Gran- 
de del Sud. Tal fué la avalancha de vocablos de los tiempos 
en que estos pueblos se los canjeaban, que el folklorista bra- 
silero Alvares Pereira Coruja los coleccionó en 1850 y se pu- 
blicaron en 1888, bajo el título de Collegao de vocábulos e 
frases usados na provincia de Sao Pedro do Rio Grande do 
Sul. Son en su mayoría voces rioplatenses abrasileradas. 1 ^ 

Cuando las notas de la Milonga o del Estilo corrían por el 
barrio, las vecinas que se conservaban en buena armonía con 
la dueña del cuarto en que se efectuaba, acudían a “dar bri- 
llo” a la reunión, e, indefectiblemente, era imposible resistir 

io Este vocabulario fué el primer trabajo de regionalismos gauchos y 
se concluyó en 1851. Aparece en primera edición en la Revista do Instituto 
Histórico e Geográfico do Brasil , Río, 1852, XV, 2do de la 3ra. serie. 
Luego existe otra edición moderna con anotaciones y comentarios de 
Walter Spalding en la Revista Provincia de San Pedro. Sao Paulo, Porto 
Alegre, 1946, núra. 7, y 1947, núms. 8-10; se reimprimió en el Boletín de 
Filología del Instituto de Estudios Superiores , Montevideo, marzo-setiem- 
bre de 1948, págs. 313-384, t. V, núms. 37. 



122 


COSAS DE NEGROS 


a la tentación de “dar una vuelta”, y se armaba el baile, al 
que solía prestar su eficaz ayuda algún acordeón, instrumen- 
to preferido en esos casos y que el criollo manejaba hábil- 
mente. 

Entonces los instrumentos punteaban valses, mazurkas, 
chotis, polkas y danzas, únicas piezas de todos los repertorios 
de la época; de procedencia europea, en cuanto a clasifica- 
ción, no respecto a composiciones y autores, pues sin perjui- 
cio de tocar las importadas, ejecutadas de memoria, la mayo- 
ría de las que el pueblo bailaba eran compuestas por sus mú- 
sicos sin nombre, y bautizadas con títulos bien criollos por 
aquellos anónimos maestros del “oído”. 

Se bailaba en parejas, abrazados hombre y mujer, como en 
los bailes “de sociedad”, lo que también se llamaba “a la fran- 
cesa” por suponerse procedente de Paris esa costumbre, pero 
saltaba a la vista de inmediato la diferencia en técnica de las 
parejas familiares o “de sociedad” con las orilleras. 

Las primeras danzaban sin tocarse los cuerpos y retroce- 
diendo el hombre. Las segundas completamente al revés: los 
cuerpos en contacto, tanto mas o menos según fuera la con- 
fianza habida; la mujer siempre retrocediendo; nada de con- 
torsiones o traspieces buscados, “derecho viejo” no mas, a “lo 
decente”. El “corte” y la “quebrada” todavía no habían apa- 
recido. 

La preferida era la Danza, de orijen africano-antillano, que 
los franceses transportaron a su país en la época del Can-can, 
en atención a la sensualidad suave y serena con que se com- 
pensaban de las liviandades furiosas de aquel. 

Sometida a las formas que la hicieran aceptable en salones 
públicos y privados, obtuvo el mas rotundo éxito, recibió los 
honores del papel pautado y partió a recorrer tierras, llegan- 
do a las nuestras con su calificativo orijinario de “danza”.* 

* “Danza” es el bailable nativo o característico de cada pueblo; no es 
un título, es un jénero. Pasó a ser lo primero cuando lo incorporaron 
a la categoría de “baile”, que es el danzar de las cultas, y tuvo que 
catalogarse junto a otros titulados, como rigodón, polka, etc. 

La Danza Cubana obtuvo por nombre propio y clasificador de su 
ritmo, su nombre jenérico. 

El vocablo es bozal-africano, lo que explica que solo lo usaran los 
lenguajes de aquellas nacionalidades que se emparentaron con el hombre 
negro en América. 



LA MILONGA 


123 


Las parejas criollas la bailaban suavemente estrechadas, al 
compás de su música deleitante; el paso lento, la suavidad en 
las vueltas, estimulaban a la breve confidencia. La mujer, 
aun la mas recatada o inocente, encontraba su mejor oportu- 
nidad para lucir coquetería y halagar su vanidad; el hombre 
la de encantarse con ella. En la Danza no había mujer fea ni 
mujer sin gracia. 

El tentador bailable invadió en el Plata los salones y los 
sucuchos. El clásico cronista cubano Esteban Pichardo, ha 
dicho de la Danza; “Baile favorito de toda esta antilla y je- 
neralmente usado en la función mas solemne de la capital’', 
(quiere decir en los salones de mas alto tono), “como en el 
mas indecente changüí”. (Baile orillero, milonga, que allá 
siempre era de negros criollos; también se le llamaba “cu- 
na” y “guateque”, todos vocablos bozales-antillanos.) 

Las parejas de nuestros negros descollaban singularmente 
en este baile, que se adaptaba con misteriosas reminiscencias 
a su temperamento y espiritualidad. Continúa Pichardo: “Su 
música siempre varia, siempre muelle, alegre o triste, senti- 
mental o enamorada, cuyos medidos sones compacea el im- 
perturbable escobilleo (zapateo) de los hijos de esta zona, que 
ya incansables van y vienen serpeando en las “cadenas”, ya 
se mecen voluptuosamente en el “cedazo” (en parejas y tiem- 
po de valse; téngase presente que el cronista publicó esto en 
1836) “con todo el oido y coquetería africana. Una música 
apenas está en voga algunos meses, la sustituye otra y otra 
con particular nombre, algunos bien estrambóticos”, (exac- 
tamente lo que acontece hoy entre nosotros con el Tango), 
“sin agotarse la fecunda invención de estos artistas, a quienes 
está reservado el estilo y gracia de ejecutarlas, poniendo en 
movimiento a todo el mundo. La Danza Cubana puede sen- 
tirse, nó describirse”. 

En los barrios marítimos y sus inmediaciones existían otros 
“cuartos” y casas de bebidas; en los puertos del Plata como 
en los de todo el mundo. Eran los clubs y refujios con que el 
marino sueña durante su ruta, sus oasis en las travesías sobre 
el desierto líquido. 

Las mujeres de esos barrios eran en su mayor número blan- 
cas (criollas y extranjeras), y aquel suburbio el internacional 



124 


COSAS DE NEGROS 


y políglota, donde la alegría en todas sus formas y el dinero 
en todos sus cuños, circulaban jenerosos hasta el derroche. 

En ese suburbio el baile era imprescindible, por lo tanto 
la Danza llegó a él como providencial regalo, que donde el 
recato es letra muerta, la melodía cubana se ofrecía cual si- 
baritismo de la licencia. 

El marino cubano, indefectiblemente negro, que frecuenta- 
ba el puerto de Montevideo con asiduidad y en viajes exclu- 
sivos y directos, fué el introductor de la Danza Cubana en 
el Plata, y el primer divulgador de sus secretos, que nuestro 
orillero sometió después a su artística y atrevida predispo- 
sición. 

Su segundo nombre de Habanera, lo obtuvo la Danza en 
atención a su orijen. 

Puesta a prueba la sutileza coreográfica de nuestro orille- 
ro, paulatinamente la Habanera pasó por característica trans- 
formación, y cuando aquel voltejeó en ella con su dúctil com- 
pañera en las mas imprevistas y pintorescas figuras, sin que 
la sensualidad brusca y exijente del medio estuviera en des- 
acuerdo con el dificil arte de danzar, nacieron el “corte” y la 
“quebrada”. 

La fecunda imajinacion de los maestros músicos del subur- 
bio, analfabetos del pentágrama pero admirables manipula- 
dores de la melodía, siempre creadores, fué formándole re- 
pertorio al nuevo bailable surjido de la Habanera, y con ello 
asegurándole carácter propio. 

Las tertulias danzantes de los cuartos de las chinas recibie- 
ron en el acto la visita de la Danza, pues eran una prolonga- 
ción de los barrios marítimos, y cuando ya dominada y am- 
pliamente acriollada se hizo inevitable en las tertulias ale- 
gres orilleras, un tercer nombre definió su nueva transforma- 
ción y se llamó Milonga, por proceso lójico y natural: Como 
hemos visto, prologaba esos bailecitos una sesión de canto, o, 
como se decía y dice aun, “se milongueaba”. A la reunión 
entonces se le llamó “milonga”, en consecuencia, decir “va- 
mos a milonguear” indistintamente podía significar “a can- 
tar” o “a bailar”, y ambas cosas a la vez. El tentador y nuevo 
baile, no pudo eludir el oleo bautismal del ambiente en que 
se creaba, y se llamó Milonga, incorporándose al criollismo 
neto. 



LA MILONGA 


125 


Los bailecitos de la impedimenta cuartelera y de los subur- 
bios marítimos y orilleros, elaboraban su repertorio en la 
pauta de la memoria de sus ejecutantes, mientras los salones 
sociales conservaban el suyo en carpetas, con las escasas pie- 
zas impresas en Paris o compuestas por nuestros músicos pro- 
fesionales, que fueron los que satisfacieron la demanda. 

Entre las jentes honestas de todas las clases sociales la Dan- 
za conservó su sentimentalismo orijinario, y su carácter de 
discreto y delicioso paseo bailable, íntimo placer de las mu- 
chachas y gran oportunidad para pretendientes tímidos. Se- 
guramente que concertó mas casamientos que las desnudeces 
femeninas de nuestros dias. 

La Milonga-baile era una improvisación como la Milonga- 
canto; una creación espontanea e injeniosa del movimiento 
combinado con el sonido; y fué el negro criollo el creador de 
su técnica. 

El negro reía siempre de sus propios desplantes, y se ente- 
raba del éxito cuando le prodigaban las sentencias de las aga- 
chadas; entonces él, por naturaleza excéntrico, forzaba la téc- 
nica en una gimnasia grotesca, de figuras descuajaringadas, 
de oscilaciones insólitas, cual si entre las ropas se le hubiesen 
introducido ratoncitos que muerden o cosquillean; todo sin 
faltar a la voz de mando del compás. Y en esto se encontró 
la “quebrada ”. 11 

Pero, cuando reptileando en senda derecha, que se decía 
“bailando corrido”, se interrumpía en una vuelta para lucir 
habilidades o marcar una desconcertante quebrada, se pro- 
ducía el famoso “corte”, porqué tal interrupción “cortaba” 
la marcha de la pareja, sencillamente . 12 

11 Quebrada. Según Malaret, "firuletes y quebradas. Argent. Con 
torsiones aparatosas en el baile". Ob. cit., pág. 414. Segovia explica que 
quebrarse es "hacer quiebros al bailar o caminar, como los compadritos ". 
Ob. cit., pág. 270. "Villoldo usa, junto a quebrada, quebradura: "para hacer 
unas cuantas quebradas de este lindo tanguito al compás". El criollo más 
criollo, tango en A. G. Villoldo, Cantos populares argentinos, N.F.P.G., 
Bs. As., 1910, pág. 5. "Y si le tocan un tango / de aquellos con "fioritu- 
ras", / a más corte y quebraduras / nadie le puede igualar". (Cuerpo de 
alambre, tango, pág. 6). Ambos ejemplos en Devoto, ob. cit., págs. 23-24. 

12 Corte. Es voz genérica —anota Devoto— que designa todo firulete 
hecho al bailar y, especialmente, el cruce de un pie sobre otro, en el tango. 
Para Malaret, ob. cit., pág. 262, es solamente "contoneo"; Garzón, ob. cit., 



126 


COSAS DE NEGROS 


La exclamación “qué corte!” solía ser la espontanea cla- 
rinada del triunfo, consecuencia del entusiasmo producido en 
el auditorio, que experimentaba la tensión nerviosa de la ex- 
pectativa fomentada por aquellas cortadas tan sujerentes. 

El blanco y el pardo eran mas medidos en sus nerviosida- 
des, aun con ser mas sensuales que el negro, y aunque de és- 
te aprendían no lo imitaban; se acoplaban a la compañera 
para ir celosamente al compás, con toda la elegancia orille- 
ra, entonados y flexibles a la vez, entonados sobre todo, que 
era de gran efecto. Y a eso también se le llamó “corte”. 

Y fué tomando personería el vocablo, para todo lucimien- 
to, para toda jactancia; único ditirambo para juzgar de un 
hecho o de una cosa. Y hasta nuestros dias subsiste, usado 
por todas las clases sociales, ya en lo despectivo, ya en lo ca- 
riñoso. [Véase nota 17, en pág. 257.] 

La costumbre hizo sinónimos a “milonga” y “baile con 
corte”. 

Dominó ampliamente el tentador bailable las orillas mon- 
tevideanas y de todas las poblaciones del litoral uruguayo, pa- 
sando en el acto al correntino, entrerriano y porteño, con 
ese entusiasmo y celeridad que caracterizan las iniciativas 
populares. 

pág. 128, dice que es “movimiento o contoneos que se hacen con el cuerpo 
en ciertos bailes. U. m. en el m. adv. con corte”; Segovia, ob. cit., pág. 666, 
“ Baile con corte. Expresión popular porteño. Baile que se ejecuta con 
quiebros y contoneos". También encontramos una cita musical que 
da Devoto, ob. cit., págs. 21-22 una variante del corte: el doble corte, o 
sea el ocho. Evaristo Carriego nos da dos ejemplos en sus Misas Herejes, 
Poesías Completas, Bs. As., 1913: “El tío de la novia, que se ha creído / 
obligado a fijarsé si el baile toma / buen carácter, afirma, medio ofen- 
dido / que no se admiten cortes, ni aún en broma”. (El casamiento) y 
“En la calle, la buena gente derrocha sus guarangos decires más lison- 
jeros, / porque al compás de un tango, que es La Morocha, / lucen ágiles 
cortes dos orilleros”. (El alma del suburbio). Carlos Octavio Bunge aclara 
que los negros “se divertían con sus clásicas ferias en los arrabales de 
Buenos Aires, llamadas tambos, donde tocaban sus rítmicos candombes 
en el tamboril y bailaban sus tangos lentos y voluptuosos. De esos bailes 
hoy injertos en meneos flamencos, ha sacado la plebe gauchesca lo que 
llama bailar con corte, con puro corte a la quebrada; esto es, quebrando 
y balanceando acompasadamente el cuerpo en un completo contacto de 
ambos bailarines”. Nuestra América, Madrid, 1926. Véase el estructurado 
artículo de Miguel D. Etchebarne, “Perfiles de la Milonga”, Librería de 
Viejo, La Nación , 22 de junio, 1958, 



LA MILONGA 


127 


Pero no pasó a la campaña, donde no se faltaba fácilmente 
el respeto a la mujer y a la costumbre, saltando del baile en 
pareja suelta al de pareja abrazada “como de una pieza”. Y 
no se confunda “campaña” con los pobladitos del interior no 
exentos de su orilla o suburbio, donde hacen su mostrador las 
autoridades, y pasaban la velada paisanos viciosos y cuatre- 
ros desalmados, los seudo-gauchos de la novela y del cuento 
criollo. 

Es innegable el aporte del marino extranjero en modismos 
y modalidades a los barrios marítimos de las ciudades portua- 
rias. No es ave de paso, aunque lo parezca, pues su constante 
renovación lo hace inquilino fijo. El criollo asimilado a esos 
barrios por el trabajo o por los vicios, toma en la forma que 
su injeniosidad cree oportuno, frases y peculiaridades que 
después trasmite al pueblo. 

Montevideo era en aquella época el puerto mas frecuenta- 
do por ser el que mejor refujio y mejor moneda ofrecía en 
el Plata. En él hacían sus largas estadías las naves de todas 
las banderas, y sus tripulaciones gozaban de los pintorescos 
barrios marítimos, donde se hablaban todos los idiomas y era 
fácil satisfacer las propias costumbres. 

A su vez la marinería del cabotaje nacional uruguayo-ar- 
jentino, en su mayoría criolla, era la trasmisora eficaz de las 
modalidades de una banda a la otra. Ella llevó la Habanera 
al suburbio porteño, y, a su debido tiempo, la Milonga. 

Esta llegó con “corte”, y esa fué la agradable sorpresa; co- 
rrió por los barrios marítimos, subió al Alto y voló a los cuar- 
tos de las chinas. 

En los barrios marítimos se bailaba entónces el repertorio 
exótico, (polkas, valses, etc.), estrechamente abrazadas las pa- 
rejas, y nada mas. 

Los barrios que rodeaban los terrenos bajos del puerto y 
hacían de orilla a la ciudad, se conocían por “El Alto”; eran 
los que en Montevideo se titulaban “El Bajo”, en ambos ca- 
sos por su topografía. En el Alto porteño se bailaba lo mis- 
mo que en los barrios marítimos. 

En los cuartos de las chinas, diseminados por toda la ciu- 
dad, famosos en Palermo, se cultivaba el repertorio indíjena- 
africano de malambos, güellas, palitos, simarritas, sambas, ga- 



128 


COSAS DE NEGROS 


tos, cielitos, etc., piezas todas que no requerían parejas abra- 
zadas, y algunas ni mujeres. 

La Habanera se impuso en todos los barrios y en todos los 
cuartos, y cuando fué Milonga dominó tiránicamente, pero 
siempre bajo el título de “baile con corte", pues existía arrai- 
gada la acepción orijinaria africana, de ser “milonga" sinó- 
nimo de “batuque" y no de “baile", como nos lo ha demos- 
trado Hernández. [Véase nota 18, en pág. 260.] 

El negro porteño la recibió rindiéndole los honores debidos 
a una emoción instintiva que le enorgullecía, y lució en ella 
sus especiales condiciones de danzante hábil y resistente. 

El pardo y el blanco cultivaron la compadrada en el ritmo 
con su acostumbrada dedicación, llegando en varias ocasio- 
nes a organizar torneos de competencia con sus hermanos 
montevideanos, en su propia Academia [Véase nota 19, en 
pág. 260.] 

En Buenos Aires el pueblo era muy aficionado al baile, úni- 
ca distracción en aquellos tiempos; se bailaba hasta en las ve- 
redas al son del instrumento que se presentase, y a falta de 
música el auditorio tarareaba las piezas. 

Un cronista arjentino, citando esta costumbre, dice que bai- 
laban “tangos con quebradura"; grave error, porque el Tan- 
go no había nacido, y porqué en las veredas bailaba el pue- 
blo, que no lo habría adoptado, como lo consigna el cronista, 
pues lo usaba tan solo la jente de vida alegre y de avería. 

La Milonga, pues, comenzó por llamarse en Buenos Aires 
“Habanera con “quebradura" (quebrada) y “quites" (corte) , 
términos que mas tarde se sustituyeron por “Baile con corte". 

El repertorio exótico no cayó bajo esta técnica, como en la 
otra banda. 

Se presentó la Danza Cubana en el Plata a mediados del si- 
glo pasado. Surjió la Milonga unos diez años después, impo- 
niéndose paulatinamente hasta estos momentos, y por mu- 
chos años mas, con toda seguridad. 



LA ACADEMIA 


Instalación. Orijen del título. — Sus danzaderas evidencian que no se 
rendía culto a la sensualidad. — La Academia famosa. Su or- 
questa y repertorio. Sus maravillas coreográficas. — Está en todo 
la iniciativa del negro criollo. Su temperamento atrevido y alegre. 
Su difícil técnica milonguera. Una danza que no admite referen- 
cias con ninguna otra de todos los tiempos y de todos los pue- 
blos. — Actuación del pardo y del blanco. La mas exacta com- 
paración para darse una idea del ritual del “corte” y la “que- 
brada”. Razón de que los tanguistas bailen serios y graves. — En 
la Milonga el exponente sensual era solo sport. — En Buenos 
Aires. Los Cuartos de Palermo. Las casas de bailes. Los perin- 
gundines. Ninguna semejanza con las montevideanas.i 

La popularidad que conquistaba la Milonga danzable sujirió 
en el suburbio un nuevo lucro, y se instalaron “salones de 
bailes públicos” con el consabido anexo de “bebidas”. 

En Montevideo fué. 

Mas o menos uno por barrio: el Puerto, el Bajo, la Agua- 
da, el Cordon, etc.; no alcanzaron la media docena. Los mas 
famosos y que subsistieron hasta ser los últimos en desapare- 
cer, fueron el titulado “Solis y Gloria”, del suburbio maríti- 
mo, y el “San Felipe”, del barrio orillero del Cubo del Sud, 
llamado entonces el Bajo. 

Nos referimos a los verdaderos “salones de baile”, a las 
“academias”, nó a otros que también tuvieron su fama, pero 
que utilizaban la danza como antesala del libertinaje, no ha- 
ciendo de ella una especialidad sinó un medio. [Véase nota 
20, en pág. 262.] 

i Este ensayo completo titulado “La Academia” figura en la pequeña 
antología El Compadrito (Su destino, sus barrios, su música). Selección de 
Sylvina Bullrich Palenque y Jorge Luis Borges, Col. Buen Aire, 
Emecé Editores, Bs. As., 1945, págs. 88-108. 



130 


COSAS DE NEGROS 


Solo el “San Felipe” lució de subtítulo: “academia de bai- 
le”, que se jeneralizó y sirvió para distinguir esos locales. 

No son cosa antigua las “academias”; la última, la “San 
Felipe”, se clausuró en 1899. Viven, pues, muchos que la cono- 
cieron sin sospechar que allí se incubaba el famoso Tango, 
entre mujeres de la peor facha, compadraje profesional temi- 
ble y ambiente espeso de humo, polvo y tufo alcohólico. 

Los empresarios de tales “salones” contaron para su insta- 
lación con el elemento creador de la Milonga, único recurso 
para llenar el objeto a que se destinaban, en consecuencia, 
los cuartos de las chinas y el suburbio de avería volcaron en 
ellos técnicos y clientela. 

Guías de gallardetes y flores de papel los cruzaban en todas 
direcciones en misión de adorno. Alumbrado a kerosene. 
Asientos. . . apenas unos bancos arrimados a la pared, en los 
que únicamente se sentaban las mujeres a la espera de la de- 
manda; para los músicos varias malas sillas, y luego: público, 
clientes y hasta el bastonero-administrador, de pié. 

Las orquestas de los “bailes públicos” solían componerse 
de media docena de musicantes, jeneralmente criollos y vir- 
tuosos del “oido”; los mas inspirados componían los baila- 
bles que habían de acreditar el local. 

En mayoría instrumentos de viento, porque el entusiasmo 
se sostenía en razón directa del estrépito. No se conocía el 
“bandoneón”, que es un mal reemplazante del mentado acor- 
deon-piano, que no todos dominaban, y que lo mismo que 
el acordeón común únicamente se usó en los bailes del pue- 
blo y en los sucuchos orilleros. 

No solo Milonga se bailaba en las “academias”, también 
se rendía culto al repertorio íntegro de los salones sociales: 
valse, polka, mazurka, chotis, paso-doble, cuadrilla; todo 
enerjicamente sometido a la técnica milonguera. 

Las danzaderas, pardas y blancas. No se les exijía ningún 
rasgo de belleza, sinó que fueran buenas bailarinas, y lo eran 
a toda prueba. De indumentaria, pollera corta, sobre enaguas 
muy almidonadas y esponjadas; las únicas polleras cortas que 
se conocieron entónces y las mismas de la moda actual; ese 
detalle no era, como lo es hoy, un medio de tentar “exhibien- 



LA ACADEMIA 


131 


do el artículo"; lo requería la faena, porque con pollera lar- 
ga habría sido imposible maniobrar en el "corte". 

El desecho femenino del suburbio alegre se amparaba en 
los duros bancos de aquellos locales. Terrible maldición para 
la mujer de vida airada, predecirle que concluiría su destino 
en una "academia"! 

No se bailaba por el momentáneo contacto con la mujer, 
sinó por el baile mismo. La compañera completaba la pare- 
ja, por eso no se le exijía mas atractivo que su habilidad dan- 
zante . 2 

Aquellas infelices actuaban sin descanso desde las prime- 
ras horas de la noche hasta el alba, resistiendo una tarea 
aplastadora. No tenían sueldo, y dividían con el empresario 
los honorarios (unos centesimos) que conforme a tarifa fija 
les abonaba el cliente por cada pieza. 

Merece especial mención la parte que ellas desempeñaban 
en aquel ajitado danzar. Llevadas al capricho del compañe- 
ro al impulso de las figuras que el mismo provocaba, era fá- 
cil perder el compás, y debían cuidarse de ello para no des- 
acreditarse, por eso cultivaban la habilidad de adivinar el 
desarrollo de aquel trajin. A la consiguiente tensión imajina- 
tiva añádase el zamarreo a que iban sometidas, llevadas por 
delante, ya sacudidas, ya enancadas sobre un muslo del com- 
pañero, ya dobladas hacia atras. 

Semejante tarea fatigosa y brutal, agregada al uso del al- 
cohol y tabaco, sustraía a la mujer las timideces naturales de 
su sexo, la masculinizaba, despojándola de los restos de atrac- 
tivos que hubiese salvado de la bancarrota de su vida. Es, 
pues, irrefutable que solo preocupaba el culto de un nuevo 

2 Así lo recuerda otro poeta argentino, Miguel D. Etchebarne en 
La sugestión literaria del arrabal porteño, al decir: “La mujer no fué, 
para el bailarín de arrabal, más que un medio para realizar el rito de la 
danza. Por eso, muchas de las bailarinas de las academias montevideanas 
y de los salones porteños, eran feas y hasta harapientas. Sólo se les pedía 
una cosa: bailar a la perfección y sin descanso". En Juan Nadie. Vida y 
Muerte de un Compadre, Ed. Alpe, Bs. As., 1953, pág. 17. También ejem- 
plifica con un breve cuento de Alberto Ghiraldo, titulado “La llaga al ai- 
re", de Carne doliente, Bs. As., 1906, pág. 149, donde aparece una cancerosa 
que “en uno de esos peringundines del campo, adonde concurren los ver- 
daderos amantes del tango en busca de buenas compañeras", es disputada 
por todos los concurrentes debido a sus extraordinarias condiciones de 
danzarina". 



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COSAS DE NEGROS 


arte de emociones y acrobacia danzante, capaz de someter los 
insaciables señoríos de Oriente, y sin embargo, exento de to- 
da sensualidad para nuestros criollos, allí, bajo la cúpula de 
chapas de zinc de sus “academias”, sagrados templos de la 
Terpsícore prohibida, que la cultura espiaba ávidamente por 
las hendijas del maderamen. 

Presentados los “salones de bailes públicos” en jeneral, en 
los párrafos que anteceden, vamos a ocupamos únicamente 
del “San Felipe”, el mas típico y amplio, el mas importante 
y famoso, el creador de la “academia del corte y la quebra- 
da”, el clásico; el mas cómodo pues ofrecía al público amplia 
gradería de tablas, alta y baja. 

Ubicado en el Sud, en el mentado Bajo montevideano, se 
ajitaba a su frente el oleaje insensato de la cáfila orillera, 
mientras a sus espaldas acariciaba o batía furioso el oleaje 
del Plata salado. Era un galpón de madera y zinc asentado 
sobre paredes bajas. 

“La Academia”, no se le llamaba de otro modo, solo a sus 
similares se les nombraba por sus títulos de guerra. 

Rara orquesta, de viento y cuerdas, ocupaba un palco alio 
en el fondo del salón. Del clásico arsenal del ruido armoni- 
zado, tenían allí sus representantes permanentes: tres violi- 
nes, un arpa, una flauta, un flautín y un bajo de metal; por 
ausencia de alguno de ellos o refuerzo en ciertas ocasiones, 
figuraron otros instrumentos; todo dócil a la dirección de un 
armonio clásico de tres octavas, manejado por el director, 
Lorenzo, un criollo analfabeto del pentágrama, que tocaba 
hábilmente con una sola mano aquel histórico instrumento, 
en que dieron vida a su inspiración en el pasado siglo, los ele- 
jidos del “divino arte”. En él también se compuso para el 
suburbio, milongas especialmente, cuya demanda era conti- 
nua y acrecentaba la fama y prosperidad del salón. 

Tan honrosa y respetable representación instrumental, fué 
la que asistió contraida y empeñosa a la solemne academiza- 
cion del “corte” y la “quebrada”. 

Cada instrumento solía tener su momento feliz, sus cinco 
minutos de actualidad, destacándose en una fioritura llena 
de dificultades; hasta el bajo cosechó reputación con su for- 
midable “si bemol”, que es el “do de pecho” de este metal; 



LA ACADEMIA 


133 


con sus oportunos mujidos en pases y finales, que trasmitían 
a larga distancia la alegría nocturna orillera, jamas este ins- 
trumento resonó en el mundo como en la Academia, domina- 
do por los respetables belfos del negro Madero, que a sopli- 
dos cimentó su fama en toda la ciudad, y que sin saber leer 
una sola nota orientó aquella orquesta en forma tan insóli- 
ta como pintoresca. 

Director y ejecutantes, todos virtuosos del "oido” y todos 
criollos; sin embargo, el "divino arte” tuvo en la Academia 
fiesta perenne de ritmos pródigos de belleza melódica; jene- 
roso conservatorio de nuevas armonías, por muy juguetonas 
y atrevidas no menos disciplinadas y artísticas, que colgaban 
imajinativamente de los cinco hilos de la sagrada pauta, co- 
mo cintas de colores y farolitos chinescos; concisas formas y 
tonos, para un solo suave encanto, y en éste un trozo del al- 
ma de un pueblo espiritual. 

Esbozada una pieza se instrumentaba, literalmente, instru- 
mento en mano; ya dominada se sometía a un ensayo jene- 
ral, y en un par de horas quedaba lista aquella orquesta de 
música instintiva, para repetir cientos de noches su último 
bailable de actualidad. 

En la formación del repertorio de las "academias” coope- 
raba todo el elemento aficionado del suburbio. Raro quien 
no tocara guitarra, mandolín, bandurria o acordeón; raro el 
que no supiera entonar un canto. Se cultivaba la emulación 
de ofrecer algo propio, y eso estimulaba la inspiración. Era 
corriente que un buen cantor o tocador tuviera "su pieza” y 
con el tiempo su repertorio orijinal, poco común en los mis- 
mos profesionales y egresados de conservatorios. 

Las composiciones que conseguían popularizarse, llegaban 
solas a las "academias” y se orquestaban; otras se obtenían 
en audición de asesoramiento con algún milonguero que ce- 
día "su pieza”. 

En todo este trámite no influía ningún interés pecuniario, 
ni el valor de un centésimo; una copa sobre cualquier mos- 
trador, de rubia caña o de oscuro guindado, condensaba obse- 
quiosidad y reconocimiento del solicitante al donante del fru- 
to de su inventiva. 

La jenerosidad y liberalidad proverbiales en los pueblos 



134 


COSAS DE NEGROS 


rioplatenses son bien dignas de estudio, por que no han po- 
dido heredarlas, son autóctonas. 

El repertorio importado era fielmente interpretado, y en 
el milonguero se hacían primores. 

Las baterías de percusión de las orquestas tanguistas de hoy, 
fueron adivinadas por la académica: Lorenzo tenía ai alcan- 
ce de la mano libre una lata y un palo, para producir estré- 
pitos oportunos en ciertas piezas, en las horas de decaimien- 
to de la serenata y a manera de ouverture de las piezas nue- 
vas o mas solicitadas. 

Todo el repertorio social se cultivaba en la Academia y se 
entregaba al suburbio sin secretos y sin hipocresías. Enorme 
habilidad se necesitaba para adaptar al “corte” aquel reper- 
torio, pero era fácilmente dominado. 

El valse, la polka, la mazurka, todo lo exótico sometido a 
la técnica milonguera, obtenían efectos imprevistos de esté- 
tica desorbitada y disciplinada a la vez, en que ponía a prue- 
ba sus sorprendentes condiciones de bailador el orillero mon- 
tevideano. 

El paso-doble y la cuadrilla * mereció especial mención; 
verdaderas maravillas de la compadrada llevada al arte o vi- 
ce-versa. 

El paso-doble, sin perder su medida gravedad, calavereaba 
con aquellos compases acariciadores, consiguiendo efectismos 
impresionantes; cortaban la respiración sus famosos caldero- 
nes y silencios; trasmitía incontenible anhelo danzante su 
nerviosidad sincopada. [Véase nota 21, en pág. 264.] 

Extraño es que esto haya escapado a los tratantes del “sai- 
nete criollo rioplatense”; un paso-doble bailado académica- 
mente habría asegurado acontecimiento diario, por mucho 
que se repitiese, pero, con música de aquellos maestros, libre 
como las gaviotas que solían reverenciar con raudos vuelos, la 
cúpula a “dos aguas” de su academia. 

Una o dos cuadrillas solían bailarse, solo momentos antes 


* La Cuadrilla es la primitiva Danza antillana, la que describe Pichardo 
(pájina 122 de este libro), y que los franceses arreglaron y consagraron 
musicalmente como bailable social, dándole el título de Contradanza, pre- 
dilecta de varias jeneraciones. Tras modificaciones de poca importancia 
la rebautizaron con otros nombres: Cuadrilla, Rigodón, Lanceros, 



LA ACADEMIA 


135 


de clausurarse el local, al clarear el día, el crepúsculo del no- 
chero; tal reserva para la última hora tenía por objeto retener 
la clientela, y eso dará una idea del interes que había por 
aquel bailable. El espectáculo ha sido único en el arte del 
suburbio montevideano; aquello fué el “corte” elevado al má- 
ximun y la “quebrada” en su ángulo mas cerrado; hombres y 
mujeres revelaban cierta gracia aplicada en movimientos des- 
perezantes de bailadores indúes. 

Aquellos impresionantes “balancés” de las cuadrillas de la 
Academia, daban todo un suceso de emoción: la pareja, co- 
mo de una pieza, jiraba rápida, liviana, trasmitiendo un des- 
conocido encanto del vértigo de la danza, y se detenía en se- 
co, tranquila e indiferente, que era un modo de ser de la va- 
nidad orillera. Aquellos “pases”, “paseos” y “saludos” no po- 
dían menos que evocar la elasticidad del negro, al evolucio- 
nar los bailadores alrededor de sus compañeras, retorciéndo- 
se suavemente en contracciones rítmicas, cual si rodeados de 
serpientes amenazantes esquivaran las mordeduras. 

Otra veta que el “sainete criollo” no ha visto. La cuadrilla 
con “corte” llevada a la escena le habría proporcionado un 
mal rato al Tango, pues reúne mas belleza y mas arte, y fá- 
cilmente levanta el entusiasmo del público. 

Nuestro orillero prodigaba en el repertorio extranjero su 
expontanea e ilimitada inventiva coreográfica; abrazado a su 
compañera, ya con mucha luz, ya de una pieza, ya soltándola 
para desarrollar consigo mismo un “corte” filigrana descon- 
certante y volver a prenderse de ella, que a su vez ha estado 
avisora coqueteando con el compás. 

En ciertas situaciones propicias el bailador taconeaba, ob- 
teniendo excelentes efectos, infalibles en valses, paso-dobles y 
cuadrillas. 

Ya no solo el negro se floreaba y divertía con sus reminis- 
cencias raciales a través de costumbres, tiempos y temperamen- 
tos; acudían a la Academia en busca de las sensaciones de la 
Milonga, la juventud masculina de todas las clases sociales; 
de espectadores-alumnos en enorme mayoría, que bailar en 
público no era para todos, y, allí, donde canchaba el orillero, 
mucho menos, pues se jugaba un ridículo seguro. En priva- 
do satisfacían sus entusiasmos los aficionados., 



136 


COSAS DE NEGROS 


Pero era el negro el que triunfaba y reía, con alegría abier- 
ta, contajiante, de niño grande; reía porque sí, como rió su 
ascendiente africano en todo momento. Los sufrimientos de la 
raza cuajaron en risa, así como la extremada risa cuaja en 
lágrimas. 

Todo el proceso creador y evolutivo de la Milonga era obra 
suya. 

El negro criollo rioplatense tiene su especial característica 
para caminar: visto de atras recuerda el tranco con flexiones 
de un felino que va al paso, tranquilo y confiado, tranco que 
simula cansancio y que fácilmente se transforma en movimien- 
tos rápidos; por eso era impetuoso y fantástico cuando baila- 
ba; hormigueaba en sus nervios toda danza antes de abordar- 
la, y ya en posesión de ella le aplicaba las características de 
su escuela instintiva, que todavía triunfa en estos momentos 
en bailables mundiales, por via norteamericana. 

Era oportuno, incansable, persistente; artista pero no artí- 
fice; daba sus danzas plenas de sujestiones en bruto, que el 
blanco suavizaba y desempeñaba seriamente, mientras el ne- 
gro reía. 

Viviendo en el ambiente agresivo del suburbio, donde del 
sonso hacen hachuras, inferior a todos por el color, ha nece- 
sitado demostrarse superior en los hechos, de ahí que: negro 
cantor, el mas inspirado, el mas sentimental o el mas zafado; 
peleador, un torbellino; bailarín, toro y víbora a la vez. 

Nada mas lójico que pretendiera evidenciar a su hermano 
blanco que poseía muchas de las condiciones que le negaba, 
superándolo en unas, y en otras creyendo sinceramente (ver- 
dadera “cosa de negro”) que haciéndolo mas exajerado lo ha- 
cía mejor. 

En voga el baile con “corte”, solo él se distinguió singular- 
mente en su acrobacia. Siempre formó en la “yunta brava”, 
la que el público prefería, y premiaba con aplausos su tarea. 

Y qué tarea! 

El negro y su compañera (que no era negra porque no las 
hubo en la Academia) se trenzaban conforme a lo mas exijen- 
te del ritual: él la tomaba de la cintura con su brazo derecho, 
plantándole la mano abierta sobre la rabadilla; con la mano 
izquierda tomaba la derecha de ella y la afirmaba sobre su 
propia cadera izquierda. La compañera pasaba su brazo iz- 



LA ACADEMIA 


137 


quierdo por sobre el hombro derecho del negro, y en la paleta 
le apoyaba la mano, ocupada en tener un pañuelo (para com- 
batir al sudor que le embarraba el empolvado de arroz) o el 
cigarrillo que fumaba displicente. Las piernas trabadas, en 
apariencia. Las cabezas muy juntas, casi tocándose, cuando no 
van sien con sien. En semejante block la pareja evoluciona co- 
mo si fuera de una sola pieza, admirablemente obediente al 
compás de la música; liviana, flexible, incidentaba su trayec- 
toria con escisiones y jiros tan imprevistos como apropiados; 
atropelladas y conversiones cortaban a capricho una suave re- 
falada. Extraña acrobacia de un ovillo humano, en una ex- 
traña danza incitante y artística, que no admite referencias ni 
comparaciones con ninguna otra danza de todos los tiempos y 
de todos los pueblos. [Véase nota 22, en pág. 268.] 

En los períodos románticos que el negro daba a su baile, 
la pareja se escurría lentamente, bamboleando suave y correc- 
ta. De vez en cuando, en una vuelta, un corte; aquí el negro 
despegaba del suelo con neglijencia el pié que debía levantar, 
primero el talón, con el que describía un semicírculo sirvien- 
do de eje la punta, que no se ha desprendido del suelo; aban- 
donaba la pierna como si le pesara, hasta el envión que ter- 
minaba la vuelta (todo en pocos segundos), volviendo la pa- 
reja a su deslizamiento de reptil en contracciones lentas y 
medidas. 

La música, picaresca y espasmódica, entre compases mudos 
de profunda sujestion nerviosa dejaba oir taconeos y arras- 
tres de los danzantes, marcando segundos de intensa emoción. 
La pareja desgonzada, perezosa e inquieta, iba delatando que 
allí estaba el negro en sus culebreos rítmicos. 

Nada hay de impropio ni en las mismas violencias de la ple- 
beya Milonga; la pareja es profundamente humana, símbolo 
de las vehemencias de la especie, refalando sobre la tierra en 
audaces dislocamientos, llevada por la intensa alegría de vivir, 
que desprecia el peligro de caer. 

El pardo y el blanco no se adaptaron a la técnica del negro, 
no tenían temperamento para ella; aceptaron sus lecciones 
del ritual, pero no sus atrevidos desplantes; en consecuencia, 
a toda exajeracion o impetuosidad milonguera se le llamó 
“cosa de negro” o “bailar a lo negro”. 



138 


COSA* DE NEGROS 


También de finísimo oido, dominaban confiadamente el 
ritmo cual si estuviera sometido a ellos, siendo a la inversa. 

Sin embargo, bajo la tentación de los pintorescos atrevi- 
mientos del negro, se dejaban ir suavemente a punta, talón y 
traspiés, en vaivenes jactanciosos, ya de costado, ya sobre sí o 
sobre la compañera; de una pieza las parejas; sin despatarrar- 
se nunca; con toda la elegancia académica del suburbio. Y así, 
mientras el negro sien con sien y pecho con pecho marcaba 
sus semicírculos a punta y talón, y daba la sensación de dan- 
zar sobre la cubierta de un barco navegando en mar picada, 
pardo y blanco se hamacaban como sobre piso elástico. 

La música trasmitía procelosa las insinuantes ansiedades de 
su irresistible cadencia, cuyas notas revoloteaban, planeaban, 
aterrizaban y volvían a volar de improviso, sin tomar nunca 
inadvertido a nuestro orillero. 

Iba él con ellas en un floreo de deslizamientos, interrum- 
pidos de trecho en trecho por imprevistos croquis jeométricos 
delineados sobre el suelo con los pies. 

Semejaba un prudente recorrer sobre invisible pentágrama 
tendido de pedana en el pavimento, donde la pareja va mar- 
cando con meritoria acrobacia, los signos gráficos del lengua- 
je musical. Y esta es la mas breve y exacta descripción compa- 
rativa, con que puede reconstruirse en la imajinacion el pon- 
tifical milonguero. 

Ante una trabada en un cruce de piernas como para un 
tumbo, que se conjura fácilmente con una conversión com- 
padrona que da motivo a salida de flanco, carrerita y parada 
en seco, o a quebrada con talonazo, como al final de un pá- 
rrafo se marca un punto, surje la sospecha de que se garaba- 
tea con los pies, y en tal caso, únicamente música. 

En notas y dibujos festivos se ha comentado la seriedad y 
solemnidad con que se conduce el macho de la pareja en el 
Tango; eso fué común en la Milonga, por razones de peso: 
el pardo y el blanco necesitaban defender sus habilidades con 
todos sus sentidos, a impulsos de su profunda vanidad, y les 
preocupaba seriamente el temor de hacer un mal papel, lo 
que se reflejaba en sus caras. El negro, exento de vanidades, 
que para nada le servían por ser quien era, pero nacido para 
crear y dominar las mas difíciles danzas, milongueaba risue- 



LA ACADEMIA 


139 


ño, seguro y loqueando, como diciendo: “Esto es mió y no 
me falla”. 

La Milonga aunó la sentimentalidad africana con la inje- 
niosidad rioplatense; en ella todo es propio: nombre, ritmo, 
técnica, ritual y lenguaje. 

Emulación de la Danza Cubana, se plasmó en su música, 
pero cuando triunfaron sus orijinalidades se fué creando la 
propia, instrumentada por los maestros del suburbio. 

Entonces tuvo títulos, y ellos nos dan otra prueba de que 
no fué sensual: “Mate amargo”, “Cara pelada”, “La quebra- 
da”, “La canaria”, “Kyrie eleison”, “Pejerrey con papas”, “Se- 
ñor comisario”, etc.; ni siquiera amorosos, porque en el Bajo 
brutal no se alojó el idilio. El orillero aprovechaba las situa- 
ciones de sensualizar, con la suficiencia y despreocupación del 
que no necesita de ellas, por verdadero sport. 

Las hubo de larga fama entre esas ilustres projenitoras del 
Tango; siempre injénuas en sus notas fáciles, breves, pero sa- 
turadas de la fina intención orillera, aplicaban al sistema ner- 
vioso mas apático las pilas sedantes de sus cadencias, transmi- 
tiéndole alegría de vivir. 

I Quien pudiera recojer todo aquel anónimo repertorio o 
parte de él, ya perdido por olvidado, reliquia filarmónica del 
alegre y frondoso folklore montevideano! [Véase nota 23, en 
pág. 269.] 

La Milonga no tuvo versos. 3 Algunas de las mas populari- 
zadas obtuvieron letra que no autorizó la Academia. 

Entónces, el pueblo de una apacible y sencilla Montevideo 
solía pasear por las calles su alegría, reflejo de un espíritu 
accesible a toda emoción regocijante, y en sus serenísimas no- 
ches estivales y primaverales, con música o sin ella, grupos de 
jóvenes las cruzaban cantando la última milonga versificada, 
cuyas juguetonas armonías penetraban en todos los hogares 
del camino, dejándoles el eco amable de sus ritmos y rimas, 
en que el alma popular condensaba su romance siempre ale- 
gre y lleno de incontenible afan comunicativo. 

Cuando el pampero bramaba sobre la ciudad, coreado por 

3 Posiblemente Rossi sólo habla de la milonga en el Uruguay. Asunto 
que por otra parte ha discutido Tulio Carella en El Tango, Mito y 
Esencia, Ediciones Doble P, Bs. As., 1956, págs. 36 y 123. 



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COSAS DE NEGROS 


el mar que la rodea, encrespado y rabioso, y colaba el frió in- 
tenso por todas las hendijas, también la trova milonguera cru- 
zaba ias calles con su invariable buen humor, y en los hoga- 
res tristes o silenciosos dejaban sus notas el estimulante espi- 
ritual de su despreocupación por los elementos irritados. 

En andas de los torbellinos del tifón pampeano, se acerca- 
ba o se alejaba el canto, saturando de misterioso ensueño 
aquellas terribles noches invernales montevideanas. 

En el anterior capítulo esbozamos la gran afición a la dan- 
za en el pueblo de la banda occidental del Plata, y se indica 
el jénero de ella en los barrios de Buenos Aires. 

Al negro criollo corresponden los derechos y honores de fun- 
dador. Los “Cuartos de Palermo” fueron los primeros bailes 
que se establecieron, bajo la auspiciosa complacencia del loco 
Juan Manuel Rosas, que ya hemos visto custodiado por la ele- 
jida negrada de la Guardia, y que observó con íntima satis- 
facción que la impedimenta de mujeres de sus cancerberos se 
instalara en los alrededores de su guarida, donde hoy está el 
Jardín Zoolójico, donde estuvo el cuartel de Artillería y en 
terrenos hacia el rio. 

Allí fueron los famosos Cuartos de Palermo, continuación 
de una de las rancherías de esclavos donde reinó el Candom- 
be clásico, desde su época inicial de inefable “refocilamiento” 
de los “arrogantes colonos 

La endémica inquietud del bullicioso negro canchó en 
aquellos Cuartos, sin descanso, todas sus danzas predilectas, 
desde el Candombe machacador y selvático hasta el respeta- 
ble “Minué federal” o “Nacional”, cuyas figuras allí encan- 
taron al loco, mientras en los altos salones le hacían sonreír 
taimado, porque le expresaban la adulonería del miedo de la 
“jente bien” de su tiempo, que aborreció brutalmente. 

Todo el programa autóctono y africano apisonó en los Cuar- 
tos de Palermo, con los mas diversos instrumentos de testi- 
gos, pues los negros aprendían cualquiera fácilmente, que 
siempre tuvieron un conservatorio en cada oreja. José Anto- 
nio Wilde dice de los de su tiempo: “Todos los negritos crio- 
llos tenían un oido excelente, y a todas horas se les oía en la 
calle silbar cuanto tocaban las bandas, y aun trozos de ópera”. 

El “corte” llegó a Palermo por la ribera y como de encar- 



LA ACADEMIA 


141 


go; traía en su enervante síncopa el alma de la raza, pero 
acostumbrados los negros al baile sin abrazarse, cayeron en el 
“tango lubolo” y hacían “quites” y “quebraduras” con la 
sombra. 

En la ciudad se instalaron y renovaron en diferentes épo- 
cas, gran número de casas de bailes públicos con anexo de be- 
bidas y juego. No tenían ninguna semejanza con las monte- 
videanas. 

En los suburbios la orquesta invariable no pasaba de un 
organito o un acordeón. No era difícil hallarla también en me- 
jores barrios, pero las hubo con instrumentos de cuerda y de 
viento. 

Las mujeres actuaban por una asignación fija diaria, en al- 
gunas casas; en otras se presentaban con sus compañeros o 
acudían solas en carácter de citadas por ellos. 

Las casas de bailes públicos porteñas no tuvieron mas de- 
signación que la de sus propios nombres, el de sus propieta- 
rios o el de su ubicación. 

Entre las muchas que se instalaron fueron mentadas por 
sus escándalos o por su clientela, la de Solis y Estados Uni- 
dos; la de Pozos e Independencia, que fué la última en des- 
aparecer, por el 84; la de Carmen Varela en la plaza Lorea; 
varias en los Corrales. 

Mas tarde se abrieron otros bailes a organito y sin carpe- 
ta de juego, que se llamaron “peringundines”, (vocablo je- 
noves con que se designaban esos locales), fundados los pri- 
meros por ítalos en el barrio de la calle Corrientes, precur- 
sores del destino de esa hoy conjestionada arteria de la enor- 
me cosmópolis, via Apia de la farándula en todas sus fases y 
categorías. 

Los “niños bien” prefirieron los peringundines. 4 Tuvieron 
su hora de actualidad: dos ubicados en Uruguay y Corrientes; 

4 Peringundines, ha quedado casi definido en una nota anterior por 
Ghiraldo, “Los muchachos bien concurrían a los boliches y peringundines 
en busca de ocasiones de demostrar su esforzado ánimo para aprender a 
bailar la danza reprobada por las buenas costumbres, para mandar a las 
hembras con soberanía de varón, para alternar con la gente de avería y 
tratar de igual a igual a los guapos consagrados". Domingo F. Casadevall, 
El tema de la mala vida, pág. 13. En una novela descriptiva firmada con 
el seudónimo de Dr. Ceferino de la Calle, vemos que los músicos modestos 
“tocaban gatos y cielitos, polkas y cuadrillas con unos aires quebrados pro- 



142 


COSAS DE NEGROS 


el que ocupaba el sitio que hoy tiene el teatro Apolo; el de 
Provin, Corrientes y Talcahuano: el de Libertad y Corrien- 
tes; etc. 

En todos los bailes públicos porteños se cultivó únicamen- 
te el repertorio exótico, mas apretadito que de costumbre, y 
de allí no se pasaba. La calaverada mas grande era bailar la 
Habanera confidencial, pero limpio y derecho. 

Valse, polka, mazurka, chotis, habanera y “da capo", tal era 
el programa; la escasez de música de esos bailables, (apenas 
se imprimía una que otra pieza en París, única exportado- 
ra), estimuló la inspiración de los músicos criollos, profesio- 
nales y de “oído”, y fueron ellos los verdaderos proveedores; 
casi todos morenos y pardos, como venían siéndolo desde las 
primeras sociedades nativas; cincuenta años atras “casi todos 
los maestros de piano (de Buenos Aires) eran negros y par- 
dos, que se distinguían por sus modales”, dice Wilde. 

Queda consignado en el anterior capítulo dónde y cómo se 
adoptó en Buenos Aires la Milonga montevideana o “baile 
con corte”, que en los salones centrales no prosperó; y repe- 
tiremos que el repertorio exótico no cayó bajo la técnica mi- 
longuera, ni en los mismos locales donde se rendía culto al 
“corte”. 6 


píos del peringundin y del baile criollo”. Palomas y gavilanes, Félix La- 
jouane, Bs. As., 1886, pág. 138. 

"Para Rossi —dice Borges— el tango es afro-montevideano, del Bajo, 
el tango tiene motas en la raíz. Para Laurentino Mejías, La policía por 
dentro, II, Barcelona, 1913, es afro-porteño, inaugurado en los machacones 
candombes de la Concepción y de Monserrat, amalevado después en los 
peringundines: el de Lorea, el de la Boca del Riachuelo y el de Solís. 
Era bailado también en las casas malas de la calle del Temple, sofocado 
el organito de contrabando por el colchón pedido a uno de los lechos 
venales, ocultas las armas de la concurrencia en los albañales vecinos, en 
previsión de un raid policial”. Evaristo Carriego, M. Gleizer, Bs. As., 1930, 
pág. 66. 

6 Un compositor uruguayo, Pintin Castellanos, es autor de un ensayo 
titulado: Entre cortes y quebradas. (Candombes, milongas y tangos en su 
historia y comentario). Montevideo, 1948. Aquí se sigue muy de cerca 
algunos planteos de Vicente Rossi, reproduciendo a veces numerosos pasa- 
jes completos, entre ellos este de “La Academia”. 



EL TANGO 


Porqué se ha supuesto que el Tango existió antes de su aparición entre 
nosotros. — El Teatro Nacional Rioplatense exhibe por primera 
vez la Milonga al público. En sus escenarios se transforma en 
Tango. Proceso de este cambio de nombre. En Montevideo no 
se hizo música tanguera. — Nuestra sociedad tanguea y lleva el 
Tango a París. Nuestros criollos “profesores de corte” en Francia. 
— Sobre el imprevisto viaje. — El secreto del Tango. — La dis- 
creta poética orillera montevideana. — El pueblo uruguayo pierde 
sus tradiciones. El “tango arjentino”. La Milonga y el Tango. 

Sonó el vocablo “tango” en el Plata desde los tiempos la- 
mentables de la colonia, por ser ese el nombre que los afri- 
canos daban a sus parches de percusión, como queda demos- 
trado en anteriores pájinas. 

Decir en su época “los tangos de los negros”, por “los tam- 
boriles (o tantanes) de los negros”, se hizo equivalente a “los 
bailes de los negros”, como antes que aquí pasó en las Anti- 
llas, confundiéndose el efecto con la causa. 

Ese es el motivo de que cuando se tropieza hoy con la cita 
del “tango” en tiempos pasados, se crea que se refiere a un 
bailable que, con algunas variaciones, es el mismo actual o 
por lo menos su antecesor. 

La noticia mas remota alcanza a 1808. Los cascarudos del 
zoco moruno-lusitano-godo improvisado donde hoy se levanta 
Montevideo, le fueron con chismes a su capataz Elío para que 
prohibiera “los tangos de los negros”, por el barullo que pro- 
ducían y el consiguiente descuido de las atenciones domés- 
ticas. 1 

1 “A principios del siglo xix, el Cabildo de Montevideo certifica la 
presencia de los Candombes a los que llama indistintamente “tambos” o 
“tangos” prohibiéndolos en provecho de la moralidad pública, y casti- 
gando fuertemente a sus cultores”. Ayestarán, La Música , pág. 68. Este 
investigador trae la documentación de las Actas del Cabildo de Montevi- 



144 


COSAS DE NEGROS 


Al decir “tangos" englobaban local, instrumentos y baile, 
y esta manera de interpretar fué sujerida por los mismos ne- 
gros, que titulaban a sus reuniones por el acto principal de 
ellas: “tocá tangó" (tocar tambor); por eso cuando pedían 
permiso para reunirse a candombear, decían: “a tocar tangó". 

“Tanga! catanga!" voceaban los parches y traducían a gri- 
tos sus percusores, haciendo común que también se llamará 
“catanguita" al “tanguito", en Buenos Aires. 

Cuando los chiquilines negritos hacían rueda, saltando con 
estrepitosa alegría cantaban: “Rondal catonga!", 2 dando otra 
traducción a la voz de los parches en Montevideo, muy popu- 
larizada en el Plata. 

Y siempre alrededor del ambisílabo “tanga, tango, tonga", 
trasmitió el africano en todas las rejiones en que se aclima- 
tó, herencia de contentura tonificante y perdurable. 

En 1866-67 se propagó en Montevideo un “tango" titula- 
do “El Chicoba" (en bozal, “El Escoba" o “El Escobero"), 
pero era un candombe, según los que lo conocieron; sin duda 
un tango a lo “Raza Africana". 

En el 89-90 aparecen en el Plata ciertos “tangos" compues- 
tos y editados en Buenos Aires por profesionales criollos, y 
lo sujestivo del caso es que esos mismos compositores ya edi- 
taban milonga. Los tales “tangos" eran habaneras, y las mi- 
longas de tipo académico montevideano. 

deo, donde se trata "Sobre Tambos bailes de Negros" y luego la confu- 
sión en el Indice General de las palabras "Tangos” por "Tambos”, todo 
esto en 1807. Al año siguiente la misma vecindad montevideana solicita 
al gobernador Francisco Javier Elío nueva y enérgica prohibición para 
que sus esclavos terminen con sus bailes en las casas (salas) o sitios donde 
se reúnen, ya que ello origina contratiempos, molestias y robos. En la 
misma documentación figura ya “tangos de negros”. Archivo General de 
la Nación, Montevideo. Caja 321, carpeta 3, documento 66. 

Otro estudioso argentino, Ricardo Rodríguez Molas, presenta una tes- 
tificación sobre una "Casa y sitio del tango” en 1802 que consigna en 
su folleto: La música y la danza de los negros en el Buenos Aires de los 
siglos XVIII y XIX, Ed. Clío, Bs. As., 1957, pág. 13. 

2 Esta es una conocida ronda infantil de origen negro, a la cual le 
canta Ildefonso Pereda Valdés diciendo: "Los niños en las esquinas / for- 
man la ronda catonga, / rueda de todas las manos / que rondan la rueda 
ronda”... etc., en su libro Raza Negra, pág. 21. Poemita que ha merecido 
ser incluido en varias antologías: Emilio B allagas. Poesía Negra, Madrid, 
1944, y Mapa de la Poesía Negra Americana, Pleamar, Bs. As., 1946; José 
Sanz y Díaz, Lira Negra, Aguilar, Madrid, 1945. 



EL TANGO 


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Ese cambio de nombre a la Habanera, no tuvo otro objeto 
que el de ofrecer una novedad “para piano”, e influyó en ello 
la Milonga, que circulaba en ediciones que fácilmente agota- 
ban los aficionados. Se adoptó el vocablo “tango” por elonga- 
ción de “tanguito”, cubano como la Habanera y ambos dan- 
zas de negros. 

Corresponde al excelente músico y compositor arjentino 
Francisco Hargreaves, la iniciación de la etapa de melodías 
nativas ofrecidas a los cultores del piano en el Plata. Publicó, 
entre diferentes piecitas criollas, un “tango” titulado “Barto- 
lo” y tres milongas: “N9 1”, “N<? 2” y “N9 3”. 8 

Y llegamos a 1898 sin que nuestro Tango haya contado en- 
tre sus homónimos anteriores, ningún pariente, ni lejano. 

“Juan Moreira” ofreció al público la primer milonga que 
se bailó en los escenarios del Plata, en el de su famoso circo 
varias veces precursor. 3 4 El cuadro final de ese drama se des- 
arrolla en el patio de una casa de diversión orillera, donde 
bailan algunas parejas unas vueltas de milonga sin “corte”, 
cuya música compuso expresamente Antonio Podestá y se es- 
trenó en Montevideo, en la memorable jornada del local de 
la calle Yaguaron (1889). [Véase nota 24, en pág. 276.] 

En el siguiente año apareció sobre escenario la segunda, 
en Buenos Aires, compuesta por el músico arjentino García 
Lalane, para una revista local que representaba en el teatro 
Goldoni, hoy Liceo, una compañía extranjera; conquista de la 
Milonga, pues esas empresas desestimaban toda producción 
nacional, pero nuestro sainete milonguero las obligó a cam- 
biar de táctica. Ocho años después esa misma milonga de La- 
lane sirvió para el sainete “Ensalada criolla”, que la popula- 
rizó; 1898, memorable fecha en que el Teatro Nacional Rio- 
platense conquistó el primer escenario teatral, el Apolo de 

3 “Bartolo conserva las características melódicas del tango andaluz”, 
sostiene el musicólogo Carlos Vega y es similar a otro titulado Andate 
a la Recoleta y Señora casera (1880). Cf. Danzas y Canciones Argentinas , 
Bs. As., 1936, págs. 239 y 269 con los ejemplos musicales de las piezas 
citadas. 

4 Era el circo de la firma Podestá-Scotti, ubicado en Montevideo (calle 
Yaguarón entre San José y Soriano), en 1889. En un programa del mismo 
encontramos dentro del espectáculo Juan Moreira, "décimas para la 
Rubia, Relaciones, Milonga”, y el Pericón Nacional. Cf. Raúl H. Castag- 
nino. El Circo Criollo, Lajouane, Bs. As., 1953, págs. 68-70. 



146 


COSAS DE NEGROS 


Buenos Aires, y allí se ofrecieron las primeras obritas criollas 
que hemos llamado “sainetes orilleros”, con cantables y bai- 
lables, escritas y desempeñadas por nativos. 

La Milonga reinaba en el suburbio y era imposible pres- 
cindir de ella, que subió tímidamente al escenario como prin- 
cipal sosten del incipiente jénero. 

Esa temporada del Apolo es la que fijó rumbo a la danza 
orillera. Empezaron por bailarla dos o tres cómicos del sexo 
feo, combinando canto y coreografía, ésta con disimulado cor- 
te de cuadrilla académica; sueltos, cada uno por su cuenta y 
como supiera o se le ocurriera hacerlo. 

Mas tarde se le dió participación a la mujer, que también 
suelta entre los cómicos se hamacó a lo negra candombera. 

Poco se hicieron esperar las parejas, con mucha luz, nada 
de contactos, lo que no evitaba cierto “corte” discreto y ju- 
guetón que el público recibía con agrado. 

Y la Milonga fué tendiendo suavemente su pedana pauta- 
da sobre la tablazón de los esquivos escenarios teatrales. 

Los “maestros concertadores y directores de orquesta” de 
las compañías, eran por lo j eneral extranjeros, y para compo- 
ner música criolla se hacían asesorar bien con nativos que la 
supieran. Prestó muchos de esos servicios el uruguayo Artu- 
ro de Nava, hábil cantor y compositor criollo . 5 6 

Trejo y De-María, los primeros saineteros rioplatenses, ar- 
jentino y uruguayo, respectivamente, daban a los directores 
las canciones y milongas de sus obras casi completas, pues sa- 
bían cantar y manejar la guitarra; el maestro las tomaba en 
audición privada y las pasaba al pentágrama. 

Sostenían esta iniciación en Buenos Aires, actores e impro- 
visados autores en su mayoría uruguayos, por lo tanto sus sai- 
netes filarmónicos fueron copia fiel del suburbio montevi- 
deano, y la Milonga figuró en ellos con su nombre y léxico 

5 Rossi no olvida a los hermanos Juan y Arturo de Nava. Al estudiar 
a los payadores rioplatenses anota Marcelino M. Román refiriéndose a 
ellos, como “figuras de la época de oro, reforzaron igualmente su fama 
en el occidente del Plata. El más célebre de ellos —Arturo— residió buena 
parte de su existencia en la capital argentina, donde no sólo cultivó el 
canto improvisado sino que fué también actor teatral. Compuso canciones 

con música y letra suyas, que se hicieron muy populares y todavía se 
cantan, como “El Carretero ", ob. cit., pág. 198. Véase la nota número 15 
de Rossi. También los sitúa Castagnino, ob. cit., pág. 127. 



EL TANGO 


147 


orijinario. Los autores arjentinos que también se improvisa- 
ron en esa jornada, cooperaron en el jénero aplicándolo a las 
orillas porteñas. 

Todo esto obra exclusiva de los pueblos rioplatenses; nin- 
gún faquir intelectual tuvo la videncia de que suelen hacer 
gala, por el contrario, constituido el gremio en Santo Oficio 
clamaba auto de fe contra ella, pero Juan, con entereza de que 
hace tiempo no nos da muestras, tan necesarias en esta ver- 
gonzosa barranca-abajo en que vivimos, impuso su teatro con 
todos sus elementos. 

De no haber sido así, no habría sincopado la tentación mi- 
longuera en el tablado del Apolo, ni habría surjido el Tango, 
mas tarde nuestro primer diplomático útil y famoso acredi- 
tado en el extranjero. 

Cuando la milonga sainetera empezó a popularizarse, y los 
almacenes de música se hicieron eco de la demanda animan- 
do a los compositores capaces, tomó relieve la calificación del 
jénero, y en los párrafos de nuestros sainetes se citaban con 
frecuencia “tango y milonga”, influencia inevitable de aque- 
lla clasificación iniciada por las ediciones de piezas para pia- 
no, que daban habaneras bajo la denominación de “tangos”. 
Se hizo común en el diálogo o en el canto sainetero, la frase: 
“bailaremos tango y milonga”, “le metimos tango y milon- 
ga”, como si se tratara de dos cosas análogas con diferentes 
nombres. Poco a poco una se refundió en la otra, y, se con- 
sumó la sustitución de títulos. Es, pues, el Teatro Rioplaten- 
se quien convirtió la Milonga en Tango y dió a éste perdu- 
ración y fama. 

Ningún otro antecedente ni circunstancia pudieron inspi- 
rarla; la Milonga no tiene ascendiente que le haya trasmitido 
su estructura y su técnica, es netamente nuestra; el Tango 
nunca existió en forma de danza, en ninguna parte, pues el 
“tanguito” antillano, único en el mundo, son unos pasos bre- 
vísimos que nada tienen que ver con nuestro Tango, o sea, 
con nuestra Milonga. 

Su música inspirada en la africano-cubana, fácilmente se 
transformó en un arte expon taneo propio, cuya brevedad téc- 
nica e injenuidad armónica fué ampliada y fijada por los pro- 
fesionales de la pauta, mejorando hábilmente la versión “aca- 
démica” sin descaracterizarla, lo que no sucede siempre. 



148 


GOSAS DE NEGROS 


Podría publicarse un respetable volumen con los supuestos 
oríjenes del Tango, descubiertos por nuestros cronistas y los 
de todas las lenguas mas o menos “vivas”. No quedaría un 
solo rincón de la tierra sin citar. 

No faltó un criollo que asegurara la verdad, diciendo que 
se trataba de la Milonga montevideana con otro nombre, pe- 
ro, era demasiado nuestro para tomarlo en cuenta, y no se 
concebía estar en desacuerdo con “los mas notables cronistas 
extranjeros”. 

Francamente no vemos lo “notable” si éstos mismos en des- 
acuerdo entre sí recorrían todo el globo terráqueo con la 
imajinación; solo vemos el viejo sistema con que se ha bas- 
tardeado toda la historia, de inventar versiones con el único 
objeto de citarse mutuamente y formarse supuesta “autoridad 
en la materia”. 

Los chiflados de puritanismo clamaron que el Tango fué 
creado por la Sensualidad, cuando lo cierto es que ésta lo 
tomó para vehículo de sus artimañas usuales en las clases 
cultas . 6 

En Montevideo no se cultivó el Tango en el pentágrama; 
la producción porteña suplió esa falta. No olvidaban los 
orientales que aquello era su Milonga, de mascarita bajo 
otro nombre; y esa indiferencia fué la primera concesión de 
arjentinidad. 

No faltaron inspirados compositores uruguayos, mas tu- 
vieron que trasladarse a la banda occidental, y allí se distin- 
guen honrosamente entre los inspirados del Tango, que cuenta 
hoy con innumerables consagrados en el manejo de sus me- 
lodías y con un formidable repertorio. 

Las descripciones del “baile con corte” en las confidencias 
de los salones familiares, hacían brincar en la imajinación 

« Fué Leopoldo Lugones uno de ellos, quien definiera al tango como 
“reptil de lupanar, tan injustamente llamado argentino en los momentos 
de su boga desvergonzada”, El Payador, Bs. As., 1916, pág. 117. Más afian- 
zada y certera podríamos considerar la palabra de Jorge Luis Borges para 
quien la misión del tango es: “dar a los argentinos la certidumbre de 
haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y 
el honor”. Obras Completas, Evaristo Carriego, Emecé, Bs. As., 1955, 
pág. 149. 



EL TANGO 


149 


aquellos endemoniados oficiantes de la Terpsícore prohibida 
que tal tentación echaban sobre la sociedad. 

El Teatro Rioplatense la animó a probar el insinuante 
bailable, después de largo y constante éxito en sus escenarios; 
y bajo el seudónimo de Tango se introdujo la Milonga en 
las tertulias íntimas familiares de buen tono, en las dos ban- 
das del Plata. La bailaban con elegancia y compostura, supe- 
rando los efectos de toda danza exótica. 

Es ley inalterable que las cosas del pueblo, aun las del 
“pueblo bajo”, acojidas a evolución, entren un inesperado 
día a triunfar en las “altas esferas”, que no pudiendo sus- 
traerse al atavismo orij inario reciben al huésped con ances- 
tral cariño de, familia. Al entregarse la Milonga al pentágrama 
y dársele asiento en el cónclave del alfabeto musical bajo el 
nombre de Tango, pasó a la sociedad con un ritual al que 
podían acudir sin ponerse colorados, la niña boba y el joven 
sonso. 

Ciertamente, sus figuras se suavizaron, se sometieron a las 
buenas formas que la cultura exijía, y de allí surjió la revela- 
ción de su belleza y estética que produjo en Europalandia 
“el delirio del tango”, un ensueño del movimiento descono- 
cido en el tablado de Terpsícore. Así pudo justificarse entre 
nosotros el Tango cuando no se hacía Milonga. Solo en el 
suburbio aquél continuó siendo ésta. 

Entonces instalaron en Buenos Aires “academias de tango” 
algunos criollos e ítalos, improvisados “maestros” envainados 
en yaqués o smokins, pues estas academias tenían carácter 
social distinguido, ocupando salones centrales de lujo que 
habrían hecho filosofar hondamente a los compadritos de la 
“San Felipe”. 

El “corte” y la “quebrada”, figuras fundamentales, fueron 
fraccionadas en otras muchas con terminolojía especial , 7 a 

7 Junto a las figuras del tango —el corte, la media luna, el ocho, el 
volteo, la rueda, el medio corte, la marcha, el cruzado— se destaca la ini- 
cial, el paseo, y sus variantes (el paseo de lado, el paseo con golpe). 
Cf. Daniel Devoto, ob. cit., pág. 27. 

Carlos Vega sostiene que “coreográficamente, el tango es un hallazgo". 
La coreografía del tango. El origen de las danzas folklóricas, Ricordi, 
Bs. As., 1956, pág. 198. En otra letra de tango encontramos: "Así se corta 
el césped mintras dibujo el ocho, / para estas filigranas yo soy como un 



150 


COSAS DE NEGROS 


los efectos de darle progresión, duración y carácter al curso 
de lecciones, al yaqué y al smokin. 

En Montevideo no hubo salones - escuelas, porque la so- 
ciedad conocía demasiado de cerca la jenealojía del Tango, 
al que únicamente atendía en privado. Nunca habría fre- 
cuentado academias que fatalmente le recordarían las de los 
suburbios de la ciudad. Y esta reserva injustificada, puesto 
que en el tango social se esfumaban las licencias milongue- 
ras, no pudo anularla ni la aceptación entusiasta que le 
dispensó la aristocracia europea mas terca y rancia. 

A esta altura de su actuación, no solo han aleteado en los 
salones del Plata sus notas acariciantes, sinó que, llevado 
silenciosamente por la sociedad porteña se introdujo con toda 
facilidad en los europeos. 

En Enero de 1907, durante una fiesta oficial en Rio Ja- 
neiro, en honor del ex - presidente arjentino señor Roca, gra- 
ves personajes y damas brasileras bailaron la Machicha, y 
nada menos que la muy orillera “Ven aca mulatal”, lo que 
animó a varias señoritas allí presentes, de regreso de Francia, 
a bailar un tango. 

Eso hizo reflexionar muy juiciosamente en 1913 a un 
cronista nuestro, testigo presencial: “Como las señoritas a que 
me he referido formaban en la alta sociedad de Buenos Aires, 
puedo, pues, afirmar, que hace cinco años el Tango ya había 
emprendido su marcha hacia París”. 

Esta sospecha la confirmó el desarrollo de los sucesos. La 
aparición de una danza popular sudamericana cundió como 
novedad por los salones de la sociedad parisiense, paulatina- 
mente; en esos momentos la sujestión radicaba tan solo en 
su música; pero los entusiastas supieron que existía un ritual 
autóctono de indefinibles emociones, y exijieron ser iniciados, 
motivo de sobra para que por arte de encantamiento sur- 
jieran “academias de tango” bajo la dirección de polacos, 
rusos y algún francés, en las que por referencias se hacía un 
tango arjentino . 


pintor. / Ahora una corrida, una vuelta, una sentada, / ¡así se baila un 
tango. . . un tango de mi florl". Marvil y Elías Randal, "jAsí se baila el 
tango", en Libro de Oro del Tango, recop. Nolo López, Edit. Caymi, 
Bs. As., 1954. 



EL TANGO 


151 


Cuando llegó la noticia nos costó creerla; estamos habitua- 
dos a que nos menosprecien. Dejamos pasar sobre ella muchos 
meses, como de costumbre, debido a nuestra retardada per- 
cepción de lo especulativo, hasta que algunos criollos arjen- 
tinos se animaron a cruzar el charco; y llegaron a París; y 
plantaron allí sus toldos en plena “societé", bajo los auspi- 
cios espirituales del negro rioplatense, presente en la “dési- 
derable" danza que por fin enseñaron en Francialandia aque- 
llas “academias de tango dirijidas por profesores argentinos". 
Y en las entradas de ellas, cual si fueran tiendas de hechi- 
ceros indios que distribuían amuletos de felicidad, se aglo- 
meró, se apretó la sociedad distinguida de la gran ciudad 
latina, por querer entrar todos primeros, para obtener la 
transmisión de los secretos del “délicieux Tangó". 

El clásico último recinto de la Milonga, la “Academia 
San Felipe" de Montevideo, estaba ubicado al lado del fa- 
moso “Cubo del Sud" (que tan repetidas veces hemos citado, 
con muy justificados motivos), sobre la misma orilla del 
Plata salado, y desde él se dominaba la línea del horizonte, 
ruta de ida y vuelta de las naves de todas las banderas del 
mundo. La Milonga ha estado contemplando durante mu- 
chos años aquel tráfico, sin soñar que pudo llegar para ella 
el momento de cruzar embarcada esa misma línea, contem- 
plando con emoción desde aquel horizonte la difusa silueta 
del “Cubo del Sud", en cuyas proximidades imajinaba el 
galpón de sus triunfos, abandonado y silencioso. 

Y apareció el Tango en París, en el mercado de las danzas 
propias y ajenas; la exportadora del baile y sus ritos “a 
tout vent". 

Y si París creyó que iba a reirse de “un baile de negros", 
se equivocó lamentablemente, por que el negro siempre “ha 
reído el último". 

El Tango, como buen criollo compadrón y astuto, se dió 
cuenta en el acto del ambiente y derrochó allá sus millones 
de sensualidad, de animalidad oliente de carne tibia y sedosa; 
mareó a los asombrados parisienses con sus deliciosos des- 
perezamientos de hembra mimada; y sus notas de extraña 
sujestion hicieron pases magnéticos en cerebros, almas y ner- 



152 


COSAS DE NEGROS 


vios, que habían creído agotadas todas las sensaciones que 
alegran la existencia sin malgastarla. 

No hay recuerdo de un triunfo mayor de un bailable en 
la “ciudad - luz”, ni en las otras del viejo mundo que se 
apresuraron a pedirle visita al tentador viajero. 

Siendo Milonga y Tango una misma cosa, en el capítulo 
dedicado a la primera describimos el pontifical que corres- 
ponde a éste. 

Tápese el espectador los oidos en presencia de cualquier 
bailable, y le parecerá el salón una pista de locos alegres, 
pero si es Tango, aunque no oiga percibirá el ritmo en el 
compás gráfico de su música que surje del contorsionismo de 
las parejas. 

El Tango es para unos su primera copa de alcohol, y para 
otros un cisne de empolvar que les caracolea por todo el 
cuerpo sobre la piel. Domina en todas partes donde se 
presenta, por que su melodía y su proceso palpitan en los 
sentidos del que lo contempla y en el físico del que lo 
baila, rozando instintos rebeldes. 

En el estiramiento social es una hermosa hipocresía, tiem- 
bla como la mano delincuente que va a echar veneno en una 
copa. En libertad, se desliza como el tigre que va a caer sobre 
la presa, con igual cautela, con las mismas flexiones. En el 
terreno de los recatos anda con la medida confianza del ciego 
sin guía. 

No es sensual ni melancólico, es vehemente y soñador. Su 
música es ansiedad y alegría bajo un velo de aparente que- 
jumbre que la hermosea. Todas las danzas, todas las músicas 
insinuadas por el hombre negro tienen esa característica; tan 
amargo fué su destino, que por sobre sus saltos, cantos y risas 
flotó siempre un vaho de dolor. 

Caricia y agresión, eso es el Tango. 

Su único secreto, saber interpretarlo. 

Anotamos ya que la Milonga nunca tuvo letra, y que algu- 
nas de las mas popularizadas la obtuvieron de la musa ori- 
llera, sin autorización de su Academia. 

En esa letra no intervino la bajeza romantizada ni la sen- 



EL TANGO 


153 


sualidad llorona, proverbiales en los tangos actuales. La musa 
orillera se distinguió por su moderación e ironía festiva, el 
amor no escapaba a sus bromas y en ningún momento fué 
tomado en serio; solo en la dura prosa de los hechos el ori- 
llero exponía su vida en singulares duelos, por la mas pasa- 
jera predilección hacia un ser que para él era “mujer” y 
nada mas. 

Una muestra de la versificación orillera montevideana se 
impone, y ella nos demostrará sus injenuas y prudentes ex- 
presiones, y su corrección rímica, poco común en la musa 
tanguista. 

Cierta noche la batería de percusión de Lorenzo anunció 
con gran estrépito una nueva milonga, y apareció colgado 
de la baranda del palco orquestal un cartón con el título: 
“Emad le Elaniru”. Naturalmente, todos se preguntaban qué 
quería decir aquello, que solo parecía el nombre árabe de 
algún “ilustre atezado” papá de los hispanos; Lorenzo reveló 
el secreto aconsejando: “Lean al reves”. 

Como se ve, la frase aunque inconveniente no es obscena, 
y es común en los hogares en boca de los niños, con el inte- 
resante detalle de que “urinale” está en patuá yacumino, 
para disimular esa palabra aun con no ser usual entre noso- 
tros, que tenemos varios otros sinónimos para distinguir ese 
útil casero. Precauciones todas que demuestran la discreción 
orillera, bien libre de usar la crudeza que se le antojara en 
su medio desbocado e inculto. 

La música de esa milonga cayó en gracia y se popularizó 
mediante la letra que le aplicaron los verseros anónimos del 
Bajo, tomando de tema un supuesto conflicto conyugal : 

“Señor comisario 
deme otro marido , 
porque este que tengo 
no duerme conmigo.” 

“Señor comisario 
esa mujer miente, 
cuando yo me acuesto 
ella no me siente.” 



154 


COSAS DE NEGROS 


Y esta fué la causa de que “Emad le Elaniru”, que no se 
avenía con la pronunciación criolla, perdiera aquel título 
para llamarse “Señor comisario”. 

Otra milonga de la misma época (1886) fué “Pejerrey con 
papas”, plato desconocido o por lo menos nunca presentado 
así, verdadera ocurrencia de la picardía orillera. También 
obtuvo letra, y cita a la mujer en el carácter que dejamos 
anotado: 

“Pejerrey con papas, 
botifarra frita; 

(otro plato desconocido, pues jamás se ha freído ese comes- 
tible; necesidades del consonante) 

la mujer que tengo 
nadie me la quita”. 

Es posible tropezar con una zafaduría, pero, ni pornográ- 
fica ni llorona. 8 

La musa orillera montevideana limitó sus alusiones sobre 
la mujer a la de su propio ambiente. Nunca lloró amor 
ni desvíos. °Fué particularmente bromista e invariablemente 
alegre. Discreta siempre, aun en licencias inevitables en su 
medio y proverbiales en la musa tanguera porteña. 

No pasó del octosílabo y de las cuatro líneas, que nunca 
necesitó mas la inspiración popular para expresar bien su 
iñtención y deseos. 

El desengaño, el desprecio, las ansiedades del deseo, la 
infidelidad, no aparecen en la versificación de aquel suburbio, 
pues eran asuntos que el compadrito resolvía a su manera, 
personalmente y no con versos. Así se implanto el inexorable 
“duelo criollo”: absoluta reserva, sin testigos, a cuchillo y a 
muerte. 

En el proceso evolutivo complicado y laborioso de la his- 
toria en el Plata, es difícil no tropezar con la influencia, 

8 Al tratar una “Vindicación del 1900”, Jorge Luis Bprges dice: “Hay 
una diferencia fundamental entre las milongas antiguas —el Pejerrey con 
papas, digamos, de la Academia Montevideana— y las milongas de sabor 
arqueológico que ahora se elaboran: las de ayer expresaban una felicidad 
posible, inmediata, las de hoy, un paraíso perdido'* (en Revista Saber 
Vivir, Bs. As., año V, núm. 53, pág. 45). 



EL TANGO 


155 


directa o indirecta, de la banda Oriental, y sin embargo, por 
trascordadas, confundidas o cedidas, el pueblo Uruguayo 
pierde tradiciones e iniciativas históricas. 

La investigación folklórica rioplatense nos revela con fre- 
cuencia características conservadas en las costumbres, lenguaje 
y artes del Plata, que son de orijen uruguayo y de fama 
arjentina. Nunca los orientales tomaron en cuenta esa com- 
binación que tanto los favorece, por carecer de medios de 
propaganda para sus iniciativas, y de elementos intelectuales 
que se molesten a demostrarlas y valorarlas con la dedicación 
y el entusiasmo de sus hermanos occidentales. 

El Tango es conceptuado “arjentino” en el extranjero por- 
que arjentinos fueron los que lo exportaron, y como conse- 
cuencia de esa ciudadanía se hizo lejítimo rioplatense: nacido 
en Montevideo y bautizado en Buenos Aires. Naturalmente, 
no ha podido eludir modalidades que caracterizan su arjen- 
tinidad, como su tendencia quejumbrosa, a veces fúnebre; sus 
versos, llorones o pornográficos; su música ambulando, en 
exceso de inspiración, unas veces por la pisoteada senda de 
la romanza, otras por los yuyales de la gavota, y hasta gan- 
goseando salmos relijiosos. 

La letra 9 vivaquea en los alrededores de los conventillos, 
llorando amargamente el destino de algunas de sus jóvenes 
inquilinas, o por las calles, en románticas lamentaciones tras 
la mujer lijera; solloza en las mesas de los cabarets en senti- 
mental coloquio con el alcohol para olvidar su indignación 
por la obrerita engañada; todo en vocablos guarangos o con 
el lenguaje transitorio del argot del malevo, que no se atrevió 
a usar el compadrito de la Academia montevideana cuando 
versificó. Ni una palabra alegre, nada que lleve a la cara un 
pliegue de sonrisa; todo es seriedad necrolójica, aflicción sen- 

9 Para una visión completa del temario surgido sobre las letras de 
tangos, véase Tulio Carella, especialmente sus capítulos XII al XIV de 
Tango , págs. 111 y sigts. También en una Pequeña Historia del Tango, 
Borges hace filosofía personal sobre el corpus poeticum del mismo. Cf. 
Obras Completas, págs. 158 y sigts. La amplitud parcial —que nos da 
firmemente una idea de las numerosas clasificaciones del contenido— y más 
actualizada puede verse en Juan Carlos Lamadrid, “El tango, sus poetas 
y sus cantores", en La Prensa, Bs. As., 9 de agosto, 1953. 



156 


COSAS DE NEGROS 


sual o hipo perpetuo de opa melancólico. [Véase nota 25, 
en pág. 277.] 

La orijinalidad sacrificada con frecuencia a las imitaciones 
por apremio de lucro, ha sido causa principal de esa desvia- 
ción bien palpable dentro del jénero milonguero, y que clasi- 
fica al “tango arjentino”. 

No desconociendo esta evolución, es que sus compositores, 
con encomiable honestidad, han titulado “tango - milonga” al 
que conserva el ritmo clásico académico orijinario. 

La Milonga fué creada por la alegría, instituyendo una ma- 
nera de divertirse a base de habilidad imajinativa y física; 
creación del negro, ofrecía en ella su idiosincracia moral y 
espiritual. 

El Tango, con iguales medios, se entregó a la trata del amor 
como ájente sensual; fué la innovación del blanco. 

A veces asoma entre el ropaje de brillazones de éste la fiso- 
nomía sonriente de aquella, como flor caída en un remanso. 

La Milonga fué varonil, por su continencia; el Tango es 
tilingo, por su erotismo. 10 


10 Tilingo, del araucano “telenque", “telengue"; retardado, tembleque, 
sonso, Rossi, Folletos Lenguaraces, 6, pág. 13. En lengua mandinga, 
talango es campana y así en las Antillas, tilingo es denominación de 
‘“campanilla". Como americanismo está muy difundido y figura en al- 
gunos diccionarios, por “ñoño, ridículo" (Malaret); “persona simple y 
ligera, que suele hablar mucho para decir tonterías” (Segovia). 

Cf. Granada, Santamaría, obr. cit.; Eleuterio Tiscornia, La lengua 
de u Martin Fierro”, Bibl. Dialectología Hispánica, III, Bs. As., 1930; 
Emma S. Speratti Piñero, “Los americanismos en Tirano Banderas ", 
Revista Filología, Inst. de Filología Románica, Fac. de Fil. y Letras de 
la Univ. de Bs. As., año II, núm. 3, sept. - dic. de 1950, pág. 287. 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


El Tango en la conquista de Europa. Anotación sintética. — Su obra 
cultural como delegado rioplatense. — La "arjentinidad" del Tango 
negada por arjentinos que protestan contra él. Los apuros que 
pasaron algunos de ellos. No prosperan la negación ni la pro- 
testa. — Adaptación europea del Tango. La moda femenina fa- 
vorece su rápido triunfo. El "vestido- tango”. — En Francia. El 
Tango en la Academia de los Inmortales. La palabra de un crí- 
tico máximo lo enaltece. Una enquete periodística sin precedentes. 
— En Inglaterra. "The Times” inicia una sensacional polémica. No- 
bleza y aristocracia se someten a un plebiscito en que triunfa 
plenamente el Tango. Los fumaderos de Tango. — En Italia. Los 
reyes no aceptan esa danza; la nobleza no los secunda. El clero 
anatematiza. Serios apuros para la Santa Sede, que por primera 
vez en la historia de sus vetos sociales, es desoída y se rectifica. 
Aplazamiento del "augusto” Consistorio. Consulta a los "altos” 
cónclaves vaticanescos. Pío Diez da audiencia al Tango, luego en- 
saya una treta y le fracasa. — En Alemania. El Tango resiste las 
órdenes dictadas contra él por don Guillermo Segundo. En Ba- 
viera. Como se cumple una orden no cumpliéndola. Conquista de 
las empedernidas conservadoras ciudades sajonas. — En Austria. — 
En Rusia. Jehová en todas partes. — En Estados Unidos. Una 
anécdota. — Porqué triunfó nuestro negro en el extranjero. — En 
la Gran Guerra. 

Campechano y risueño, como buen negro criollo, sin un pelo 
de sonso, el Tango elijió a París centro .de sus operaciones; 
la ciudad-alegría, donde se goza de la vida en todo cuanto vale 
y todo cuanto puede; donde la sonrisa del placer amansa al 
beduino, soborna al nazareno e iguala a negros y rubios. 

“Llevado por manos blancas", dice un cronista nuestro, refi- 
riéndose a la sociedad femenina porteña que lo condujo a 
París, donde privadamente lo acariciaron entre tapices, muebles 
y marquetería de un lujo para él desconcertante, por lo que 



158 


COSAS DE NEGROS 


no pudo trascender su belleza sinó mucho tiempo después, 
cuando nuestro pueblo envió sus delegados fangueros. 1 

Sin pretensiones hizo sus arrastres en las modestas cantinas 
populares, que prendadas del forastero reclamaron su presen- 
cia noche a noche. Corrió por la ciudad la buena nueva, y 
otros recintos de mayor categoría le hicieron proposiciones 
ventajosas, incorporándose como número sensacional en los 
music-halls y cabarets donde se distraía la jente distinguida. 

El tiempo había transcurrido y se estaba ya en 1912. Nuestro 
negro triunfaba cada día mas, no ya solamente en París, en 
todas las ciudades de Francia y de los países vecinos. 

En 1913 preocupaba a Europalandia intensamente; era un 
problema arduo sobre una cuestión soberanamente nimia, que 
distraía todas las fuerzas sociales, políticas e intelectuales de 
aquellos estados. 

Ocasionó una conmoción jeneral increible: Enquetes perio- 
dísticas selectas y trascendentes; reuniones extraordinarias aris- 
tocráticas en plebiscito; fundación de “bailes-tango” (estilo 
disimulado o europeizado) y fumaderos de tango (estilo acadé- 
mico montevideano). 

Conmovió reyes, emperadores, príncipes, prelados y toda la 
casta del privilejio hereditario del decrépito continente. 

En 1914 rayó en delirio el dominio de nuestro impagable 
negro en aquellas sociedades, descendientes de las que un día 
ya olvidado ataron su antecesor africano a la pesada cadena 
de la esclavitud. No pudo ni soñarse una venganza mas refi- 
nada y mas divertida; todos presentían que el negro se ocul- 
taba en los jiros irresistibles de aquella danza-sujestión, pero 
los intelectuales que en estos casos son consultados y suelen 
padecer debilidad endémica de erudición palaciega, se aventu- 
raron a galopar tras el orijen de ella, firmemente empeñados 
en descartar al negro, después de servirse de él, como siempre; 
y citaron a los tebanos, asirios y caldeos, babilonios y lacede- 
monios; acarrearon coincidencias admirables con los mano- 

1 Muy documentado y con aclaratorias notas sobre este asunto puede 
verse de Miguel D. Etchebarne, “París y el Tango Argentino", en La 
Nación , 20 de oct. de 1957. También las palabras de R. B. Cunninghame 
Graham en su artículo El tango argentino. El Rio de la Plata, Bs. As., 
1938, 2* ed. 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


159 


seados ejipcios, griegos y romanos; saludaron a sus mayores 
los bárbaros del Norte; evocaron el Asia misteriosa con sus 
bayaderas y fetiches; finalmente, hicieron metafísica, último 
recurso intelectual para demostrar cómodamente lo que no 
se sabe, no se puede o no se quiere demostrar. 

Digna de un gran libro de color, sistema oficial europeo, 
es la campaña política, social y pedagógica, sin precedentes 
en la historia, suscitada allá por, la Milonga de los negros y 
compadres del suburbio montevideano. 

La prensa rioplatense recibía los ecos de aquel inusitado 
movimiento, con la consiguiente sorpresa, pues ella ignoraba 
los méritos del Tango, y aunque lo conocía a éste no le era 
simpático. Nunca se supo por cual misterioso sortilejio, las 
cinco letras de aquel breve vocablo africano, campearon desde 
entonces en el lugar sagrado que con fanatismo indú se reser- 
vaba para el innocuo “editorial” o “artículo de fondo”. 

Vamos a exhumar algo de aquella época, hoy curiosa y 
amena evocación, en que nuestros pueblos hicieron interna- 
cionalismo, “confraternidad” y “expansión cultural” con las 
contorsiones de su negro, sentando el peregrino precedente 
de que son mas eficaces “cosas de negros” que protocolos de 
blancos. 

La historia de la representación diplomática rioplatense 
en el extranjero se encierra en una vieja carpeta, y la com- 
ponen pagarés suscritos por nuestros patrióticos gobernantes, 
con la garantía de la nación , que para ellos es “cosa de 
negros”, y anotaciones comerciales con las que nuestros 
eminentes estadistas “impulsan la exportación” para. . . en- 
carecerle la vida al manso Juan. Hasta hoy la carpeta, o mejor 
dicho, la historia es la misma, quizá porque tampoco ha 
cambiado Juan. 

Nadie, absolutamente nadie sabe en Europalandia nuestra 
posición jeográfica; la prensa nunca da un informe sobre 
nosotros, como si no existiéramos; el telégrafo solo trasmite 
de allá para acá; ningún intelectual nos conoce bajo ningún 
aspecto que nos favorezca; nada de América figura en los 
programas de enseñanza. Solo las dos o tres empresas que 
explotan el servicio telegráfico saben que . . . pagamos muy 
bien y en buena moneda; también los sórdidos editores ase- 



160 


GOSAS DE NEGROS 


guran que somos... gran mercado para sus libros. Toda 
noticia sensacional que se nos relacione es para Europalandia 
“cosas de negros”, (no olvidan que colonizaron con negros, 
y, nuestros intelectuales, con admirable estoicismo le cantan 
a “la raza”...) Con que... ¿cosas de negros? y allá fué la 
Milongal 

"Sería una injusticia negar que el Tango, el gran delirio actual de 
toda Europa, tiene una marcada influencia educadora; en los últimos 
seis meses la gran masa del público se ha familiarizado con el nom- 
bre y la posición jeográfica de la República Arjentina, mas ampliamente 
que con todo lo que hasta entonces habían podido enseñarle años y 
años de informaciones sobre ferrocarriles y cosechas. El Tango es, pues, 
la última forma de penetración pacífica con que la República Arjentina 
está conquistando al Viejo Mundo”. 

Esto nos decía un corresponsal inglés, desde Londres, 
en 1914. 

Una década después les enviamos el Box, el Football y el 
Polo, aumentándoles notablemente sus conocimientos jeográ- 
ficos de América, y algo mas que ni soñaban; de donde se 
deduce que los educamos por el sistema que ellos inventaron 
cuando civilizaban... negros: a trompadas, patadas y palos. 

La “arjentinidad” del Tango tuvo sus impugnadores; fué 
un caso curiosísimo; eran arjentinos de figuración social^ 
intelectual. Encabezaba la protesta el representante diplo- 
mático ante el gobierno de Francia, señor Enrique Rodríguez 
Larreta. Rechazaron indignados la “arjentinidad” del Tango, 
en varios diarios ingleses y franceses. 

El cronista londinense anotó en esos momentos: 

A la Europa sorprendida ha dicho don Enrique Rodríguez Larreta, 
el ministro arjentino en Paris: “El Tango es en Buenos Aires una dan- 
za privativa de las casas de mala fama y de los bodegones de peor 
especie. No se baila nunca en los salones de buen tono ni entre per- 
sonas distinguidas. Para los oídos arjentinos la música del Tango des- 
pierta ideas realmente desagradables. No veo diferencia alguna entre el 
tango que se baila en las academias elegantes de París y el que se 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


161 


baila en los bajos centros nocturnos de Buenos Aires. Es la misma 
danza, con los mismos ademanes y las mismas contorsiones. 

Querían demostrar que aunque procedía de Buenos Aires, 
era allí un aparecido nada grato y no un nativo. 

Algunos pasaron serios apuros, pues al ser presentados como 
arjentinos en reuniones y salones ya monopolizados por el 
Tango, fueron recibidos con grandes manifestaciones de ale- 
gría, e invitados por las mismas damas a demostrar práctica- 
mente las bellezas de la sujerente danza que nadie mejor que 
ellos debían conocer; y tras el consiguiente momento de con- 
fusión, se repetía la negación de arjentinidad y la manifes- 
tación categórica de que era “danza de barrios bajos que ellos 
jamas habían bailado”. 

Entre muchos casos hubo uno en que actuó cierto escritor 
teatral. Presentado en un salón aristocrático donde, como en 
todos, se rendía honores al Tango, fué asediado por las mas 
hermosas jóvenes, que le solicitaron insistentemente les ense- 
ñara a bailar el verdadero “tango arjentino”, que suponían 
todavía mejor que el muy delicioso que ya conocían; el hom- 
bre cayó en esa asfixia que en buen rioplatense se llama “aba- 
tatamiento”, 2 y cuando pudo respirar protestó del Tango, 
“que solo conocía de nombre”, pues “era danza de lupanares”. 
Cuenta el informante que esa declaración ex-abrupto produjo 
un enfriamiento jeneral, y durante esa noche solo se bailó 
Maxixe, el tango del suburbio brasilero. El aludido no objetó 
nada a esa supuesta enmienda. Calcúlese su confusión, que 
siendo autor en el Teatro Rioplatense había olvidado que el 
Tango era su colega y paisano. 

Fué la negación de san Pedro la de los impugnadores 
aquellos. Debieron situarse al nivel de las circunstancias crea- 
das por el concenso de las altas clases sociales al honrar nues- 
tra danza con su preferencia. “Baile de bodegones y de lupa- 
nares” era cita fuera de lugar y de tono; aquellas sociedades 

2 Abatatarse que el mismo Rossi nos da como sinónimo de achatarse 
(aplastar). Cf. Folletos Lenguaraces , 3, pág. 22. También turbarse 

como trae Secovia o bien avergonzarse, asustarse como registra Antonio 
Dellepiane, El idioma del delito. Amoldo Moen, ed., Bs. As., 1894, 
pág. 57. 



162 


COSAS DE NEGROS 


al adoptarla y adaptarla bailaban su “tango”, que no era 
oportuno objetar despectivamente. Tales predilecciones des- 
precian concomitancias y procedencias, y esa vez no fué una 
excepción. 

Richepin sentenció en aquella oportunidad: “Juzgar una 
danza por su orijen, tanto valdría juzgar cualquier nobleza 
por el suyo”. 

La estirada aristocracia londinense y la divertida “elite” 
parisiense, no tomaron en cuenta protestas ni oríjenes; con- 
ceptuaron aquellas injenuas y éstos mas encantadores cuanto 
mas sospechosos. 

La “arjentinidad” del Tango, que se había fundado muy 
lojicamente en la nacionalidad de sus introductores, se ase- 
guró mas por la de sus impugnadores, que para rebatirlo 
demostraron conocerlo. 

La descripción en pocas palabras que hizo el señor Larreta, 
demostraba que conocía la técnica milonguera y que ha tro- 
pezado con ella en el extranjero, sin duda por obra de la 
casualidad: En la academia parisiense donde contempló el 
Tango, ha debido bailarse con bastante “corte” y “quebrada”, 
estilo que allí se cultivaría para la clientela que así lo exijía, 
y que acudía ansiosa de aquellos deliciosos momentos lejos 
de continencias molestas; pero es bien sabido que no fué 
esa la forma en que se bailó el Tango en Europalandia: En 
evoluciones y voltejeos llenos de gracia y fruición, se conden- 
saron “corte”, “quebrada” y “arrastres”, las víboras amena- 
zantes que nuestro negro burlaba con su jimnasia circuns- 
tancial, estaban allí domesticadas por la flauta májica de la 
mujer parisién. 

El cronista inglés supuso: 

Tiene que haber una diferencia radical entre el tango que se baila 
aquí y el que se baila en Buenos Aires, según lo describe el señor 
Larreta, pues es extraordinario el frenesí que ha provocado en Ingla- 
terra. Desde el hotel londinense mas aristocrático hasta el mas humilde 
cine de provincias con su “te - tango” de seis peniques los sábados, pue- 
den contarse seguramente a millares los que han sido picados por esa 
“tarántula tropical”, como la llamó Jules Claretie en un fulminante 
anatema. 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


163 


El “Morning Post”, órgano de la aristocracia inglesa por 
excelencia, y como es lójico, lleno de prejuicios y hosquedad, 
se digna ocuparse de nuestra Milonga durante una temporada,, 
y opina: 

El Tango tal cual lo bailan los ingleses, es petulante mas bien que 
apasionado, y tan blando y melifluo como una rama de oxiacanto 
mecida por la brisa del Oeste. No tiene nada que ver absolutamente 
con el erótico arrastre en parejas de que hablan a media voz los que 
han viajado por América. 

Tampoco estaba de acuerdo, como se ve, con el señor 
Larreta. 

La moda del vestir femenino en aquel entónces, prescribía 
pollera larga que solo por accidente dejaba asomar las puntas 
de los pies, y muy ceñida, lo que hacía caminar a las mujeres 
como maneadas. 

Un modisto de París creó en tal oportunidad el “vestido- 
tango”, que tuvo la mas ruidosa aceptación. Permitía separar 
con mas libertad los pies, pues se había aflojado hábilmente 
la manea, dándole a la pollera un aspecto de chiripá que se 
adhería a las formas fácilmente. 

Los compadritos rioplatenses solían adoptar una pose carac- 
terística cuando estaban parados, exactamente la misma que 
el vestido ceñido obligaba a las damas de aquella época, pose 
de figurín de revista de modas, ¿quien no la conoce?, comple- 
mento sujerente de aquellos vestidos-mallas e insospechado 
acercamiento a los jenuinos maestros tangueros. 

Por eso un periodista de orijen montevideano, al servicio 
de un rotativo porteño, en París, decía en aquellos dias de 
intensa conmoción tanguista europea: 

Habíamos estado en la avenida de las Acacias cuyas aceras estaban 
muy concurridas, cuando mi compañero me llamó la atención hacia una 
mujer joven hermosa, con un traje que le envolvía las piernas como 
exiguo chiripá. Después de observarla un instante, mi amigo y yo nos 
miramos asombrados: No había duda! aquella apuesta muchacha imita- 



164 


COSAS DE NEGROS 


ba en el paso, medio en puntas de pies, en el encojimiento de los 
hombros, en su empaque y sus andares, los modos característicos de 
nuestra plebe orillera. 

El Tango halló en esa circunstancia su oportunidad; hasta 
la moda lo favorecía para encantadores disimulos, pero no 
para el contorsionismo de su técnica típica. 

La crítica lo atestigua: 

Es dudoso que los arjentinos reconozcan la revisada versión de su 
baile; puede decirse, honestamente, que es esencialmente lento y gracio- 
so. El verdadero carácter de ese baile prohíbe a los danzantes estrecharse 
demasiado, y su principal función es hacer lucir el vestido y los graciosos 
movimientos de la dama. 

Y el informante ingles agrega por su parte: 

Los modistos parisienses marchan a la par de los sucesos. Demostra- 
ron su fino olfato para descubrir el triunfo del Tango en perspectiva 
cuando, desde el primer momento, lanzaron una multitud de modelos 
con variados “trajes - tango”. Después dieron un paso mas: han abierto 
salones de Tango anexos a sus exposiciones. Algunas casas dan “tes- 
tango”, a la tarde, una o dos veces por semana, e invitan a su clientela 
a esas fiestas, en las que las modelos ataviadas con las últimas crea- 
ciones de “estilo tango”, y que, como es natural, son las mejores tan- 
guistas del establecimiento, se pasean por entre las invitadas exhibiendo 
los artículos de la casa y bailando el Tango cuando se las invita a ello. 
Se dice que esta innovación está dando excelentes resultados prácticos, 
porque, ¿qué mujer puede resistirse a comprar artículos tan brillante- 
mente puestos ante sus ojos? 

Fouquieres, cuando consagró al Tango en París, aseguró 
que el mayor de sus méritos era su armonía con los ceñidos 
trajes de moda en las damas, lo que explicaba en parte su 
inmenso éxito. 

Sin embargo, la mala atmósfera levantada por pudibundos 
y conservadores, dió motivo a grandes discusiones y consultas 
en los centros intelectuales, sociales y oficiales, que dieron 
actualidad inmensa a nuestro bailable. 

En esos momentos nos comunica la crónica londinense: 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


165 


“La controversia que ha desencadenado el Tango, es realmente la 
cuestión mas notable que los círculos mundanos han discutido hasta 
hoy. Es una cuestión que ajita a un tiempo a Londres, a Nueva York, 
a París, a Berlín y a Roma. Los monarcas proscriben al Tango, los 
prelados lo reprueban, y, entretanto pululan los “tes - tango", las “cenas - 
tango" y los “concursos - tango". 

Corría Octubre de 1913. 

Un rumor que al principio se creyó broma resultó realidad: el gran 
poeta Jean Richepin concurriría a la solemne sesión pública anual de 
las cinco academias, como delegado de la Academia Francesa, y disertaría 
sobre el Tango! 

La Milonga bajo la cúpula de los “inmortales”! La com- 
padrada mas refinada del orillero montevideano, ante cinco 
infalibles academias en su única solemne tenida magna! . . . 

Hijo de una “academia”, el Destino irónico y mordaz intro- 
dujo al Tango en las herméticas de Francia, viejos famosos 
cenáculos irradiadores de luces culturales en todo el mundo 
civilizado; entre “inmortales”, veteranos de la vida y de la 
gloria, quienes han debido sospechar, con titilaciones neuró- 
ticas al recuerdo de tiempos pasados, las vibraciones muscu- 
lares del “epatante” forastero. 

El famoso recinto se llenó de público “a no caber un alfi- 
ler”. Aparecieron los académicos, notándose la falta de algunos 
que se presumía no querían honrar con su presencia al tra- 
vieso negro rioplatense. 

Varios oradores precedieron a Richepin, demostrando el 
público con su silencio que no le interesaban, que se había 
congregado allí para que le hablaran del Tango, y así lo evi- 
denció saludando al poeta con un largo y nutrido aplauso 
al ponerse de pié para su disertación. 

No fué en verdad un elojio del Tango, fué mas bien, y como era de 
presumir, un elojio de la danza; pero no cabe duda que, aun tenien- 
do en cuenta esta finta académica, fué un acto de coraje el mencionar 
siquiera bajo la cúpula, templo de todas las respetabilidades, a la más 
zafada de las irreverencias coreográficas. 



166 


COSAS DE NEGROS 


El éxito estaba descontado. 

Richepin castigó severamente la demostración de desacuerdo 
que con su ausencia le hicieron algunos “inmortales”, pues 
no era correcto faltar a una sesión de prescripción anual, por 
no hacerle número a un colega, sean cuales sean sus ideas y 
sus temas: El poeta al retirarse hizo constar en la secretaría 
de la Academia, que desistía de hablar en la inauguración del 
monumento a Theuriet, tarea que le había sido encomendada 
con anterioridad, pues necesitaba dedicarse a finalizar su 
comedia “Le Tangó”, que escribía en colaboración con su 
nuera. 

El Tango, para mayor gloria suya, no solo había penetrado "sous 
la coupole”, sinó que había determinado una querella académica. 

En esa época, el crack social André de Fouquieres, estaba 
en el apojeo de su cargo de crítico dispensador de la moda 
en todos los caprichos sociales, y solo se esperaba su palabra 
para consagrar al Tango como “persona grata”. 

Eso se hizo en solemne proclamación en el teatro Renais- 
sance, abarrotado de aristocracia parisiense y extranjera 
residente. 

De Fouquieres hizo honor a su reputación de “premier” 
social, todavía hoy insustituible; el siguiente párrafo, que es 
una bonita explicación conciso-filosófica del triunfo tanguista 
en París, dará una idea de su brillante conferencia: 

El Tango es una danza sutil y voluptuosa. Nació en el arrabal y 
*e depuró en los salones. El Tango es triste, de ritmo acariciador, in- 
sinuante. Nos ha dado una lección de psicolojía musical, y nosotros 
hemos inventado para la danza arjentina una coreografía literaria. Nues- 
tra vida es fugaz, inquieta, ávida... Nos sirve el Tango como descanso 
y reposo para el espíritu. Es como un discreto retomo al instinto pri- 
mitivo. Se le ha dado prestijio aristocrático en Francia; ahora el Tango 
es gracioso y espiritual, se ha quintaesenciado su lascivia; en Buenos 
Aires no se le reconocería. Con el Tango se resucitan memorias clá- 
sicas. En algunos vasos de mirra, en la actitud de algunas bacantes cuyos 
velos azules ondean al viento, hallamos su ritmo. 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


167 


Toda la prensa francesa tuvo su inalterable sección dedi- 
cada al Tango durante 1913-14. Lo mismo pasó en Londres. 

Los corresponsales literarios de la prensa rioplatense, al- 
gunos contra sus deseos, se veían obligados a elucubrar sobre 
la plebeya danza en todas sus correspondencias. 

Solo la influencia espiritual del Tango explica su dominio 
en la impresionable sensibilidad parisiense y en la arisca no- 
bleza inglesa, consecuencia de que se le tomara tan en serio. 
En París se organizaron enquetes en las que colaboró todo lo 
mas destacado en artes y letras; “Le Fígaro", “Exelsior", “La 
Danse", “Gil Blas", etc., congregaron firmas de alto valor, 
como nunca por temas mas serios pudieron conseguirse. 

Sin ser de las mas profusas la de “Gil Blas", consignamos 
su balance, del que puede deducirse la importancia del mo- 
vimiento: 

Postularon en favor del Tango: 

Ivonne Sarcey, esposa de Adolphe Brisson. 

Jean Béraud, evocador del mundo parisiense, de sus cos- 
tumbres y de sus reuniones. 

Silvain, el activo y erudito vicedecano de la Comedie Fran- 
$aise. 

Mme. Hugues Ballet, que organizaba anualmente las mas 
brillantes recepciones. 

M. Gervex, renombrado retratista. 

La princesa de Lucien Murat. 

Mlle. Helly Martly, exquisita artista, aplaudida por su 
voz como por su gracia. 

Pierre Marguerite, uno de los danzantes mundanos mas 
elegante y prestijioso. 

Raoul Verlet, eminente escultor, miembro del Instituto de 
Francia. 

André de Fouquieres. 

La duquesa de Rohan. 

M. Bayo, ganador del primer premio en el concurso de 
bailes nuevos. 

Joseph Galtier, distinguido cronista y organizador de en- 
quetes sobre el Tango. 



168 


COSAS DE NEGROS 


El conde de Pradere. 

Se expresaron en forma ambigua: 

J. F. Raffaelli, pintor de actualidad. 

Mme. Litvine, admirable artista parisiense. 

Henry Berstein. 

Mlle. Cécile Sorel. 

Sem, famoso caricaturista y literato. 

Mlle. Marie Leconte, exquisita comedianta. 

Miguel Zamacois. 

Divagaron en contra: 

Jules Claretie, de la Academia Francesa. 

Abel Hermant, reputado crítico. 

Mme. Regina Badet, artista danzante. 

Paul Monet. 

De manera que en una sola enquete y en selecta lista, el 
Tango ha inspirado en especiales pájinas a entidades artís- 
ticas, literarias y aristocráticas. 

El caso es único. 

“The Times”, el famoso gran diario europeo, inició en 
Londres una notable polémica sobre el Tango en Junio de 
1913. Intervino en ella toda la prensa londinense y preocupó 
intensamente a las altas clases sociales. La discusión se hizo 
extensiva a la “inconveniencia y peligros de los bailes im- 
portados”, y estaban en el banco de los acusados el Tango, el 
Turkey-trot, la Maxixe y el Boston. 

Las mas diversas opiniones de las personalidades mas di- 
versas llenaron las pájinas de la prensa. Se vacilaba mucho. 

Mientras tanto, nuestro orillero no perdía el tiempo, iba 
infiltrándose, ganando voluntades, reclutando prosélitos, pro- 
bando con los hechos lo que nunca probarían las palabras 
de quienes no le conocían o no le estimaban. 

Fué campaña perdida, con gran decepción de los conser- 
vadores. Sin que le molestara en lo mas mínimo que se ocu- 
paran de él, nuestro orillero penetró y dominó en todos los 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


169 


rincones de la ciudad de las nieblas y de los domingos deso- 
lados. ! 

Acudió cariñoso a la legación arjentina, y fué sinceramente 
acojido e incorporado al programa con que se celebró la 
fecha cívica de Julio, convirtiéndose en el número de sen- 
sación y espectativa. Era ministro acreditado el señor Domín- 
guez, “renombrado por su buen gusto en donde quiera que 
se reúne la buena sociedad de esta metrópoli’', nos anotó el 
cronista ingles al trasmitirnos la sorprendente noticia. 

La reina María de Inglaterra resuelve no asistir a ninguna 
fiesta donde figure el Tango, pero lo permite a sus damas. 
La reina Alejandra lo vió bailar en casa de lord Derby, y 
declaró que lo consideraba en extremo gracioso y que volvería 
a contemplarlo con mucho gusto. 

La duquesa de Norfolk declara que el Tango no es acep- 
table “por ser contrarío al carácter ingles y a los ideales in- 
gleses”, con lo cual la duquesa demuestra haberle dispensado 
su graciosa atención. 

Lady Byron simula su desagrado diciendo coquetamente 
que “es un buen ejercicio, indiscutiblemente; es una chacota; 
y, ¿son acaso otra cosa los Lanceros modernos? En todo caso 
es mejor que el Bridge.” 

La duquesa de Manchester, la condesa de Drogheda, lady 
Trafford, lady Cunard, lady Cholmondeley, el “gran duque” 
ruso Miguel y sus dos hijas, residentes en Inglaterra, y nume- 
rosos miembros de esa nobleza intransijente por hábito de 
pose y vanidad del cartel, se declararon partidarios decididos. 

Pero el antitanguismo de la corte y nobleza inglesa, y el 
de los centros relijiosos, que también intervinieron seria- 
mente, no era sincero, se reveló una vulgar hipocresía, gra- 
cias a la ocurrencia de la dirección del aristocrático Teatro 
de la Reina, de invitar aquellas jentes a una especial sesión 
de Tango, con carácter plebiscitario, para resolver en debida 
y definitiva forma si esa danza era o nó conveniente en los 
altos salones. 

Una multitud de damas de la alta sociedad llenó el teatro, provis- 
tas de una boleta de voto destinada a recibir sus impresiones sobre la 
danza en cuestión. El resultado de este plebiscito fué estupendo: 731 



170 


COSAS DE NEGROS 


votantes declararon que no veían nada inmoral ni indecoroso en el 
Tango, y solo 21 dieron una opinión contraria. 

El Savoy Hotel de Londres inventó las “cenas-tango”, que 
adoptó en el acto en París la nobleza francesa en Enero de 
1914, organizando un “souper-tangó” con fines caritativos, 
bajo la presidencia de la baronesa Picrea de Bovagoing y la 
vicepresidencia doble de la duquesa de Uzes y Pablo Des- 
chanel, presidente de la cámara de diputados. Y así como se 
había llenado París de fumaderos de Tango, llamados “es- 
cuelas” o “academias”, se plagó de “cenas-tango”, “tes-tango”, 
“champagne-tango” . . . 

Desde los locales aristocráticos de los Campos Elíseos, hasta los cafés 
bohemios y salones de baile del Barrio Latino; desde Sans Souci y el 
Café de París y demas restaurants nocturnos del boulevard, hasta los 
licenciosos centros de Montmartre, el Tango entusiasta lo invade todo, 
y el verbo “tanguer” está ya bien aclimatado. Todas las academias 
de Tango se llenan a la tarde, y de noche hay arrebatiña de locali- 
dades en los restaurants mas frecuentados. 

La Maxixe y el Tango, el negro brasilero y el negro rio- 
platense, como buenos hermanos, loquearon juntos por aque- 
llas tierras. “The Sphere”, la acreditada y vieja revista lon- 
dinense, publicó una nota gráfica de los salones del centro 
de aristócratas “Lotus Club”, donde en 1914 se bailaban 
aquellas danzas, naturalmente, socializadas. Suponiendo mayor 
fidelidad en el ritmo y como un lujo interpretativo, el pia- 
nista era negro. 

Se hicieron de gran actualidad varias parejas vestidas con 
extravagancia, bailando Tango en los teatros de Londres. Una 
de ellas sujirió a un artista que sus figuras eran dignas de 
la escultura, y al efecto, utilizando ocho poses las reprodujo 
en maquetes cuyas fotografías se publicaron en todas las re- 
vistas ilustradas. 

Don Víctor Manuel Tercero y su esposa tienen motivos 
para ser refractarios a toda clase de bailes, nada de extraño 
que proscribieran de su corte al Tango, siendo imitados por 
los embajadores de Alemania, Inglaterra, Austria e Hispania. 
Y el cronista ítalo entra en acción: 



LOS MILAGROS DFX TANGO 


171 


...La oposición oficial no ha podido evitar que el Tango tome como 
por asalto a la sociedad romana, tanto a la negra (pontificia) como 
a la blanca (del Quirinal). 

El ministro arjentino en Roma, señor Pórtela, no com- 
partió la opinión de su colega en París; y se adhirieron a la 
suya, de que el Tango nada tiene de sospechoso, los ministros 
de Estados Unidos y Francia. 

El intransijente clero se conmovió hondamente con nues- 
tra Milonga, y contempló en su aparición un problema que 
había de preocupar hasta al representante de san Pedro en 
Roma. 

Los arzobispos de Paris, Cambray y Sens, el obispo de 
Poitiers, etc., anatematizaron en el púlpito y en graves pas- 
torales. 

La crónica de estos sensacionales sucesos divagaba: 

Pero, ¿es un pecado el Tango? Este punto no está resuelto todavía, 
y si no es un pecado no puede ser prohibido, a juicio de muchos ca- 
tólicos fervientes. 

La Santa Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, 
fué solemnemente encargada de estudiar el asunto, pues de 
todas partes las diócesis remitían al Vaticano urjentes con- 
sultas provocadas por el Tango. Todas rumiaban una misma 
duda: si se podía absolver a los penitentes que se acusaban 
del pecado de bailar Tango. 

La dificultad principal con que tropiezan los citados consultores, es 
que su erudición teolójica es insuficiente para resolver el problema. 
Su juicio no puede fundarse en hipótesis sinó en hechos positivos, 
y en materia de Tango los venerables prelados solo pueden contar con 
referencias extrañas, esto es, con impresiones ajenas a su experiencia 
propia. 

Mas, los acostumbrados insistentes trabajos de arzobispos y 
obispos obtuvieron la prohibición papal; el Vaticano alar- 
mado condenó aquel bailable y envió instrucciones termi- 
nantes a los curas párrocos para que “atacaran aquella danza 



172 


COSAS DE NEGROS 


salvaje”, y, ¡oh, milagrosísimo taumaturgo del “corte” y la 
“quebrada”! ... la prohibición fué en absoluto desoída por 
todas las aristocracias y noblezas. 3 El negro, eternamente rui- 
dosamente alegre, convertía en inocentada la augusta decisión 
del albo príncipe diocesano . . . Anduvo allí, sin duda, la 
mano de Jehová, continuando sus pesadas bromas auxiliado 
por su hijo negro, para castigar la vanidad temeraria de su 
hijo blanco. 

Este imprevisto chasco colocaba al Vaticano en un ridículo 
sin precedentes, del que era necesario escurrirse a toda costa. 

A ese fin, la Santa Sede transfirió para dos meses mas tarde 
(Abril 1914) de lo acostumbrado, el Sagrado Consistorio. Pió 
aparentaba, mientras tanto, informarse personalmente de la 
tentadora y magnetizadora danza; a ese fin consigue que dos 
jóvenes del patriciado romano viejo, la bailen ante él en la 
forma usual en los grandes salones. Se declara gratamente 
impresionado y levanta en el acto la prohibición que pesaba 
sobre ella, que consideraba “inocente hasta el aburrimiento”. 
Gastado recurso de la diplomacia vaticanesca, simular un 
paso hacia atras para asentar mejor el que ha dado hacia 
delante, pues sus resoluciones siempre fueron de uñ absolu- 
tismo inconmovible, y no hay ejemplo en la historia de que 
una sola vez hayan sido reconsideradas, aunque la mas es- 
tricta justicia lo exijiera; terquedad que titulan “infalibi- 
lidad”. 

Pió debió medir recien su lijereza prohibicionista, en pre- 
sencia del mismo Tango; su propia emoción le sujirió la 
certeza de que la Humanidad necesita mas que la abstrac- 
ción espiritual, la emoción espiritual, y que ésta solo reside 
en la danza, quizá no precisamente en el Tango, demasiado 
emotivo, demasiado humano, sinó en alguna otra de efec- 
tos mas reflejos, e insinuó amable y sonriente, que ya que 
la juventud distinguida de la época deseaba una danza 
así... emocionante, suave... se permitía recomendar la ale- 
gre danza veneciana la “Furlana”, 4 que Pió, también vene- 

3 Carella recoge un estribillo alusivo cantado en Madrid: “Dicen que 
el tango tiene una gran languidez, / por eso lo ha prohibido / el Papa 
Pío Diez...*', ob. cit. pág. 48. 

4 En el artículo sobre furlana encontramos: “Volvió a surgir, por 

poco tiempo en 1914, cuando Pío X aconsejó, se dice, una vuelta a la 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


173 


ciano, decía haberla visto bailar en su mocedad, y quizá algo 
más que “visto”, porque observa el cronista: 

Y el Papa, muy contento, hacía ya ademan de levantarse, como dis- 
poniéndose a revelar él mismo las evoluciones de aquella coqueta danza, 
cuando recordando su augusta misión o su reuma, mandó llamar a dos 
de sus servidores venecianos, quienes se encargaron de demostrar los 
movimientos jenerales de la Furlana. 

Este baile fué en un tiempo la “Foriana” de los bodegones 
frecuentados por los barqueros en Venecia, al fin de cuentas 
un producto suburbano, otra milonga, afinada por la no- 
bleza de aquella ciudad cuando la aplicó a sus debilidades 
coreográficas. 

El objeto que perseguía Pió, era que su insinuación fuese, 
como de costumbre, una orden, y lo creyeron injenuamente 
él y la misma crónica: 

No dudamos, pues, que la Furlana, después de ser tan augustamente 
lanzada, será mañana adoptada en Roma y ella dará pronto la vuelta 
al mundo. 

Y, naturalmente, así se desalojaba al Tango, cumplién- 
dose la inexorable voluntad del clero; sin embargo, la Fur- 
lana no pasó de su primera y única vuelta ante el papa. No 
sabían de la incontenible risa del negro de América, con la 
que su ascendiente africano suavizó las mas inquisitoriales 
torturas y él burlaba las mas respetables disposiciones; no 
se percataron los “doctores que tiene la Iglesia”, astutos ca- 
talogantes de “divinos desagrados”, para que lo supieran los 
“santos varones”, de la mutilación inferida al texto bíblico 
para dejar en el misterio el jénesis del hermano negro, a 
quien un poder invisible ha compensado dándole extraña 
sujestion burlesca y tentadora sobre las especies blancas. 

Al Tango lo enviaron los orilleros rioplatenses a la con- 
quista de las viejas sociedades “una vez” discernidoras de 

furlana para combatir la difusión del tango”. A. Della Corte y G. M. 
Gatti, Diccionario de la música , Ricordi Americana, Bs. As., 1950, pág. 
187. Cf. Jules Ecorchevii.le, La furlana, Société Internationale de Musi- 
que, París, 1914. 



174 


COSAS DE NEGROS 


“civilización”, y las adormeció en dulce y misteriosa remi- 
niscencia atávica del bárbaro orijinario, refundido muchas 
veces en esas sociedades pero no renovado ni sustituido; fué 
su arrobamiento jenésico; fué un revulsivo en las raíces del 
secular árbol jenealójico. 

No existía pues fuerza humana capaz de desalojarlo. El 
Tango estaba en la sangre azul europea, tan latiente como 
en la sangre roja del negro africano. 

La Furlana no pasó de una amable insinuación de Pió, a 
la que no le “llevó el apunte” ni el viejo patriciado romano- 
pontificio, o aristocracia negra , según es usual llamarla allá. 

En un dia no lejano, si antes Asia no la devora, Europa- 
landia tendrá que ser, de hecho, fatalmente conquistada por 
América, y, con toda seguridad, los primeros conquistadores 
saldrán del Rio de la Plata. 


Se introdujo el Tango en Alemania y su primera leva de 
reclutas fueron los oficiales del ejército, figuras decorativas 
imprescindibles en todas las fiestas de los salones de la aris- 
tocracia y nobleza de aquel pais. 

Don Guillermo Segundo sabedor de que el Tango era 
enemigo de las líneas rectas, lo prohibió a dichos oficiales, 
cuyo encorsetamiento no permitía curvaturas. 

Se creyó que tal resolución emanada del augusto Buda 
aleman, significaba la desaparición rápida de Deutschland de 
nuestra Milonga, y, calcule el lector la enorme influencia 
de ella que pese al fanatismo reconocido de aquella sociedad 
por su amo y señor, venció sin vacilaciones en todas sus jac- 
tanciosas ciudades. 

Precisamente en las bodas de la hija de Friedlander - Fuld, el opu- 
lentísimo amigo del emperador, que se celebraron la semana pasada 
(Febrero de 1914), se bailó el Tango con gran gusto. Esas bodas fueron 
el acontecimiento social del mes, a causa de la enorme riqueza de la 
novia y de la posición del novio, que es hijo del lord inglés Redesdale. 
Asistió a la fiesta gran número de eminentes personalidades, entre 
ellas la condesa Schlieffen, camarera mayor de la emperatriz alemana, 
varios miembros del gabinete y gobernadores de provincias prusianas, 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


175 


el jeneral Moltke, jefe del estado mayor jeneral, y media docena de 
embajadores. Pero ni el terrible jefe de policía berlinesa, Jagow, for- 
muló protesta alguna contra el Tango. 

Llegó a Baviera nuestro picaro negro y se coló sin ningún 
requisito en los salones aquellos donde hasta el portero era 
noble. Sociedad tipo medioevo, característica sajona antes de 
la Gran Guerra, hibridación exajerada de militar y civil, en 
la que una orden de carácter social trasmitida a los oficiales 
del ejército, repercutía de inmediato en todos los salones. 

Este efecto inalterable desde tiempo inmemorial en aquellos 
feudos, no dejaba la mas mínima duda de que una insinua- 
ción del todopoderoso de los ejércitos bávaros, bastaba para 
que nuestro negro se fuera sin despedirse. 

Por eso don Luis de Baviera, imitando a su camarada don 
Guillermo Segundo: 

En una circular de carácter confidencial dirijida a los jefes de los 
cuerpos del ejército, condena el Tango diciéndoles: “Esa danza es un 
absurdo, y ademas indigna de ser bailada por los que ostentan el 
honroso uniforme militar". 

Para no faltar a la severa disciplina, los militares bailaron 
el Tango confidencialmente, como la circular, y sin el uni- 
forme, innovación puesta en práctica en Alemania desde la 
prohibiicon ordenada por don Guillermo. 

Aügsburg, Ratisbona, Wutzburg, Bayreuth, Munich y otras 
ciudades sonadas , en el mundo, y que son de la histórica Ba- 
viera poblaciones abroqueladas en sus pergaminos y engreídas 
en sus costumbres, fueron, sin embargo, ocupadas y domi- 
nadas por nuestro inofensivo bailable. 

De lo que se deduce que meses antes de la aventura que 
llevó aquellos países a su ruina, ya los había derrotado nues- 
tro negro. 

La entrada en Viena la hizo a unos dias de la de París. 

Es conocida la poca escrupulosidad de la sociedad vienesa 
entre las sajonas de esa época, y su carácter libertino. 

Fué recibido con inmensa alegría. Si nuestro negro avisa 
antes habría pasado bajo arcos de triunfo. 



176 


COSAS DE NEGROS 


Protestó de él el ministro de Guerra, naturalmente, prohi- 
biéndolo a la oficialidad del ejército, secundando al espec- 
tacular vecino don Guillermo a indicación de su jefe don 
Francisco José. 

Los militares por su parte imitaron a sus colegas vecinos: 
bailaron el Tango sin uniforme. 

Tuvo el honor de ser el último enviado extraordinario y 
ministro plenipotenciario americano, en un pais en vísperas 
de su desencuadernacion jeográfica. 

Los “grandes” duques, los príncipes, las duquesas “gran- 
des”, las princesas, las condesas y las respectivas hijas (varones 
eran raros) de esos ejemplares rusos, residían en Inglaterra, 
Francia o Alemania, para gastarse con mas libertad el pro- 
ducto de su trabajo en cargar con aquellos titulones; y toda 
esta fauna, hasta los “grandes duques” con sus barbas com- 
pletas, cultivaban el Tango con inconfundible ardor eslavo, 
vale decir cafre o zulú. 

El Tango no pensó nunca en la Rusia tétrica y sanguinaria, 
donde se baila a pataleos furiosos haciéndose también de la 
danza una tortura nacional, pero, “papasito”, el zar, dió 
permiso para que lo contrataran en París, a instancia de 
otros “grandes” . . . duques, príncipes, etc., que le contaron 
maravillas de la Milonga. 

Una pareja que en Paris se ganaba la vida tangueando 
por los cafés, y en la que el individuo se disfrazaba de pai- 
sano compadrón, con saco, bombacha, botas y tamañas es- 
puelas, fué la contratada para llevar a San Petersburgo el 
Tango. 

Nuestro plenipotenciario no tuvo allí ningún incidente ni 
gloria ninguna, solo se dió el gustazo de contemplar la última 
dinastía autócrata con su nobleza de horca y cuchillo, a pocos 
meses del principio de su fin. 

Eslavos y sajones le son deudores de su última expansión 
de tonificante alegría, momentos antes del cataclismo terri- 
torial y de la caída de sus dinastías que suponíamos incon- 
movibles. 

Aquella raza blanca, la impecablemente blanca, la ordi- 
naria, saboreó delicias del ritmo y del movimiento a invita- 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


177 


cion del negro, mientras en las celestes alturas balconeaban 
sin dejarle sospechar la siniestra tormenta que le estaban 
preparando. 

Por asociación de recuerdos vemos al loco Rosas balco- 
neando, como tenía por costumbre, los trances ridículos y 
angustiosos en que comprometía a la sociedad y al clero en 
las calles y plazas de Buenos Aires, durante las fiestas que 
improvisaba con los negros, haciéndose representar solemne- 
mente por el “mulato gobernador’' Eusebio, en el mas bufo- 
nesco traje de carácter. 

En esta obra de desagravio racial, es indudable que Jehová 
“estaba en todas partes”, hasta con el loco don Juan Manuel. 

En Estados Unidos “el odio del color”, brutal e intransi- 
jente como en ninguna otra parte, no ha logrado amortiguar 
el entusiasmo por la coreografía de sus negros, que en toda 
época se impuso a la mejor sociedad. 

Danzas siempre raras y pintorescas, de impecable estética 
aun en sus manifestaciones mas exajeradas; para el Tango 
estaba descontado el triunfo; hizo pues allá en la cancha de 
oro de los rubios, que en sus expansiones son bulliciosos 
negros, su racha de sujestion y de rigurosa actualidad. 

Por un error del que siempre tendremos que arrepentimos, 
los rioplatenses cada vez que hemos resuelto viajar nos olvi- 
damos que existe um camino que conduce a Estados Unidos, 
el primer pais que debemos conocer después del propio; por 
eso el Tango pasó a Nueva York por via europea. Sin em- 
bargo, una anécdota que se publicó en aquella época, nos 
demuestra que alcanzaron a conocer nuestra Milonga típica: 
En Cleveland, ciudad del estado de Ohio, un individuo 
llamado Henderson, profesor de baile, había sido acusado 
por el jefe de policía de enseñar un baile inmoral. Se trataba 
del Tango. 

En la audiencia el profesor demostró prácticamente la danza 
acusada, bailando el “tango arjentino” de los europeos. El 
presidente, sujestionado por la prueba, observó que era una 
manifestación artística exquisita e irreprochable, y que no 
veía en ella absolutamente nada de inmoral. 



178 


COSAS DE NEGROS 


“Al oir esto el jefe de policía exclamó: “Es un error; el tango que 
este hombre ha ejecutado aquí ha sido para el tribunal; yo pido que 
algunas personas mas sinceras que Henderson bailen ante los jueces 
el Tango auténtico. 

Los majistrados dispusieron que así se hiciera al dia si- 
guiente. 

Asistieron a la vista unas cien personas, las cuales tuvieron que ser 
contenidas a cada instante por que el entusiasmo las obligaba al aplauso. 

Lo que se bailó fué nuestra Milonga. 

El presidente Taft declaró que el Tango era uno de los 
mas hermosos bailes que había visto. 

La sociedad neoyorquina lo contempló intelijentemente y 
lo aceptó con entusiasmo, aun no siendo para ella mayor 
novedad, entretenida en esos momentos con el Cake-wall y 
el Turkey-trot, inspirados por sus inquietos negros. 

No faltó la nota discordante, en forma de cardenal Varley, 
en Nueva York, que haciéndose eco de la primera resolución 
papal prohibió el Tango a su grey; pero fué como pedir 
auxilio en un desierto. 

Todas las ciudades de la Union lo bailan todavía, y han 
aplicado su técnica a otros danzables afines al nuestro. 

Sociedades cultas, democráticamente alegres, sin prejuicios, 
no pudieron dar el exponente de malicia con que las socie- 
dades europeas simularon reparos a un irresistible deseo 
atávico. 

El Tango triunfó en el extranjero porque no se había 
conocido antes ninguna danza en parejas abrazadas que se 
le asemejara; se presentó como una innovación inestimable 
en la coreografía social. 

Su continencia orijinaria tentó la sensualidad, y fué base 
de sus éxitos sociales . 5 6 

5 Al respecto encontramos en un artículo de Lázaro Liacho: “Si 

el tango no fuera más que una danza sensual no habría impuesto una 
forma tan responsable; no tendría movimientos repetidos, continuados y 



LOS MILAGROS DEL TANGO 


Soberano de la armonía de la línea en el reino de la Danza, 
esa fué la base de su triunfo artístico. 

Aquellas sociedades dedicadas de lleno a las distracciones 
colectivas que alegran la existencia, encontraron en el Tango 
su confidente de emociones espirituales e instintivas. 

Lo imprevisto interrumpió la obra de propaganda ame- 
ricana del Tango en Europalandia. Don Guillermo Segundo 
Hohenzollern resuelve poner en práctica su proyecto de do- 
minar al continente, y embarca a su patria en la mas de- 
sastrosa aventura. j 

El Tango huyó de la tristeza de las ciudades y corrió a 
los sectores en lucha, en auxilio espiritual de aquellos hom- 
bres que se disputaban la muerte. En las treguas, cuando un 
instrumento cualquiera emitía sonidos capaces de completar 
una armonía bailable, surjía el Tango. Y así se representó 
la raza negra en aquella histórica trajedia, con las dos ca- 
racterísticas de su épica racial: valor temerario en los sene- 
galenses, “die schwarzen teufel!” (“los diablos negros!”, ex- 
clamación de terror en las trincheras alemanas); franca alegría 
en el Tango. 


generales; no sería un baile de característica impersonal 0 . “Dialéctica del 
tango'*, en La Prensa, Bs. As., 28 de feb. 1954. 

Cf. Sobre el tango pueden verse —esta enumeración no pretende ser 
completa— entre otros: Adolfo Rey, Notas de verano, Bs. As., 1914; Al- 
berto Gerchunoff, El hombre que habló en la Sorbona, M. Gleizer, ed., 
Bs. As., 1926; Raúl González Tuñón, Tangos, Bs. As., 1926; Ezequiel 
Martínez Estrada, Radiografía de la pampa, Ed. Babel, Bs. As., 1933; 
Alfonsina Storni, Desovillando la raíz porteña, en Homenaje a Buenos 
Aires en el cuarto centenario de su fundación, Edición de la Municipalidad, 
Bs. As., 1936; Héctor y Juan Bates, La historia del tango : sus autores, 
Bs. As., 1936; Federico M. Quintana, En torno a lo argentino, Ed. Coni, 
Bs. As., 1941; Julián Centeya, El misterio del tango, Bs. As., 1946; Ramón 
Gómez de la Serna, Interpretación del tango, Edic. Ultreya, Santa Fe, 
1949; Waldo Frank, América Hispana, Ed. Losada, Bs. As., 1950; Miguel 
D. Etchebarne, “La literatura del tango”, en La Nación, Bs. As., 17 de 
marzo, 1957; Luis F. Villarroel, Tango, folklore de Buenos Aires, Ideagraf 
edit., Bs. As., 1957; Daniel D. Vidart, “El tango y la cultura rioplatense'*, 
en Revista Comentario, Bs. As., enero-marzo, núm. 14, 1957. 



ANDANADA FOLKLORICA 


Una montonera de rectificaciones y revelaciones. — Breves considera- 
ciones sobre la invención de la historia de América. La socorrida 
influencia de la conquista . Xenofobia derrotista intensa de intelec- 
tuales rioplatenses. — La babel dialectal y heterojenia racial de 
la horda invasora, destruye las leyendas de sus influencias. Las 
artes del aborijen y las artimañas del fraile invasor. La colonia 
bailó con el negro. — El Gaucho y lo gauchesco. La obra del pai- 
sano. La ciudad ante las melodías nativas. — La precolombia en 
la postcolombia. — Canciones de cuna. El Arrorró del negro por 
sobre todas. — Cantos de ruedas y ceremoniales infantiles. El 
negro domina con su Ronda Catonga. — Danzas rioplatenses. Su 
clasificación. El Gato. — La Samacueca y Cueca. — La Samba. — 
El Malambo. — El Cielito. — La Güella. Con el Malambo son las 
dos únicas danzas del Gaucho. — El Pericón, danza uruguaya. Su 
posteridad en una simple orden de un coronel. — Errores, con- 
vencionalismos y despreocupaciones que burlan o alteran la tra- 
dición. — Repaso de otras danzas: Marote, Triunfo, Pala - pala. 
Palito, Corumbá, Media Caña. Orijen de ciertas danzas gauchescas . 

La inverosímil historia del descubrimiento , conquista, do- 
minación y colonización de América “latina'', es una siste- 
matizada colección de frases hechas: las razas vencidas, los 
heroicos conquistadores, la dominación del hispano, la cruz 
civilizadora, los arrogantes castellanos, los salvajes indijenas, 
etc., etc., y por sobre todas ellas la influencia de la conquista ; 
Esta última es. la piedra de toque en nuestros dias, para las 
aleaciones que se nos preparan en biolojía, sociolojía, psico- 
lojía, etc., y raro es encontrar alguna explicación folklórica 
americana, que por irremediable sospecha o cómoda teoría 
no se adjudique a donación o influencia de la conquista. 

Toda historia en que solo ha colaborado una de las partes, 
tiene que ser de dudosa veracidad hasta en sus propios com- 
probantes, por eso la de América es un apacible mentidero. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


181 


que cuando se encrespa contra algún necio metido a “in- 
dianista", le suelta una jauría de hispanoamericanos organi- 
zados en la más encomiable cooperativa, para conservarse 
monopolio étnico y conceptuarse únicos habitantes de control 
histórico en estas tierras. 

La inverosímil historia no es otra cosa que la vulgar 
consagración de relatos de charlatanes analfabetos pretéritos, 
que explotaron el descubrimiento de Colón en las “plazuelas" 
y zocos moro-godos de Hispanialandia, usanza del cuento o 
romance de juglar árabe, todavía subsistente en Marruecos. 
[Véase nota 26, en pág. 282.] 

Mas que la nueva tierra su autóctono fué el motivo básico 
de “relatos" y “acaecimientos", puesto que sin él no era 
posible hablar de “conquista", ni el uso de frases hechas 
ditirámbicas habría sido factible. Se ha explotado la pre- 
sencia del indíjena bajo dos características; por la primera 
es presentado como un guerrero bárbaro, antropófago, lleno 
de artimañas sobrenaturales, movilizador de grandes ejércitos, 
poseedor de inconmensurables tierras y maravillosos tesoros; 
todo “esforzadamente conquistado", etc., etc. 

Como es de orden, el cuento cristalizó en historia, y ésta 
llegó a jeneraciones que buscaron muy gravemente la filo- 
sofía de los hechos y el problema de las razas en América; es 
entonces que se hace uso de la segunda característica del 
indíjena, que es el reverso de la primera, pues nos lo pre- 
sentan como un ente sorprendido en sus bosques por los 
“enviados de la cruz", a cuyo contacto se civiliza y adquiere 
claro discernimiento. Sobre ese canavá han bordado los cro- 
nistas de América, filigranas épicas de diversa índole a base 
de la influencia de la conquista , con mas fe que convenci- 
miento. 

En los países del Plata es donde mas ha castigado esa re- 
clame histórica, muy especialmente en estos últimos tiempos 
con todas las pretensiones de una contrarrevolución de Mayo. 
Sus propios intelectuales han consumado dentro y fuera del 
Plata, demostraciones que sus pueblos no autorizan ni ad- 
miten, como nunca autorizaron ni admitieron la fórmula 
xenófoba “hispano-americanismo", que nos coloca en condi- 



182 


COSAS DE NEGROS 


cion inferior a los negros de la colonia . [Véase nota 27, en 
pág. 286.] 

Si se sacrifica la verdad histórica en supuesta contribución 
a la idealista armonía de los pueblos, se consagra la mentira 
como recurso de concordia, demasiado quebradizo para que 
sea duradero. Tal armonía vendrá, probablemente, del aporte 
espiritual de las jeneraciones a medida que se alejen de sus 
hechos históricos, y lleguen a contemplarlos con simple cu- 
riosidad intrascendente. La propaganda tendenciosa orientada 
hacia ciertos intereses personales que suelen prohijarla, es 
literatura irreflexiva y peligrosa. 

Ningún hecho está exento de análisis desde que el mundo 
dejó su nebulosa, y eso debe aceptarse con verdadero opti- 
mismo fatalista, tal cual fué y no como se desearía que hu- 
biese sido. 

La plaga de conquistadores caída sobre el Nuevo Mundo, 
procedió de varias castas y rejiones europeas; la moro-godo- 
lusitana,* que ha servido para componer y monopolizar la 
historia de la sección “latina”, procedía de la península Ibé- 
rica, dentro de la cual tenían su arraigo diferentes castas con 
diferentes lenguajes, todavía hoy inintelijibles entre sí. 

Cada horda de conquistadores tenía que ser una babel. 
Congregados sobre fabulosas tierras en busca desesperada de 
escondidas riquezas, han debido entenderse por señas en los 
repartos del botín; (circunstancia esta que pone en peligro el 
burdo cuento de fundación de ciudades). La audacia de la 
sordidez, típica de las castas europeas, sirvió a los cronistas 
para lo “heroico” en los “heraldos de la civilización”. 

Sin mayores datos se estableció la superioridad mental del 
invasor, y como consecuencia inmediata la influencia de la 
conquista , sostenida en nuestra prehistoria para todos los 
hechos, y en la historia para todas nuestras manifestaciones, 

* Los Godos fueron bárbaros del Norte, procedían de Gocia, en Suecia. 
Filtrados por Jerraania, que dominaron y poblaron, pasaron luego a la 
península Ibérica, donde hicieron lo mismo, hasta que los Moros se pose- 
sionaron de esa rejión y en ocho siglos de dominación los absorbieron 
cómodamente, produciendo el moro-europeo, que fué el acompañante de 
Colon en su memorable aventura. Moro-godos y moro-lusitanos es pues 
exacta calificación racial. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


18S 


aun las mas jenuínas, de nativos; en fin, se nos hace aparecer 
como eternos deudores, por eterna insolvencia biolójica y 
espiritual eternamente histórica. 

Los pueblos bárbaros no han tenido imajinacion interpre- 
tativa, ni inspiración tónica. 

Los pueblos primitivos cultivaban la disciplina del sonido 
escuchando a la Naturaleza. 

El bárbaro es el bruto mas parecido al hombre; el primitivo 
es el hombre en bruto. 

El autóctono americano cultivaba desde muchos siglos antes 
de la irrupción colombiana, las artes líricas, con esquisita y 
profunda sentimentalidad. 

Las hordas del invasor, en misión filibustero-relijiosa, con 
sus frailes recelosos o taimados, no conocían mas lírica que 
la árabe, prohibida por "jentilicia”. Carentes de alma capaz 
de sentir evocaciones de esa especie, sin tradiciones definidas 
que les hubiesen permitido cultivarlas, es "gollería” la "in- 
fluencia” que se ha supuesto a semejante elemento. [Véase 
nota 28, en pág. 289.] 

La lírica de los pueblos suele nacer bajo la advocación del 
medio físico que los rodea, y en relación a la intelijencia de 
ellos obtiene gama y color, así es el llano, el bosque, el lago, 
la cascada, la cumbre; es la tierra-madre, la nacionalidad; y 
nada de eso admite ninguna extraña influencia. 

En el Sud americano, los pueblos quichuas, aimaraes y 
araucanos, de civilización superior a la del invasor, tenían sus 
artes musical, danzante y lírico-poético, cuya influencia hasta 
el Plata subsiste en el alma popular, ave fénix del nativo en 
las mismas ciudades caldeadas por la hoguera del crisol racial 
en perpetuo hervor. 

"Es algo que nos viene de lejos, desde el fondo brumoso 
de los siglos; es la herencia de la montaña primitiva; el 
viento ancestral de la raza”. Siente eso un escritor nuestro 
accidentalmente dominado por el espectáculo de la natura- 
leza, en plena rejion donde el aborijen marca todavía las 
huellas de sus ojotas, y emite las melodías de sus quenas y 
charangos. 

Los frailes de la irrupción fueron los que obtuvieron con- 



184 


COSAS DE NEGROS 


tacto pacífico con los naturales, pero su influencia no iba 
mas allá de su paganismo cristiano, única curiosa civilización 
invocada por los historiadores, y que el indio, mas intelijente 
y cortés que su improvisado preceptor, aceptó como cosa 
conocida, pues no era para él ninguna novedad la comandita 
de dioses malos y buenos; y le aplicó al ritual sus cantos y 
danzas, que los frailes han debido también oficiar para simu- 
lar sometimiento fraterno. El indio no creyó, respetó; las 
“conversiones” fueron falsedades fraguadas, como era costum- 
bre, para acreditar la misión. Las ceremonias cristianas eran 
seguidas por las del culto del aborijen, que en ningún mo- 
mento abandonó sus creencias, lo cual puede observar el estu- 
dioso hoy mismo, en dias consagrados a ídolos católicos, en 
el Norte y Oeste arjentino, y en Chile, Perú y Bolivia: el 
indio acude respetuoso por temor a los que pudieran castigar 
su inasistencia, pero acto continuo se aleja y desagravia a sus 
dioses tutelares con prácticas milenarias evocadas en sus can- 
tos y danzas raciales. 

La colonia , comunidad estéril dedicada a vivir “Dios me- 
diante”, no tuvo mas cantos y danzas que los del negro; un 
dia apareció el Fandango , 1 danza de orijen moro que intro- 
dujeron los lusitanos esclavistas, sus asiduos cultivadores y 
propagadores en la península; el negro dominó ese baile como 
cosa propia y lo contajió a sus parientes los colonizadores, lo 
que preocupó hondamente a su iglesia. 

La verdadera conquista de América tras la necesidad de 
pan, libertad y bienestar de los explotados pueblos europeos, 
trajo algunos cantares y danzas rejionales que el nativo oyó 

1 Ya Rossi trata , el tema con posterioridad y anota: “Fandango” es el 
vocablo del negro y " fandanguillo ” el de sus amos, por eso se sospechó 
galaico. Los criollos le han dado sentido de algarabía, barullo, fiesta, baile, 
ruido, etc., tratándose de bailongos de inmigrantes iberos”; Folletos Len- 
guaraces, 1935, núm. 17, pág. 13. Y otro de sus trabajos resume: “Toda 
reunión que dejenere en barullo; en ese sentido lo usa Fierro”. Folletos 
Lenguaraces, núm, 24, pág. 71. Es muy común en América y figura en 
Ac. por “bullicio”. Lo registran casi todos los diccionarios. Cf. Daniel 
Devoto, Sobre paremiologia musical porteña, pág. 31: que reproduce casi 
todas las definiciones y aporta ejemplos; José Hernández, Martin Fierro. 
Comentado y anotado por Eleuterio F. Tiscomia, Coni, Bs. As., 1951, 
pág. 389; con ejemplos tomados de los gauchescos; Véase nota 28 de 
Rossi en este libro. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


185 


y contempló sin ínteres, y nunca adoptó, huyendo de su in- 
fluencia, que el mismo criollo actual estima ridicula o depri- 
mente. Y eso en los litorales, que es donde mas se intensifi- 
caron e influyeron los conquistadores, pues en el interior se 
despreciaba francamente su “acervo”.* 

Una sola tradición ha mantenido en el alma americana el 
eco de sus cantos: la aborijen; una sola colaboración exótica 
aceptó el criollo: la del africano. 

Todas nuestras razas autóctonas, aun aquellas que hemos 
llamado “salvajes” por sus métodos de vida primitiva, tuvie- 
ron sus cantos y danzas, y son reminiscencias de ellas las que 
conservan los pueblos del Plata, evolucionadas algunas en 
manos del mismo nativo por defectos de recordación o de 
innovación, que si han podido modificar algo su técnica 
ha sido sin perjuicio de su espíritu ni de su ritmo. El negro 
africano, por su parte, que hizo vida activa de conquista y 
de colonia, nos ha dejado el concurso de sus hijos, cuya alegre 
melódica simplifista prestijia nuestra filarmonía popular. 

Un músico compositor arjentino, comisionado para obtener 
canciones indíjenas y criollas en la frontera boliviana y en 
tierras andinas, ha reunido unos cuatrocientos motivos, dicen; 
si eso es cierto, es un deber ocuparse con todo el amor y 
respeto que la fecunda inspiración del antecesor americano 
merece, y en lo que nos dan edificante ejemplo los norte- 
americanos. 

Al Gaucho, que fué el aborijen armado caballero de Amé- 
rica por su propio instinto, es al que cargan, después del 
indio, con el repertorio danzante, musical y cantable nativo. 
A quien en verdad se refieren es al paisano, el eterno supuesto 
gaucho. Sin términos medios se confunde lo “paisano” con 
lo “gaucho” y se combina lo “gauchesco”.* No ha merecido 
ser observada esa transición entre sujetos tan afines y a la 

* “Acervo” es del latín “acervus”, que significa “monton” refiriéndose 
a cereales o legumbres, conforme a los léxicos, es por lo tanto un vocablo 
rural o granjero. Se ha dado en usarlo como sinónimo de “repertorio” 
para lo poético, lírico o danzante. Se ignoran las causas de esta ocurrencia. 

* En mi obra El Gaucho evidencio su orijen y evolución, y en el 
capítulo sobre la “literatura gauchesca” explico ese error de nomenclatura 
antolójica. 



186 


COSAS DE NEGROS 


vez tan diversos de nuestra sociolojía, base de nuestro pueblo, 
de nuestra sociedad, de nuestra raza. 

“Hidalgo ha sido indudablemente el creador, nó del estilo 
gaucho, sinó de la poesía orijinal cantada en el lenguaje gau- 
cho. Fué el primero que escribió composiciones en verso con 
todos los caracteres del tipo del paisano de nuestra campaña, 
campeando en ella esa injenuidad propia del hijo de las 
pampas americanas.” 

Ese párrafo amorfo pertenece a un historiador de literatura 
arjentina, que cuesta a Juan Pueblo muchos miles de pesos, 
que parece no le dan derecho a exijir que no se altere su 
único patrimonio: la tradición. La crítica conceptúa a este 
cronista un “iluminado”, por eso transcribimos ese párrafo, 
para probar la confusión que acabamos de citar, pues si este 
consagrado de nuestras letras nacionales se mete en un calle- 
jón sin salida, enredado con “el gaucho”, “el tipo del paisano 
de nuestra campaña” y “el hijo de las pampas americanas”, 
¿qué podemos esperar de los “del monton”? 

El Gaucho no fué habitual poeta, cantor, bailador ni mú- 
sico; fué guerrero. 

Era un vengador, nó un nómade romántico. 

Era un cruzado de su propia causa, nó un mercenario en 
causas ajenas. 

Era indíjena puro; el verdadero, el primitivo gaucho, el d« 
la leyenda patria. 

En los vivaques de la guerra consoló el acerbo de las jor- 
nadas con el “acervo” sentimental lírico y poético de la raza; 
era el canto del advenimiento en la voz de precolombia; el 
sagrado salmo de América elevado al Sol en las acampadas 
de la jesta de redención. 

Los fogones del Gaucho alumbraron el sendero de la patria; 
sus cantos nostáljicos distrajeron en la marcha. 

El paisano es el producto del proceso biolójico de reinte- 
gración a los valores de la raza mas pura que haya ¡interve- 
nido; es el gaucho evolucionado sin desmerecimiento de sus 
condiciones injénitas. Este producto dominó siempre en 
América y domina actualmente hasta en casi todas sus ciuda- 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


187 


des, conservando el blasón del bronce de la raza en la epider- 
mis o en la dermis. 

Es el paisano quien nos reservó y propagó la música, el 
canto y la danza autóctonas; es el que pudo alterar por error 
o fantasía un detalle nó la obra; él las enseñó en sus campos, 
y en sus fogones cuando tenía que hacer guerra gaucha o 
gauchar * solo. 

Es quien envió las melodías de la tierra a la ciudad, y cual 
si la quena clásica las modulara, impresionaron profunda- 
mente el alma del mestizo que forma su pueblo; percibió 
en ella la voz inconfundible de una patria hermosa como 
sus panoramas interiores y no estrecha y traidora como sus 
poblados. 

Y Juan de la ciudad las aprende y derrocha su sentimen- 
talidad y buen humor, o depone sus quejumbres en rimas y 
ritmos que se expanden y popularizan, caracterizando su psi- 
colojía siempre a flote sobre la amalgama heterojenea de 
razas y castas de los verdaderos conquistadores de América. 
Solo a partir de ese momento podría haberse hablado de 
influencias en el “acervo”, pues han podido contribuir a ello 
los vínculos de sangre tan inmediatos y la escuela inevitable 
del hogar, sin embargo, ha vencido el mandato imperativo 
del suelo; la música de la raza orijinaria, las armonías de cuna 
de América no fueron profanadas. 

El nativo campero se defendió de influencias con el ins- 
tinto; el pueblero con su orgullo nacionalista, surjido de las 
inquietudes y miserias de la vida cosmopolita como única 

* Este vocablo se usaba en nuestra campaña para significar que se 
gozaba de verdadera libertad, lo que en nuestro actual estado de es- 
clavitud titulamos “al marjen de la ley” y conceptuamos grave delito. 

Si por suerte nos topamos 
o la fortuna me arroja 
algún dia por sus pagos, 
lo que no será difícil 
porque yo vivo “gauchando”. 

Así se expresa el paisano Santos Vega, de Ascasubi.2 

2 En cap. II, pág. 9 de la edición Paul Dupont, (París, 1872). El mismo 
Ascasubi emplea esta voz en su Paulino Lucero , (pág. 33), que cambia 
luego por gauchiar, Aniceto El Gallo , pág. 99; Sarmiento dice gauchear 
en Facundo, pág. 150. 



188 


COSAS DE NEGROS 


virtud del criollo, que todos los elementos sociales tratan de 
bastardearle. 

En las capitales rioplatenses, hervideros de razas, mercados 
de todas las transacciones, ergástulas de todos los sentimientos; 
donde la defensa de lo nativo se insinúa en cierta literatura 
"nacionalista”, que fácilmente canjea sus valores por exóticas 
cuentas de vidrio, tampoco se influenció la música nativa, 
que el pueblo custodia sin permitir mas innovaciones que la 
de estilización, que pueden ser un traslado a mejor técnica 
nó a otras armonías. 

Los cantos nativos de la ciudad han influido en el reper- 
torio criollo propagado por esas parejas de cantores nuestros 
que hace algunos años aparecen en público, cultivando el 
tango con letra, canciones-estilos de amor lloron y otras de 
su cosecha, todo moderno pero bajo estilización de ritmos 
nativos. ! 

La mas mínima tónica extraña adivinada en la propia sería 
un fracaso para los cantores; pueblos de encomiable sensibi- 
lidad poética y lírica, entusiastas e injeniosos, conservan por 
la tradición respeto rejionalista y artístico. No rechazan la 
canción de otros pueblos, todas son conocidas y aplaudidas en 
el Plata, porque en defensa decidida de lo tradicional y pro- 
pio no interviene el rejionalismo hostil o excluyente; a cada 
uno lo suyo, pero para lo nuestro severa custodia, que de- 
masiado hemos dado y estamos dando a manos llenas, para 
que también entreguemos nuestra alma. Así reflexionan nues- 
tros pueblos. 

Los europeos están muy lejos de ofrecer iguales caracterís- 
ticas en el folklore de su lírica de esfumada historia, por ser 
herencias superpuestas de sus disolventes y truculentas con- 
quistas mutuas, y han tenido que clasificarla por las rejiones 
en que perduró hasta parecer hoy cosa propia. Los franco- 
meridionales, los lusitanos, los hispanos y los ítalo-meridiona- 
les, cultivan como nativa la música y la danza que les deja- 
ron los árabes, pueblo de poetas, líricos y juglares en todos los 
tiempos. No fué imposición ni influencia, es que también de- 
jaron sus hijos; en varios siglos y sin intervención ninguna 
de otras razas pudo resultar allí lo que fué imposible en 
América, aunque siempre se haya dicho lo contrario. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


189 


La lírica autóctona no subsiste si falta en los pueblos la 
íntima emoción racial, porque es la voz de la tierra-madre 
que confidencia misteriosamente con sus hijos. La bandera y 
el himno son estimulantes preparados para enervar a los pue- 
blos y encadenarlos al deber de conservación; la música na- 
tiva es la patria cariñosa que conserva a sus hijos siempre 
niños. 

Está de moda la investigación y estudio de la civilización 
precolombiana, que antes se nos ha citado capciosamente pa- 
ra que en la fábula no resultara incompatible con la epope- 
ya de la conquista . 

Cual una protesta tan muda como elocuente, sobreviven a 
la catástrofe bloques de monumentos o sus soberbios plante- 
les, que la Naturaleza empenacha con su fronda trasmitién- 
doles hálito vital; el jesto extraño e impasible de las caras que 
asoman en sus relieves, parece decirnos del estoicismo de la 
raza que allí los erijió como jalón no sustituido de una cul- 
tura superior. 

Monumentos admirables, templos enormes sobre el ara de 
las altas cumbres, bien cerca de la divinidad, todo abandona- 
do a la carcoma del tiempo. . . Cada lugar donde una piedra 
revele al noble y grande antepasado autóctono, debía ser Me- 
ca de peregrinación a la que el nativo llegase a elevar su es- 
píritu bajo el Astro Dios de América que redimió a la Huma- 
nidad sacrificando a sus hijos, repitiendo la leyenda bíblica. 

No hemos desagraviado a la raza traicionada y permitimos 
que se llame “vencida”; de toda civilización en América solo 
existen esos bloques, que fueron testigos del crimen de la in- 
vasión del bárbaro y lo son ahora de nuestra criminal indi- 
ferencia. 

Hispania enseña con orgullo los bloques romanos y los mo- 
numentos árabes, las dos únicas civilizaciones que le tocaron 
en suerte. 

Excursionistas especiales han ido hasta las rejiones donde 
se ha recluido el arte de América, para incorporarlo en lo que 
sea posible al arte nacional. 

Esa nomenclatura es tarea delicada; la brevedad que carac- 



190 


COSAS DE NECROS 


terizan las expresiones del arte aborijen, corren el peligro de 
la inspiración del profesional, que puede convertir el senti- 
miento y belleza de esa concisión de infinito eco, en un “leit 
motiv” de exuberantes escalas, peligro que llamamos “esti- 
lización”. 

Parecía ésta una exijencia social, porque cuando la evoca- 
ción de bailes y músicas nativas en su expresión mas jenuina, 
llegó a las ciudades conducida por manos piadosas de profe- 
sionales del pueblo, se suponía inadmisible, grosera; pero des- 
pués de oída despertó en los mas incrédulos el misterio an- 
cestral. 

El primer peregrino de arte nativo, el virtuoso criollo ar- 
jentino Chazarreta , 3 sufrió las consecuencias de aquel error, 
pero triunfó, siendo después imitado por otras agrupaciones 
de interpretantes nativos. Así un dia llegarán a pueblos exó- 
ticos lejanos los encantamientos del ritmo de las razas de 
América. 

En el Plata, la Arjentina posee tesoro inagotable de ar,te 
aborijen. Las razas puras no han desaparecido en el centro, 
oeste y norte; viven sin poder ser contados sus componentes. 

En el Uruguay, la reducida península Charrúa, no hay emi- 
nencias ni horizontes para las razas puras, por eso probable- 
mente allí no han subsistido mas que en el recuerdo de las 
melodías conservadas por el paisano; sin perjuicio de concep- 
tuar como propias las de occidente, las del hermano en la his- 
toria y en el hogar. Pero, es al Uruguay a quien debemos las 
mas hermosas danzas nativas, orgullo del Plata en las dife- 
rentes épocas de su historia. 

Y después de tan ampulosa introducción, vamos al objeto 
principal de este capítulo, la presentación de las danzas rio- 
platenses, con rectificaciones y revelaciones de folklore, que 
reservan sorpresas las mas insospechadas para el lector que se 
anime a seguir adelante. 

3 “En la noche del 16 de marzo de 1921 el maestro don Andrés Chaza- 
rreta, que ya venía haciéndolo en la ciudad de Santiago del Estero, desde 
1911, dió el primer espectáculo de música y danzas criollas, en el Teatro 
Politeama en Buenos Aires, que inflamó de entusiasmo contagioso al 
público". Juan Alfonso Carrizo, Historia del Folklore Argentino, Inst. 
Nac. de la Tradición, Bs. As., 1953, pág. 38. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


191 


Cuando los pueblos descubrieron el ritmo le aplicaron de 
inmediato la voz y la mímica, y surjieron el canto y la danza. 

Y cada pueblo demuestra en esas artes sus sentimientos y 
su intelijencia. 

La danza es una expresión circunstancial o una expansión 
espiritual, en su orijen. 

El baile de los pueblos primitivos no ha podido tener canto, 
la emoción del movimiento descontaba todo agregado, y cuan- 
do hubo ocasiones en que a falta de instrumentos los baila- 
dores coreaban el compás, el canto fué sujerido. 

Los pueblos bárbaros hallaron notas acordes en gritos y 
alaridos dramatizados con saltos; emulación de las fieras, pa- 
ra atemorizar al enemigo; los saltos fueron sus bailes. 

Una sencilla observación de las danzas raciales de los pue- 
blos de nuestra era, evocará la época y cultura de su ascen- 
dencia. 

Hemos demostrado que nada debemos los rioplatenses en 
arte lírico popular a la invasión colombiana, a la colonia , ni 
a la conquista de América por la brega del pan; y eso puede 
probarse con mas amplitud en un trabajo especialmente de- 
dicado a este asunto. 

Antes de pasar a la presentación y comentario de las mas 
famosas danzas rioplatenses, conviene detenernos a dar rápi- 
da noticia sobre “cantos de cuna” y “ruedas infantiles”, que 
por afinidad corresponden al tema, y hay en ellas “cosas de 
negros”. En salvaguardia de sus oríjenes unas lineas se im- 
ponen. 

Las canciones de cuna con que el aborijen arrulló a sus hi- 
jos, han sido prolijamente recojidas en Estados Unidos por 
las grandes instituciones indianistas que esa nación sostiene, 
demostrando su culto patriótico y científico de lo autóctono, 
desconocido en el resto de América. 

Entre nosotros es cosa ignorada, siendo indudable que to- 
davía las conservan los naturales, pero, nos falta el espíritu 
de sacrificio y el entusiasmo que esas empresas requieren. 

Nuestro ascendiente europeo, el eficaz y pacífico conquis- 
tador del pan, evocó sus cantos para adormecer sus mestizos. 



192 


COSAS DE NEGROS 


pero ninguno consiguió ser adoptado en el hogar criollo, pues 
dominó en todas las jeneraciones el famosísimo Arrorró. 

Exploremos el proceso de su jestacion. 

La negra africana, nodriza húmeda y seca de la colonia y 
de todas las jeneraciones criollas que alcanzó, y dejó luego al 
cuidado de sus descendientes, puso su expresivo y conciso bo- 
zal al servicio de esa tarea. 

“A-ro-oró” es invitación a dormir profundamente, a ron- 
car, y el ronquido del bebé es suave “ro-ro” de palomas. 

Ademas, en bozal “romí” (con ere) es “dormir”, y “ro” 
(con ere) su síncopa; “a-ro-ró” es mandato; “a-ro-oró” mas su- 
jestivo en el canto. (Léase siempre con ere). 

La negra, apremiada por las múltiples atenciones del ho- 
gar, se injeniaba en todas con habilidad y dilijencia; “a-ro- 
oró” repetía incansable, con voz insinuante y apresurada, lo 
que producía en el bebé el sueño deseado, estuviera en la cu- 
na o en brazos, y aun de lejos, mientras la nodriza se ocupa- 
ba en otros quehaceres, que el canto por sí solo era irresisti- 
ble hamacamiento de la cuna. 

La negra africana y su descendiente femenino demostraron 
mas actividad y resolución que el negro. La vida doméstica 
les debió iniciativas que sus amos no pudieron menos de acep- 
tar complacidos; al “a-ro-oró” fué una de ellas. El criollo lo 
convirtió en “arrorró”, vocablo que cruzó el océano llevado 
por los lusitanos, quienes lo trasmitieron a sus vecinos galle- 
gos y extremeños, y éstos lo difundieron ya alterado por sus 
lenguajes: “arrú”, “arrou”, “rouró”, etc.; fué entonces que el 
diccionario de los castellanos, en una de sus ediciones de la 
pasada centuria se injertó el vocablo “rorro” como sinónimo 
de “niño pequeñito”, con su acostumbrado desconocimiento 
de la sintáxis, acepción y etimolojía de las voces que adopta 
por simple progreso editorial. 

En un canto de cuna latino, pasado por el romance ítalo, 
transmutado al galaico y propagado por el lusitano, se le or- 
dena al bebé que duerma: “ora! ora!”, que equivale a “aho- 
ra! ya!”. El folklorista hispano Marin, encuentra en un canto 
relativamente moderno una linea en la que se dice: “a la-ro- 
ro niño”, cuya procedencia y significado ignora, y en nuestro 
concepto no es otra cosa que reminiscencia de “ora! ora!”, y 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


193 


por lo tanto “ala! ora niño!”, equivalente a “Vamos! ahora 
niño!” (“ahora” por “duerme”). 

El Arrorró es por sí solo un canto de cuna que a todos en 
el Plata, en la edad primera, nos ha hecho presa de plácido 
sueño con su dulce irresistible andantino, pero forma parte 
de la cuarteta siguiente: 

Arrorró m'hijito, 
arrorró mi sol, 
arrorró la prenda 
de mi corazón. 

La que tiene una variante en que el vocablo “arrorró” se 
sustituye con “dormite”,* lo que nos demuestra que aquel es 
su equivalente en bozal, que así lo interpretó el criollo al 
aprenderlo del negro. 

La letra es creación de las madres criollas; difícil será ha- 
llar otra mas sencilla y cariñosa. También su música es de 
concepción criolla, nada parecido encontramos en el jénero; 
si en otra se inspiró ha sido sin perjuicio de crearse una 
característica propia. 

Los cantos de cuna * han debido iniciarse con el primer 
lactante humano que fué necesario hacerle conciliar el sue- 
ño; son, sin duda, tan viejos como la Humanidad, pero los 
que se han podido recordar en uso no son anteriores a la se- 
gunda mitad del xviii. El Nuevo Mundo los vió aparecer en 
su sección “latina” en el xix; la colonia no debió tenerlos y 
si los tuvo no trascendieron ante el Arrorró del negro, que 
alcanzó los del conquistador europeo y consiguió su cuarte- 
ta en el hogar criollo. 

Cantos domésticos, diminutivos familiares, cuentos y sor- 
presas infantiles, nombres de objetos y de actos, etc., que han 
sido declarados donación colonial , o que llevados al otro lado 
del Atlántico regresaron como cosa importada, son obra ori- 

• Es el “duérmete*’ criollo familiar. Una de las innumerables deri- 
vaciones de la sintaxis del pueblo. ¿De “dormir”, “duérmete”? El pueblo 
no concibe los desdoblamientos gramaticales, y deduce con su descon- 
certante lójica: de “dormir**, “dormite”. 

• También llaman "nanas” (del romance ítalo) a estos cantos, los 
europeos de orijen latino. En el Plata se entiende por “nana” única- 
mente la enfermedad, lastimadura o dolor del nene. 



194 


COSAS DE NEGROS 


jinal del negro. Hemos de evidenciarlo cada vez que la oca- 
sión se nos presente o la provoquemos, como tenemos por cos- 
tumbre, si va en ello una información o rectificación folklórica. 

Los cantos de ruedas y ceremoniales infantiles, recien se 
conocieron entre nosotros en la segunda mitad del siglo pasa- 
do. Su número es insignificante; vinieron por un solo con- 
ducto: los maestros-ciruelas y libros de lectura que los gobier- 
nos del Plata importaron para las escuelas primarias, a falta 
de profesorado y textos nacionales, y que el alumnado sopor- 
tó heroicamente. 

Adolecían de gracia, de buen sentido y de pasable versifi- 
cación. Los varones no aceptaron esos juegos, ni con sus nom- 
bres, ni con su técnica, ni con su letra; los alteraron a su ma- 
nera, los acriollaron; luego crearon nuevos juegos que fue- 
ron los preferidos. Las niñas contaron con la feliz interven- 
ción de las maestritas nacionales que ya teníamos, quienes qui- 
taron a lo importado todo lo que el lenguaje y el carácter na- 
cional repelían; luego combinaron otros, orijinales, llenos de 
vivacidad y gracia, con versificación correcta y agradables to- 
nadas. 

Lo importado no pasó de un par de juegos para cada sexo, 
alcanzando a varios los de creación local. 

Pero había uno que conoció hasta la chiquilinada de la co- 
lonia, y todas las jeneraciones del Plata: la Ronda Catonga, 
otra de las perdurables “cosas de negros”. 

Es el juego infantil mas bonito, mas emocionante y mas ale- 
gre; su popularidad es tanta que a todo juego de rueda se le 
llamó “ronda” hasta hoy, lo que ha sido causa de error para 
algún cronista que lo usó como nombre jenérico en divaga- 
ciones sobre ese tema. 

La Ronda Catonga proporcionó a los colonizadores una no- 
ta infantil que desconocían; comenzó seguramente en una de- 
liciosa rueda de nenes negritos. Es en el Plata único juego fa- 
miliar o de barrio, todos los otros son de orijen escolar, por 
eso no pudo conocerlos la anacrónica colonia. 

“Ronda Catonga” decía el negro en su bozal; es la primer 
palabra el imperativo de “rodar”, de que jire la rueda; la se- : 
gunda es onomatopeya de la percusión sobre cualquier obje- 



andanada folklórica 


195 


to que pudiera oficiar de tambor. La combinación del canto 
resultó de la orden con la percusión: “ronda-catongal . . . ron- 
da-ca tonga!” 

También dijo el negro “ronga”, variante menos popular, 
ya olvidada. 

Ese juego, sin mas letra que esas dos palabras y a compás 
de candombe, se hacía con una rueda de chiquilines de am- 
bos sexos, encerrando en ella uno solo que daba sus topadas 
para tratar de tomar a otro de la rueda que debía sustituirlo 
en su indeseable puesto, causa muy justificada de la emoción 
bulliciosa colectiva. 

Cuando la Ronda Catonga pasó a otras jeneraciones, adqui- 
rió versos breves que se recitaban mientras jiraba la rueda; en 
cierto punto del canto el encerrado debía hacer la tentativa 
para conquistar sustituto, y si no lo conseguía tenía que es- 
perar la repetición del canto. La ansiedad que a cada uno do- 
minaba por el temor de ser agarrado, hacía que la rueda to- 
mara todas las mas raras formas jeométricas, jirase con rapi- 
dez mareando al cautivo, y se rompiese repetidas veces por 
soltadas o caídas. 

Una vez mas la injeniosidad nativa hizo obra inolvidable 
asociada a la iniciativa acertada del negro. 

Las danzas riopla tenses tienen: 

Dos únicas influencias: aborijen y del negro. 

Dos únicos trasmisores: el gaucho y el paisano (y colabora- 
ción del negro criollo). 

Dos únicos adaptadores: el paisano y el negro criollo. 

Un probable innovador: el criollo pueblero. 

Su clasificación es: 

Por su procedencia: indíjena. 

Por su evolución: paisana. 

Por su cronolojíá: precolombiana y rioplatense (arjentino- 
uruguaya). 

Por su carácter: de ritual y de amores. 

No existen los titulados “bailes gauchescos”, son éstos los 
bailes orijinales del paisano. Solo un par de bien definidas 
danzas de gauchos podemos presentar, como ya se verá. 



196 


COSAS DE NEGROS 


Vamos a ocupamos de nuestra coreografía clásica, coope- 
rando a salvarla de los errores con que la rutina la va desfi- 
gurando. 

Algunos excursionistas a los pobladitos precolombianos amo- 
rosamente conservados y pro tejidos por las cumbres de Amé- 
rica, y los que han visitado las tribus del centro y norte ar- 
jentino, que nuestra civilización persigue alevosamente sin 
ofrecer nada mejor en su reemplazo, están de acuerdo en que 
el natural acompaña sus cantos y danzas batiendo las manos 
y golpeando con los pies sobre el suelo. Por eso casi todas 
nuestras danzas ofrecen igual técnica, con previsoras variacio- 
nes que las distinguen entre sí. 

El palmoteo del aborijen es característico; rítmico, espa- 
ciado, oportuno; los brazos en alto o en arco chocan sus ma- 
nos cuando conviene animar un compás o un silencio. La per- 
cusión de sus pies es todo un arte delicado y difícil; es la pa- 
rábola de sus danzas. 

El Gato ofrece esa técnica que revela su orijen indíjena; 
son típicos sus rodeos cariñosos y señoriales. Al zapateado el 
paisano le llamó “cepillado" o “escobillado " 4 para comuni- 
carle mas finura. Es el paisano quien ha dado interes a esta 
danza que en su orijen fué de una pareja; hoy pueden tomar 
parte varias, y para que el conglomerado encuentre verdade- 
ro placer en ella, le agregaron las “relaciones", que son los 
envites en verso entre los componentes de cada pareja, lo que 
hace del Gato una fiesta llena de agradables sorpresas y de 
continua alegría. 

El paisano ha hecho de esta danza su diversión favorita, 
con variaciones inevitables sin perjuicio de su característica, 

4 El escobillado es la acción de escobillar, que defíne Garzón: “En el 
gato y otros bailes criollos, zapatear, dar golpes con los pies en el suelo, 
haciendo con ellos alternativamente mudanzas con la planta y con el 
talón”, ob. cit. pág. 193. 

Cf. “Y remató su canto con un escobilleo que arrancó voces de admi- 
ración; los pies se movían con tal presteza, mientras el tronco permanecía 
recto, que era imposible seguirlos con la vista”. Fray Mocho, Obras Com- 
pletas, pág. 150. “Llegué a poder escobillar un gato o un triunfo”. Ricardo 
Güiraldes, Don Segundo Sombra, Ed. Proa, Bs. As., 1926 cap. X. Rossi ha- 
bla más adelante del escobillado o mudanzas. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


197 


y casi siempre por el egoismo de darle rejionalidad provin- 
ciana. 

Su nombre es campero y surjido del supuesto festejo mal 
intencionado con rodeos y persecución disimulada, que hace 
el “gato” (el hombre) a la “perdiz” (la mujer), y que en su 
clásica estrofa se indica: 

Salta la perdiz, madre, mi vida . . . 
salta la infeliz; 

que se la lleva el gato, mi vida . . . 
el gato. . . misl misl 6 

Ha sido la danza mas difundida en los países del Plata, y 
ha servido en todos los tiempos como refuerzo o modelo de 
otros bailes paisanos, algunos de los cuales solo se diferencian 
del Gato en el nombre. 

La Samacueca es danza clásica de Arjentina, Chile y Pe- 
rú . 6 Se supone araucano su orijen por ser en Chile danza na- 
cional, pero no se ha dado noticia sobre la procedencia del 
nombre. Un cronista peruano cree que “cachua” (“baile” en 
quichua), es precursor de “cueca”; en tal caso la Samacueca 
podría ser otro baile, (como se verá lo es la Samba), y no la 
misma Cueca, por mas que el tiempo ha refundido las tres en 
una. El cronista supone que la cachua quichua titulada Chu- 
pa-chapsi es precursora de la Cueca. 

La Samacueca es de una pareja, pero participan todas las 
que entren en la cancha. Se desarrolla en festejantes rodeos 
expresivos de parte del hombre, y graciosos tímidos recatos de 
la compañera; cada insinuación amablemente rehusada, la 
disimula el cortejante en un breve zapateado de técnica indí- 
jena: acompasado, en hábiles percusiones y sin interrumpir 
rodeo. Los danzantes llevan en la mano derecha un pañuelo 
que revolean continuamente en alto, en demostración de ale- 
gría y homenaje mutuo. 

5 Estribillo que ya recoge Juan Alvarez, dándolo como conocido en 
España. Orígenes de la música argentina, Bs. As., 1908, pág. 31. Cf. Jorge 
M. Furt, Coreografía Gauchesca, Imp. Coni, Bs. As., 1927, pág. 42; J. Her- 
nández, Martín Fierro, ed. Tiscornia cit. ant. pág. 93, con claras y docu- 
mentadas notas que dan tendencia hispánica al baile, contrariando a Rossi. 

6 Véase Carlos Vega, Danzas y canciones Argentinas, págs. 107-146. 



198 


COSAS DE NEGROS 


Los instrumentos índíjenas (de cuerda: charango; de vien- 
to: antara; de percusión: huancar) han sido sustituidos con 
arpa y guitarra, redobles en la caja de la segunda (ejecutados 
por otra persona, nó por la que toca las cuerdas), y voces de 
canto. [Véase nota 29, en pág. 290.] 

En Arjentina y Perú se baila la Samacueca sin variantes 
sensibles, pero, por abreviar se la llama con las dos últimas 
sílabas: Cueca; y lo grave es que también se ha dado en lla- 
marla Samba, creyéndolo abreviatura por las dos primeras sí- 
labas. A medida que se han sucedido las jeneraciones esa con- 
fusión ha sido tomada por simple analojía entre “sama” y 
“samba”. 

La Samba es danza muy diferente a la Samacueca hasta en 
su orijen. 

No hay indicios de que se haya bailado en la Arjentina tal 
cual fué en sus primeros tiempos, pero sí en el Uruguay, y 
nos asesoran al respecto paisanos bisabuelos. La Samba es crea- 
ción del negro oriental; es una continuación del Candombe 
trasladado a la campaña. El mortero del maiz se convertía en 
tamboril tapándole la boca con un cuero; se llenaban de pie- 
dritas unos mates o porongos, y la orquesta de la Samba que- 
daba lista. 

Se bailaba en rodeos ceremoniosos corriendo la rueda en 
parejas sueltas, esmerándose los hombres en la jactancia de 
sus evoluciones y pasos picados o de compadrona indecisión, 
conforme a los compases de sus curiosos instrumentos. Y es- 
tando presente el negro, era imprescindible un escobillado fi- 
nal de gran efecto. No se usaban en ella los cortejos y pañue- 
los de la Cueca. 

Con el transcurso del tiempo fué conquistando, como to- 
das, canto e instrumental. 

Pasó al Brasil, Corrientes y Entre Ríos; (ya explicamos có- 
mo el Uruguay hacía de patio al conventillo de la vecindad 
rioplatense); pero al eliminarse sus elementos candomberos, 
dado el parecido de sus figuras con la Samacueca se confun- 
dió con ella en la Arjentina, pero nó en el Sud brasilero, don- 
de la danza chilena fué desconocida. 

Hace tiempo que la Samba ha desaparecido de las costum- 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


199 


bres en la campaña oriental, donde, por otra parte, nunca se 
bailó la Cueca, pues es digno de notarse que en el folklore del 
Río de la Plata, el Uruguay aparece casi siempre como inicia- 
dor y muy pocas como asimilador. 

Escribir Samacueca y Samba con zeta no corresponde por 
ser vocablos nuestros, y no existir aquí, felizmente, la pronun- 
ciación a lengua de trapo castellana. 

“Samba” era común en boca del negro cuando pataleaba 
con entusiasmo figuras de su candombe, lo hemos anotado en 
anterior capítulo. 

Cuando la patria primero y las patriadas después amonto- 
naron los hombres alrededor de los errantes fogones de la gue- 
rra, parece que el recuerdo de la Samba creó el Malambo en 
la península Charrúa, conforme a los mas viejos recuerdos ob- 
tenidos. 

Es un torneo de resistencia y entusiasmo. También se le 
da al negro parte en la creación de esta danza, y es posible, 
por las exijencias del zapateado y el vocablo del nombre. Fi- 
gura de relieve en aquellos fogones como encargado de ale- 
grar sus veladas, no faltaba nunca un negro en un Malambo; 
cada veterano recordaba siempre uno o varios que fueron fa- 
mosos en su tiempo; cada gaucho admiraba a un negro. 

El escobillado del Malambo es el de la Samba elevado al 
máximo de la habilidad y de las “mudanzas”: los pies tan 
pronto talonean como están de punta o de costado; se cru- 
zan, se sepai^tn, repiquetean o planchan; todo ya vertijinoso 
ya suave, tintineando el compás las espuelas, (que en la Cue- 
ca están ausentes), y que siendo un peligro en ejercicio tal, la 
habilidad del bailador lo evita hasta en los cruces mas cerrados. 

Es danza de destreza y de aguante, por lo tanto de hom- 
bres. Si no es el negro su creador solo el gaucho ha podido 
serlo, porque en medio de su persistencia fatigadora hay au- 
sencia de desplantes, manteniéndose inalterable la linea clá- 
sica del arte aborijen. 

Es una de las dos únicas danzas que pueden honrarse con el 
título de “gauchescas”, por su nacimiento en los históricos fo- 
gones gauchos de las trájicas jestas, en que nuestro lejendario 
procer ofrecía su vida silencioso y leal a la patria o a sus cau- 



200 


COSAS DE NEGROS 


dillos, por eso el Malambo une lo alegre a lo esforzado, y es 
callado, tenaz e infatigable como el gaucho mismo, vale de- 
cir como el autóctono; y es danza de varones. 

El entusiasmo del auditorio, las agachadas que se cruzaban, 
las exclamaciones de admiración y animación del gauchaje, 
convertían al fogon de los tiempos heroicos, rodeado de nues- 
tros ascendientes de bronce que hasta en la tregua hacían 
hombradas, en la reunión mas deliciosa. 

Danza únicamente de dos; bailan un período cada uno, 
nunca los dos juntos; el primero que abandona pierde. 

El paisano le ha aplicado versos, e innovaciones en la téc- 
nica que ha titulado “mudanzas”. 

El vocablo de su nombre se sospecha indíjená o del bozal 
del negro, sin embargo, juega en él un dicho común en el 
paisano: “me lambo”, de “lamberse solo”, que en el lenguaje 
del criollo es saborear algo sin convidar, lo que se supone pa- 
ra el bailador de Malambo, que lo hace solo; no pocas veces 
ese dicho habrá sido agachada del auditorio; quedó la prime- 
ra persona del verbo y los caprichos del uso o la intervención 
del siempre gracioso bozal del negro, nos legaron el nombre 
de esa danza de singular característica. 

El Cielito fué en sus comienzos una versada del pueblo, en 
la que se relataban los hechos patrióticos del momento his- 
tórico en que apareció. No era un cantable, ni mucho menos 
un bailable, simplemente versos. Es de orijen uruguayo; el mas 
antiguo de que se tienen noticias data de 1811. 

El barbero montevideano Bartolomé Hidalgo puede haber 
sido o no su creador, pero lo indubitable es que fué su pro- 
pagador y quien lo entregó a la posteridad. Como Hidalgo 
manejaba la guitarra que en esos tiempos se consideraba he- 
rramienta en su oficio, el Cielito consiguió música sencilla y 
característica, y esto sí puede ser orijinal de Hidalgo. 

Contribuyó a su rápida popularidad su carácter patriótico, 
que lo hacía eco de la gloriosa cruzada en que estaban empe- 
ñadas las armas del nativo contra el moro-lusitano y moro- 
hispano; ha sido pues nuestro primer y único romance heroi- 
co, de características propias, inconfundibles. 

Poco a poco se aplicó a todo asunto y cada versificador del 
pueblo compuso su Cielito, pero no abandonó su carácter pa- 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


201 


triótico, actuando en brillante forma en anónimas polémicas 
populares, que nuestros antolojistas no han podido o no han 
querido consignar. 

Esas polémicas las iniciaron los moro-godos que quedaron 
en el Plata después de la expulsión, amparados en la hospi- 
talidad y jenerosidad del criollo. De vez en cuando hacían 
circular en el pueblo, sin que se supiera cómo, versadas in- 
sultantes y jactanciosas contra los criollos, que, con toda se- 
guridad eran compuestas e impresas por los frailes, reserva 
moro-goda que el criollo no molestó creyéndola ájente de Dios 
y sujetos de paz. 

Pero, si el objeto fué mortificar al nativo el chasco les re- 
sultó grande, y no podía esperarse otra cosa de los pueblos del 
Plata, que no perdieron su serenidad y buen humor; cada bru- 
lote realista era contestado a los pocos dias con uno o varios 
Cielitos criollos burlones. De-María cita un Cielito de 1813, 
del pueblo montevideano a los moro-godos encerrados en la 
plaza: 

Cielito, cielo y cielito, 
cielo de los maturrangos, 
salgan si gustan, ajuera, 
y bailarán el Fandango. 

En Buenos Aires fué intensa la anónima polémica patrió- 
tica. Recordaré una estrofa que, entre otras, aprendí de niño 
de labios de una morena porteña que era nubil cuando na- 
ció el Cielito. 

Puede deducirse la insolencia realista por la festiva alu- 
sión criolla: 

Dicen que esclavas harán 
a nuestras americanas, 
para que lleven la alfombra 
a las señoras de España . . . 

Cielito, cielo... que sí! 
la cosa no es muy liviana . . . 

Apártese, amigo Juan, 
deje pasar esa rana! 

Un Cielito realista, lleno de bravatas y amenazas, basadas 
en la noticia de una expedición que se preparaba en Gadex 



202 


COSAS DE NEGROS 


con la santa intención de continuar colonizando y civilizando 
estas ingratas tierras, tenía la siguiente estrofa en la respues- 
ta del pueblo porteño: 

En teniendo un güen jusil, 
tirador y chiripá, 
y una vaca medio en carnes. . . 
ni cuidado se nos da! 7 

El Cielito danza es obra del paisano perfeccionada por el 
criollo pueblero, de ahí sus compases de valse unas veces, sus 
figuras de contradanza otras; mientras en la campaña recor- 
daba al Gato con relaciones. El Cielito danza es de creación 
arjentina, característico de la provincia de Buenos Aires. En 
la banda Oriental no se recuerda que se haya bailado. 

Era patriótico honrar al Cielito; y en la década 1820-30 se 
bailaba en los salones sociales con toda preferencia. Existieron 
en la sociedad porteña el “Cielito de batalla” y el “de la bol- 
sa”, entre las varias formas a que se le sometió por el entu- 
siasmo con que se le distinguía. 

Inoficioso es decir que su estribillo le dió el nombre, indis- 
tintamente Cielito o Cielo, término cariñoso con que se apa- 
rentaba dedicar el relato a un ser amado imajinario, o, qui- 
zá, al cielo de la patria. 

Ya se ha olvidado, y ni en espectáculos públicos de los que 
ofrecen “cuadros nacionales” o “fiestas criollas”, se han ani- 
mado a rememorar en toda su clásica belleza esa creación que 
fué incitante espiritual de estos pueblos, como romance he- 
roico, canción patria, crónica patriótica popular y danza na- 
cional. 

La Güella es la otra danza que como el Malambo tiene el 
honor de poder ser llamada “gauchesca”. Es de orijen uru- 
guayo; al popularizarse en la Arjentina, allá por las decenas 

7 Es el "Cielito a la venida de la expedición española al Río de la 
Plata", atribuido a Hidalgo por Leguizamón, El primer poeta criollo 
del Rio de la Plata , pág. 61. Cf. Lauro Ayestarán, La primitiva poesía 
gauchesca en el Uruguay, Imp. "El Siglo Ilustrado", Montevideo, 1950, 
pág. 95. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


203 


1840-60, se adulteró su nombre mal llamándola “Huella”, a 
pesar de que salta a la vista la falta de sentido: 

A la huella, huella, 
huella sin cesar! 
ábrase la tierra, 
vuélvase a cerrar! 8 

“Güella” es abreviatura de “degüella”, y ésta, en este caso, 
equivalente a “degüello”, por eso el estribillo clásico es claro 
y terminante; para degollar conviene que piadosamente “se 
abra la tierra y se vuelva a cerrar”, pero no para andar sobré 
ella. La confusión pueblera no se oculta, pues aun tratándo- 
se de “huella” o “pisada” el paisano también dice “güella”. 
El desconocimiento de la intención orí j inaria que creó este 
baile, produjo ese error fundamental. Solo el gauchaje de la 
época trájica no se confundió; el entrerriano y el correntino 
usaron la Güella en su acepción cierta, y ha debido conocer- 
se mas hacia occidente, pues se cantó después del asesinato 
de Quiroga: 

A la güella, güella, 
güella sin cesar! 
han muerto a Quiroga, 
nuestro jeneral! 9 

La he oído cuando muchacho a un veterano oriental, alter- 
nada con esta variante: 

han matado a Flores, 
nuestro jeneral! 

Es danza de los fogones de las montoneras charrúas de las 
patriadas, que con sus reflejos luminosos cincelaban en la os- 
curidad altos relieves del torso de bronce del primer gaucho. 
Es danza de hombres; vibra en ella el espíritu vengador del 
Charrúa invicto, trasmitido al admirable paisano uruguayo. 

8 Ya figuran en Ventura Lynch, La provincia de Buenos Aires hasta 
la definición de la cuestión capital de la República, Bs. As., 1883, t. I, y 
son registradas por Jorge M. Furt en su Cancionero Popular Rioplatense. 
( Lírica gauchesca), Impr. Coni, Bs. As., t. I, pág. 410. 

9 Cf. Isabel ÁRErz, El Folklore Musical Argentino, Ricordi Americana, 
Bs. As., 1952, pág. 212. 



204 


COSAS DE NEGROS 


Es grito de guerra; proclama siniestra de los tiempos heroicos 
en que la patria templó el acero de sus hijos. 

Una acción perdida, la desgracia de una sorpresa, la muer- 
te de un jefe, eran glosadas por la Güella, que levantaba los 
ánimos para la revancha o la venganza. 

En los vivaques de las patriadas fué canto antes que danza, 
pues sus figuras coreográficas no tenían mas objeto que ame- 
nizarlo; podían tomar parte varios bailadores, que ya suel- 
tos, ya en rueda, pero cada uno por sí, desarrollaban un cepi- 
llado suave y de elegante espaciacion, que solía ajitarse algo 
después del estribillo. 

El paisano, que contó con el concurso del bello sexo, com- 
binó una danza de pases y rodeos injenuamente corteses, con 
juego de pañuelos y rondas y mudanzas, influenciado por la 
Samba y la Cueca. 

El Pericón es danza orijinal del paisano uruguayo. Así co- 
mo la Güella fué en el predio Charrúa la danza de la era trá- 
jica, el Pericón lo fué de la de paz y organización nacional, y 
parece simbolizarlo en sus placenteras figuras, en la obedien- 
cia a sus oportunos mandatos, en los colores patrios de su 
“pabellón”. 

Sus ritmos hermosos, subyugantes de armonías nativas, son 
inconfundibles, apesar del compás de valse en que se emiten. 

A “Juan Moreira” debe la Arjentina el conocimiento y difu- 
sión de ese baile criollo . 10 Antes de la fundación del Teatro 
Rioplatense solamente se bailaba en la campaña uruguaya. 
En el litoral y en Montevideo circulaban motivos de su mú- 
sica entre los aficionados del pueblo, pero se danzaban úni- 
camente como valse. 

Cuando Gutiérrez y Pepe Podestá prepararon la pantomi- 
ma con que se inició aquel drama gauchesco, para la fiesta 
criolla que en ella se intercaló como el cuadro de mayor atrac- 
ción, no se les ocurrió baile mas típico y aparatoso que el Ga- 
to con relaciones, pues ignoraban la existencia del Pericón. 

Podestá convirtió la pantomima en drama dos años des- 
pués, y continuó el Gato tres años mas escobillando en el pi- 
lo Utiliza algunos fragmentos de estas páginas don José J. Podestá en 
sus memorias, Medio Siglo de Farándula , Río de la Plata, [Córdoba], 1930, 
pág. 58. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


205 


cadero, hasta que la visita a Montevideo en 1889 le propor- 
ciona a “Moreira” la feliz sorpresa del pintoresco baile, que 
había de cooperar al mayor éxito y seguridad del nuevo Tea- 
tro en formación.* 

Así fué sustraída al silencio y aislamiento de la campaña 
uruguaya, la danza criolla mas hermosa, mas elegante y mas 
simbólica que con orgullo puede ostentar el Plata. 

Hacía apenas año y medio que la música del Pericón ha- 
bía pasado al pentágrama por primera vez, y esa fué la que 
sirvió para que “Moreira" lo condujese a su consagración 
rioplatense. 

Dicha música tiene su nota histórica: La Escuela de Artes 
y Oficios de Montevideo, estaba en el período en que fué 
útil al pais y prometía convertirse en grande y fuerte institu- 
ción; la dirijía un coronel don Juan Bélinzon, hombre pro- 
gresista y celoso de su misión; aunque militar velaba personal- 
mente por la buena marcha de todas las secciones de la 
Escuela y solía erijir de ellas obras de aliento, poco acostum- 
bradas en establecimientos de esa índole. Un dia de 1887, 
Bélinzon se entrevistó con el director del conservatorio de 
música de la Escuela, Institución que honró al pais con mu- 
chos buenos profesores, y le ordenó que tratara de recojer en 
sus fuentes de orijen, en la campaña, los motivos necesarios 
para proporcionar a la orquesta de la Escuela el Pericón na- 
cional, baile de paisanos, pintoresco y de música armoniosa, 
digna como ninguna de los honores de la pauta. 

Era el citado director don Jerardo Grasso, quién tomó la 
empresa con dedicación y entusiasmo, logrando el mas com- 
pleto éxito. Su trabajo sometido al peritaje de criollos con- 
gregados por Bélinzon, obtuvo el veredicto: “que se imprima 
cuanto antes". 12 

• En mi libro “Teatro Nacional Rioplatense” relato este memorable 
hecho.ll 

11 En su capítulo Teatro criollo (pág. 25 y sigts.) Recuérdese que este 
ensayo sobre nuestro teatro fué redactado en 1910 y del mismo podríamos 
asegurar dependen algunos pasajes que luego sitúa José J. Podestá en 'sus 
memorias citadas. 

12 La primera descripción la encontramos en Ventura Lynch, que da 
dos versiones. Una tercera pertenece a D. José L. Pérez, uruguayo, en 
1885. Dos años después el maestro italiano Gerardo Grasso por orden del 



206 


COSAS DE NEGROS 


Y nació el Pericón para el arte, instrumentado para orques- 
ta y piano; y pasó las fronteras de su patria, siendo también 
reproducido en el extranjero. 

En el teatro gauchesco encontró elementos y ambiente para 
presentarse con todo su sabor criollo, y halló el perfecciona- 
miento de sus figuras. 

Y la alegre y animosa farándula precursora que con “Mo- 
reira” condujo el Pericón por tierras del Plata, recuerda la 
sorpresa con que era recibido en las poblaciones arjentinas por 
serles desconocido, y la familiaridad con que le hacían recep- 
ción en las orientales, baile proverbial hasta en sus mas apar- 
tados ranchos. 

El Pericón surjió de una combinación de la Güella paisana 
y el Gato con relaciones. Su bautizo vino después, como la 
progresión de sus figuras y con ellas su técnica sin igual. 

Entre los muchos diminutivos que el negro consagró con 
su bozal, existe “Perico”, con el que no solo sustituía a “Pe- 
drito” sino que así llamaba al charabon (avestruz implume en 
guaraní), y en aumentativo: “pericón”, al avestruz. Era muy 
popular entre la chiquilinada una especie de ronda-catonga 
que titulaban “El avestruz y el mosquito”, (todavía se jue- 
ga en el Plata), y por abreviar solía decirse “jugar al aves- 
truz”, lo que el negro llamaba “jugar al pericón”, que en la 
campaña produjo por gracia y continuidad el bautizo de la 
hoy famosa rueda de esta espléndida danza. Tal es la versión 
que explica el vocablo.13 [Véase nota 30, en pág. 291.] 

Como se cita al Tango en lista de danzas criollas, en cual- 
quier época y lugar del Plata, lo mismo se ha citado al Peri- 
cón. Es costumbre mezclar tiempos y olvidar oríjenes cuando 

coronel Julio Muró —difiere del nombre que proporciona Rossi— pre- 
senta una pieza más definitiva y de gran popularidad. Con algunas va- 
riantes llegamos al conocido pericón “Por María” en ciertas partes obra 
de Podestá para orquesta y que luego llevara reducido al piano Gaetano 
Grossi, titulándose como la pieza en la cual se bailaba. 

Cf. Lauro Ayestarán, “Del Folklore Musical Uruguayo. Antecedentes 
bibliográficos del Pericón”, en El Dia, Montevideo, 11 de enero, 1948 y 
La primitiva poesía , pág. 62; y el completo ensayo de Carlos Vega, Bailes 
tradicionales argentinos. El pericón, Historia, Origen, Música, Poesía, Co- 
reografía. Edit. Korn, Bs. As., 1953. 

13 Difieren de estos conceptos, Lugones, Tiscomia, Furt, etc. en los 
estudios ya citados. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


207 


se hacen relaciones literarias, y eso desorienta luego la inves- 
tigación folklórica, siendo motivo de las mas imprevistas rec- 
tificaciones y revelaciones; y nada peor castigado por esa cos- 
tumbre, que la versión de cosas gauchas y criollas. Hasta en 
trabajos serios, de clásicos y modernos que suponemos enten- 
didos en el jénero, se observan confusiones y errores que el 
tiempo ha dejado perdurar sin ser observados. 

Ascasubi nos presenta al paisano conversador Vega, como 
“gaucho payador”. 

Del Campo nos trae a Laguna y su compadre creyéndolos 
“gauchos ladinos”, y son dos chacareros chupistas y noveleros. 

Figari nos pinta un “Pericón unitario” y otro “en la estan- 
cia”, por paisanos con cribados y por consiguiente arjentinos, 
sin sospechar que eso nunca ha sucedido; ha caído en el error 
de Monvoisin con su seudo “gaucho federal”, tan gaucho co- 
mo fundador de la universidad de Córdoba el obispo Trejo. 

Gauchistas, criollistas y nacionalistas, “los mas autorizados”, 
se pierden en descuidos literarios que mutuamente se festejan 
y propagan, tan inocentemente equivocados que, creyendo lo 
contrario, hacen decidida adulteración de las mas caras tra- 
diciones. 

Los modernos cultivadores entusiastas de danzas, cantos y 
música nativa, nos dan sensibles pruebas de despreocupación 
cuando en exhibiciones públicas desean conseguir efectos de 
gran éxito, con perjuicio lamentable de la tradición y silen- 
cio absoluto de gauchistas, nacionalistas y criollistas. 

Citaremos casos ofrecidos en teatros de las capitales del Pla- 
ta, en demostraciones de arte nativo. 

“Gauchos pampeanos con galera* (año 1835) bailan La Fir- 
meza y Los Amores”. 

“Gauchos pampeanos” no han existido. En aborijen “pam- 
pa” es “desierto”. En la pampa no hay nada, ni el famoso 
ombú. Lo único que puede hacerse en ella, a veces, es cru- 
zarla. 

“Gauchos con galera” no los hubo nunca. Fueron paisanos 
peones y conductores agregados a las postas en la campaña 
arjentina, que usaban como distintivo unos galerones, restos 
militares de cuando se organizaron escuadrones de paisanos 
munidos de aquellos adefesios, por imitar burlonamente los 



208 


COSAS DE NEGROS 


morriones del moro-godo. No fué moda ni costumbre, adop- 
ción transitoria de un adminículo útil pues solían ser de cue- 
ro, y servían de recipiente para varios usos. 

La Firmeza y Los Amores son bailes modernos, de fines del 
pasado siglo, inventados por guitarreros de pulpería. La le- 
tra de ambos, chabacana, a veces inmoral, y la técnica dan- 
zante de comparsa carnavalesca, no dejan lugar a dudas. No 
han podido pues bailarse en 1835. 

“Gauchos de Güemes, con ropas rojas y largas barbas, si- 
mulando un vivac danzan el Bailecito a la luz de un fogon". 

Güemes tituló “Gauchos" a sus milicianos de caballería, co- 
mo pudo titularlos “Blandengues", “Voltíjeros", etc., porque 
entónces no se numeraban los cuerpos, se titulaban. La fama 
de los gauchos de Artigas que en esos momentos corría por to- 
da la Arjentina, y cuyas maravillosas audacias comunicaba el 
mismo Artigas por chasques a su amigo Güemes, inspiró a és- 
te aquel título. 

Los gauchos de Güemes montaban en muías y machitos se- 
rranos; usaban grandes guardamontes; pocas barbas se vieron 
entre ellos, pues eran en mayoría naturales y sus mestizos; las 
ropas a “lo que caiga", nunca coloradas; raro que se viese un 
chiripá, pues en el Norte prevaleció hasta hoy el calzón del 
indíjena. Su único distintivo un chamberguito tirolés con su 
respectiva plumita. 

No han podido conocer el nombre “Bailecito", dado al Ga- 
to en las chacras varias décadas después de la actuación de 
esos milicianos. 

Los mismos gauchos barbudos y disfrazados de colorado 
“bailan el Llanto", y, naturalmente, lloran. 14 

El gaucho nunca lloró amores; tampoco el paisano. 

La danza citada es de la misma edad, calidad y proceden- 
cia de La Firmeza y Los Amores, con la diferencia de que ni 
para carnaval es aparente, por lo del llanto. 

14 Esta danza toma su nombre de la mímica utilizada en su coreografía 
y también en parte por su letra que dice: “Ay, ay, ay, / déjenme yorar, / 
que sólo yorando / remedio mi mal’'. Cf. Jorge M. Furt, Coreografía , pág. 
31; Andrés Chazarreta, [Primer] Album musical santiagueño de piezas 
criollas, coleccionadas para piano, Bs. As., 1916; Oreste Di Lullo, El 
Folklore de Santiago del Estero, Santiago del Estero, 1943, pág. 105. 



ANDANADA FOLKLÓRICA 


209 


Varias danzas nativas y de nativos han pasado al recuerdo, 
por cierto muy confuso, pues suele tropezarse con informes 
diferentes sobre una misma, lo que fácilmente se explica si 
se tiene en cuenta que lo único exacto que corría de ellas era 
su nombre, y para aprenderlas no existía otra academia en la 
mayoría de los casos, que la información inconsistente del que 
"las había visto bailar". Vamos a recordar a la lijera algunas 
de las que hicieron época, con sus cualidades características. 

El Marote es de orijen quichua, con señalada actuación en 
el Norte arjentino. De una pareja. Técnica del Gato. Su letra 
es paisana. Sin informes sobre el vocablo de su nombre, que, 
en verdad, no parece quichua. 

El Triunfo fué creación del paisano arjentino. Es descen- 
diente en primer grado del Cielito. Varias parejas, si se quie- 
re. También ha influido en sus figuras el Gato. Debe su nom- 
bre al estilo de composiciones que Hidalgo titulaba "triun- 
fos”: "El triunfo de Maipú”, "El triunfo de Chacabuco”. 

El Pala-pala es danza quichua; la única de jénero cómi- 
co. Tiene canto y letra en que se citan varios animales. Pala- 
pala es el cuervo, y se simula un coloquio de este bicho con 
los que se van nombrándoos Técnica especial de rodeos, re- 
faladas, vueltas, saltos rítmicos, etc., que requieren gracia y ha- 
bilidad, pues se pretende imitar la manera de ser del animal 
que tiene la palabra. El paisano hizo vulgar a esta danza qui- 
tándole la mímica imitativa que le daba novedad, belleza y 
mérito artístico. 

El Palito puede ser de un hombre con dos mujeres. Re- 
cuerda otros bailes con su técnica indíjena, pero sus versos, a 
veces indecentes, que responden al nombre mal intencionado, 
delatan a este baile como ajeno a todo clasicismo. 

El Curumbá o Sombrerito es sin duda guaraní, por su pri- 
mer nombre; por el segundo es paisano, y lo debe a los som- 
breros con que la pareja se prodiga galanteos y cambios cor- 
teses. Por llevar sombrero la mujer se ha supuesto a esta dan- 
za de procedencia quichua-boliviana, pero también se ha bai- 
lado con un solo sombrero, el del hombre, que se colocaba en 

16 Ellos son: la chuña, el ampatu (sapo), el caray -puca (iguana), el 
huiñi (tordo), el utu (zorro), el ycacu (jilguero), el hualu (tortuga) y 
el acatanca (escarabajo). 



210 


COSAS DE NEGROS 


el suelo para desarrollar el baile a su alrededor, y al terminar 
se cubría con él a la compañera. Es elegante y picaresco. El 
paisano le aplicó letra conservando el estribillo indíjena “cu- 
rumbá”, que suele pronunciarse cada dos versos. 

Según Montoya en su diccionario de Guaraní clásico, “cu- 
rumbá” equivale a “sarnoso”, “leproso” o “granujiento”; de 
“curu”: sarna, costra o granos, y “mbá”: lleno o cubierto, 
también interjección, muy lójica tras el anuncio desagradable 
de “curu”. 

Esto nos anima a deducir que como el Pala-pala y muchas 
otras danzas autóctonas de mímica alusiva, festivas y de ri- 
tual, que no han llegado a nosotros, el Curumbá ha debido 
ser una expresiva coreografía de habilidad y efectismos, que 
al rodar con los años ha ido descaracterizándose en las moda- 
lidades del paisano, perdiendo tu técnica y su nombre. 

La Media Caña es contemporánea del Cielito y del Triun- 
fo, y tiene del ritual de ambas. Estuvo en su apojeo en tiem- 
pos de don Juan Manuel, y si la sociedad porteña no inven- 
ta el minuet Nacional, Federal o Montonera, (títulos que ha- 
cían sonreír al taimado loco), éste le encaja la Media Caña 
como respetable baile nacional-federal, por ser el predilecto 
del paisanaje rosista, que le adosó versos indecentes para de- 
leite de la bajeza e incultura del loco. 

Sin duda es creación de los paisanos entrerrianos y corren- 
tinos, de noble estirpe guaraní, pues desde el Paraguay hasta 
Buenos Aires se popularizó eh todas las rejiones de ese litoral, 
y como consecuencia en el Sud brasilero. 

Poco costaría asegurar que el título de esta danza procede 
del de ciertas fiestas guaraníes de espectáculo mímico guerre- 
ro, a que se asociaron los colonos aleccionados por sus frailes, 
y llamaron “cañas”, recordando otras parecidas que sus mayo- 
res los marroquíes implantaron en “el solar de su raza” y así 
se titulaban; pero, se estaría muy lejos de lo cierto. 

La Media Caña surjió de la aparición y uso de la media- 
bota de caña (el calzoncillo no permitía la entera o alta), 
en la que se lucían bordados de talabartería y flecos y borlas 
de cuero que bailando chicoteaban singularmente. En los ce- 
pillados se habría observado ese efecto y ello dió marjen, pau- 
latinamente, al advenimiento de la Media Caña, por bailarse 
con botas de media caña, que le crearon técnica propia en es- 



andanada folklórica 


211 


pedales punteados de pies con que se interrumpían vueltas y 
rodeos compadrones. Naturalmente, ni el título ni la ausencia 
de la media-bota evitaban que se bailara con la indíjena o de 
potro, que era la corriente. 

Ninguna de las danzas que acabamos de citar en este últi- 
mo repaso, figuraron en el repertorio del paisano uruguayo, 
cuya coreografía propia monopolizó sus entusiasmos en toda 
época. 

Hay cierto número de bailes criollos, que son creaciones y 
combinaciones de los cuadros de dramas gauchescos de circos 
nómadas, de los grupos carnavalescos de igual jénero y de los 
injenios camperos que tienen su “torre de marfil” en las pul- 
perías, y se inspiran junto al fogon de adobe cocido. 

La letra, la música y la técnica los delata en el acto; sin 
embargo, sin que se popularicen, pues aparentan pertenecer 
a la tradición, llega el momento en que nos hablan de ellos 
como de herencia gauchesca, pampeana y quichua, y no ci- 
tan la conquista y la colonia por ser cuento demasiado viejo; 
y pasan al “acervo” Los Aires, Las Flores, El Prado, El Polli- 
to, La Mariquita, El Llanto, La Firmeza, El Caramba, etc. 

Nada de eso se ha bailado ni conocido en la banda orien- 
tal del Plata. 



LA INJENIOSIDAD DEL NEGRO 


La gama melódica intensamente humana de su filarmonía, le da influyen- 
te representación en las sociedades civilizadas. — Su última “cosa”, 
el Jazz - band, es el elojio máximo de su imajinativa artística. — 
“Gentilis”. 

El negro de América no ha sido superado en la danza ni en 
las armonías musicales con que la estimula y desarrolla. 

En Africa misma, en la cuna de su raza, acaba de sorpren- 
der a don Eduardo Windsor de Gales y a su séquito, el sen- 
timiento y habilidad filarmónica de esos pueblos todavía pri- 
mitivos, gracias al protectorado de la civilización de los euro- 
peos. “Nada mas maravilloso conocemos”, declararon los bri- 
tánicos; y no existen intereses creados que obliguen a ese elo- 
jio, es un milagro de sincera admiración. 

En toda rejion del mundo donde el hombre negro haya si- 
do aclimatado, dejó las armonías personalísimas de su simpli- 
cismo lírico y los desperezamientos de su plástica. 

En Estados Unidos, donde el “odio del color” no está en 
desacuerdo con el espíritu de justicia hacia lo alegre y delei- 
table, el negro enseña a su hermano rubio los encantos del 
ritmo y de la acción, en sus músicas y danzas. El famoso za- 
pateado del negro norteamericano, bastaría por sí solo para 
consagrar su celebridad. 

Flexible hasta parecer de goma, liviano como una pluma, 
verdadero esteta aun en los mas exajerados movimientos, es- 
conde en cada danza una tentación en la que cae dócilmente 
el blanco, empedernido cateador de sensualidades. 

El Brasil debe al negro y al autóctono sus hermosas can- 
ciones y danzas populares. Inmenso es su número y enorme 
su variedad en tan estenso territorio. En la poesía popular se 
conservan algunas en bozal-brasilero; su simple lectura da un 



LA INGENIOSIDAD DEL NEGRO 


213 


dulce ritmo; véase esta estrofa de la popularísima canción clá- 
sica ‘Tai Joao”: 

Dizofóro dim baranco 
no si póri aturá, 
ta comendo, ta drumindo, 
manda preto trabaiá. 

La Maxixe, de fama mundial, que en el Plata pronuncia- 
mos Machicha, es el tango brasilero creación del negro. 

Portugalandia adeuda al africano, (su industria y familiar 
de otrora), sus mejores cantos y danzas; los hermosos Fados 
son saudades de la sujerente cadencia jenuina de su criollo 
negro. El lusitano conservaba la herencia del projenitor ma- 
rroquí en su Sarabanda y en la característica de su arte popu- 
lar, pero la del negro se impuso sobre aquella, y prevalece en 
la península como prevaleció en América creando el canto y 
la danza brasilera. 

La escala musical del africano tiene dos notas únicas, una 
para cada mano, y el eco en los labios. Con semejante bagaje 
filarmónico es curioso que haya logrado crear el mas intere- 
sante estilo.* 

Es cierto que la salida de sus bosques y de sus tierras lo pu- 
so en contacto con cinco notas mas, pero también es cierto 
que tuvo que ilustrar con láminas de su danza los sonidos que 
con ellas combinó. 

Nadie le enseñó nada, todo es producto de su imajinativa y 
dedicación constante. 

Es admirable lo personal que ha sido en su arte, exento de 
toda influencia, verdaderamente extraño en tan humildes se- 
res; evidencia con que tropezamos a cada paso, de que los in- 
vasores de América no sabían de armonías o balbuceaban algo 
muy inferior al arte del negro. 

Volviendo a la observación bíblica con que comenzamos es- 
te libro, vemos con luz meridiana que el hombre negro al huir 

* Reporteado un músico francés perito en Jazz-band, dice de sus 
creadores los negros norteamericanos: “Sin duda tienen el sentido del 
ritmo desde la mas tierna infancia. Desde niños golpean sobre los ban- 
cos donde están sentados, sobre un tonel, sobre un cajón, sobre todo 
lo que encuentran. Con el ruido cadencioso de sus manos tratan de 
reproducir el ritmo de las canciones populares”. 



214 


COSAS DE NEGROS 


de manos de Jehová antes de que éste terminase su elabora- 
ción, llevó consigo, trasmitido por el divino soplo, las armo- 
nías del ruido disciplinado con que Jehová dotaba al primer 
hombre, y no salieron iguales para el segundo (el hombre 
blanco), por aquello de que “segundas partes nunca fueron 
buenas”. Otra sospecha trascendente: no habiendo sido el hom- 
bre negro inquilino del Paraíso, no pudo ser desalojado y obli- 
gado a vagar con el fardo de maldades de los descendientes de 
Adan; lo que explicaría su sorprendente moralidad individual 
y colectiva.* 

En el Sud americano el negro no pasó de los litorales, en- 
chiquerado con su pariente y socio el ilustre fidalgo colono, 
por eso llegó a nosotros pura y limpia la lírica indíjena. Por 
eso en el Perú corre en la canción y danza de la tierra baja el 
recuerdo del negro, pero no en la alta. Por eso en Bolivia se 
nota su ausencia, sin que precisamente quiera decir que allí 
no fuera introducido, pero, es que las cumbres donde el autóc- 
tono levantó sus templos al Sol, único dios visible, no permi- 
tieron que razas extrañas las profanasen; vengaban a Améri- 
ca; y quizá preparan la vindicación de sus pueblos traiciona- 
dos. Y son las cumbres y sus punas misteriosas las que nos en- 
viaron el ritmo de América. 

En las Antillas, conquista y obra del negro, recojió Francia 
los motivos para sus mas famosas y preciadas danzas de sa- 
lón; Britanialandia aprendió su ponderado Schotis, y en el Ti- 
perary lejendario con que hace sus recreos raciales, se nota la 
inspiración inconfundible del negro antillano, aunque a la 
tradición le hagan decir piadosamente otra cosa. 

Es imposible incursionar en el terreno folklórico de Améri- 
ca sin que alguna “cosa de negro” no se haga presente. 

Sus “cosas” épicas se las ha sustraído el hermano blanco al 
componer la historia . Nosotros lo hemos tomado bajo su ca- 
racterística filarmónico-coreográfica, y mediante ella nos ha 
puesto en rememoración de otras “cosas”, pero de blancos, pa- 
ra detenernos en divagaciones poco comunes, por cierto, mas, 
posiblemente, no del todo inútiles. 

# Dice un acompañante de don Eduardo Windsor en su reciente 
visita a los negros zulúes: “Tan estricta es la moralidad de estos sal- 
vajes, que solo la influencia británica ha impedido que cuando nazca 
algún niño ilejítimo no se condene inmediatamente a muerte a los 
padres." 



LA INGENIOSIDAD DEL NEGRO 


215 


Vamos a despedirnos del negro presentándolo en la última 
conquista de su jenialidad musical, que actualmente recrea al 
mundo con la alegría estrepitosa del Jazz-band. 

Para el negro la música es su ruido predilecto; es parte de 
su yo; nace con él. 

Para el blanco es lo supersolemne, la llama "arte divino", 
y toda una vida dedicada a él, toda una familia de músicos 
ilustres, quedan consternados ante la deshonra de una nota 
discordante que se les ha presentado fuera de pentágrama y 
no saben qué hacer con ella. 

Pues bien, con esa nota desorbitada, el negro, sentimental 
y delicado melodista, ha hecho su jesta filarmónica. 

Si no estuviera la música en todas las cosas de la Naturale- 
za capaces de producir un sonido perceptible al oído, podría 
asegurarse que la reveló el hombre negro, porque la maneja 
a su antojo con todas y contra todas sus reglas. El negro es el 
mago de la desarmonía disciplinada; no hay nota discordante 
ni chirriante capaz de confundirlo; la recibe con su perpetua 
sonrisa y la somete a su injeniosidad. 

El negro es el elojio vivo de la síncopa; es la risa en músi- 
ca. Él ha decantado el estrépito, lo ha filtrado, lo ha alambi- 
cado y ha producido "azúcar y canela finas", según su propia 
frase cubana . 1 

La música del blanco refleja todas sus debilidades y pasio- 
nes, por eso canta, reza, blasfema, llora, raje y acaricia. La del 
negro solo ríe, a veces disimulando una suave nostaljia; ríe 
porque en su psicolojía no se ha encendido la farolería de 
aquellas pasiones, con las que Wagner creó su atrevido jazz- 
band, admiración estupefaciente para unos, intensa repulsión 
para otros. 

El Jazz-band de los negros norteamericanos testifica lo que 
dejamos dicho. Nada mas curioso que ese conjunto de difíci- 
les y delicados instrumentos malabareando sin batuta las no- 
tas musicales en atrevidos compases que, empeñados en no 
dejarlas reunir en armonía, crean una melodía nueva; las sa- 
cuden como calidoscopio de juguetería formando siempre fi- 
guras perfectas; las mutilan, las violentan, las afinan o en- 

1 Cf. Fernando Ortiz, La Africanta de la música folklórica de Cuba , 
Ediciones Cárdenas y Cía., La Habana, 1950, pág. 286. 



216 


COSAS DE NEGROS 


ronquecen, las disgregan o apeñuscan, y surje siempre una 
singular extraña cadencia insospechada que parece irritar a 
la banda, como si en efecto buscara afanosa un verdadero des- 
concierto; la “batería”, en la que el negro ha reunido los rui- 
dos de la selva nativa, ensordece en aparente desacuerdo con 
los instrumentos clásicos a que acompaña; y el extraño contra- 
punto no cede, como la corriente de agua corre y corre perse- 
verante sin que ningún accidente del terreno la detenga, por- 
que los salva adaptándose a todos. 

La música de un Jazz-band es una melodía verdiana deba- 
tiéndose en un torbellino wagneriano. Juguetona como el ne- 
gro mismo, sube a crescendos rotundos y baja a diminuendos 
infinitesimales. 

La “cultura artística” suele ser en el blanco pose y efectis- 
mo; en el negro es habilidad injénita, y con su Jazz-band lo 
prueba: tifón de notas o cascabeleos de ruidos desarticulados, 
en tropel sobre un plano melódico que los aúna, así como ba- 
rullentos escolares loqueando en las filas van entrando a cla- 
se en perfecto orden. 

Y tras esta gimnasia musical desorbitada de innegable be- 
lleza, el maestro negro confirma el simplicismo de su injenio 
repentista, y revela su espíritu innovador con finales cortan- 
tes, secos, que desesperan la técnica arcaica de los intermina- 
bles finales clásicos. 

Decía un moderno intelectual brasilero, en párrafos sobre 
sociolojía de su pais: “Respecto al negro, ya hemos cumplido 
con él nuestro deber de humanidad”, lo que podría interpre- 
tarse por “ya le hemos pagado sus servicios” . . . Muy al con- 
trario: él ha cumplido con todos y nadie con él. Todas las ra- 
zas son deudoras de la negra; solo ella ha pagado siempre, 
puntualmente, con sus virtudes, con su sangre y con el oro de 
su labor ímproba, una civilización cínica y tarada que se le 
ha vendido por buena a inhumano precio. Mucho mas ha 
hecho todavía: con la insinuación de su injenua alegría ha 
invitado a olvidar y ha olvidado; quizá con mas inconsciencia 
que altruismo, pero innoble sería aprovechar esa circunstan- 
cia para desconocer las incontables torturas, los derechos ad- 
quiridos. 

En el pringoso blasón del colonizador inútil y petulante 



LA INGENIOSIDAD DEL NEGRO 


217 


que ambuló sin plan y sin rumbo por tierras de América, des- 
de Tejas hasta los virreinatos de opereta del Sud, luce un 
cuartel: en campo de plata motas negras, y el elocuente lema: 
“Gentilis”. 

La suspicaz crónica de la heráldica, descubrió en eso un 
simbolismo de fusión biolójica y nó un arrobamiento filosó- 
fico de fraternidad en la especie, y, ocultó el cuartel, que des- 
cubrimos en homenaje al infortunado y contento hombre 
negro. 




NOTAS COMPLEMENTARIAS 


O) 

(De la pájina 43) 

UNA SUPUESTA ESTIRPE DE CAM 
Disparatado orijen dado a la raza negra. 

JehovA elijió a Noé y sus tres hijos como únicos seres humanos ejempla- 
res entre los que poblaban la tierra, y después de bendecirlos les ordenó 
que construyeran la famosa arca y se confinaran en ella, para estirpar la 
Humanidad y empezarla de nuevo con ellos. 

Es de suponer que el tal Noé era el superhombre, condición funda- 
mental que los autores bíblicos olvidaron, para presentarlo mas tarde 
como precursor de los alcoholistas y padre brutal y repulsivo, que mal- 
dice a su hijo menor por haberse permitido con él infantil expansión; y 
para dar mas relieve a semejante monstruosidad, bendice a los otros dos. 

Fué Cam el maldecido. 

“Maldito sea CanaAn! Siervo serA de los siervos de sus hermanos!" 
Este fué el bárbaro anatema, verdadero azote de la Humanidad, destructor 
de hogares por muchos siglos; estigma jenealójico que muchas jenerario- 
nes respetuosas de Jehová usaron despiadadamente y consignaron con 
estúpido orgullo en el memorándum de sus “biblias de familia". Este fué 
el bárbaro anatema, incentivo de la esclavitud. 

Cuando el hombre blanco y cristiano resuelve traficar a su hermano 
negro, para justificar su crimen se le ocurre declararlo descendiente de 
Cam; da luego gracias al Supremo por permitirle continuar la venganza 
de Noé, y, queda sonriente y tranquilo. 

Todavía hoy, autores de buen nombre, en estudios antropolójicos, his- 
tóricos, etc., llaman a los negros “estirpe de Cam", y circula tal suposición 
en enddopédicos y en otros libros en que la cita del negro recuerda a 
Cam y la de éste al negro.i 

1 “Los camitas, también llamados kamitas o hamitas (descendientes 
de Cam según la tradición bíblica), son caucásicos del mismo origen que 



220 


COSAS DE NEGROS 


Los autores bíblicos ignoraban la existencia del hombre negro, no se 
debe pues a ellos la versión de la “estirpe negra de Cam”, inventada por 
los cristianos con la intención que dejamos anotada. 

La estirpe de Cam por vía de su hijo Canaán, pobló únicamente en 
tierras de Asia. Era hebrea, perfectamente blanca por cierto. Las rejio- 
nes en que nació y se extendió se llamaron “tierras de Canaán”; predi- 
lectas de Jehová, y tanto, que a ellas atraía sus elejidos cada vez que de- 
cretaba un castigo para el resto del mundo; predilectas de Jesús en sus 
memorables correrías. Se llamaron también “tierras de promisión” y “de 
Israel” (Palestina, Fenicia, Líbano, etc.). Nada menos que el escenario 
máximo bíblicol 

Por lo visto, Jehová no permitió que triunfara la soberbia de Noé, y 
Cam y los suyos anduvieron en el mundo al amparo de su bendición, que 
los cristianos no alcanzaron a comprender. 

Esto de Cam y Canaán necesita una explicación, y nos asesora un bu- 
ceador bíblico: 

“Noé no maldijo directamente a su hijo Cam, porque había sido con 
anterioridad bendecido por Jehová; lo hizo indirectamente maldiciendo 
a su descendencia en Canaán, hijo de Cam; y al profetizarle que sería 
“siervo de los siervos” usó un modismo hebreo que equivale a “el mas 
vil de los esclavos”.^ 

Los cristianos aprovecharon esa chicana para traficar al negro a con- 
ciencia tranquila; “el mas vil de los esclavos”, y, por lo tanto, descendien- 
te de Cam por la rama de Canaán. 

Cam tenía tres hijos mas, a los que no alcanzó la maldición del ama- 
ble abuelito por ser mayores que Canaán. 

De aquellos era Gns el primojénito, y parece mas en condiciones para 
prohijar la raza negra, porque se encargó de poblar la Etiopía y la ( Nu- 
bia, (ningún autor lo asegura pero lo citan), y como esas rejiones fue- 
ron siempre tierras de hombres negros, siendo Cus el colonizador debían 
ser los negros sus descendientes, mas como aquél y su esposa eran blancos, 
a alguien se le ocurrió culpar al Sol de la pesada broma, y hasta nues- 

los pueblos europeos. Son tal vez los tipos africanos más antiguos, re- 
presentados en la antigüedad por la civilización egipcia que tanta influen- 
cia ejerció sobre las demás poblaciones africanas”. Arthur Ramos, Las 
culturas, pág. 24. 

2 “La profecía de Noé fué cumplida por Josué, que derrotó a los 
canamitas y redujo a muchos de ellos a la esclavitud”. Emilio Ballagas, 
“Situación de la poesía afroamericana”. Revista Cubana , Dirección de 
Cultura, La Habana, enero-diciembre de 1946, vol. XXI, pág. 17. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


221 


tros dias hay quienes creen, muy seriamente, que los negros tuvieron su 
orijen en hombres blancos “ennegrecidos por el Sol". 

Los inventores de la “estirpe Camitica" no tuvieron en cuenta: — Que 
donde pobló Canaán nunca hubo nativos negros. — Que Cus blanco y 
con esposa blanca no podía tener descendencia negra. — Que el Sol, por 
ningún proceso puede convertir a blancos en negros. 

Contra la mas elemental lójica, contra el mas infantil criterio, de es- 
tos absurdos convencionales las relijiones tienen verdaderos tesoros.3 


( 2 ) 

(De la pájina 49) 

“COSAS DE NEGROS" 

“Quedar como un negro" — “Verse negro" 

Algo se ha insinuado sobre la intelijencia del hombre negro. Unos ase- 
guran que es inferior a la del blanco; otros, que no es superior ni infe- 
rior, sinó que el blanco obstaculiza su cultivo y le niega todas las opor- 
tunidades. 

La verdad es que el africano no interpretaba fácilmente una clara ex- 
plicación, (tampoco la interpretó nunca un campesino europeo), y el 
mismo afan de obedecer le hacía incurrir en torpezas, casi siempre cómi- 
cas, que consagraron el dicho "cosas de negro", con el que la costumbre 
designó todo error o disparate que pusiera en ridículo al autor, fuera 
o nó negro, y en el que no hubiese ninguna mala intención. 

El dicho ha dejenerado; ahora suele tacharse de “cosas de negro" a 
toda mala acción, a toda pillería, olvidando que los negros nunca proce- 
dieron mal con nadie. 

El plural y singular de este modismo son convencionales y conforme 

3 El Dr. Harry Mac Neil, dice que el más antiguo autor que en la 
tradición universal intentó seriamente poner en circulación la leyenda 
acerca del origen oscuro de la piel de los negros, por causa de Cam, 
parece ser uno de los primeros discípulos de Lutero, llamado Hanneman, 
quien en 1677 publicó un tratado en latín que llevaba el título de Cu- 
riosas investigaciones acerca de la negrura de los hijos de Cam. Y agrega: 
"La leyenda de que los negros derivan el color oscuro de la piel a causa 
de una maldición, fué tomada por Voltaire para hacer burla a los 
teólogos algún tiempo después que el artículo de Hanneman. Rousseau 
añadió algo al grueso de la leyenda. Escritor tras escritor, incluyendo los 
conocedores de la Biblia, repitieron lo mismo después de aquello". Cf. 
“La leyenda de que el Color de los Negros procede de Cam es destruida", 
por N. C. News Service, The Catholic Action of the South, 1941. 



222 


COSAS DE NEGROS 


a la alusión colectiva o personal que en él hubiera. El título de este li- 
bro tiene la particularidad de estar en plural completo, que es lo menos 
usual, y exento del sentido antiguo y del moderno de este dicho, pues se 
refiere a las cosas que de los negros relata y dice que nos dejaron. 

Una variante de “cosas de negro” es “quedar como un negro”, por 
decir “en ridículo”, como quedaba un negro después de una de sus pro- 
verbiales torpezas. También ha dej enerado la intención de esta frase, con 
la que se hace suponer que se ha hecho un papel detestable o condena- 
ble, lo que nunca hizo un negro, pues solo quedaba mal por inocente 
torpeza. 

“Verse negro” es otra variante que equivale a “verse en apuros” o “en 
trance difícil”, que era lo corriente para el negro que encontraba difi- 
cultades en su cometido. 

Todos estos dichos los ha inspirado el africano a nuestro pueblo, y 
han subsistido apesar de no ser aplicables al negro criollo, de intelijen- 
cia y viveza bien probadas. 


( 3 ) 

(De la pájina 52) 

DE LAS “NACIONES” 

Orijen y acepción de “Mandinga”.— El vocablo “Nación”. 

Entre las “naciones” de negros existía una titulada “Mandinga”.l 

Procedía de un poderoso reino, el que mayor territorio dominó en 
Africa, al oeste del Sudan, y cuyos restos viven hoy diseminados por el 
sud de Senegambia. Eran guerreros indomables, algunos de cuyos jefes 

1 “Los mandingas constituyen en Africa un inmenso grupo que ocupa 
en el Senegal gran parte de la región comprendida entre el Atlántico y 
el Alto Níger. Su historia es agitada y compleja. Se componen de tribus 
grandes e importantes como los malinké, los kassonké , los bambara, los 
soninkes, los dula, etc. Poseen un subfijo de nacionalidad común, nké. 
Algunos autores pretenden que la denominación general era Mali-nke, o 
pueblo de mali, el hipopótamo. Otros, como Delafosse, sugieren que la 
etimología exacta es ma-nde, 'descendiente de madre', evocando la trans- 
misión por línea materna”. Por otra parte el mismo Arthur Ramos 
continúa diciéndonos que eran pueblos de "índole guerrera y cruel”. No 
obstante la influencia mahometana, sus componentes eran considerados 
como grandes mágicos y hechiceros; de ahí el término mandinga , en el 
sentido de magia, cosa-hecha, despacho, que los negros divulgaron en el 
Brasil”. Cf. O negro Brasileiro, pág. 59; Las culturas, págs. 276 - 280, 
puede ampliarse viendo el cap. XVI de Introdugáo á Antropología Bra- 
sileña, Ed. Casa do Estudante do Brasil, Río de Janeiro, 1951, vol. I, 2* 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


223 


fueron sobornados por los cristianos para obtener de ellos la venta de 
sus prisioneros, con los que abastecían el mercado de esclavos, sirvien- 
do de funesto aliciente a los mandingos, pues se entregaron a una acti- 
vidad guerrera que los hizo azote de los pueblos vecinos. 

Es de suponer lo que significaba para los negros de otras “naciones" 
un hermano mandinga. 

El clero colonial fué de los principales traficantes de esclavos, combi- 
nado setretamente con funcionarios civiles y militares del verreinato, 
quienes a su vez lo estaban con los negreros. Ese clero que evanjelizó con 
suspicacias grotescas, aprovechó el terror de la infortunada raza hacia el 
mandingo, para conseguir gran temor al Diablo, declarándolo de nacio- 
nalidad mandinga, lo que reavivaba en los injenuos creyentes el recuer- 
do vago de una horrible irrupción que los arrancó de un lugar donde 
no había hombres blancos torturadores . . . V adoraron fervorosamente a 
Tata Dios para escapar a la perversidad del Diablo, ¡mandinga! 

Esto no pasaba del ritual relijioso, pues había mandingos en ambas 
bandas del Plata, y participaban de la jeneral estimación de sus herma- 
nos, que debían suponer que no eran éstos los malos, víctimas del común 
infortunio. 

Circuló el vocablo y llegó a preocupar a los filólogos, consiguiendo 
una definición diferente de cada uno, pero coincidiendo en que se usa 
para significar “travieso”, “revoltoso”, “maligno”, y en que es palabra 
africana, pero, aplican esos defectos al negro y lo hacen causa directa del 
uso y acepción del vocablo. Algunos, para usar una definición mas cómo- 
da y terminante, inventaron que los africanos creían en un diablo o dios 
malo al que llamaban Mandinga.2 

ed. Utilizando esta noticia de Rossi, -Pereda Valdés continúa confirmando 
sin investigar la existencia de los mandingas en el Plata entendiendo que 
la “sobrevivencia de la palabra mandinga que corresponde a la designación 
del diablo negro” puede justificarlos. Negros esclavos , pág. 26; véase, Paulo 
de Carvalho Neto, La obra Afro-Uruguaya de Ildefonso Pereda Valdés , 
Centro de Estudios Folklóricos del Uruguay, Montevideo, 1955. 

2 Existe numerosa bibliografía y estudios sobre el concepto de mandinga 
como diablo, personificado como un blanco, de allí la referencia en 
Martin Fierro: “Pinta el blanco, negro al diablo / y el negro, blanco 
lo pinta”. Cf. Ildefonso Pereda Valdés, El Negro Rioplatense y otros 
ensayos, C. García y Cía., ed. Montevideo, 1937; Dante de Laytano, “Os 
africanismos no dialecto gaucho”. Re v. do Inst. Hist. e Geogr. do Rio 
Grande do Sul, 1936, vol. XVI, págs. 210-211; Félix Coluccio, “Dios, el 
diablo y Judas en el folklore americano”. Revista de Educación, La 
Plata, enero de 1958; Horacio Jorge Becco, Lexicografía, pág. 25 y Negros 
y morenos, pág. 59; Henri Labouret, Les manding et leur langue, París, 



224 


COSAS DE NEGROS 


En lenguaje Rioplatense sirve para designar amablemente una perso- 
na divertida, ocurrente, bromista, y muy especialmente a los niños vi- 
varachos y traviesos. 

En Montevideo el pueblo ha aprovechado la consonancia para apo- 
dar cariñosamente a sus negros: Munyinga, Misirindinga, Curimba, etc. 

Por abreviatura de "nacionalidad" los traficantes dijeron "nación" al 
clasificar los esclavos, con beneplácito de éstos, que en el Plata organi- 
zaron buen número de ellas. 

El paisano del siglo pasado aplicó el vocablo al europeo, despectiva- 
mente; un "nación" era un extranjero europeo, igualado irónicamente a 
su socio y pariente el africano. 

,En la poesía paisana de la época el uso del vocablo es frecuente; mas 
tatde fué sustituido por "gringo". 


( 4 ) 

(De la pájina 53) 

LAS INCONVENIENCIAS HISTORICAS 
La "hipocresía filosófica" 

Pocos cronistas han recordado al hombre negro y su importante papel 
en la ocupación de estas tierras, asociado forzado al moro-lusitano y mo- 
ro-hispano; y lo han citado apenas para demostrar que saben de su pre- 
sencia, pero sin comprometer opinión alguna que pueda deslucir la nove- 
la de la historia de la colonia y el consiguiente abolengo. 

La inferioridad del sujeto, su color, su condición en el reparto huma- 
no, amargan la cita y conducen la crónica a una lamentable vulgaridad. 
Mas si así se nos ofrece la verdad histórica, con silenciarla o falsearla de- 
mostramos nuestra pobreza de espíritu sin desvirtuar derechos adquiri- 
dos, aun por el mas despreciable de los seres. 

Un estudioso nuestro que recientemente se ocupó en un libro del com- 
plejo problema de la "biolojía sociolójica arjentina", nos da un caso cu- 
rioso de ese escrúpulo al llegar a la influencia étnica del negro; prepara 
el terreno con humillante injusticia para éste y ditirambos para el mo- 
ro-hispano, quizá sin deliberado propósito, por mimetismo historial, de 
que se contajian fácilmente los que se dedican a esa clase de investiga- 
ciones. 

Es de lo mas extenso que conocemos sobre el negro en estas tierras, 
y el autor ha llegado a esa parte de su estudio con visible desagrado. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


225 


Lo inevitable del aporte al asunto impone la cita, y le hace decir: “No 
nos interesa referir las particularidades que los esclavos de mota han ori- 
jinado en la sociedad colonial, porque no es la crónica de ese jénero na- 
da halagadora para las obras de pensamiento". 

No obstante ese preámbulo, no ha podido sustraerse a la influencia del 
hecho, que burla toda lójica tendenciosa, y a renglón seguido revela lo 
que parecía querer ocultar jenerosamente, y sacrifica el “pensamiento" 
a la realidad: “No podemos disimular esta negra continjencia que la. he- 
rencia hizo correr por la sangre de nuestro pueblo, tributando consecuen- 
te homenaje a las soberanas leyes de la vida; tendríamos que sufrir, si 
pretendiésemos hacerlo, el agTio desmentido que los elementos naciona- 
les, no del todo rejenerados, ofrecen a cada paso a los que han empren- 
dido la tarea de observarlos. Cuando no es un estirado personaje el que 
descubre, diré así, una reminiscencia de la mota de su ascendiente, es un 
admirable catedrático; cuando no es éste o aquél es algún otro que se 
distingue por su gusto o aspiraciones en el ambiente de las bellas artes" 
Otro cronista nuestro ha dicho que la Historia no es el relato de los 
hechos ni la compulsa de papeles, sinó la filosofía que de esos elemen- 
tos pueda desprenderse. He aquí un autor convicto y confeso de histo- 
riacion imajinativa que no le teme a los concretos y olvida su socorrida 
teoría para informarnos que “las negras eran tentadoras al punto de ha- 
cer dilinquir fácilmente a los blancos", y filosofa: 

“El tenaz encrespamiento del cabello, el grueso labio, un poco lívido 
bajo una nariz recojida y de amplios ventanales, que se veía en la faz 
de algún letrado y en las jeneraciones que sucedieron a la tiranía, (se 
refiere a la del loco Rosas), revelaba para la analítica malignidad de la 
crítica social, el abolengo que los había precedido". 

Sarmiento, que concretaba rudamente los hechos, que con su pluma 
no temió nada ni a nadie, fué menos atrevido que esos cronistas que con- 
funden eufemismo con "pensamiento" y no usan el uno ni el otro. Incli- 
nado a frecuentes divagaciones sobre fusión de castas y sociolojía en el 
Plata, dice en una de ellas que “la introducción del negro fué funesta" 
y nada mas. En otra ocasión hace la broma de que en una vecindad de 
negros y frailes moro-hispanos ha visto infinidad de mulatitos. 

¿Qué culpa tiene el negro en esa continjencia? Esos sus descendientes 
lo fueron por “obra y gracia" de los “arrogantes castellanos” y de los 
" nobles fidalgos colonos”; esto se calla; en este punto se aplica la “filo- 
sofía”, y se le “carga el carro" al negro y los suyos con el concreto de un 
hecho que en verdad les honra, y al que injenuamente se le da tono cho 
cante. 



226 


COSAS DE NEGROS 


Es admirable la acrobacia de abstrusiones de los que historian entre 
las escabrosidades raciales, que surjen de la veracidad de los hechos que 
hay interes en desfigurar; se acojen a lo abstracto heroico: la “metafí- 
sica", la “filosofía", la “ética", el “dinamismo", el “atomismo", etc., con 
todas sus refracciones. 

A esta maniobra acaba de apodarla Croce “cretinismo filosófico”; mas 
propio sería “hipocresía filosófica". 


( 5 ) 

(De la pájina 54) 

¿LOS INVASORES DE AMERICA ERAN BLANCOS? 

Fabricación de nobleza colonial. — No pudieron ser blancos los con- 
quistadores ni los colonizadores. — Hambre que nos revela la 
clase de jente que afrentó la civilización en Méjico. 

El sistema de aplicar patente nobiliaria a los excursionistas y pobladores 
en Indias , se basaba en los servicios, en los presentes agradables a la ava- 
ricia real y en el número de negros que declaraba poseer el postulante; 
esto último muy especialmente en el Plata, de donde no siendo posible 
enviar nada porque nada había, el porcentaje negro daba “abolengo" 
Formulismos con que el solicitante demostraba estar en condiciones de 
poder pagar el tributo creado para tener derecho a usar título y escudo 
o blasón. “De esa guisa" se preparaba paulatinamente la nobleza de In- 
dias, para fauna de sucursales monárquicas encabezadas con otros nobles 
de repuesto, enviados expresamente bajo el pomposo título de “virreyes" 
que hicieron la mas divertida pochade de gobierno y colonización que b\ 
historia rejistra. 

Colono sin negro era colono “sin blanca", y no podía eludir su con- 
dición orijinaria designada con variados vocablos del patuá colonial . 
“miserable, plebeyo, pechero, villano, mulado *", etc., etc. 

El hombre negro, pues, dió “lustre, hidalguía, arrogancia" y otros ane :j 
xos, a la oscura jente que por aquí se acomodó como mejor pudo, sir 
sospechar que el diseño sastreril moruno de sus fundillos se transforma- !• 
ra un dia en blasón o escudo de armas. 

En los “libros sagrados" no “estaba escrito", pero era la incontrarres- : 

• “Mulado" era el hijo de moro y goda o viceversa, por lo tanto»:, 
mas oscuro que el godo y mas claro que el moro. ij 

El vocablo árabe es “muallad", que en Hispania se transformó 
“muladí" primero y en “mulato" mas tarde, cuya analojía con “muía j 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


227 


table influencia del infeliz negro sobre el orgulloso blanco, severa y la- 
tente en la intención de Jehová, con beneplácito de Alá, que también es 
grande, bueno y sabio. 

Y eso de blanco , pase en sentido figurado o tómese por uno de tantos 
“modos de decir" consagrados por la mas inveterada rutina, pues no han 
podido venir blancos a la América hoy llamada “latina", sinó negros-ma- 
tes • y mulatos-terrosos, puesto que hispanos y lusitanos tenían ocho si- 
glos de procreación moruna sin intervención de ninguna otra raza, y co- 
mo es lójico, los dominados, en menor número respecto a los dominan- 
tes y con ochocientos años de hogar mutuo, fueron absorbidos, lo mis- 
mo que lo fué el negro entre nosotros. Por eso se observan en todas las 
rejiones europeas conquistadas por el moro, sus características, pues no 
siendo países de inmigración y por lo tanto de renovación biolójica, con- 
servan sus herencias con aquellas lentas modificaciones determinadas poi 
adaptación cultural. 

Ninguna autoridad mas respetable que la de los cronistas hispanos 
contemporáneos, al hablarnos de la piel de sus mayores los moros: “De 
un color que participa de todos los tintes, desde el blanco mas perfecto 
hasta el moreno mas atezado (negro), debiéndose esta variedad al comer- 
cio que tienen los moros con mujeres de todos colores”. 

El árabe conservaba con preferencia esclavas negras, para satisfacer 
cierta superstición que auotrizaba el cruce con ellas; de la que sin duda 
deriva la de los europeos-latinos, bien conocida en América, de que el 
cruce del blanco con negra (nó del negro con blanca), trasmite inmuni- 
dades venereas. 

No han podido ser blancos los invasores de América que invadieron 
por las rutas de Colón; han sido negros-mates y mulatos-terrosos. Sin du- 
da no faltaron algunos blancos, quizá entre los cabecillas, pero no fueron 
éstos los maravillosos tintoreros que aclararon el color americano; el blan- 


(nó con “mulo" como dicen los filólogos) fué aprovechada para hacerle 
etimolojía por la coincidencia de ser la muía producto característico de 
dos razas diferentes, como el “mulado". 

Transportado el vocablo a América por los negreros, con el uso 
llegó a sonar “mulato", aplicado al producto del cruce de la raza negra 
con la blanca. 

En su última forma esa palabra es probablemente de los mismos 
negros, y se incorporó a los lenguajes europeos que tuvieron contacto 
americano, sin otra alteración que la inevitable prosódica o fonética. 

La voz “pardo" que usamos en el Plata como sinónimo amable de 
“mulato", procede de las Antillas. 

•Los árabes, bereberes, beduinos, etc., negros, lo son de un tinte 
fin brillo, terroso; todo lo contrario del negro lejítimo. 



228 


COSAS DE NEGROS 


co de nuestras ciudades se debe al posterior aluvión europeo de la con- 
quista de América por el trabajo. 

La arquitectura colonial nos lleva también a la sospecha de que no 
eran blancos los invasores ni lo fué el colono ; es la vivienda que el ára- 
be destinó a su “muallad" (mulatería), la de la chusma de los poblados 
de Marruecos y de todas las rej iones europeas donde dominó el árabe; la 
única que en América construyeron en todos los sitios donde se refujiaron. 

Desde el virrey hasta el esclavo ocupaban igual vivienda, con diferen- 
cias en el desesperante barroco, pero inalterables en su distribución y en 
la particularidad de la ausencia de baños... El árabe hacia del baño el 
primor de su casa, y lo conceptuaba impropio lujo para su chusma, poi 
otra parte desafecta a esa práctica, lo que obligó al profeta a ordenar 
abluciones diarias, que practicaban en jofaina (palangana), muy par- 
cialmente. 

Los lusitanos llenaron de negros su propio pais, llegando a superar en 
mucho a la población orij inaria, según lo anotan jeógrafos; intervino 
pues el africano en la contienda del cruce, y, calcúlese el pigmento blan- 
co de los que se largaron a Indias, para tropezar con el hermoso y opu- 
lento Brasil . . . 

Tres centurias antes tampoco eran blancos, y esto prueba las conse 
cuencias del dominio moro: En la batalla de Alacab o Navas de Tolosa, 
de los habitantes de la península Ibérica contra el conquistador marro- 
quí, dicen cronistas de la época: “Una chusma de portugueses negros, 
salvajes, medio desnudos, velludos como faunos. . . atacaban como lobos 
furiosos". 

A los, colonos de Estados Unidos, que eran blancos lejítimos, los natu- 
rales los apodaron “caras pálidas". A los del Sud americano se les llamó 
“godos" y “lusos”; no hay noticias sobre alusiones al color blanco, que 
de haber dominádo difícilmente habría escapado al mote calificativo o 
despectivo; el color oscuro deteste invasor y su desnudez (véase nota 11) 
ha debido ser lo que inspiró confianza a los autóctonos, que le brinda- 
ron su hospitalidad y sus’ servicios, conduciéndolo por tierras y ríos en 
busca de escondidas riquezas, hechos que en la novela de la historia 
se titulan exploraciones , descubrimientos, fundaciones y algunas otras 
“patrañas" . y “conteiras". 

En Méjico, donde la invasión representó la mas brutal afrenta a la 
Civilización, se cotizaba la sangre azul y los títulos por el número de indios 
con que se contaba; y eso de se contaba tómese como derivación de 
cuento, pues nunca tuvieron indios aunque así lo documentaban para 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


229 


mercar nobleza; los indios los tenían a ellos, a los pobladores, bajo su 
techo, en paz y concordia, comiendo del pan del indio. 

El cronista Icaza (Gran Cruz de Santiago, Gran Cruz de Alfonso *Doce, 
etc.), refuerza muchas pájinas de este libro al decir: “Cada conquistador, 
cada poblador y cada fraile, todos necesariamente encomenderos, que sin 
indios no podían vivir"... “Eran bandidos y se las echaban de señores 
apenas llegaban a América". Naturalmente, en la documentación, nó en 
los hechos, pues lo que vamos anotando da clara idea del señorío de 
aquellos sujetos. 

El bárbaro invasor se acojió a la caridad de aquel pueblo ‘de cultura 
muchas veces superior a la suya, y cuando le era oportuno ’lo traicionaba 
sin miramientos; si las traiciones no aportaban suficiente botín, y la 
caridad del indíjena faltaba, el conquistador-colono se moría de ham- 
bre en una de las rejiones más ricas del mundo, donde Natura ha 
tendido sus mejores manteles. Los archivos de Indias están abarrotados 
de documentación de conquistadores y colones de Méjico, en grandes 
censos de hambrientos que claman a “sus majestades" auxilios.. “No 
tiene de que se sustentar y pades^e negesidade” se dicen en sus lastimeros 
alegatos. [Véase nota 27, en la pág. 286.] 

Allá no tuvo importancia la cooperación del negro, porque no hacía 
falta en aquel pais de perfecta organización jeneral y nobles y pródigos 
naturales; sin embargo, dice Icaza que un negro africano de remesa 
portuguesa, introdujo y sembró en Méjico el primer grano de trigo. 

En todos los países europeos es secular creencia que la población de la 
América latina se compone de negros y mulatos; existe sin duda una 
vieja causa de esta suposición, que no es solamente la triste realidad 
de la conquista y colonización a base del africano. 


( 6 ) 

(De la pájina 54) 

“MERIENDA DE NEGROS" 

Falso concepto de los Candombes. — El alcohol y los negros. — Anéc- 
dota su j estiva. 

“Merienda" llamaban los moro-godos a la comida de medio-día, meri- 
diana; hoy sus descendientes llaman así a la de la tarde, apesar del 
espionaje a que se dedican a caza de barbarismos y neolojismos, que al 



230 


COSAS DE NEGROS 


fin de cuentas es lo que les “limpia y ' fija*' el léxico, no han “parado 
mientes” en ese disparatismo de su intervención. 

Fué en una merienda de aquella lamentable colonia la revelación del 
Candombe, y siempre en meriendas fueron sus repeticiones. Aquel des- 
borde de alegría de la desventurada negrada, pudo dar al espectáculo el 
consiguiente enorme bullicio, sin dejenerar en escándalo, pues era pro- 
bada su moralidad y su carencia de antagonismos entre sí, que en 
reuniones de esa especie suelen ser motivos seguros de incidentes. 

Y como eran en meriendas aquellas algarabías de alaridos de alegría, 
los colonos llamaron “merienda de negros” a todo barullo entre jentes que 
no se entienden, pero el tiempo empeoró el sentido, aplicándolo a todo 
embrollo de mala fe entre sujetos trapalones. 

Esto hizo deducir a los cronistas que los candombes eran orjías de 
negros. Grave error, pues fué proverbial la corrección y armonía de 
aquellas reuniones. No habrían terminado los candombes con el último 
africano, ni habrían obtenido recepciones de los gobiernos y del clero, 
si su moralidad y orden no hubiese sido su mejor garantía. 

Y lo curioso del caso es que no faltaba el alcohol en esas fiestas, 
por el contrario, los amos trataban de que lo hubiese abundante; en 
Montevideo caña cubana, en Buenos Aires jinebra, y en ambas partes 
chicha, que los negros preparaban con maiz fermentado. 

El alcohol era para el africano un elixir de vida, pese a los mas 
eminentes fisiólogos; pero para sus descendientes criollos era un veneno; 
en consecuencia, siendo ambos grandes bebedores, solo el criollo se em- 
briagaba. 

El africano avivaba su infantil alegría bebiendo; adquiría verbosidad 
su divertida media-lengua, y concluía por quedarse dormido; era el 
alcohol su deliciosa pipa de opio. A medida que envejecía necesitaba 
mas ese estimulante, que tomaba sencillamente como un remedio a edad 
muy avanzada; por eso cuando su baile típico estaba en retirada, y unos 
pocos sobrevivientes se reunían a contemplarse con ojos cansados, por 
sobre su sincera devoción que les recordaba un san Benito presente, 
por sobre las saudades raciales que evocaban los cantos del Candombe, 
fijaban su interes y vehementes deseos en la especial oportunidad de 
injerir su elixir vital, que solo en esos dias se obtenía para consumo y 
reserva de los patroncitós. 

Una elocuente anécdota que tuvo su período de popularidad, da la 
evidencia de lo dicho. 

Fué en el ocaso del Candombe, en Montevideo, en el refujio de los 
últimos africanos de la calle Queguay. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


231 


Como de costumbre, con anticipación sesionaron los venerables diri- 
jentes, de los que el mas joven no se habría anotado con menos de 
noventa años. Conducidos por el tio “rey” inspeccionaron la casa toda 
roída por el tiempo y la miseria, y se ubicaron luego en la sala para 
deliberar sobre los preparativos de la próxima fiesta. 

El ministro de hacienda o tesorero dió cuenta de sus jestiones ante 
los amitos, lo que significaba la existencia de algunos fondos que era 
necesario gastar con todo cuidado y en cosas muy útiles y necesarias. Al 
llegar a este punto se produjo el siguiente diálogo, que si el lector 
consigue traducirlo a la graciosa media-lengua de los sesionantes, lo 
encontrará impagable: 

tesorero — Mandinga ha metido la cola en esta casa y no puede estar 
mas arruinada... Empecemos por nuestro patrón san Benito... com- 
prémosle una alfombrita . . . la que tiene ya no resiste pisada. 

rey — (Medita y luego contesta con calma) Se comprará... se com- 
prará. . . 

Los demas asistentes están silenciosos y, al parecer, pensativos. 

t — Unas cuantas sillas hacen mucha falta... Ya no va quedando en 
qué sentarse. 

r — Se comprará ... se comprará . . . 

t — Los sillones del trono están muy apolillados y deshilachados. . . 
Convendría hacerles unos forros, baratitos. 

r — Se comprará ... se comprará . . . 

Otras varias cosas citó el tesorero de urjente necesidad, obteniendo 
invariablemente la misma respuesta. Hizo una pausa; en medio del 
mayor silencio observó a los presentes que parecían dormidos, y dijo en 
tono medido e insinuante: 

—Han de venir visitas... debemos convidarlas con algo... como 
de costumbre tendrá que comprarse un poquito de caña o guindado. 

Todos levantaron la cabeza y fijaron la vista en el rey, que súbita- 
mente se ha sentido revestido de toda su autoridad, y ordena; 

—Que se compre inmediatamente! 

El tesorero salió en el acto a cumplir la orden en el almacén de 
la esquina. 

Y todavía faltaba un par de semanas para la fiesta... i 


1 Esta anécdota la transcribe Bernardo Kordon en su estudio, Candom 
be, pág. 58. 



232 


COSAS DE NEGROS 


0 ) 

(De la pájina 65) 

G Ü É ! . . . O I É ! 

“Oyé, ye, yúmba/... Calún, gan güé!” 

Esta cantinela, una de tantas de las que usaron, se oía aun en los 
últimos candombes, y la popularizaron los muchachos de Montevideo. 
Nuestros africanos pronunciaban la “elle” y la “y” como “i” latina. 

La terminación “güél” les era peculiar; la usaban como exclamación 
de alegría, era su habitual “hurra!”, y con idéntico uso pasó a sus 
descendientes criollos. Cuando se encontraban dos morenos y querían 
demostrar su placer en verse, antes de estrecharse las manos y riendo como 
solamente ellos sabían hacerlo, exclamaban: “güél” Cuando durante un 
bailable un moreno o morena levantaba entusiasmos, lo festejaban gri- 
tando “esa morena! güél”, que trae a la memoria el “olé morena” del 
moro-hispano, que delata su indiscutible orijen africano. 

También usaban la exclamación “oyé!” (con “i” latina: “oié!”), y esto 
se asemeja mas al “olé!”. No tomó el negro del hispano esa interjección, 
ni viceversa: derivaba de la fonética que ambos heredaron de orijen 
africano; si el negro hubiese oído e imitado el "olé!” (desconocido en 
América en sus tiempos), lo habría pronunciado bien, pues se aplica 
perfectamente a su modulación bozal. 


(«) 

(De la pájina 68) 

LA GRAN FIESTA DE LA COLONIA 

Esta nota complementa los últimos párrafos del capítulo "El primer 
Candombe”, porque es conveniente que el lector se dé buena cuenta 
de lo que significaba para los colonos esa injenua danza africana. Isi- 
doro De-María, cronista uruguayo testigo presencial, nos informa amplia- 
mente en su Montevideo antiguo , de donde tomamos estas sujerentef 
líneas: 

“Los domingos era una romería aquel paseo del Recinto hasta irse 
a encontrar con los candombes en la costa Sur.” 

‘Y en tiempo de don Juan VI, no hay que hablar... No quedaba 
tendero viejo, ni padre de familia, ni matrona, ni muchacha que no 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


233 


concurriese, a la par de los fidalgos, haciendo rumbo al popular Can- 
dombe de la raza africana.” 

“Y lucían su garbo los currutacos y los empolvados sus fraques... Las 
damas con todo el baúl de sus atavíos.” 

“Cantémosle el gori-gori los que lo conocimos, recorriéndolo tantas 
veces para ir a ver los tios en el Candombe.” 

“El dia de Reyes! . . . Oh! en ese dia de rejia fiesta era lo que había 
que ver!” 

“—Vamos a los Reyes, a las salas de los Benguelas, de los Congos! . . . 
y demas, por el barrio del Sur —era la palabra de orden del ama 
de casa, y: —Apróntense muchachas! —y los chicos saltaban de con- 
tento. Y como la soga va tras el caldero, allá iba también el padre de 
bracete con la señora, y toda la sacra familia por delante.” i 

A muchas décadas de la colonia, extendida la ciudad muy lejos de 
las murallas del Recinto, no por eso perdió su histórica alegría el Cubo 
del Sud, de donde surjieron casi todas las iniciativas de sociedades y 
bailes de negros y de blancos pintados, que marcaron época o fijaron 
una modalidad en el jénero, cual si hubiera quedado allí flotando en 
el ambiente por tantos años, el alma sencilla y alegre del africano. 

Los habitantes de esos barrios, de notoriedad y distinción muchos de 
ellos, nunca se consideraron molestados por los ruidos del pueblo. Se ob- 
servaba verdadera democracia, se respetaban las expansiones del humilde 
aunque fuera negro. Todo ha desaparecido menos el Cubo, escondido 
tras el templo de los ingleses, prefiriendo el constante castigo del mar 
a la contemplación del estado social a que hemos llegado, en el Plata 
como en todas partes, a base de la indisoluble combinación de Progreso 
y Miseria. 

En la banda occidental sucedía mas o menos lo mismo. La sociedad, 
la autoridad y la iglesia se sometían complacidas por una semana o mas, 
a las estrepitosas inocentes saturnales de sus negros; compensación muy 
justa para los motosos ánjeles tutelares del hogar colonial. 

1 La conocida obra del cronista Isidoro de María, Montevideo Antiguo . 
Tradiciones y recuerdos , apareció en primera edición como sigue: Libro 
primero y segundo, “Imprenta Elzeviriana” de C. Becchi, Montevideo, 1887 
y 1888 respectivamente; Libro tercero, Montevideo, “Imprenta Artística” 
de Dornaleche y Reyes, 1890 y Libro cuarto, Montevideo, Imp. “El siglo 
ilustrado” de Turenne, Varzi y Cía., 1895. Existe una edición actualizada 
en la “Biblioteca Artigas”. Colección de Clásicos Uruguayos, Montevideo, 
1957, vol. 23 y 24, (Prólogo de Juan E. Pivel Devoto y preparación del 
texto a cargo de Sofía Corchs Quíntela). 



234 


COSAS DE NEGROS 


( 9 ) 

(De la pájina 79) 

LA RAZA NEGRA EN AMERICA 

En el Rio de la Plata la raza negra está en retirada, por causas ajenas 
a sus excepcionales condiciones biolójicas y físicas. 

Su número superó siempre a la que seguimos llamando blanca, la 
introductora, porque la importación era continua, y el Plata no solo 
fué gran cliente sinó también mercado de reembarco. 

Las jomadas bélicas que crearon y constituyeron estos países, comen- 
zaron el sacrificio del hombre negro, base y vanguardia de sus ejér- 
citos. 

El caudillaje, chapaleando por mas de medio siglo en pantanos de 
sangre nativa, continuó el exterminio del negro, crédito y grueso de 
sus montoneras, defensor eficaz en los poblados. 

La supresión de la importación de negros y su condición de raza 
no emigratoria, limitó el aumento de su población. Y ya en paz y 
armonía nacional, fué desapareciendo por mortalidad natural y por 
cruzamiento con otras razas, que produce lo que los entendidos llaman 
“absorción". 

Las estadísticas oficiales rioplatenses, hace algunos años que como 
injenua simulación de progreso han despachado al negro de sus dudo- 
sos dominios numéricos, diciendo: “Tan pocos quedan que podemos 

darlos por desaparecidos del Plata". Varios miles todavía existentes en 
la banda occidental y mayor número en la oriental, desautorizan esa 
declaración. Respecto a lo que esa desaparición pueda significamos 
es bien lastimoso, pues se nos va con el moreno la lealtad, la probidad 
y la humildad, que bien pueden valer el color negro u otro peor. 

En el Brasil, enorme mercado de esclavos establecido por su invasor 
el bucanero moro-lusitano, el negro se reprodujo fácilmente, en gran 
escala, por encontrarse en un clima y territorio igual al de su orijen. 

El blanco figuró en insignificante número y corrió peligro de ser 
absorbido, alcanzando a duras penas a reservarse el dominio político, 
en ningún momento el racial. Detenida la importación, el negro ya 
demasiado difundido en el enorme verjel ecuatorial que solo él podía 
conquistar, no pudo ser superado en porcentaje ni con la corriente 
inmigratoria continua de los tenaces conquistadores del pan. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


235 


Si el negro desapareciese del Brasil, solo el indíjena podría suplirlo 
en su papel de mediero entre los tesoros de ese pais y la civilización, 
el blanco, diseminado en el litoral, no estará nunca en condiciones 
físicas para una empresa tan ardua, que hasta el momento se traduce 
en un colosal y rico territorio inexplorado. 

En Cuba se repitió el caso del Brasil, tarea a cargo de bucaneros moro- 
godos, franceses, ingleses, holandeses, etc.; que consiguieron hacer do- 
minar a la raza negra como porcentaje poblador. Actualmente, de tres 
millones en que se calcula la población de Cuba, solo escasamente uno 
(estadístico)* es de blancos. 

Puerto Rico también ofrece su población en la proporción de la cu- 
bana. En todas las demás an tillas: Haití, Dominicana, Martinica, Jamaica, 
Bahamas, etc., el blanco ha sido absorbido por igual causa y proceso que 
lo fué el negro en el Plata. Varios millones de negros pueblan y go- 
biernan con acierto en esas an tillas, adaptados a todas las conquistas 
de la civilización, y hablando lenguajes derivados del ingles y francés. 

En Estados Unidos el hombre negro sufrió igual proceso de adapta- 
ción, pero sin el final rioplatense, por que allá el blanco no se lo 
asoció biolójicamente, y reproduciéndose en los suyos, como en su 
tierra de orijen, pudo suplir al factor inmigratorio. 

Todavía queda en aquel pais un millar de predecesores africanos, y en 
cuanto a nativos se dan actualmente diez millones estadísticos. 

En el Plata, no sospechamos la envidiable situación de la raza negra 
norteamericana: librada a sus propias fuerzas y recursos, ha probado 
su intelijencia y su encomiable espíritu organizador familiar y colectivo, 
y sobre todo su orden moral. 

El “odio del color” le creó autonomía, y ésta le permitió expansión 
y cultura, conquistadas sólidamente con su característica paciente per- 
severancia, llegando hoy a dominar en .varias ciudades y estados, figu- 
rando en otros como porcentaje poblador de un 40 a un 60 por ciento 
estadístico. 

Tiene todos los derechos y garantías que la constitución nacional 
acuerda a los nativos, y sin embargo ha rehusado los que podían darle 
participación gubernativa, no presentándose ni a inscribirse para podei 
votar en estados donde su triunfo estaría asegurado, (Luisiana, Missi- 
ssipi, Georgia, Baja Carolina, Alabama, Florida, etc.). La experiencia 

# Los datos estadísticos son oficiales, y cuando se consideran per- 
judiciales al pais, moral o financieramente, se alteran, en todas las na- 
ciones, quedando a cargo del lector aumentarlos o disminuirlos a su 
buen criterio. 



236 


COSAS DE NEGROS 


le ha demostrado la deslealtad del blanco en la política, y el pueblo 
negro sabe por sus intelectuales que su tranquilidad y progreso radica 
en la obra propia, protejida por la carta fundamental de la patria, (que 
allá se respeta como a la Biblia). 

La estadística daba en 1920 cinco y medio millones de negros en 
edad de votar, podemos calcular hoy siete millones, y esto nos dará 
una población negra de quince millones, que aumentarán por creci- 
miento vejetativo. 

Quinientos órganos de publicidad, desde el vulgar diario noticioso 
hasta la revista de altos estudios, son editados por negros para lectores 
de su raza. En todas las artes y las ciencias descuellan eminencias negras; 
en las letras hay firmas notables célebres en la Union, y que no tienen 
a menos de contar entre sus miembros reputados centros culturales de 
blancos. 

Grandes institutos de enseñanza fundados por negros, reciben única- 
mente estudiantes de color; en fin, todo un exponente social silencioso 
y fuerte, del que puede vanagloriarse ese maravilloso filtro de la gran 
Union del Norte. 

El hecho ya citado de que la Biblia no conoció al hombre negro, es 
el principal motivo del odio del color en aquel país de fanatismo bíblico- 
presbiteriano, y nada mas curioso que el hecho de que el negro es 
allá el único que vive y muere conforme a las “escrituras sagradas". 

Y no solo eso: ha correjido valientemente el concepto del color en 
la divinidad, declarando en una convención de negros de todas partes 
del mundo, que en 1924 tuvo lugar en Nueva York, que Jehová y demás 
personajes divinos deben ser negros, porque son justos y virtuosos; y ya 
circulan entre ellos láminas con Jesús y María de raza africana. 

Creemos aquí que el negro es allá perseguido y linchado casi poi 
sport; son casos aislados y por definidas causas, a que tampoco escapan 
los blancos. 

Ambas razas conservan relaciones en los contactos de la vida exterior, 
nunca en el hogar, en el que mutuamente no se admiten. También 
evitan mezclarse en las salas de espectáculos públicos, en los ferrocarriles, 
tranvías, etc. 

Af inaugurar la Quinta Conferencia Internacional Panamericana, dijo 
el señor Alessandri: “Es ley histórica que el territorio, el clima, la 
topografía de los lugares, ejercen preponderante y decisiva influencia 
en el carácter, modalidades y condiciones de razas y pueblos. El ambien- 
te físico modela también sus caracteres materiales, intelectuales y mo- 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


237 


rales. Todas las nacionalidades de América arrancan su orijen del 
mismo hecho histórico, el descubrimiento del célebre navegante, y de 
las naciones del Viejo Mundo sus hijos vinieron a estas tierras a re- 
novarse”. 

Ni mas ni menos: “a renovarse”, en el sentido lato de “sustituirse”, 
que de haber sido “a reproducirse”... aun no alumbraría en el mundo 
de Colón el sol de la Libertad. 

El projenitor africano nos da la mas terminante evidencia: se renovó 
en su descendiente americano, que solo conserva el color y los rasgos 
fisonómicos de la raza, alejándose de ella, sin transiciones, por su in- 
telijencia, valor y astucia, a despecho de las teorías básicas de la he- 
rencia en la reproducción humana, burladas por trasplante de los 
reproductores a latitudes diametralmente opuestas a las de orijen. 

En resumen: el negro nativo americano, hijo puro de africanos, 
difiere radicalmente del ascendiente como sujeto intelectual y espiritual. 

Ahora bien: ese proceso de renovación del negro, es el mismo que 
sufrió el moro-godo y todos los primeros aportes pobladores: sin em- 
bargo, se sostiene la “reproducción” intacta de aquél, si bien nó como 
teoría específica, sinó por interesada historiacion. Sin respeto a la 
secular labor transformadora de diversos factores, el moro-godismo ha 
sido dotado de un fakirismo biolójico de inconmensurable poder ab- 
sorbente y virtud de inabsorbible, con influencia incontrarrestable en 
todo lo americano. Es sencillamente ridículo suponer que ese aporte ni 
otro alguno escapara a la absorción, en este caso inmediata, la indíjena, 
del negro y del mestizo de todos, representante de su propia renovación 
y de la de los otros; un nuevo sujeto, un nuevo aporte poderoso y 
autónomo. • 

De esa manera el “hispano americanismo” ha pasado de simple frase 

• Dice J. M. Ramos Mejía: “Si se analizan los apellidos porteños 
(también los montevideanos) y “principales” de los tiempos de en- 
tónces, se verá en efecto que todos o casi todos procedían de cepa 
hebreo-portuguesa mas o menos modificada” por otros aportes. 

Trelles nos informa que el judío-lusitano “se hallaba incorporado al 
indíjena, al africano y al hispano, principales projenitores de la entidad 
arjentina, y de esas razas fundadoras de nuestra población, la que pre- 
senta vínculos de sangre mas antiguos con la sociedad porteña (y mon- 
tevideana) es, sin duda alguna, la portuguesa”. 

Lo mismo sucede en Estados Unidos, el irlandés, el escoces y el 
holandés fueron sus colonos y nó el ingles, pero la rutina ha consa- 
grado la fórmula literaria “anglo-americanismo”. Como en el caso nues- 
tro se basa en el idioma adoptado, lo que no da raza, patria ni na- 
cionalidad, por ningún concepto. 



238 


COSAS DE NEGROS 


literaria a entidad fundadora y precursora única, desconociéndose, con 
todo atrevimiento, la existencia de continjentes superiores: ítalo- ameri- 
canismo, anglo-americanismo, franco-americanismo, sajon-americanismo; 
lejiones de la única verdadera conquista de América, en la jesta de 
poblar, trabajar e ilustrar. 


( 10 ) 

(De la pájina 79) 

EL AFRICANO EN EL PLATA 

Jénesis de la colonia en nuestro estuario, que llamaron rio de la plata. 
Causas del stock de negros en la banda occidental. — Falsedades 
sobre motivos de introducción del africano en América. 

La instalación del invasor en la banda occidental del Plata, fué im- 
puesta por la necesidad de tener un punto de fácil entrada y salida 
sobre el Atlántico. Nada ofrecían estas nuestras tierras al filibustero, 
salvo playa segura para la vuelta al terruño por el camino mas corto 
y de menos peligros marítimos. 

También por el Plata se expedía el botin de metales obtenidos en 
el Perú y Bolivia de la amistad del natural o del robo. Entre dichos 
metales se hizo famoso por su abundancia la “plata”, y aquel llegar 
continuo de abundante plata, siempre de un mismo punto “en Indias” 
le valió a nuestro mar dulce torrentoso el nombre de “rio de la plata”. 

Propagaron la fama de este rio y de aquella plata, las “relaciones” 
impresas de falsos viajes y de viajeros falsarios, que empujaron hacia 
estas playas muchos navios cargados de bandidos y tronados de todo 
pelaje y casta, llenos de fervor por las futuras abluciones en el por- 
tentoso rio. 

Pero al llegar y darse cuenta del error, no tuvieron mas recurso 
que acojerse al poblado indíjena que ha debido existir donde hoy se 
levanta la segunda gran ciudad latina, que ahora resulta solemnemente 
fundada por un tal Garay, en un cuadro al oleo que en dos ediciones 
ha aceptado emocionado el gobierno comunal porteño, sin beneficio 
de inventario. 

Los traficantes de esclavos enderezaron sus bajeles hacia el mentado 
rio, seguros de colocar a buen precio su mercancía, por lo de la “plata” 
y por suponer que proporcionaban acémilas humanas para transportarla, 
o hábiles buzos para extraerla del fondo del rio, pues creencia hubo 
de que conseguirla dependía de una zambullida. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


239 


Y se abarrotó de negros la banda occidental, (“era un almacén de 
negros” dice J. M. Ramos Mejía), que para los chasqueados buscadores 
de plata les resultó oro en barras, pues reducidos a vivir en la inacción 
por carencia de hábitos de trabajo, el .negro les hizo de Providencia, 
mientras se estaba a la espera de los “acaecimientos”; y he ahí la base 
colonial. 

La banda oriental no fué punto estratéjico para las maniobras bu- 
caneras, a pesar de ser su colono el moro-lusitano, que con un enjambre 
de negros hizo allí su atalaya y pocilga máxima. 

Que se importaron africanos a “tierras de Indias ”: —“para sustituir 
a los indios en su condición de esclavos” — “para no apartar a los indios 
de sus trabajos en las minas” — “para hacer en las minas la faena de 
los indios” — etc., son fantasías de la novela de la historia. 

Donde había minas no hubo negros, pues tanto a éstos como al 
invasor les resultaba mortal el ambiente de ellas. Donde no había minas, 
como en las Antillas y aquí en el Sud, volcaron el continente africano. 

Los negros fueron introducidos precisamente porque no podía con- 
tarse con los naturales. Si hubiese sido fácil esclavizar a éstos, nadie 
habría comprado negros. Aquí en el Plata fué el indio el que esclavizó 
(para suavizar el vocablo se dijo “cautivar”) a los intrusos, cuando no 
los últimó, que era lo mas común: en aníbas bandas; nadie lo ignora. 


(ii) 

(De la pájina 83) 

¿LOS INVASORES DE AMÉRICA VINIERON DESCALZOS? 

El “alto coturno”. — La épica de los tamangos. — Nueva versión para 
el cuadro del fundador Garay. 

Sin duda que algunos jefes y aventureros calzaban en serio risueñas 
bota9, pero la mesnada de siniestros precursores traían en mayoría el 
“talón rajado”; los menos lucían tamangos. 

A semejante calzado le llamaban “coturno”. Era una envoltura inferior 
y menos injeniosa que la “bota de potro” del indíjena-gaucho, lo que 
no habría sido impedimento para que si historiadores y cronistas se 
hubiesen dado cuenta de la presencia histórica del “coturno”, dedujeran 
con la habilidad de costumbre que el indíjena se inspiró en aquel 
calzado para crear su bota. 

El “coturno” se consagró como sinónimo de “abolengo”, de “perga- 



240 


COSAS DE NEGROS 


minos”; en consecuencia, poca perspicacia exije suponer que conquista- 
dores y colonos también deducían “alcurnia” por los piés, pues cuanto 
mas cerca de las rodillas llegase mas sangre azul correspondía suponer 
en el propietario; de ahí que decir de “alto coturno” era significar 

“preclara ascendencia y gran porte y arrogancia”. 

Según “díceres” clásicos, el “coturno” i fué una especie de polaina 
que usaron los actores griegos y romanos, a la que le aplicaban una 
alta suela de corcho, tan alta como mejor le pareciese a cada actor 

para conseguir mas “presencia” en escena. De este accidente el vocablo 
“alto” alcanzó significado nobiliario entre los latinos europeos, y lo 

tiene todavía: “alteza”, derivado de “alto”, es algo más que “nobleza” 
en toda Europa, es “realeza” en su forma solemne mas corriente. “Alto” 
mismo es hoy un inflador de títulos cuando los acompaña. 

La épica castellana de los tamangos es terminante como prueba de 
la influencia de los pies en la prosapia del linaje y del jenio: 

“De alto coturno” es sinónimo de “categoría elevada” — "Calzar el 
coturno” es usar de estilo alto y sublime, especialmente en poesía”. 

En todo el viejo mundo el calzado era distinción. Los pueblos de 
aquellas rejiones donde era necesario defender los pies, los envolvían 

con telas y cueros ligados a las pantorrillas o a los tobillos. Solo tales 
envolturas pudieron venir con alguno de los invasores, pero lo pro- 
bable es que la vida de abordo las haya suprimido durante el largo 
viaje; así la frase: “hollaron con su planta el mundo de Colón”, re- 
sulta exacta. 

La colonia anduvo con la “pata en el suelo”; los que calzaban algo 
lo hadan únicamente para hacer o recibir visitas, costumbre que 
alcanzó a las sociedades criollas. 

Los invasores han sido bien vestidos y calzados por los dibujantes 
de láminas y pintores de cuadros. La realidad habría sido desconcertante. 
Imajínese el lector el oleo endosado a la municipalidad porteña, con 
un señor Garay petiso y moruno, tizona en mano guapeando con lo 
invisible; calzando tamangos pantorrilleros; casco y coraza abollados; 
bragas y ropilla gastadas y remendadas; golilla de su propia hirsuta pe- 
lambre... Rodeado de la mehalla atezada, recelosa, sucia, semidesnu- 
da... Daría la impresión del arribo de los restos de un naufrajio... Y 
no fué otra cosa cada expedición de aquellas. 

i El investigador alemán Roberto Lehmann-Nitsche estudia “La voz 
coturno” en su paciente y documentado estudio sobre “Folklore Argen- 
tino: IV. La Bota de Potro”, Boletín de la Academia Nacional de Ciencias 
de Córdoba, 1916, t. XXI, pág. 293. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


241 


El vocablo "tamango" es el "tamanco" con que el lusitano designaba 
el calzado en sus formas mas toscas; el negro apenas le cambió una letra 
al pronunciarlo, y así ha ingresado al léxico Rioplatense.2 


( 12 ) 

(De la pájina 84) 

INSTRUMENTAL AFRICANO 

Los instrumentos que usaba el africano para sus música, (si "instru- 
mento" puede llamársele a lo que produce ruidos), eran tres: Tangó, 
Masacalla y Marimba. 

Se los obsequió sus misteriosas selvas. 

No producían ningún tono estridente, ninguna nota aguda; daban 
los sonidos roncos y lejanos de los enigmas selváticos; semejaban re- 
zongar de fieras y rozar de vientos que se deslizan entre la maraña. 
Igual sensación causaban los candombes oídos desde lejos. 

Pudo suponer el africano que eran gratos a sus dioses, dispensadores, 
como es la costumbre, del bien y del mal; merodeantes o residentes 
en la selva umbría e impenetrable, desde donde dejaban acechar a las 
fieras implacables y traidoras. El instrumental de la raza enviaba hacia 
la selva sus ecos enérjicos y persistentes, cual un aviso de que la tribu 
estaba alerta en sus mismas expansiones. 

El fuego, silencioso, llena el ánimo de incertidumbres; aleja el peligro 
acercándolo. El ruido entona y reconforta, el mismo temor que lo pro- 
duce se ahuyenta con él; es una guardia segura en un radio muy 
extenso. 

2 En otro escrito dice Rossi, refiriéndose a tamangos: "No fué calzado 
aunque como tal se usaba, ni fué de cuero. Era la envoltura de trapos 
que se hacían en los pies los negros bichocos, para caminar menos dolo- 
ridos. Los mismos negros hicieron extensivo el vocablo a todo el calzado 
de desecho y de cuero, que irremediablemente iba a parar a sus pies 
como antesala del basural". Folletos Lenguaraces, 1987, número 22, pág. 
56. Conceptos similares a los vertidos por José Antonio Wilde y a la defi- 
nición que trae Ciro Bayo: "Vocabulario de Provincianismos Argentinos 
y Bolivianos". Revue Hispanique, Nueva York-París, t. XIV, núm. 46, 1906. 
Este autor recoge una copla popular que dice: "Este es el triunfo, / dijo 
el chimango, / con tamangos y espuelas / voy al fandango"; Romancerito 
del Plata, Madrid, 1913, pág. 154. Y en un conocido tango de Enrique 
S. Discépolo encontramos: "Cuando rajés los tamangos / buscando ese 
mango / que te haga morfar". (Yira-yira). 

Tamango proviene del portugués tamanco, zueco. Hay antecedentes en 
Lenz, Secovia y Juan B. Selva, Crecimiento del habla, Bs. As., 1925. 



242 


COSAS DE NEGROS 


El blanco vino a la conquista con un puñal de mango en cruz, 
símbolo único de toda su cultura; el negro con su terceto orquestal, lleno 
de confiadas expansiones, y el destino quiso que cumpliera su misión 
lo mismo que en el seno de la maraña de sus selvas, pues le sirvió 
para aplacar o alejar el ensañamiento de la fiera humana. 

Al brazo de ciertos árboles que ofreciera un trozo con el aspecto de 
un cono alargado y truncado, el negro lo cortaba, vaciaba su interior, 
transformándolo en un tubo cuya boca mayor cubría con un cuero 
húmedo, lo secaba al calor del sol para conseguir tersura y sonido, y 
quedaba listo su famoso atabal, que ha sonado en todas las rejiones 
americanas donde habitó. 

Nada trajo el invasor, el famoso conquistador , que emitiera un sonido 
o una nota; era mas oscuro que su época; ni el instrumental del árabe 
pudo dominar, y el africano fué para él una revelación. El colono 
concurrió recien con algunos, nó suyos típicos, que no los tuvo, admi- 
nículos mas o menos armónicos, que como el que luego se llamó “gui- 
tarra”, no tenían procedencia conocida en Europa, pero se sabía que 
no eran europeos. 

En Centro América y en las Antillas fabricó el negro de la misma 
manera sus atabales, pues encontró árboles aparentes para ello. En el 
Rio de la Plata no pudo hacerlo así; durante su coloniaje ha debido 
servirse de tablas o recipientes; mas tarde usó pequeños barriles que 
hizo con duelas de otros más grandes. 

A este instrumento el africano le llamó “tangó”, (véase páj. 99). 

En el Plata se llamó “tantán” por onomatopeya, y “tamboril” por 
ser de percusión como el tambor; éste último nombre fué el que con- 
servó.l 

Entre los tamboriles figuraba uno característico, tres o cuatro veces 
mayor que los comunes, y no hubo mas de dos en cada reunión. Daba 
al Candombe una nota grave y profunda que sonaba con cierta majestad, 
despreocupada de sus acompañantes a quienes servía de guión. Parecía 
encerrar la voz lúgubre y enigmática del continente africano. 

i Nuevamente recurrimos a Lauro Ayestarán, quién ha desarrollado 
un extenso planteo sobre “Los instrumentos del Candombe”. Cf. La música 
en el Uruguay , págs. 90-101. El tamboril grande a que se refiere Rossi, 
es denominado Macú (tambor grande) en la descripción de Marcelino 
Bottaro, Rituals and Candombe, en la antología ordenada por Nancy 
Cunard, Negro , London, 1934, págs. 519-522. 

Entre ellos podríamos situar: mates o porongos, canillas de animales 
lanares, palillos, tacuaras, arco musical y los mencionados por Rossi. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


243 


Los negros tenían por él especial predilección y respeto, y el encargado 
de tocarlo conceptuaba la tarea como una distinción, y la desempeñaba 
con seriedad y suficiencia. 

Solía tocarse con una mano y un palo. 

Era este el “tangó” del africano de Buenos Aires, que el pueblo 
llamó “tambor”, y consagró un barrio. 

En Montevideo se tituló “redoblante”, vocablo cuartelero que le 
aplicó el negro criollo. 

La Masacalla es el instrumento que la selva ha dado ya listo para 
usar; no hay mas que desprenderlo del tronco materno y sacudirlo. Es 
una calabaza o mate de los que usan nuestros muchachos como flota- 
dores para aprender a nadar. Esos mates encierran semillas sueltas, y 
sacudiéndolos producen un “chas-chás” que alternaba bien con los 
tamboriles. 

Si el mate era de la variedad sin semillas, lo perforaban por el mango 
y le introducían piedritas. 

El vocablo “masacalla” es africano y lo conservaron en toda América, 
con raras variaciones. 

Las caprichosas formas de las calabazas le sujirieron al africano otro 
instrumento: tomó dos, largas y angostas, las colocó paralelas a una 
distancia de veinte centímetros, puso sobre ellas varios palitos de madera 
dura, los ató a las calabazas con fibras vejetales, presentando así el 
aspecto de una escalenta; golpeando con otro palito sobre los peldaños, 
producía sonidos sordos y secos. Esa fué la Marimba.2 

En América sufrió modificaciones. En las Antillas suplieron las cala- 
bazas con un cajoncito. En Colombia y Venezuela con cuerdas, resultando 
una verdadera escalera en miniatura que se colgaba sobre el pecho, y 
mientras con una mano se mantenían en tensión, con la otra armada de 
un palito se repasaban los escalones hacia arriba y hacia abajo, produ- 
ciendo un ruidoso castañeo. En esta forma la adoptaron los europeo-la- 
tinos; también en el Brasil y en el Plata. 

2 Puede completarse con Néstor R. Ortiz Oderico, “Strumenti musi- 
cali degli afro-americani”. Separata della Rivista di Etnografía , año VII, 
1953,. núms. 1-4, y el apéndice del mismo autor al Diccionario de la música 
de Della Corte y Gatti; Fernando Ortiz, “La Afroamericana Marimba”, 
Anales de la Soc. de Geog. e His. de Guatemala , Guatemala, 1954; XXVII, 
núms. 1-3, págs. 310-333; André Sch<effner, Origine des instrurnents de 
musique, Ed. Payot, París 1936, pág. 85. 



244 


COSAS DE NEGROS 


En Centro América se optó por el sistema antillano, habiéndose per- 
feccionado a tal extremo, que hoy la Marimba es un instrumento musical 
de voces maravillosas, que tocan artistas del ritmo y fabrican hábiles 
ebanistas. 

El vocablo es africano.3 


(13) 

(De la pájina 85) 

“GAUCHO” Y “PAISANO” 

A los cultores y lectores de literatura criolla. 

La rutina de llamar “gaucho” al hombre de nuestros campos, por el 
solo hecho de que vive en ellos sometido a su lenguaje, labores y cos- 
tumbres, está tan arraigada, que resulta risueñamente novedoso pretender 
demostrar que no hay tales gauchos, que son simplemente “paisanos” 

El gauchismo literario es el culpable de ello. 

Tal desviación es arjentina, y es clásica, porque al occidente riopla- 
tense llegó la fama y el nombre antes que el sujeto, que procedió del 
oriente; por eso se le aplicó gauchismo a toda expresión nativa o de 
nativos; por eso hicieron gaucho al ladrón, al asesino, al cuatrero, al 
vago lírico, y hasta el loco Rosas, flojo, taimado y sanguinario, es llamado 
gaucho. También eran gauchas las malas autoridades... Se desconocía 
al lejendario cruzado épico, pero su obra estaba en todos los corazones 
nativos; el cariño y la fantasía popular crearon un ídolo lleno de virtudes 
y capaz de crueles venganzas, tan temerario como divertido; los escri- 
tores del pueblo, influenciados por tales características del reparador 
de toda injusticia y símbolo de civismo, secundaron haciendo literatura 
gauchesca; y surjió el seudo-gaucho erudito, político, refranero, crítico, 
filósofo, bardo . . . llegando Ascasubi a damos en Aniceto el Gallo un 
gauchi-poeta con' su gaceta gauchi-patriótica, consagrándose paulatina- 
mente el paradójico gaucho intelectual enciclopédico... 

En el Uruguay, cuna indíjena del lejendario procer, el clasicismo 
criollo no ha caído en tan exajerada confusión; solo la imajinativa pue- 
blera moderna ha podido cometer ese evidente error de antonomasia. 

3 La voz está registrada como instrumento afroamericano y como castigo, 
dar una marimba, una pateadura (dar una marimba, tanto como paliza). 
Figura en Malaret, pág. 452; Arrazola, pág. 130; Garzón, pág. 299; 
Segovla, pág. 129; etc. Lo recuerda un tango: “Como entró a escasear el 
vento me diste cada marimba / que me dejaste de cama con vista al 
hospital”, Celedonio Flores, Lloró como una mujer. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


245 


Hemos de insistir, en todo momento, sobre que el Gaucho no fué ro- 
mancero, sino guerrero; no fué bardo ambulante, sinó silencioso hombre 
de pelea. 

La literatura criolla a base del paisano dicharachero, cantor, etc., no 
se perjudica suprimiendo su presunto gauchismo, y el Gaucho no se 
favorece con ella. Los cultivadores del jénero deben tener presente 
esa sustitución, lo exije así el respeto al legado de civismo y hombría 
que debemos al procer, y no es posible dejarlo confundir a éste con 
chacareros enamorados trájicos o doloridos, o compadrones milongueros 
de pulpería de campaña. 

El buen lector debe seleccionar bien esa exuberante y descuidada 
literatura, aunque firmen “autoridades en la materia 0 , que con fre- 
cuencia lo son por jeneroso consenso de los profanos. 


(14) 

(De la pájina 97) 

MUSICOS Y POETAS DEL PUEBLO 

Los pueblos rioplatenses tuvieron sincero cariño por sus negros; pueblos 
únicos en el mundo en sus condiciones de políglotas de todos los patuás, 
maquietistas de todos los tipos; solo del negro no hicieron ridículo, lo 
imitaron para trasmitir la injenua alegría de sus “cosas 0 . Ha sido 
desconocido en el Plata el “odio del color", por obvias razones ya 
expuestas. 

En el cancionero lírico popular inicial rioplatense, descuellan morenos 
y pardos, que lucieron apellidos lusitanos e hispanos con más dignidad 
que los “arrogantes" fidalgos, famosos manipuladores del concepto “hon- 
ra", trascendentalmente condensado en el “ilustre" patronímico que 
sin escrúpulos entregaban a sus negros a la par que a sus esposas e 
hijos. 

Ninguno de aquellos músicos-compositores conoció el pentágrama; 
ninguno de aquellos vates pudo inspirarse en la poesía importada; y 
sin embargo, fueron buenos versificantes, sentimentales armonistas. 

Su producción se fué con ellos; el pueblo imprime únicamente en 
la memoria, y la huella de las jeneraciones que pasan va borrando. 



246 


COSAS DE NEGROS 


(15) 

(De la pájina 114) 

EL ESTILO 

Los pueblos del Plata cantan sus inspiraciones. — La Décima. — El 
Estilo. Su orijen uruguayo. — La Cifra. — Música del "Estilo de 
Moreira" y de un "Estilo-recitado". 

Los pueblos rioplatenses, como todos los pueblos, son creadores de sus 
canciones, con la particularidad de que no se han dejado influir por 
emulaciones exóticas, y mucho menos por el hispanismo que tan sus- 
picazmente descubren los críticos-antólogos. Esto ya lo hemos dicho, 
pero conviene repetirlo, siquiera por lo raro que parece; todo nativo 
del Plata, por muy poco que conozca a su pueblo, sabe que es refrac- 
tario a inspirarse en lo importado, y que si le hace el honor de eje- 
cutarlo es Unicamente para demostrar su insuperable habilidad de 
imitador, pero sin contaminar su repertorio ctíoIIo. 

¿Críticos y antolojistas rioplatenses pueden desconocer eso?. . . En 
tenaz confabulación visten a sus pueblos de prestado, y los rebajan con- 
ceptuándolos con la vulgar limitada retentiva del loro. 

La canción pueblera rioplatense ofrece un vasto y hoy difuso reper- 
torio, sin jénero definido, pues abarca todas las medidas del verso y 
todos los compases del ritmo; pero, logró plasmara en diez lineas oc- 
tosílabas, una canción sometida a un compás que significaremos lla- 
mándolo de "valse lento", la que logró popularizarse y denominarse, 
por sus diez versos: Décima. 

No era uniforme su asonancia, cada anónimo autor pareaba como 
mejor oía, precisamente porque no era producto de imitación, era la 
décima rioplatense, tan libre como vibrante. 

Corresponde esta aparición probablemente a la primera década de 
la segunda mitad del siglo pasado. 

Dos décadas después evolucionó haciéndose mas típica y creando el 
mas hermoso jénero de poesía lírica: el Estilo.i 

Nuestros pueblos tuvieron siempre el orgullo de lo propio, son na- 

1 Cf. Albert Friedenthal, Musik, Tanz und Dichtung bei den Królen 
Amerikas, Berlín, 1913; Josué T. Wilkes, "El Estilo", en Anales de la 
Asoc. Folklórica Argentina , Bs. As., años 1947-48, vol. III, pág. 47; del 
mismo autor en colaboración con Guerrero Cárpena, Formas Musicales 
Rioplatenses , Bs. As., 1946; Isabel Aretz, El Folklore... pág. 144. 



NOTAS COMPLEMENTARLAS 


247 


donalistas intensos. Cultivando la Décima, cada cantor aplicaba su 
inspiradón lírica y su habilidad en el cordaje, ilustrando la letra con 
las mas orijinales armonías y novedosa técnica, revelándose en cada eje- 
cutante un autor y su estilo. Y "Estilo" se dijo por "motivo" nuevo 
o propio, pues ademas de que aquella candon no tenía semejanza con 
ninguna de las conocidas, daba una sorpresa en cada cultor. 

Y se llamó Estilo la romanza irreemplazable de estos pueblos, la ar- 
tística y sentimental canción popular, que el criollo conduce sin vaci- 
ladones por el cordaje de su guitarra entre las más hermosas cadencias. 

Se acompaña el Estilo con música, a veces caprichosa, de singular 
belleza, con pases de la más imprevista orijinalidad; demostradón delica- 
da de la sensibilidad rítmica y de la admirable predisposición emotiva 
que hace de cada criollo aficionado un expontaneo compositor. 

La Décima ha sido popular en todo el litoral común a los países del 
Plata. El Estilo era característico del pueblo oriental; en la Arjentina 
fué desconocido, los escritores clásicos no lo citan, y antes de la apa- 
rición del moreno arjentino Gabino Ezeiza, que fué un especialista en 
el jénero, no se ocuparon de esa canción los escritores modernos. 

Hernández, que parece trató de reunir en su "Martin Fierro" todos 
los metros y repartos de versificación corriente, no ofrece décimas ni cita 
el Estilo. 

En los comentarios críticos o antolójicos de literatura lírica popular 
arjentina, del pueblero y del paisano (al que llaman "gaucho"), no se 
cita el Estilo ni la Décima, y alguno que anota a ésta, la conoce 
"de oídas". 

Don Rafael Obligado nos da un ejemplo terminante del desconoci- 
miento del Estilo en la Arjentina, en el encuentro que le prepara a 
Vega con el Diablo; para que éste sujestione al auditorio solo se le 
ocurre al autor que cante "cielos" y "tristes"; y el relato está hecho en 
notables décimas, dignas de un Estilo subyugante, que es lo que habría 
cantado el romántico y sapiente Diablo que nos presenta, si el autor 
hubiese conocido aquella canción. 

Han recordado siempre los veteranos que en los campamentos aliados, 
el soldado uruguayo se distinguió como "estilista", y llamó la atención 
con ese canto que tanto se adaptaba a la psicolojía criolla, por lo que 
su propagación era inmediata. 

El continuo intercambio entre los litorales rioplatenses lo impuso, 
contribuyendo a imprimirle su verdadero carácter los payadores profe- 
sionales que aparecieron en 1880-90 en ambas bandas, que hicieron 



248 


COSAS DE NEGROS 


de esa canción su número de lujo. Se distinguió entre aquéllos Ezeiza, 
que creó hermosos Estilos y popularizó el jénero en Buenos Aires, mien- 
tras en Montevideo hacía lo mismo el payador oriental Juan de Nava. 

Como exponente de la típica romanza rioplatense, acompaña a esta 
nota la música del Estilo popularizado por el drama “Juan Moreira”, 
en cuya pantomima inicial lo colocó Eduardo Gutiérrez, con letra del 
poema “Lázaro" de su hermano Ricardo. Esta circunstancia ha hecho 
que se le llame “el Estilo de Moreira", pero el autor de la música, como 
el de casi toda obra del pueblo, es desconocido. 

Existe una clase de Estilo orijinal, bonito y sencillo, del que ofre- 
cemos una muestra en la música adjunta de “Estilo-recitado". Se presta 
como ningún otro canto al lucimiento amplio de la letra, que se mo- 
dula en un ritmo suave, dulce y sentimental. Este Estilo fué predilecto 
de los payadores profesionales, por favorecer la improvisación. El que 
publicamos es de autor desconocido, y contribuyó a su mayor popula- 
ridad Pepino el 88, con sus canciones picarescas de que fué iniciador 
en las pistas circenses. 

La Cifra es una propagada denominación de algo que no tiene iden- 
tificación; no es música ni canto, y es ambas cosas a la vez; no tiene 
características que puedan delatar su presencia; es, en resumen, un 
vocablo y nada mas. 

“Payar con pié forzado” se llamaba al sistema de que un payador im- 
provisara tomando de “pié” el último verso de su contrincante, y un 
dia se llamó “cantar por cifra". 

También al Estilo-recitado, en que el canto corre saludado a ratos 
por arpejios que se desgranan como collares rotos, se le ha llamado Cifra. 

¿De dónde salió ese vocablo? Sencillamente de "tocar por cifra", co- 
nocido y viejo sistema de "método de guitarra para aprender sin maes- 
tro", en el que las notas se sustituyen con números, para hacer mas 
fácil su conocimiento y ubicación en el cordaje; los mismos métodos lo 
consignaban en su carátula: “para tocar por cifra". 

La imajinacion pupular encontró analojías en "payar con pié for- 
zado", viendo en el "pié" la cifra-guía. En el Estilo-recitado le ha suje- 
rido el vocablo el espaciado ritmo, deletreando en el cordaje como 
elementales armonías "por cifra". 









NOTAS COMPLEMENTARIAS 


251 







252 


COSAS DE NEGROS 


( 16 ) 

(De la pájina 115) 

MILONGA - CANTO 

Las que figuran en esta nota son milongas-cantos del mas puro clasi- 
cismo nativo rioplatcnse; en sus cadencias juguetean misteriosas nostal- 
jias autóctonas. 

No hay autores, son la expresión de pueblos de fecunda lírica y bri- 
llante imajinación. 

La Milonga Oriental es, como su nombre lo indica, característica del 
Uruguay, y distinguida con ese título en la Arjentina. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


253 


MILONGA 

( Canto ) 

Popularizada por José ]. Podestá en el drama 
« Martin Fierro * 


Autor desconocido. 





254 


COSAS DE NEGROS 










NOTAS COMPLEMENTARIAS 


257 


(17) 

(De la pájina 126) 

“COMPADRADA” y “CORTE” 

“Compadrazgo” y “Compadraje” 

El vocablo “compadre” es proverbial en las lenguas derivadas del latín; 
su estructura, aceptación y uso aseguran que es una invención del clero 
católico» con la que instituyó una paternidad postiza para ciertas y 
determinadas malas y buenas acciones privadas, del mismo clero en sus 
relaciones con sus feligreses. 

“El compadre comparte la paternidad con el padre y la madre de 
un niño”. Es la definición léxico- católica europea. 

Sin embargo, Jesús, el primer bautizado, según la leyenda, no tuvo 
padrinos. 

Nuestros militares fueron los que propagaron el compadrazgo en el 
Plata, usando de él conforme a su intención orijinaria. Tantos años 
de vida guerrera sin mas hogar que los campamentos, influyeron en 
ello, fatalmente. 

Nuestros campos se plagaron de ahijados, compadres y comadres; los 
galoneados los contaban por centenares. 

En las poblaciones también se propagó ese vínculo de camouflage, 
explotándose ampliamente. Se hacía compadre o comadre a personas 
pudientes o influyentes, para que en forma moral o material fuera para 
la familia recurso disponible en todo momento, la que por su parte 
obligaba a concesiones íntimas y atenciones solícitas que no obtenía 
el mejor amigo. 

Le sobraba a la picardía criolla motivos para barajar el vocablo a 
su antojo, y llamó “compadre” al consentido o mimado de la casa; al* 
favorecido por la atención de una joven muy solicitada; al obsequiado 
con preferencias en alguna reunión; al vanidoso, al agresivo, etc. Es, pues, 
la acepción rioplatense bien diferente de la que el vocablo trajo en los 
léxicos y en su orijen. 

El compadre del “compadrazgo” no es, por consiguiente, el del “com- 
padraje”, porqué aquéllo es seudo-parentesco y ésto petulancia. 

Pretender alguien que lo agasajen, lo atiendan o le den importancia, 
sin que ninguna razón lo abone, es hacerse el “compadre”, con derecho 
al diminutivo “compadrito” y al aumentativo “compadrón”, según sea 
el aspecto físico del pretendiente. 



258 


COSAS DE NEGROS 


El "compadre" ha surjido de los barrios del suburbio alegre riopla- 
tense, por lo tanto, "orillero" es su sinónimo.l 

La "compadrada" es el hecho pedantesco: una guarangada, una va- 
lentonada, cualquier desplante atrevido o insolente, sin motivo que 
lo disculpe. El verbo es "compadrear" y obtuvo una variante melliza 
en "darse corte", surjida también del léxico orillero. 

Ambos términos han llegado a servir para designar las situaciones 
más diversas, sin perder su intención; ya en broma, ya en serio, ya 
familiar y cariñoso. Darse tono, tener ínfulas, darse buena vida, di- 
vertirse rumbosamente, dar órdenes con autoridad, lucir indumentaria 
con pedantería, mostrarse temerario, etc., es "darse corte” y es "com- 
padrear".2 

Todas las clases sociales los usan en el Plata, en el lenguaje familiar. 

Los dos vocablos son rioplatenses. 

1 Rescato ahora una página ilustrativa de Jorge Luis Borges, quien 
fué tentado en numerosas oportunidades por este temario. Y dice así: 
"Destino calumniado también el de los compadritos. Hará bastante más 
de cien años los nombraban así a los porteños pobres, que no tenían 
para vivir en la inmediación de la Plaza Mayor, hecho que les valió 
también el nombre de orilleros. Eran literalmente el pueblo: tenían su 
terrenito de un cuarto de manzana y su casa propia, más allá de la calle 
Tucumán o la calle Chile o la entonces calle de Velarde: Libertad-Salta. 
Las connotaciones desbancaron más tarde la idea principal: Ascasubi, en 
la revisión de su Gallo número doce, pudo escribir: compadrito: mozo 
soltero, bailarín, enamorado y cantor . El imperceptible Monner Sans, virrey 
clandestino, lo hizo equivaler a matasiete , fanfarrón y perdonavidas, y 
demandó: ¿Por qué compadre se toma siempre aquí en mala parte?, in- 
vestigación que se aligeró en seguida escribiendo, con su tan envidiada 
ortografía, sano gracejo, etc.: Vayan ustedes a saber. Segovia lo define 
a insultos: Individuo jactancioso, falso, provocativo y traidor. No es para 
tanto. Otros confunden guarango y compadrito: están equivocados, él 
compadre puede no ser guarango, como no lo suele ser el paisano. Com- 
padrito, siempre, es el plebeyo ciudadano que tira a fino; otras atribu- 
ciones son el coraje que florea, la invención o la práctica del dicharacho, 
el zurdo empleo de palabras insignes. Indumentaria, usó la común de su 
tiempo, con agregación o acentuación de algunos detalles: hacia el no- 
venta fueron características suyas el chambergo negro requintado de copa 
altísima, el saco cruzado, el pantalón francés con trencilla, apenas acordeo- 
nado en el punta, el botín negro con botonadura o elástico, de taco alto; 
ahora (1929) prefiere el chambergo gris en la nuca, el pañuelo copioso, 
la camisa rosa o granate, el saco abierto, algún dedo tieso de anillos, el 
pantalón derecho, el botín negro como espejo, de caña clara”. Evaristo 
Carriego, Obras Completas, pág. 78. 

2 Discute Rossi las opiniones de Américo Castro al tratar las voce*' 
compadrito y compadrear en Folletos Lenguaraces, 1929, núm. 8, pági- 
nas 22-24. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


259 


La creación del Rejistro Civil ha suprimido el “compadrazgo”, 3 qui- 
tándole importancia al que todavía sostiene la iglesia, pero no es posi- 
ble negarle su poderosa actuación e influencia en la historia de estos 
países. 

Movió a los hombres en las combinaciones mas difíciles y sorprenden- 
tes, sobre el tablero de los trascendentales acontecimientos políticos y 
sociales. 

“El que tiene padrinos no muere infiel”, es un refrán rioplatense 
en el que se combina la intención sacramental con la acción influyente 
del que proteje en política. Bajo ese sistema se ha difundido la buro- 
cracia entre nosotros, y es hoy mas necesario que nunca, y lo será 
cada dia mas, por el aumento no contenido de la miseria económica 
y social. 

Entre las manos del padrino político han muerto por extrangulacion 
la honestidad, la actividad y la competencia del empleado público, 
porque a los ahijados no se les exije ninguna de esas condiciones. 

La renovación política produce la de padrinos, ésta la de ahijados, 
envileciendo las instituciones. Puede deducirse la importancia y lo fu- 
nesto del compadrazgo en la vida de los pueblos que lo practican. 

La historia política de las repúblicas del Plata es la del “compa- 
drazgo”, manejando sus ambiciones mediante el “compadraje”. Un cu- 
rioso volumen daría su crónica, y el dia que se escriba, otras jenera- 
ciones tendrán que avergonzarse de algunas “cosas” que no son de 
negros. 

El orijen del compadre de “compadrada” y del que se “da corte” 
está en las prerrogativas de que gozaba y suficiencia de que hada 
alarde el compadre rico o influyente del “compadrazgo”. 

Nada mas cómico que el negro criollo que resolvía hacerse compadrón; 
daba a su papel el mas pintoresco carácter; así fueron los negros que 
crearon la Milonga prolongándola hasta el Tango. 

El compadrazgo lo practicaban los negros entre sí sinceramente; con 
los blancos en forma grave y ceremoniosa, que daba la impresión de 
una cómica ironía, por cierto muy ajena al ánimo de los buenasos 
morenos.4 

3 Compadre , compadrazgo. Cf. Frida Weder, “Fórmulas de tratamiento 
en la lengua de Buenos Aires”. Revista de Filología Hispánica, Bs. As., 
1941, III, núm. 2, pág. 118. 

4 Sobre el compadrito merecen citarse los trabajos de Ezequiel Martínez 



260 


COSAS DE NEGROS 


(18) 

(De la pájina 128) 

LA MILONGA EN BUENOS AIRES 

En 1887 'Xa Nación" de Buenos Aires, en manos de don Bartolo y de 
Bartolito, era buena amiga del pueblo, y un dia publicó en su pájina 
preferente un artículo titulado “Caló porteño*', con objeto de reunir 
el mayor número posible de vocablos orilleros, mediante un diálogo 
entre dos compadritos que en una apacible noche merodean por el 
suburbio. 

No se cita en todo el artículo la Milonga, y se usa “batuque" como 
sinónimo de “baile". Por distraerse los interlocutores silban notas de 
una habanera y una mazurka. Pasa un organito, lo detienen y le hacen 
tocar una Marianina... La Milonga era desconocida, pero nó el “corte" 
en otras acepciones. 

“Garanto el corte" dice uno de ellos al invitar al otro a un baile, en 
el sentido de que será una reunión donde podran comer, beber y diver- 
tirse bien. 


(19) 

(De la pájina 128) 

TORNEOS INTERNACIONALES DE MILONGA 

Estos torneos son dignos de mención y descripción, a título de edi- 
ficante ejemplo para las actuales jeneraciones, que en el cultivo de los 
deportes y actuando en los caballerescos concursos internacionales, nos 
prueban hasta la evidencia lo que hemos adelantado en cultura. . . física. 

Téngase presente que esos ejemplares torneos no los fomentaba ningún 
interés pecuniario, como en estos tiempos, y se desarrollaban entre la 
“jente de ¿vería*', ajena a toda educación y a todo convencionalismo; 
“crudos" que no se ablandaban ni hirviéndolos durante una semana 
entera. 

El certamen no se tramitaba personalmente ni por medio de Asocia- 
ciones o santas Federaciones, ni planteaba ningún arreglo previo; se in- 

Estrada, Radiografía de la pampa, pág. 151; Fernando Guibert, El com- 
padrito y su alma, Bs. As., 1951, y la recopilación objetiva de Sylvina 
Bullrich y Jorge Luis Borces, El compadrito. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


261 


sinuaba con mensajes verbales, de banda a banda. La juventud marinera 
del cabotaje criollo servía de chasque, como principal interesada y 
admiradora del jénero, que era su distracción favorita en las escalas de 
sus itinerarios. 

Montevideo, por sus “academias" y por ser fuente orijinaria del jé- 
nero, era la favorecida con esos certámenes. 

Se corría la noticia en el Bajo de que unos porteños bailadores con 
“corte", iban a venir para demostrar sus habilidades. Era la voz dada 
por los citados marineros, quiénes llevaban luego a la otra banda 
informes sobre la impresión causada. La insinuación se repetía en va- 
rias ocasiones, hasta que un dia, llevados jentilmente en sus goletas o 
balandras por sus admiradores marinos, o transportándose por su cuenta 
en los vapores de la carrera, aparecían en el Bajo montevideano dos o 
tres o mas compadritos del Alto porteño, reconocidos en el acto por su 
indumentaria, en todo tiempo con características diferentes en ambas 
bandas. 

Hechas las autopresentaciones, los orilleros montevideanos dispensa- 
ban sus mejores atenciones a los huéspedes, en forma de que su estadía 
les fuera agradable y lo menos gravosa posible. 

La Academia San Felipe era siempre el salón elejido para el torneo. 

Los montevideanos preparaban sus mejores bailadores. 

La noche del certamen, el director de la orquesta hacía sonar con 
estrépito su famosa lata vacía, aviso sujestivo para la clientela; y en- 
traban los porteños, elejían compañeras (las que se consideraban muy 
favorecidas), y daba comienzo la Milonga, bailándose con todas las ha- 
bilidades que el caso requería. 

Un pequeño descanso y volvía a sonar la lata, apareciendo los con- 
trincantes locales, que con todo su arte bailaban la misma Milonga el 
tiempo reglamentario. 

El juez era el público, que con sus aplausos nutridos y largos, ralos 
y cortos, o con su silencio, discernía el único premio que allí se dispu- 
taba: la satisfacción del triunfo. Los entendidos o reputados como tales, 
ratificaban la actitud del público. 

El certamen se desarrollaba durante varias noches. 

Jamás se silbó a nadie, y mucho menos al forastero, que sin mas am- 
paro que su confianza en la hombría de los que le alojaban, se había 
presentado desinteresadamente a organizar veladas de sensación y de 
arte para el suburbio alegre. 

Nada de premios; ningún interés ni lucro en ninguna forma (¡qué 



262 


COSAS DE NEGROS 


enorme diferencia con estos tiempos que nos permitimos llamar de 
progreso!). Un sencillo exponente de habilidad, llevado por cierto 
amor propio jeneroso, increíble en aquellos sujetos, que por verdaderas 
sonseras se trompeaban ferozmente o se apuñaleaban. 

Los huéspedes eran objeto continuo de la atención de los de la casa, 
hasta su despedida en el muelle, por los amigos conquistados durante 
su estadía, llevándose, aun vencedores, la satisfacción de ella y no trofeos 
para. . . apostaderos de moscas. 


( 20 ) 

(De la pájina 129) 

EL TABLADITO DE POL 

Merece especial recuerdo un local estrecho, hediondo de cachimbo y 
alcohol, sórdidamente escondido entre las calles Cerrito y Maciel, fre- 
cuentado por la marinería de todas las banderas, pues la ubicación 
correspondía al suburbio del puerto montevideano. 

La sala única, a la entrada, era reducida, y las necesidades del ne- 
gocio instalaron en ella el despacho de bebidas y el salón de baile, donde 
las parejas solían moverse en masa, con ausencia de “corte”, que des- 
conocían sus exóticos parroquianos. 

Lo notable, y que daba a aquel local un extraño carácter de arcaísmo 
farandulesco, era un teatrito de títeres que en la misma sala se había 
instalado, manejado por un meritorio y oscuro juglar hijo del pueblo, 
de apellido Pol. 

Durante la prolongada serata Pol entretenía con sus muñecos a la 
concurrencia, en un formidable esfuerzo físico y mental. 

En todos los patuás del extranjero, sus personajes saludaban en 
alocuciones de farsantes medioevales a los que iban entrando, conforme 
a su nacionalidad y modalidades; entablaban los mas animados diá- 
logos con el público, arengaban, cantaban, monologaban y también bai- 
laban Milonga en su estilo mas típico. 

Intelijencia, habilidad y, sobre todo, discreción al límite de la di- 
plomacia, exijía aquella delicada empresa, dado el ambiente en que 
actuaba. Un cuchillo manejado por la mano segura de algún concurrente, 
podía hacer flecos del injen uo decorado de aquel minúsculo escenario; 
un par de botellazos podía concluir con él, reduciendo a varias astillas 
y retazos de papel pintado, su inocente presunción de templo de la 
Farsa. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


263 


Pero es que las deformes cabezas de madera de los artistas de Pol 
y sus pintorescos patuás, se humanizaron en aquel ambiente; el que 
abría la puerta para entrar en la casa, viniera de donde viniera con el 
entrecejo bien cerrado, una franca sonrisa llenaba su cara ante aquellos 
amiguitos feos y zafados que lo recibían en cómica "welcome”. Todos 
olvidaban que en el foso del teatrito un hombre manejaba y hablaba. 

Ellos fueron el puntal que sostuvo aquel local sórdidamente escon- 
dido en un callejón del barrio marítimo; porque por sobre todos los 
instintos de depravación flota en el espíritu humano un hálito infantil 
que lo suaviza y distrae, siempre que algún medio lo estimule; y esa era 
la obra de Pol y sus títeres en aquel sitio. 

El comentario literario de esas manifestaciones de nuestros pueblos, 
suele quitarles méritos y orijinalidad, arrastrando concordancias de igua- 
les o parecidas iniciativas de otros pueblos lejanos, y aplastando con ellas 
toda belleza, toda jenialidad observadas en nosotros y ausentes en 
aquéllos. 

Ante el caso de Pol surjen los nómades juglares del Medioevo, en lo 
arcaico; los cancioneros melenudos y ajenjistas de las cantinas de París, 
en toda época; pero, Pol ignoraba la existencia de eso, de manera que 
su jénero adolecería de coincidencias nunca de imitaciones. Luego, Pol 
era superior a todo eso; compararlo con juglares romanceros y bohe- 
mios montmartrenses, sería desconocer la jenialidad de nuestros criollos. 

Pol cultivaba un arte propio, montevideano característico, del que ya 
me he ocupado en mi obra "Teatro Nacional Rioplatense”, al dedicai 
un capítulo a los títeres de ese intelijente pueblo. 

Fácil era para los juglares medioevales vagar de aldea en aldea, can- 
tando siempre lo mismo, siempre lo mismo; toda su vida lo mismo; 
estúpidamente, aburridoramente, automáticamente; por eso viajaban, an- 
tes que los echasen. 

A los poetas de los boulevares, que en cantinas nauseabundas de 
tabaco y ajenjo, recitaban o cantaban sus versos con habilidad y opor- 
tunismo, les era fácil comentar diariamente, en versos acertados por 
preparación previa, un suceso político, social, internacional, popular, 
etc.; siempre al dia, siempre tema nuevo y palpitante; siempre la carilla 
de papel escrita con la pocion poética que había de llenar los vasos 
y conmover la cantina. 

Pol hacía obra mas meritoria; con elementos mas exiguos y ante una 
pequeña babel de auditorio; obra mas injeniosa y mas esforzada, pues, 
peligraba la permanencia del tabladito, el pan de cada día de su director. 



264 


COSAS DE NEGROS 


Naturalmente, no faltaban en la troupe el negro Misericordia y la 
negra Pancha, que tuvieron el honor de ser insultados en todas las 
lenguas vivas, sin inmutarse sus caritas chatas y oscuras, talladas a 
formon, que solo parecían vivir y jesticular cuando Pol desde el foso 
las hacía hablar en patuás exóticos, sin sacrificar el histórico bozal 
de la raza. 

Francisco Misericordia pudo jactarse de haber bromeado a todas las 
nacionalidades que con sus barcos han llegado al Rio de la Plata.l 


( 21 ) 

(De la pájina 134) 

PASO-DOBLE ACADEMICO 

Una comparsa aparecida en el carnaval de 1889 en Montevideo, puso 
en voga su marcha titulada como la misma comparsa: “Los mata-víboras”.* 
Era una espléndida pieza musical en su jénero; su autor, uno de 
tantos virtuosos del pueblo: Juan Russo. 

La hermosa marcha se popularizó en toda la ciudad. 


1 En su libro sobre Teatro Nacional Rioplatense, don Vicente Rossi 
dedica un capítulo a Los títeres , donde aparecen dos personajes que va- 
mos a destacar, dada la importancia que le confiere su autor. Son ellos: 
El Negro: “Francisco, el negro Pancho o Misericordia Campana. Es un 
buen criollo, bozal; no debía ser esto último, porque no lo son nuestros 
negros criollos, pero el buen humor popular no concibe un moreno neto 
y gracioso sin su media lengua, que es la de sus padres o abuelos afri- 
canos. Francisco habría valido mucho menos, casi nada, sin ese distin- 
tivo de su orijen. JEs el alma de la compañía; en él se condensa o sinte- 
tiza todo; sin él no hay representación posible; está en todas las obras 
y en todas las partes de ella. Decir “vamos a ver al negro Pancho” o a 
Misericordia, equivalía a decir “vamos a los títeres”. El pueblo ha dele- 
gado en este negro sus plenos poderes, por intermedio de sus muchachos, 
y lo representa en todos sus caprichos con el espíritu locuaz y barullero de 
ellos. La Negra Pancha: Esposa de Francisco, morena criolla y también 
bozal. De figuración muy secundaria, su principal papel es el de bailadora 
de tangos. Así como su esposo inaugura siempre todas las veladas, por 
ser absolutamente necesaria su presencia en escena desde que se levanta 
el telón, Pancha las clausura, y tan arraigada estaba esa costumbre, que 
si por alguna circunstancia no aparecía después de concluida la función, 
el público la llamaba a gritos, y no callaba hasta que acudía y llenaba el 
último número, despidiéndo a la concurrencia con un tanguito primoro- 
samente bailado con su marido”. Río de la Plata, 1910, págs. 163-164. 

•“Mata-víboras” se les llamaba en esa época a los procuradores que 
se ocupaban en jestionar la libertad de presos y detenidos. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


265 


En el Bajo tuvo su actuación mas culminante y tan solo con un 
fragmento, su tercera parte, que es la que acompaña a esta nota en 
dos pájinas musicales. El arte “académico” hizo con ella su demostración 
mas difícil y mas artística. 

Se debió esta adaptación y este suceso a la milicada negra, capaz de 
obtener ritmos y buscarle posturas a la tnúsica de una gotera; tomó 
^>or su cuenta “Los mata-víboras”, por lo militar que era, elijiendo su 
tercera parte por el efecto emocionante de los extensos silencios y ener- 
vantes síncopas, con que la pericia de los músicos “académicos” hacía 
maravillas. 

La copia musical que ofrecemos quizá carece todavía de aquella sín- 
copa y calderones majistrales del arte del suburbio montevideano, pero 
un buen ejecutante sabrá aplicárselos. 

Nuestros morenos se habrían hecho millonarios en el extranjero con 
seducciones bailables como el paso-doble “académico”, quintaesencia 
del “corte” y la “quebrada”. 

La necesidad de especial “chance” para esta danza, hizo que nc 
se ejecutara con mucha frecuencia. 



COSAS DE NEGROS 


LOS mata-vIboras 

Faso ■ doble académico 


Fragmento 0# la marcha del mismo 
nombre por Juan Russo 




NOTAS COMPLEMENTARIAS 


267 




268 


COSAS DE NEGROS 


( 22 ) 

(De la pájina 137) 

REFALADA 

¿Porqué pudo ser aquello y no puede ser lo nuestro? 

“Refalar”, vocablo rioplatense, suple ventajosamente a “resbalar”, de) 
que proviene. 

Las etimologías lingüísticas y las veleidades gramaticales, no deben 
interesarnos mas que la orientación popular, casi siempre acertada. 

Esa “efe” mejora el vocablo y lo hace más gráfico; el pueblo aplica 
siempre el ritmo onomatopéyico, tanto mas exacto cuanto mas inteli* 
jente él sea. 

Esa “efe” da la sensación de la acción del verbo, indiscutiblemente. 

Los derrotistas de nuestro idioma Nacional en marcha, no quieren 
estimar esas innovaciones filolójicas populares; sin que nadie se explique 
el porqué los irrita, pues invariablemente son atrabiliarios. 

Todo sujeto “mantenedor del idioma” suele ser un conservador 
fanático, con arrebatos de antropófago; un “golilla” del Santo Oficio de 
la Lengua. 

Les falta, claro está, la serenidad requerida para darse cuenta de su 
equivocada tarea. 

Intelectuales y corporaciones nacionales con misión educadora del 
pueblo, son insensibles a la armonía, concisión y dulzura de su propio 
lenguaje, que confunden con el de los castellanos, el cual bien puede 
jactarse del muy alto honor de servirnos de etimolojía. 

¿Y qué otra cosa han hecho éstos que no sea lo mismo que hacemo» 
y debemos hacer nosotros? “Resbalar” proviene del latín “relabor” o 
“relabi’”, que a través de los caprichos fonéticos de las jenerariones, 
traspuso dos consonantes, se agregó una nueva y cambió una vocal 
(¡casi nada!); el resultado dió el vocablo hoy en uso. 

¿Porqué pudo ser aquello y no puede ser lo nuestro? 

¿Barbarismos? ¿Acaso no son ellos uno de los elementos de nutrición 
de los idiomas todos, y muy especialmente del de los castellanos? 

¿No es “resbalar” un perfecto barbarismo, en relación a su orijen? 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


269 


( 23 ) 

(De la pájina 139) 

PROJENITORAS DEL TANGO 

Van en esta nota copias musicales de algunas viejas milongas de la 
Acadamia montevideana, que corresponden hoy al clasicismo de aquel 
arte popular y son lejí timas projenitoras del Tango. 

Se ven por primera vez en el pentágrama, trasmitidas fielmente, con 
su alegre simplicismo; ya lejos de su época, cuando sus sencillas armo- 
nías tuvieron su actualidad en el pueblo y, privadamente, en la sociedad. 

Debemos esta colaboración al maestro Anjel J. Cortacáns, de Monte- 
video, que conoció a los virtuosos de la Academia famosa, y pudo apre- 
ciar personalmente la admirable intuición musical que desplegaban en 
sus orijinalidades, creando un arte nuevo, característico. 

Peinan canas y no son ancianos, muchos que hoy pueden recordar 
aquellos tiempos oyendo esas injenuas músicas. 

Apesar de su brevedad tónica y sus “dos partes” comunes a toda 
composición popular, larga fué la actuación de cada una de ellas, y nunca 
las nuevas desalojaron a las viejas, debido a la inagotable inspiración 
en variantes espontaneas que en cada ejecución les aplicaba la orquesta, 
sin alterar el motivo, refrescando siempre la vieja versión. 



270 


COSAS DE NEGROS 


CARA PELADA 

Milonga clásica 

-o De la Academia montevideana. 



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COSAS DE NEGROS 


SEÑOR COMISARIO 

Milonga clá6¡ea 

de la Academia rnontevideana. 









274 










NOTAS COMPLEMENTARIAS 


277 


(25) 

(De la pájina 156) 

IDIOMA NACIONAL DE ARJENTINOS Y URUGUAYOS 


El chiste que con el “lunfardo” nos hacen los derrotistas. — Divagaciones 
sobre nuestro castellano. Adelantados para un próximo virreinato 
en el Plata. Por nuestros derechos a lo nuestro. — La “tradición” no 
subsiste lejos de su cuna y de su raza. La “herencia” es transitoria. 
¿El idioma “lazo de unión espiritual”? ¿El idioma “tradición” o 
“herencia”? Los casos japoneses, filipino, norteamericano e hispano. 
— No existen en América otras tradiciones que las nativas. — Las 
supuestas tradiciones relijiosas. 

El argot de nuestros delincuentes profesionales, llamado en Buenos 
Aires “lunfardo” y en Montevideo “malevo”, es la “muletilla” de que 
se sirven los derrotistas extranjeros y nativos para combinar los mas 
pésimos chistes, cuando hablamos de idioma propio en jestacion. “Hé 
ahí el idioma nacional!”, nos dicen irónicamente, en las pájinas de 
nuestras publicaciones conceptuadas serias. 

En todos los pueblos civilizados hay argot “lunfardo” y no es el 
idioma nacional de ningún pueblo. 

En Francia e Hispania ese argot está consagrado en vocabularios 
especiales, pues es permanente, y sin embargo, no es “idioma nacional’ 
en ninguno de los dos países. 

En Chile se llama “Coa” y también tiene su pequeño diccionario 
editado por la Sociedad de Folklore Chileno, y no es el “idioma nacional' 
de Chile. 

En el Plata no existe léxico “lunfardo” impreso,i ni podrá existir, 
porque sus vocablos son transitorios y no alcanzarían para llenar dos 
pájinas; corren un tiempo, gozan de un período de popularidad, pasan 


i Quizá Rossi ha redactado este párrafo con apuro y lamentablemente 
pasó desapercibido al preparar esta segunda edición corregida. Podríamos 
recordar brevemente: Luis C. Villamayor, El lenguaje del bajo fondo. 
Vocabulario lunfardo, Bs. As., 1915; Antonio Dellepiane, El idioma...; 
Jorge Luis Borges, El idioma de los argentinos, Bs. As., 1928; Eusebio 
Gómez, La mala vida en Buenos Aires, Bs. As., 1908; José Gobello, Lun- 
fardia. Acotaciones al lenguaje porteño, Bs. As., 1953; Félix Coluccio, ob. 
cit.; etc. Gran importancia tienen también las expresiones literarias y el 
teatro ya que recogen las voces y los modismos populares. Puede estu- 
diarse en los citados ensayos de Miguel Etchebarne, (La influencia del 
arrabal ) y de Domingo F. Casadevall (El tema de la mala vida). 



278 


COSAS DE NEGROS 


y se olvidan. La intelijente fantasía imajinativa de los pueblos riopl* 
tenses, es demasiada fecunda para cristalizarse en rutinas. Los delin- 
cuentes de una jeneracion no han adoptado los vocablos de la anterior 
salvo raras excepciones. 

El lector deducirá el objeto del chiste de los derrotistas de nuestro 
idioma nacional en próspero avance, que los tiene profundamente preo- 
cupados, pues no hay argumento posible contra esa obra incontenible 
de la Evolución, con todas sus causales, circunstancias y consecuencias, 

No se hace, ni hacemos nosotros, idioma con argot, sinó con el uso, 
abuso, creación y adopción de vocablos; como tampoco se nos hace 
castellanos con sustituciones injenuas y ridiculas como: “estada” por 
“estadía”, “contralor” por “control” “brasileño” por “brasilero”, “repo- 
ner” por “reprisar”, etc., que para distraerse o por deslumbrar con su 
erudición filolójica, iüventan o exhuman los correctores de pruebas que 
algunos de nuestros rotativos importan para “amas secas” y mortificación 
de sus escritores, que se obligan a la propagación de esas primicias 
cervantinas. 

Ofrecemos el caso filolójico mas curioso: los pueblos rioplatenses crean, 
renuevan y adoptan, mejorando; mientras sus intelectuales reaccionan 
tercamente. 

El idioma de los castellanos no es el de nuestros hogares; no se 
aviene con nuestra idiosincrasia, fonética y auditividad. Tampoco es 
el de nuestros intelectuales; ellos tienen que componerlo para con sus 
producciones optar a que la crítica les dispense el fondo en obsequio 
a la forma. José Enrique Rodó, el mas hábil compositor de “castellano” 
en el Plata, era de hogar catalan-criollo. 

El interés por nuestro castellano no es nuestro, es ibero, bajo la 
pretensión de mantenemos en perpetua dependencia, que llaman “con- 
quista espiritual”, quienes ignoran hasta nuestra posición jeográfica. 
Cooperan criollos “entregadores” y extranjeros derrotistas, con publica- 
ciones de crítica y didáctica rancias, llenas de virulencia contra la natu- 
ral inclinación a la independencia idiomática, que juzgan innoble- 
mente. 

Visto que toda propaganda y maniobra no detiene la evolución lin- 
güística rioplatense, un filólogo ibero, segundo enviado especial de 
una serie premeditada de adelantados que irán viniendo, nos ofrece la 
confección (naturalmente, por nuestra cuenta y bajo su tutela, y para 
“honra y prez” de sus mandantes), de un “Diccionario del castellano en 
América”... y otro “Diccionario popular Arjentino”. . . Nada menos 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


279 


que la instalación del virreinato de la lengua en el Rio de la Plata. . . 
¿En qué quedamos? ¿Qué lenguaje hablamos que necesita dos nuevos 
diccionarios? 

El paisano arjentino y el pueblo de las ciudades arjentinas medite- 
rráneas, dicen con toda sinceridad y convicción que "hablan arjentino"; 
en tierra uruguaya suelen decir que "hablan criollo". Son hermosas y 
edificantes esas expresiones; siempre los pueblos perciben en su alma la 
intuición de la obra futura... Lenguaje Rioplatense, o idioma Arjen- 
tino... idioma Uruguayo... ¿Que son el de los castellanos? Mucho me- 
jor! Eso sería una verdadera conquista; mas lójica que la de introdu- 
cirse en el gran Imperio Azteca y llamarle con toda frescura "Nueva 
Hispania". 

No se confunda nuestro afan del derecho a lo propio, nuestra de- 
fensa de lo propio, con tal o cual determinada propaganda tendenciosa, 
invocada para alivio de comprometidos. Rechazamos toda hejemonía, 
toda jactancia de influencia sobre lo nuestro, con el derecho que nos 
asiste en la lejítima ambición de ser por nuestro propio esfuerzo y 
facultades. 

Nuestra nacionalidad en el idioma, antes que debilidad chauvinista 
o exijencia patriótica, es una cuestión de buen sentido, porque ha- 
blamos bajo nuestra espiritualidad, con nuestra dicción, a impulsos de 
nuestra inspiración constructiva bien destacada y meritoria. No podemos 
burlar ni deprimir el alma nacional, nuestro autóctono interior. 

Con el solo hecho de haberle quitado al idioma de los castellanos su 
molesto énfasis y su pringosa pronunciación, sin alterar sus vocablos 
hemos hecho otro idioma; eso deben tener bien "en mientes" aquellos 
que nos hacen el chiste aleman del "lunfardo" idioma nacional. 

Ninguna confraternidad mas efectiva, honesta y humana que la de 
nacionalizar; tal carácter tendría que cada pais de América llamara a 
su idioma por su nacionalidad, como acaban de hacerlo en Hispania 
con el de los castellanos llamándole "español". 

Entre sometemos y someter no puede haber indecisión, mucho mas 
siendo lo primero deprimente y lo segundo el proceso natural idio- 
mático en todos los pueblos. 

Este tema tan manoseado y con el que nos manosean a menudo, es 
la paradoja filolójica mas atrevida: Se nos condena a un lenguaje que 
no se habla en su propio pais de orijen, donde es uno de los varios; 
se coleccionan los vocablos nuestros para un léxico arcaico que jamás 
los usará, y en el que "huelgan" desesperadamente. 



280 


COSAS DE NEGROS 


“La tradición”... "la herencia”... Son suposiciones amables, pro 
ductos literarios. Ninguna rejion de América conserva nada de eso de 
sus ocupantes europeos, porque la tradición no resiste traslados lejanos, 
no viaja, no salta de un hemisferio a otro; deja de serlo fuera de su 
cuna y del ambiente que la creó y la sostiene. Los hombres van a 
todas partes, pero cambian, se asimilan, y olvidan sus tradiciones o las 
ven bajo otros aspectos. Leyes elementales de psicolojía, de gran elas- 
ticidad aplicadas a América. 

Tampoco subsistirían “herencias” o “tradiciones” trasmitidas por 
las costumbres porque éstas primero evolucionan, después desaparecen. 
La madre- tierra influye siempre, en lo material y en lo espiritual. Son 
inútiles tiempo, dominio, colonización; el lejano origen es incompatible 
con estos arraigos; no así entre razas o pueblos vecinos. 

¿El idioma “lazo de unión” entre algunos pueblos de América?... 
Apenas facilidad de comunicaciones habladas y escritas, sin necesidad 
de intérpretes y traductores. ¿Union espiritual?... Uno de tantos lu- 
gares comunes. Estamos hartos de disecciones biográficas de pensadores 
americanos, que resultan todos inspirados en estilos y escuelas de idiomas 
ajenos al propio. Estamos cansados de saber que los paises de América 
no han evidenciado nunca afinidades históricas, lingüísticas ni de nin- 
gún otro jénero; viven ignorándose mutuamente. 

¿El idioma “tradición” o “herencia”? Apenas un accidente; lójica 
mente una conquista de los pueblos que lo adoptan. En cada rejion de 
América era lo práctico adoptar el lenguaje del invasor, pues para 
tratar con él no podía usarse el autóctono, que no interesaba a los 
bárbaros de la cruz, así como a Europalandia no le interesa el idioma 
del Japón, y éste ha adoptado el inglés por convenirle entenderse con 
ella; ¿qué tradición, qué herencia puede haber en eso? 

Los filipinos se hicieron (únicamente en sus ciudades y solo sus 
nativos espectables y parte de pueblo), un derivado del idioma de los 
castellanos, que era el del gobierno extranjero que tenían, una tiránica 
dominación de frailes conventuales aventureros, que allí y en otras 
partes de América trataron de inculcar, por todos los medios, supers- 
ticiones grotescas de todo jénero, que eran sus tradiciones relijiosas y 
raciales, y la supuesta inevitable herencia ; pero, ocupa el gobierno Es- 
tados Unidos, y el derivado del lenguaje de los castellanos ya no hace 
falta, es necesario el inglés de los norteamericanos. La sustitución fué 
cuestión de unos pocos años. Ni “tradiciones” ni “herencias” se opu- 
sieron a ello por que no tenían arraigo,, pese a los siglos. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


281 


El norteamericano repudió siempre todo lo que pudiera recordarle 
a los bárbaros invasores primitivos de su territorio, y no admite ni 
vestijios de esa ascendencia: recuerda con cariño a sus colonos de la 
biblia y del toldo-carreta poblador abnegado, pero todo su afan y su 
orgullo está en su esfuerzo nacionalista, en su valer y suficiencia criolla, 
que por asimilación anula toda intromisión exótica, nacionalizándola. 
En este caso se observa mejor, que lo de “el idioma" es un accidente 
y no una tradición. Fuera de toda duda que este pueblo eminentemente 
criollo, como los rioplatenses ha de creer sinceramente en su “american 
language"; recordamos haber visto en varias ocasiones a marineros de 
la armada norteamericana, que preguntados intenrionalmente en la 
via pública por nuestros muchachos: “speak ( english?", respondían: “speak 
american l", con visible enerjía. 

“El idioma no da raza ni nacionalidad", ni es un ligamento espiri- 
tual; la palabra sentida y selecta va hacia el alma en todos los len- 
guajes, por humano sentimentalismo y no por inposicion léxica. 

A Hispania con sus islas le da la estadística 20 millones de habitantes, 
de los cuales, a cálculo lijero, 3 millones hablan castellano castizo, 6 mi- 
llones castellano adulterado, y el resto (11 millones) tiene sus idiomas 
propios, mas antiguos que el de los castellanos y sin ninguna afinidad 
con él. Ni raza, ni nacionalidad, ni tradición han podido fijar ese len- 
guaje en la península, sinó tan solo en su solar; por eso los doctos que 
lo manipulan y editan como léxico oficial, acaban de hacer “con- 
fraternidad. . peninsular nacionalizando al castellano, que ahora se lla- 
mará “hispano", como podría llamarse “boliviano" o “venezolano", “ar- 
jentino" o “uruguayo", según hace un momento indicamos para los 
paises de América. 

Esto nos ayuda a justificar que sabe mas del porvenir idiomático el 
paisano al decir: “hablo arjentino", que nuestros tercos castellanizantes, 
a quiénes los académicos consideran fieles “en fregadores”, pero, tele- 
páticamente, proceden conforme con nuestro paisano iletrado. 

No hay en América mas tradiciones que las autóctonas y las que 
el nativo creó a base de ellas y de su fecunda imajinacion. Si alguna exó- 
tica arraigó, ha sido en la promiscuidad de las poblaciones, pero muy 
a flor de tierra, y no ha podido resistir el paso de las jeneraciones. Si 
alguna existe, es del último inmigrante y se irá con él. 

La superstición no debe ser confundida con la tradición, porque ea 
un veneno humano cuya actividad está en relación directa con la cultura. 

Capciosamente o por rutina literaria, hogar, idioma y costumbres del 



282 


COSAS DE NEGROS 


pioner del entrevero poblador y civilizador de nuestra primera centuria 
nacional, son considerados tradiciones o herencias de la irrupción co- 
lombiana y de la colonia. 

Todavía no se ha podido difundir en nuestros pueblos, qne de esas 
dos calamidades no han quedado mas vestijios, muy especialmente en 
«1 Plata, que los que deja un vendaval furioso, una inundación o el fuego; 
que la avalancha humana europea y nó determinada casta, fué el 
poblador y propulsor inicial. 

Nadie mejor que nosotros sabe que aquellos hogares del conquistador 
por el trabajo, fueron de abuelos y padres cuyas tradiciones oyeron re- 
latar sus descendientes, criollos de hoy, con perfecta incredulidad, acep- 
tándolas como "cosas" de los "viejos", y nada mas; abuelos y padres 
de todas las razas, castas, idiomas y dialectos, rodadas hasta aquí desde 
el ventisquero europeo. 

El "hogar castellano" es una figura literaria o lugar común. 

Con frecuencia vemos noticias y comentarios reclamistas periodísticos, 
sobre la tradición puesta de manifiesto en mas o menos antiguas cere- 
monias populares relijiosas, practicadas en tal o cual rejion de los países 
del Plata y otras de América; podrá ser tradición respecto al ritual de 
la relijion que oficia, siempre inalterable como la misma divinidad, 
"por los siglos de los siglos", por eso donde esté ausente el ídolo o el 
fraile esas tradiciones no se conocen, y es bien sabido que las que 
subsisten, para sostenerse han tenido que recurrir al alcohol, a las 
autoridades, a los latifundistas y a detalles del ritual relijioso indíjena, 
según la rejion. 

Esas exhibiciones son hoy grotescas empresas comerciales combinadas 
entre la iglesia, las autoridades, los pulperos y los ferrocarriles... Es 
claro, la tradición puede repetirse y sostenerse indefinidamente, en los 
mas apartados lugares. 


(26) 

(De la pájina 181) 

EL ROMANCE EN EL RIO DE LA PLATA 

Qué es el "romance" — El llamado "castellano" es traducción o plajio 
del árabe. Ni en el Plata ni en América ha sido percibido. — El 
romance del negro rioplatense. 

La fórmula "tradición castellana", es una consecuencia directa del "b & 
gar castellano" y una variante de la "influencia de la conquista". Se 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


283 


aplica sin reparos a la crónica histórica de nuestras ciudades, como re- 
curso sobreentendido de lustre trascendental para las cosas mas nuestras, 
precisamente. 

Los castellanos son inocentes de todas esas cargas y cargos mas o menos 
honoríficos. La fórmula no tiene otra causal que la de “el idioma", aun- 
que parece dar a entender que auduvo por estas tierras con un arca 
de Noé algún vecino de Castilla, siendo lo cierto y orijen de ese “sentido 
figurado", que nuestra absorbente literatura histórica ha englobado en lo 
“castellano" a indíjenas, negros, portugueses, galaicos, vascos, catalanes, 
asturianos, ítalos, francos, ingleses, etc., los que literario-filosoficamente 
han desaparecido con sus obras y descendientes, para concederle amplio 
pasado, presente y futuro al mito “castellano". 

La “tradición castellana", naturalmente, involucra el “romance cas- 
tellano", del que debemos ocuparnos por lo que a los americanos y par- 
ticularmente a los rioplatenses pueda afectarnos o referirse. 

Vamos a entrar primero en relaciones con el vocablo. 

“Es bajo-latin el hablado y escrito después de la caída del imperio de 
Occidente, que se divide en anterior y posterior o bárbaro". De ese bajo- 
latín derivaron el ítalo, el franco y el galaico, (este último papá del lu- 
sitano y del castellano), los que en su edad jeringosa se llamaron “ro- 
mances", allá por el siglo xn, de lo que se desprende que “romance" 
fué sinónimo latino de “jerga" o “patuá". 

A medida que los dialectos-romances fueron identificándose en sus 
respectivas castas, bocetando futuras agrupaciones rejionales (piamon te- 
ses, jenoveses, provenzales, francos, galaicos, lusitanos, castellanos, catalanes, 
etc.), el vocablo se reservó para equivalente de “lenguaje", y cuando pasó 
a ser arcaico, no retuvo otra sinonimia que la de fábula o leyenda; tra- 
dición popular. 

“Cantar un romance" no tiene el mismo significado que “cantar un 
estilo" o “una milonga"; el romance era prosa o verso, y no se cantaba, 
se relataba con destemplada tonada, en la que se hacían prácticos los 
“romanceros", mendigos callejeros que se detenían a recitar con gran 
énfasis ante un afiche-estandarte, pintarrajeado en él un mamarracho 
que representaba el héroe o la acción heroica que voceaban. 

El vago de los poblados fué el creador de la ocupación de romancero, 
herencia del recitador árabe. 

El moro-godo Santillana dice: “Romances e cantares de que las gentes 
de baxa e servil condición se alegran". Distingue entre romances y can- 
tares, porque los primeros eran recitados; los segundos cantables que 
trataban otros temas. 



284 


COSAS DE NEGROS 


El “romance castellano” es la traducción del romance árabe, como la 
“prosapia castellana” es la musulmana de los almorávides. 

Al recitador moro callejero que hemos recordado ya en estas pájinas, 
se debe el “romance castellano”, que no fué percibido en América en 
ninguna época. 

Solo los frailes trajeron en su programa de misiones cierto romance en 
prosa, un brutal sainete-reclame relijioso, cuyo jénero se tituló “romance 
de moros y cristianos”. Era recitado y dramático; formaban dos partidos 
con los feligreses que mejor se prestaban, uno de moros y otro de cris- 
tianos, teniendo buen cuidado de colocar los mas fuertes entre estos 
últimos, así todos los choques y peleas favorecían a los defensores del dios 
de los frailes. Oficiantes de una misma secta, en casi todas partes de 
América en donde estuvieron se conoció el tal romance, motivo de sus 
grandes fiestas de ritual, y plajio de otros árabes en que se proclamaban 
los heroísmos de los creyentes de Alá, contra los “perros cristianos”. 

En el Plata hemos conocido un lamentable “romance” con estandarte, 
en la segunda mitad del pasado siglo, cuando al que arribaba a nuestras 
playas no se le preguntaba de dónde venía, ni qué se le ofrecía, ni quién 
era. Llegaban de vez en cuando mendigos moro-lusitanos y moro-hispanos, 
con sus lábaros, unos guitarrones y sus resmas de versos o aleluyas; eran 
los “romanceros”, según ellos; recitaban con el sonsonete del romance 
secular, y por cada óbolo entregaban una hoja muy mal impresa, con la 
letra de sus insufribles relatos. El pueblo no los tomó en cuenta, por el 
contrario, los corrió en repetidas ocasiones; entonces se refujiaron en esos 
pequeños poblados que nuestra impudicia ciudadana explota con el 
título de “conventillos”, entre cuyos habitantes abundaban los que veían 
en el romancero y sus aleluyas un recuerdo del aduar lejano. 

Hace muchos años que esos sujetos suspendieron sus viajes, y nunca 
habrían sido mas oportunos que ahora, con sus sonsonetes desesperantes 
y el adefesio de sus pendones; para recitar enfáticamente al pie de la 
torre de hierro de nuestros escritores “ibero-americanos”; y en los patios 
solariegos de las mansiones coloniales recien construidas, como comple- 
mento arrobante de reminiscencias ancestrales marroquíes- visigodas. 

Los países del Plata tuvieron romances que alegraron con sencillez 
y dulzura la niñez de muchas jeneraciones, y aun la vejez de las mismas; 
fueron los romances del negro. 

El africano primero, luego sus inmediatas sucesiones criollas, demostra- 
ron especial retentiva de relatos de toda procedencia, e intuición sufi- 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


285 


cíente para modificarlos de manera que interesaran al auditorio a que 
los destinaban. 

Se ha hablado de las supersticiones raciales del negro entre nosotros; 
no las tuvo; no podía transmitirlas quien había olvidado su propio len- 
guaje; solo conoció y repitió las supersticiones católico-europeas enseña- 
das por los frailes, siempre pictóricos de lo inverosimil para catequizar 
con lo maravilloso o terrorífico a los humildes. 

El romance del negro en el Plata congregaba a chicos y grandes en 
tertulias familiares, que se deleitaban con las pintorescas relaciones en 
el gracioso bozal africano o en la característica eufonía del moreno criollo. 

Dichas relaciones solían ser relijiosas, vidas de santos o proezas de pa- 
ladines en defensa de su dios, que la proverbial bondad de la raza 
embellecía y suavizaba, quitándole el carácter sanguinario y vengativo 
que les daban los frailes. Eran también relaciones novelescas de lecturas 
oídas; guerreras, amorosas, de viajes, de animales que hablaban; todas 
pasadas por el fino tamiz de la dulce imajinacion del negro; de ahí la 
ilimitada confianza de los hogares criollos en sus morenos, a cuya dis- 
creción y moral encomendaban el cuidado de sus hijos. Digno es de con- 
signar que toda frase inconveniente, toda situación equívoca, fueron siem- 
pre salvadas con excelente acierto por aquellos familiares romanceros 
instintivos. 

Los tios y tias africanos, los viejos morenos criollos, hacían el relato con 
toda gravedad, puntualizando con calma y precisión los hechos, dando 
carácter culminante a la parte sentenciosa o edificante del romance, que, 
conforme a su característica, supone siempre el relato de hechos históricos 
auténticos, por lo cual no se incluían entre las fábulas y cuentos; a este 
jénero pertenecía, entre nosotros, la frondosa serie de sucedidos entre 
animales en “los tiempos en que hablaban”, en su mayoría de tradición 
autóctona, muchos debidos al perspicaz carácter observador del paisano en 
vida a plena natura, otros imajinados por los negros criollos para algún 
ejemplo necesario al auditorio de chiquilines; algunos exóticos, viables 
por adaptación. 

Y no hubo otros romances en el Plata, ni se usó ese vocablo para 
designar a los que hemos citado. El “romance castellano” nos ha obligado 
a clasificar el romance rioplatense, para demostrar muy a la lijera que 
aquí no lo hemos prohijado. 



286 


COSAS DE NEGROS 


(27) 

(De la pájina 182) 

EL PELIGRO DE LOS TEXTOS 

“Hasta ahora no hay una verdadera historia de América'’. Solo pudieron 
escribirla exacta los negros y los indijenas. 

Silenciosamente y sin que haya trascendido apesar de haberse hecho 
público, la Liga de las Naciones mediante su sección titulada Comisión 
Internacional de Cooperación Intelectual, ha exteriorizado un jesto que 
no podemos explicamos por lo que tiene de oportuno y reparador: 

Hay necesidad urjente de correjir los errores históricos en los libros 
de texto y en los manuales escolares. 

Naturalmente, nadie mas favorecida que America en esa inopinada 
resolución, que desgraciadamente no pasará de las actas de la Liga. Desde 
que se han inventado los congresos de todo jénero, se ha engañado con 
ellos a los pueblos mas civilizados, pues tanto sus simples proposiciones 
como sus “importantes resoluciones” han quedado en “solemnes actas”. 

Un rotativo arjentino, justamente satisfecho de tan halagadora promesa 
de corrección histórica, comenta sus ventajas y las razones de su nece- 
sidad en forma elocuente: 

Cuanto se haga para mejorar las obras destinadas a la educación, se 
impone, y a fin de conseguirlo no se debe omitir esfuerzo alguno. Hay 
que tener en cuenta que se trata de las fuentes en que los Cerebros en 
formación beben sus primeros conocimientos, y aquellas, por lo mismo, 
debe procurarse que sean lo mas sanas y mas puras posible.” 

“Acaso ninguna ciencia, por su índole particular, está mas expuesta 
a errores y alteraciones. Esto pasa, sobre todo, con la historia de Amé- 
rica, por ser menos claros muchos de los manantiales de donde podemos 
recoger datos para escribirla. Hasta ahora puede decirse que no hay una 
verdadera historia de América, las que existen, en su mayoría dejan 
mucho que desear. 

Algo peor todavía: dan náuseas. Los textos rioplatertses de historia 
nacional y americana, elementales y superiores, con rarísimas ¿ftcepcioneg 
adolecen de mistificaciones y de falta de criterio, como consecuencia de 
ausente o difuso sentimiento nativo en sus autores, sobrándoles xenofilia 
y confirmaciones abstractas, que los conduce a graves demostraciones ri- 
diculas o denigrantes para América. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


287 


Todo lo contrario sucede en Estados Unidos, ese gran pais, único en 
el mundo por su nacionalismo y su moral en todas las manifestaciones 
humanas. Los textos de historia nacional miden rigurosamente a su» 
próceres, sin endiosarlos, sin confundir agradecimiento cívico con ado- 
ración nacional; los de historia americana aquilatan la obra del nativo y 
juzgan duramente al invasor colombiano a quien conceptúan un acci- 
dente en la historia de América, que no merece mas honor que el de la 
rita cronolójica. El invasor inglés tiene en la historia, en la novela, en el 
teatro, en el cine de Estados Unidos, el papel mas ingrato, siempre; y 
con la sociedad inglesa de todos los tiempos, el intelectual norteamericano 
condimenta lo cómico, lo taimado y lo ridiculo, haciendo verdadera justicia. 

Nosotros ofrecemos en nuestros textos todo lo contrario; el accidente 
desgraciado en nuestra historia y en la de América, según nuestros pro- 
pios historiadores, somos nosotros mismos. Y no se recata un ardiente 
culto que mantiene y custodia los vergonzosos vasos votivos del anti- 
narionalismo. 

La exaltación historial da en estos momentos los mas fantásticos pases 
épico-magnéticos al mito “iberoamericano”; los arrobamientos filosóficos 
hacen sospechar a veces que el pontificante está en condiciones de in- 
gresar con urjencia a un open-door. 

Un profesor nuestro dice en un reciente libro que será texto en su 
cátedra: “Profundas fueron las alteraciones que hubo de sufrir la Iberia 
europea para trocarse en la Iberia indígena". . . Con lo que el sistema 
de la “influencia" y la “tradición" puede ser sustituido con el de la 
“trasmutación". Esto es peligroso, porque en el latino la eterna reme- 
moración de su obra anterior, no es confraternidad, es soberbia-, y de- 
cidida ambición de supremacía histórico- moral impugnativa. Indijenizar 
a la Iberia para iberizar a la América, es una admirable ocurrencia de 
astucia filosófica que “ha menester" alguna "correspondencia", “orden" 
o “gran cruz", como es la costumbre para estimular esos devaneos his- 
toriales. 

Nuestro rotativo desalentado por la desidia de gobiernos e intelectuales, 
cree muy difícil conseguir que se escriba un texto de historia de América, 
siquiera para los niños de las escuelas, y aconseja: 

Lo que podía hacerse y sería practico, es que esa depuración hecha 
con toda la conciencia y cuidado que reclama, se practicara en cada pais 
detalladamente, en el texto de su propia historia. Una vez realizada esta 
útil labor fragmentaria, ya se tendría un material saneado para que 
sirviera de base al texto de historia jeneral. 

Hoy día en casi todas las repúblicas americanas hay juntas, sociedades 



288 


COSAS DE NEGROS 


o academias de historia, formadas por hombres versados en la materia, 
y muchos de ellos que son verdaderas autoridades. Del seno de estos cen- 
tros culturales deberían salir los miembros que integraran las comisiones 
encargadas de correjir los errores históricos en los textos y manuales de 
enseñanza. Solamente así puede hacerse un trabajo atinado y justo. 

Por diferentes circunstancias que sería molesto enumerar, poco o nada 
debe esperarse de nuestros "centros culturales". 

Las comisiones pueden ser útiles de una única manera: que esten for- 
madas por verdaderos entendidos en la materia, y que representen por 
su ascendencia las principales razas que han trabajado y poblado en 
suelo americano, coadyuvando al advenimiento y formación de estos 
países; no debiendo faltar, bajo ningún concepto, el indianista y el na- 
cionalista probados, para que Juan no esté ausente, como de costumbre, 
de esos cónclaves que suelen convertirse en conjuraciones contra él. 

Mientras tanto deben seleccionarse y si es necesario prohibirse bajo 
severas penas, todos los textos rioplatenses de historia patria y americana, 
de uso en los colejios e institutos superiores. El momento siempre será 
oportuno, hoy, mañana, pasado; cuanto antes mejor, así habrá menos 
estatuas para destruir y menos libros para quemar el dia que Juan or- 
dene reparaciones. 

Batlle y Ordoñez, uno de los estadistas demócratas y republicanos mas 
preparado y mas completo, cuya reputación sería mundial y sin preceden- 
tes si no hubiese nacido y gobernado en el pequeño Uruguay, acaba de 
decir a su pueblo: 

Se ensalza y se endiosa a los grandes malvados de la historia, presen- 
tándolos como ejemplos a las nuevas jeneraciones que nosotros queremos 
que sigan por el camino del bien y del honor. 

Si el negro hubiese llevado una libreta de memorias de los aconteci- 
mientos históricos, nuestros y de América, cada acreedor a sus pájinas 
habría obtenido su exacto sitio en ellas, por incómodo que fuese, pues 
el autor, espíritu ajeno a toda suspicacia, habría procedido con infantil 
sinceridad. 

Los negros nunca tuvieron una palabra de reproche para sus introduc- 
tores y verdugos; nunca usaron una alusión desconsiderada al recordar a 
sus parientes coloniales. Podían equivocarse en sus recuerdos, pero jamás 
mentían a sabiendas. Su profundo respeto por los próceres, que ellos tra- 
taron personalmente, nunca estuvo mas allá del que conservaban por 
la patria. 

El negro rioplatense tenía la inocente convicción de que ningún ex- 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


289 


tranjero podía interesarse honestamente en la obra del criollo, y que 
éste era una raza diferente a su ascendencia. Se enorgullecía de su patro- 
nímico luso o hispano como de una conquista suya. 

Sin ambiciones, no conocía el odio; sus juicios habrían sido sinceros 
y singularmente justos, historia lisa y llana; y sin mas firma que su 
risa invariable y expon tanea, la autoridad del cronista no habría sido 
puesta en duda. 


(28) 

(De la pájina 183) 

DANZAS MORAS 

La fonética idiomática, los cantares y sobre todo los bailes del sud 
ibérico, conservan las características de su procedencia árabe. Lo mismo 
se nota en el sud itálico. 

El baile mas popular dentro y fuera de la península, y el mas típico 
de la raza, es la Jota, danza morisca hasta en su propio nombre. El músico 
moro Aben -Jot, residente en el reino de Valencia, fué su autor. El pueblo 
se entusiasmó con ella y la difundió en todos los reinos, muy especial- 
mente en Aragón, donde se ha conservado hasta hoy como su mas preciado 
exponente rejional. 

No existen datos seguros sobre el nombre que su autor puso a esa 
danza, pero el actual se explica: el pueblo la distinguió por la danza "de 
Aben-Jot", quiza después por "la de Jot" o "la Jot”, y con el tiempo y 
el uso "la Jota". 

El no menos sonado Fandango también fué danza mora; no se conoce 
su autor ni su nombre primitivo; respecto al que tiene y con el que 
se hizo célebre, han debido aplicárselos los negros, pues fué danza adop- 
tada especialmente por los moro-lusitanos, y siendo moruna aquéllos 
podían conocerla bien; unos y otros la introdujeron en América entre los 
colonos , siendo prohibida por los frailes, quizá por ser morisca y por 
lo tanto jentilicia, pues aunque la tildaron de "escandalosa" para vetarla, 
no lo era.i 

1 Referencia que consigna al fandango como "baile infame" según la 
prohibición del virrey Vértiz en 1770. Cf. Documentos para la historia 
del Virreynato del Rio de la Plata. Inst. de Invest. Hist., Bs. As., 1912, t. I, 
pág. 3; José Torre Revello, Crónicas del Buenos Aires colonial , Bs. As., 
1943, págs. 185 y 198. También en el Uruguay estos "bailes de medio pelo” 
fueron atacados por las autoridades según la documentación que aporta 
Ayestarán. La música..., pág. 474. Debe completarse con el erudito y 



290 


COSAS DE NEGROS 


(29) 

(De la pájina 198) 

ORQUESTA TIPICA CRIOLLA 

Piano, dos violines, otros tantos grandes acordeones marinos, que llaman 
“bandoneones’', y a cargo de un solo ejecutante una conjuración llamada 
“batería”, compuesta de bocina de automóvil, matraca, raspador, triángulo, 
tambor, platillos y palitos, y como cabeza de turco un bombo. Ese es el 
arsenal criollo de la típica orquesta. Agreguemos ahora lo imprevisto: 
algunos pataleos y gritos del de la batería, y cantos de todos en coro, 
en ciertas y determinadas piezas, con voz tan atiplada que tiene momentos 
de concierto gatuno. 

¿De dónde ha podido salir una combinación semejante y quién se haya 
atrevido a bautizarla con el adjetivo de criolla? 

Instrumental criollo no existe, por lo tanto lo de típico sobra en 
demasía. Los indíjenas tuvieron sus instrumentos típicos; sus descendientes 
los usan todavía en los valles, en las altiplanicies, en los villorrios “dejados 
de la mano de Dios” en toda América; pero en las ciudades, los criollos 
han tenido que adoptar instrumentos importados, así han tomado carta de 
ciudadanía criolla, la guitarra, el acordeón, el mandolín y la bandurria; 
y nada de eso hay en nuestras orquestas típicas. 

El Tango tiene la culpa de la existencia de estas orquestas y del 
título que ostentan; a su amparo se han formado, y, quizá, como un 
desagravio a la sujestiva danza, o una demostración de que el instrumen- 
tal pretende solamente honrar la mejor musicalidad del Tango, que es 
típico criollo, la orquesta ha tomado sus oleos con esa designación. 

El compositor usa para sus elucubraciones el piano, por consiguiente 
este es el primero que ingresó en la orquesta, por puro adorno, pues aun 
con ser el primero solo sirve para acompañar, y con no haberse presentado 
no se habría resentido mucho el conjunto. 

A los “bandoneones” los ha traído de la mano el mismo Tango, porque 
con ellos ambuló por los suburbios; se ha identificado en sus llaves; en 
sus voces siente la mejor interpretación de sus cosquilieos melódicos y de 

documentado artículo de Aucusto Meyer en la Guia do Folklore Gaúcho, 
Gráfica Editora Aurora, Río de Janeiro, 1951, págs. 73-80, y con Oneyda 
Alvarenga, Música Popular Brasileña , Fondo de Cultura Económica, Mé- 
xico, 1947, págs. 144 y sigts.; En sus diversas aplicaciones, baile, jaleo , 
confusión, desorden, los aportes que enumera Devoto (ob. cit. pág. 30), y 
que hemos citado en “Andanada Folklórica”. 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


291 


su sentimentalismo nativo; hay en la retractibilidad del fuelle los espasmos 
del cuerpo femenino posesionado de la morfina de esa danza. Tango 
y bandoneones vivieron juntos su bohemia, juntos pues han ingresado 
en la orquesta “típica’'. 

El bandoneón es un gran formato del pequeño acordeón que los mari- 
neros de casi todas las nacionalidades usan en sus expansiones de a bordo; 
es de fabricación alemana; solo nuestro criollo ha sido capaz de sacar de 
él un éxito con el que ni soñó su fabricante. Su nombre parece un 
derivado de “banda”. 

Los violines figuran como los tenores del conjunto, llevan la agudez 
del ritmo y la aguja de las filigranas; hacen la orquesta. 

La batería es típica norteamericana, invención de las injeniosas y ba- 
rulleras orquestas de negros, que difundida ya en toda la Union no falta 
en ninguna orquesta de rubios. El fino oído criollo distinguió en el acto 
los bonitos efectos que pueden obtenerse de ella. Apesar de su exotismo, 
es lo mas criollo de la orquesta típica. Algo de batería tuvo el Tango 
en su nacimiento, como lo hemos demostrado. 

Estas orquestas, poco a poco se norteamericanizan y van ingresando en 
ellas los saxofones, cornetines, sacabuches, etc. Es nuestro jazz-band, sin 
la orijinalidad del norteamericano, porque nos ha faltado el maestro negro. 

El vocablo “típica” podría suprimirse, sin menoscabo para el criollismo 
del conjunto y de su obra. 


(30) 

(De la pájina 206) 

LA FILOLO Jí A DEL NEGRO 

“Africa descubriendo a América”, es el título de un libro que, según nos 
informa un intelectual brasilero paseandero en Estados Unidos, acaba 
de publicar un profesor de la universidad de Harvard, lo que no es un 
motivo para creer que ese profesor sea nativo, pues por la calidad de 
sus cátedras es de orijen judío, balcánico o sajón; se llama Leo Wiener .1 
Pretende el autor que el lenguaje de los negros tuvo influencia deci- 
siva y hasta precolombiana en el de América, y basa su teoría en los 
nombres de todo lo que se dice que se trajo de Europa (plantas, frutas, 
animales, etc.) que son vocablos y derivaciones de lenguajes del negro 

1 Su obra en original es Africa and the Discovery of America, Filadel- 
fia, 1920. 



292 


COSAS DE NEGROS 


africano o del moro y nó de europeos; lo que revelaría supremacía idio- 
mática anterior y posterior a la colombiana. 

Otras particularidades de ese libro demuestran, unidas a la citada, que 
se trata de una obra un tanto excéntrica. 

No vino un idioma a América sinó una babel dialectal, pero es in- 
dudable que el bozal del negro africano y la imajinacion exuberante de 
sus descendientes en la creación de vocablos, tuvieron influencia en todas 
partes donde ellos poblaron. 

El predio antillano, dominio de la raza negra hasta nuestros dias, le 
debe su lenguaje criollo casi íntegro. 

Sin embargo se le despoja sin escrúpulos de sus derechos etimolójicos. 
En las obras sobre lingüística de esos pueblos, muy especialmente en las 
cubanas, se rehuye ese orijen, falseando la verdad, y solo en casos muy 
evidentes admiten la paternidad del negro. 

Es enorme el vocabulario que Cuba y otras antillas deben a sus 
negros, en todas las clases y colores sociales. En el habla popular domina 
ampliamente culminando en los diminutivos, abreviaturas y equivalentes 
de nombres propios. Las Antillas sostuvieron intenso contacto con pueblos 
europeos a los que impusieron sus vocablos, que se popularizaron espe- 
cialmente en la península Ibérica; esos diminutivos familiares que siempre 
hemos creído madrileñismos o andalucismos, son simplemente "negrismos”, 
como “Paco, Lola, Toño, Charo, Pancho", etc. También “papá” y "mamá", 
que en Estados Unidos se usan y no son palabras del inglés. 

El Brasil también tiene en su léxico popular el dominio negro, que 
corre confundido con el criollo como en las Antillas. 

En el Plata ya se ha visto que perduran vocablos creados por el negro, 
y que surjen fácilmente de las investigaciones folklóricas. El lenguaje 
familiar conserva muchos, entre los que no serán olvidados jamas: "em- 
panada", "carbonada", "torrenjas", "alfajores" (variante del árabe) y 
otros vocablos agregados a varios léxicos, y que son altos exponentes de 
la famosa cocina criolla, que nos recuerdan la filolojía y habilidad culi- 
naria de nuestros negros, y son simbolismo histórico, pues gracias a sus 
virtudes de "maitres" pudo subsistir la colonia. 

Vocablos que el negro ha oído y ha impuesto a su capricho formarían 
un volumen orijinal. “Cuco" domina con una misma acepción y pro- 
nunciación dadas por él, desde el Niágara al Plata; el norteamericano 
escribe "cuckoo". 

El tratamiento bien conocido y todavía usado en el Plata de "niño" 
y "niña", aplicado a la señora de la casa, a las solteronas y a los hijos 
varones adultos, que aquellas familias de nuestra sociedad que lo mantienen 



NOTAS COMPLEMENTARIAS 


293 


en vijencia, lo creen con toda injenuidad resabio de nobleza o costumbre 
heredada de preclara ascendencia , es una creación exclusiva del negro, que 
llamó “niños" a los que en verdad lo eran, y ya envejecidos no creyó pru- 
dente retirarles el cariñoso calificativo, prueba de su delicado tacto en la 
vida familiar. Los vejestorios, particularmente femeninos, aprovechan con 
placer el tratamiento y lo exijen de sus servidores, que como ya no son 
negros Ies sirve de diversión tan ridicula manía. 

El profesor de la universidad de Harvard, habría justificado el título 
de su libro si fija sus observaciones en 1^/obra colonial del negro mas 
que en su aporte filolójico, porque sin el negro habría sido difícil, sinó 
imposible, esa permanencia de elementos nulos en suelo americano, que 
se llamó después “colonización". 


BIBLIOGRAFIA 

El desacuerdo de este libro con casi todo lo que se ha publicado 
sobre algunas de las “cosas" de que trata, de haberse tenido en cuenta 
lo convertiría en un volumen de rectificaciones personales, desagradable 
para el lector, para los observados y para el autor. 

No corresponde pues esta sección a esta obra orijinal, pero la nece- 
sidad de dejar constancia de otra asesoría mas natural, mas segura, 
explícita y concreta, hace que adoptemos su título por satisfacer la 
costumbre. 

A los venerables morenos arjentinos y orientales, que recordaron 
tiempos pasados para damos pájinas inéditas de tradición popular; 

A los amigos que colaboraron en la persecución de la huella que el 
Tiempo ha borrado y del suceso que el Hombre ha olvidado; 

A los imprevistos amigos encontrados en el terreno de las pistas 
perseguidas, que tuvieron la jentileza de cooperar con sus valiosas 
referencias; 

Nuestro sincero reconocimiento, que mejor expresado irá hasta sus 
manos en un ejemplar de esta obra, que es la de todos. 

Investigar en el folklore es servir al pueblo y a la nacionalidad. 


EL AUTOR 




ÍNDICE 


Vicente Rossi y su obra rioplatense, de Horacio Jorge Becoo 7 

Vida y obra g 

Cosas de Negros y sus temas \\ 

Vicente Rossi y Jorge Luis Borges 22 

I Nota sobre la presente edición 25 

ibliografía de Vicente Rossi 

1. Libros 28 

2. Ensayos y artículos 31 

3. Teatro 35 


COSAS DE NEGROS 

UN MOMENTO 37 

EL HOMBRE NEGRO 

Curiosas particularidades de los negros africanos residentes en el 
Plata. — La esclavitud y sus relaciones con el Cristianismo. — Como se 
creó el hombre negro. Una restitución al texto del Jénesis. - Aun escla- 
vizado cumple deseos de Jehová. — Baltasar y Benito, dos negros apó- 
crifos* — El odio del color. El hombre negro en la conquista y coloni- 
zación de las Américas. Gobierno de negros 39 

EL PRIMER CANDOMBE 

La clasificación en “naciones". — Intimidades coloniales que cam- 
bian la situación del negro. — Un día se produjo un milagro. El primer 
candombe. Unica fiesta de carácter patriótico-relijioso y única alegría 
colonial. — Razones que incorporan el Candombe a la colonia y a 
su relijion 51 

LOS CANDOMBES 

En la banda oriental del Plata. — Organización, equipos séquitos, 
recepciones oficiales, curiosidades y reflexiones. — Los últimos reyes 
y los últimos candombes. — Ceremonial y descripción del Can- 
dombe. En la banda ocidental del Plata. — Se observan gran- 
des diferencias con la oriental en la organización, usos y costum- 



296 


ÍNDICE 


bres candomberas. Las “cosas de negros” de Juan Manuel Rosas, 
el famoso loco trájico que se ha burlado de sus propios historia- 
dores. Su humillación y respeto a los negros. — Gran aporte de 
informes curiosos. — El vocablo “Candombe”. Su orijen y el de 
sus sinónimos. — “Cabildos” y “Reinados” cubanos 60 

LOS NEGROS CRIOLLOS 

Etimología y acepcio del vocablo “Criollo”. — Notable diferencia 
entre el africano y su despendiente rioplatense. — Sociedades de negros 
nativos en Montevideo. J^'La Raza Africana’]. Por primera vez en 
el Plata se usa el vocablo -J “tang'ó Tr para designar un baile de crio- 
llos. — Orijen del vocablo “Tango”. — Retirada de “La Raza 
Africana”. — La contribución del cuartel. — La misma etapa en 
Buenos Aires. Sus características comparsas de blancos-negros dis- 
tinguidos. Los “tanguitos” de su repertorio. — La alegría con- 
quistadora del negro criollo 94 

LOS LUBOLOS 

En el reinado de los blancos-negros. — Los “Negros Lubolos”. Una 
memorable creación carnavalesca bajo la influencia africana. , Un 
cuarto de siglo de éxito y otro de existencia. Nuevo “tango”. La 
“Nación Lubola”. Datos y observaciones interesantes. — La creación 
lubola en la banda occidental del Plata. — Del “tango” y hacia 
el Tango 106 

LA MILONGA 

Los cuartos de las chinas. — La Payada y la Milonga. — Orijen 
del vocablo “milonga”. Sus acepciones en el Plata. Payar, milonguear 
y cantar. Como se interpretan en ambas bandas. El payador no fué 
filarmónico ni trovero. — Intercambio rioplatense-brasilero de vo- 
ces. — Los bailes orilleros. La Danza o Habanera; su orijen y evo- 
lución. — Creación de la Milonga bailable. — El “corte” y la 
“quebrada”. Como se manifestaron y orijinaron esos vocablos. — 

En la banda occidental del Plata. Otras modalidades y costumbres 113 

LA ACADEMIA 

Instalación. Orijen del título. — Sus danzaderas evidencian que 
no se rendía culto a la sensualidad. — La Academia famosa. Su or- 
questa y repertorio. Sus maravillas coreográficas. — Está en todo 
la iniciativa del negro criollo. Su temperamento atrevido y alegre. 

Su difícil técnica milonguera. Una danza que no admite referen- 
cias con ninguna otra de todos los tiempos y de todos los pue- 
blos. — Actuación del pardo y del blanco. La mas exacta com- 
paración para darse una idea del ritual del “corte” y la "que- 


brada”. Razón de que los tanguistas bailen serios y graves. — En 
la Milonga el exponente sensual era solo sport. — En Buenos 
Aires. Los Cuartos de Palermo. Las casas de bailes. Los perin- 
gundines. Ninguna semejanza con las montevideanas 129 



INDICE 


297 


EL TANGO 

Porqué se ha supuesto que el Tango existió antes de su aparición 
entre nosotros. — El Teatro Nacional Rioplatense exhibe por primera 
vez la Milonga al público. En sus escenarios se transforma en 
Tango. Proceso de este cambio de nombre. En Montevideo no 
se hizo música tanguera. — Nuestra sociedad tanguea y lleva el 
Tango a París. Nuestros criollo “profesores de corte” en Francia. 
— Sobre el imprevisto viaje. — El secreto del Tango. — La dis- 
creta poética orillera montivideana. — El pueblo uruguayo pierde 


sus tradiciones. El “tango arjentino”. La Milonga y el Tango 143 

LOS MILAGROS DEL TANGO 

El Tango en la conquista de Europa. Anotación sintética. — Su 


obra cultural como delegado rioplatense. — La “arjentinidad” del 
Tango negada por arjen tinos que protestan contra él. Los apuros que 
pasaron algunos de ellos. No prosperan la negación ni la pro- 
testa. — Adaptación europea del Tango. La moda femenina fa- 
vorece su rápido triunfo. El “vestido-tango”. — En Francia. El 
Tango en la Academia de los Inmortales. La palabra de un cri- 
tico máximo lo enaltece. Una enquete peridística sin precedentes. 
— En Inglaterra. “The Times” inicia una sensacional polémica. No- 
bleza y aristocracia se someten a un plebiscito en que triunfa 
plenamente el Tango. Los fumaderos de Tango. — En Italia. Los 
reyes no aceptan esa danza; la nobleza no los secunda. El clero 
anatematiza. Serios apuros para la Santa Sede, que por primera 
vez en la historia de sus vetos sociales, es desoida y se rectifica. 
Aplazamiento del “augusto” Consistorio. Consulta a los “altos” 
cónclaves vaticanescos. Pío Diez da audiencia al Tango, luego en- 
saya una treta y le fracasa. — En Alemania. El Tango resiste las 
órdenes dictadas contra él por don Guillermo Segundo. En Ba- 
viera. Como se cumple una orden no cumpliéndola. Conquista de 
las empedernidas conservadoras ciudades sajonas. — En Austria. — 


En Rusia. Jehová en todas partes. — En Estados Unidos. Una 
anécdota. — Porqué triunfó nuestro negro en el extranjero. — En 
la Gran Guerra 157 


ANDANADA FOLKLÓRICA 

Una montonera de rectificaciones y revelaciones. — Breves consi- 
deraciones sobre la invención de la historia de América. La socorrida 
influencia de la conquista. Xenofobia derrotista intensa de intelec- 
tuales rioplatenses. — La babel dialectal y heterojenia racial de 
la horda invasora, destruye las leyendas de sus influencias. Las 
artes del aborijen y las artimañas del fraile invasor. La colonia 
bailó con el negro. — El Gaucho y lo gauchesco. La obra del pai- 
sano. La ciudad ante las melodías nativas. — La precolombia en 
la postcolombia. — Canciones de cuna. El Arrorró del negro por 
sobre todas. — Cantos de ruedas y ceremoniales infantiles.. El 
negro domina con su Ronda Catonga. — Danzas rioplatenses. Su 
clasificación. El Gato. — La Samacueca y Cueca. — La Samba. — 
El Malambo. — El Cielito. — La Güella. Con el Malambo son las 
dos únicas danzas del Gaucho. — El Pericón, danza uruguaya. Su 



298 


ÍNDICE 


posteridad en una simple orden de un coronel. — Errores, con- 
vencionalismos y despreocupaciones que burlan o alteran la tra- 
dición. — Repaso de otras danzas: Marote, Triunfo, Pala -pala, 
Palito, Corumbá, Media Caña. Orijen de ciertas danzas gauchescas. 180 

LA INJENIOSIDAD DEL NEGRO 

La gama melódica intensamente humana de su filarmonía, le 


da influyente representación en las sociedades civilizadas. — Su 
última “cosa", el Jazz - band, es el elojio máximo de su i ma jiña ti va 
artística. — “Gentilis" 212 

NOTAS COMPLEMENTARIAS 

1. Una supuesta estirpe de Cam 219 

2. “Cosas de negros" 221 

3. De las “naciones" 222 

4. Las inconveniencias históricas 224 

5. ¿Los invasores de América eran blancos? 226 

6. “Merienda de negros" 229 

7. Giiél ... Oié! 232 

8. La gran fiesta de la colonia 232 

9. La raza negra en América 234 

10. El africano en el Plata 238 

11. ¿Los invasores de América vinieron descalzos? 239 

12. Instrumental africano 241 

13. “Gaucho” y “Paisano" 244 

14. Músicos y poetas del pueblo 245 

15. El estilo 246 

16. Milonga - canto 252 

17. “Compadrada” y “corte" 257 

18. La milonga en Buenos Aires 260 

19. Torneos internacionales de milonga 260 

20. El tabladito de Pol 262 

21. Paso-doble académico 264 

22. Refalada 268 

23. Projenitores del tango 269 

24. La Estrella 276 

25. Idioma nacional de arjentinos y uruguayos 277 

26. El romance en el Río de la Plata 282 

27. El peligro de los textos 286 

28. Danzas moras 289 

29. Orquesta típica criolla 290 

30. La filolojía del negro 291 




COLECCIÓN “EL PASADO ARGENTINO” 
Títulos publicados 

Alberdi, Juan B., Fragmento preliminar al estudio del derecho . 
Estudio-Preliminar de Bernardo Canal Feijóo. 

Barros, Alvaro, Fronteras y territorios federales de las pampas 
del sur. Estudio Preliminar de Alvaro Yunque. 

Beaumont, J. A. B., Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la 
Banda Oriental. Estudio Preliminar de Sergio Bagú. Tra- 
ducción y Notas de José Luis Busaniche. 

Calderón de la Barca, Pedro, La aurora en Copacahana. Es- 
tudio Preliminar de Ricardo Rojas. Notas de Antonio 
Pagés Larraya. 

Falkner, P. Tomás, Descripción de la Patagonia y de las par- 
tes contiguas de la América del Sud. Estudio Preliminar 
de Salvador Canals Frau. Traducción y Notas de Samuel 
Lafone Quevedo. 

González, Joaquín V., La tradición nacional. Prólogo de Bar- 
tolomé Mitre. 

Gutiérrez, Eduardo L., Croquis y siluetas militares. Estudio 
Preliminar de Alvaro Yunque. 

Holmberg, Eduardo L., Cuentos fantásticos. Estudio Prelimi- 
nar de Antonio Pagés Larraya. 

Mackinnon, L. B., La escuadra anglo-francesa en el Paraná 
(1846). Estudio Preliminar, Traducción y Notas de José 
Luis Busaniche. 



Mansilla, Lucio V., Mis memorias . Infancia . Adolescencia. 
Estudio Preliminar de Juan Carlos Ghiano. 

Mitre, Bartolomé, Las ruinas de Tiahuanaco . Estudio Pre- 
liminar de Fernando Márquez Miranda. 

Obligado, Pastor, Tradiciones Argentinas. Selección y Estudio 
Preliminar de Antonio Pagés Larraya. 

Payró, Roberto J., Teatro Completo. (Canción trágica ; Sobre 
las ruinas ; Marco Severi ; El triunfo de los otros ; Vivir 
quiero conmigo ; Fuego en el rastrojo ; Mientraiga ; Alegría.) 
Estudio Preliminar de Roberto F. Giusti. 

Parish, Woodbine, Buenos Aires y las Provincias Unidas. Es- 
tudio Preliminar de José Luis Busaniche. Traducción y 
Notas de Justo Maeso. 

Rojas, Ricardo, El País de la Selva. 

Rossi, Vicente, Cosas de Negros. Estudio Preliminar y Notas 
de Horacio Jorge Becco. 

Sainete Criollo (El). (El amor de la estanciera , anónimo del 
siglo xviii; Los devotos , de Nemesio Trejo; Gabino el ma- 
yoral, de Enrique García Velloso; Fumadas, de Enrique 
Buttaro; A falta de pan , de Pedro E. Pico; El velorio del 
angelito , de Carlos R. De Paoli; El debut de la piba, de 
Roberto L. Cayol; La Fonda del pacarito, de Alberto No- 
vión; La ribera, de Carlos Mauricio Pacheco; Entre bueyes 
no hay cornadas, de José González Castillo; El candidato 
del pueblo , de José A. Saldías; Tu cuna fue un conventillo , 
de Alberto Vacarezza; Babilonia, de Armando Discépolo.) 
Estudio Preliminar de Tulio Carella. 

Sánchez Gardel, Julio, Teatro. (Noche de luna; Después d. 
misa; Las campanas; Los mirasoles; La montaña de las 
brujas.) Estudio Preliminar de Juan Carlos Ghiano. 

Sarmiento, Domingo F., Viajes. 

Tomo I, De Valparaíso a París. Estudio Preliminar de Al- 
berto Palcos. * 

Tomo II, España e Italia. Estudio Preliminar de Norbertc 
Rodríguez Bustamante. 



Sastre, M.; Alberdi, J. B.; Gutiérrez, J. M.; Echeverría, 
E., El Salón Literario. Estudio Preliminar de Félix 
Weinberg. 

Woodbine Hinchliff, Thomas, Viaje al Plata en 1861. Estu- 
dio Preliminar de Rafael Alberto Arrieta. Traducción y 
Notas de José Luis Busaniche. 

Zeballos, Estanislao S., Callvucurá y la dinastía de los Pie- 
dra . Estudio Preliminar de Roberto F. Giusti. 

Painé y la dinastía de los Zorros. 

Relmu, reina de los Pinares. 

La conquista de quince mil leguas. Estudio Preliminar 
de Enrique M. Barba. 


en prensa 

Burgin, Mirón, Aspectos económicos del federalismo argen- 
tino. Estudio Preliminar de Beatriz Bosch. Traducción de 
Mario Calés. 

Cancionero Argentino. Recopilación, Notas y Estudio Prelimi- 
nar de Horacio Jorge Becco. 

Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López. Recopilación, 
Notas y Estudio Preliminar de Enrique M. Barba. 

Drama rural (El). (Barranca abajo , de Florencio Sánchez; La 
flor del trigo , de José de Maturana; Madre tierra, de Ale- 
jandro Berruti; Las víboras , de Rodolfo González Pacheco; 
El guaso, de Alberto T. Weisbach; Los afincaos, de Enzo 
Aloisi y Bernardo González Arrili.) Estudio Preliminar 
de Luis Ordaz. 

Doctrina Drago (La). Estudio Preliminar de Alfredo L. 
Palacios. 

Lima, Félix, Entraña de Buenos Aires. Recopilación, Notas y 
Estudio Preliminar de José Barcia. 

Guido y Spano, Carlos, Ráfagas. Selección y Estudio Preli- 
minar de Luis Emilio Soto. 



Gutiérrez, Eduardo, La muerte de Buenos Aires. Estudio 
Preliminar de Juan Carlos Ghiano. 

Podestá, Manuel T., Irresponsable. Estudio Preliminar de 
Bernardo Verbitsky. 

Prado, Comandante Manuel, La conquista de la pampa. E&. 
tudio Preliminar de Germán García. 

Sarmiento, Domingo F., Viajes. 

Tomo III, Estados Unidos . Estudio Preliminar de Antonio 
de la Torre. 

Zinny, Antonio, Estudios Biográficos. Estudio Preliminar de 
Narciso Binayán. 


fuera de colección: 

Estampas del Pasado . Lecturas de Historia Argentina. Recopi- 
lación, Notas y Estudio Preliminar de José Luis Busa- 
niche. 



SE TERMINÓ DE IMPRIMIR EL DÍA 
TREINTA DE SETIEMBRE DE MIL NOVE- 
CIENTOS CINCUENTA Y OCHO EN LOS 
TALLERES GRÁFICOS DE LA COMPAÑÍA 
IMPRESORA ARGENTINA, S. A., CA- 
LLE ALSINA 2049 - BUENOS AIRES. 

ADEMÁS DE LA EDICION CORRIENTE 
SE HAN IMPRESO 50 EJEMPLARES 
ESPECIALES NUMERADOS DEL 1 AL 
50 EN PAPEL FABRICADO POR 
MATHIESEN -EIDSVOLD V/ERK, B0N, 
NORUEGA.